martes, 18 de agosto de 2026

MES DEDICADO AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA. DÍA DECIMOCTAVO.

 


Basado en el libro “El Corazón Admirable de la Madre de Dios”

 

de San Juan Eudes (1601-1680)

 

 

CONDICIONES

 

En uno de los días del mes de agosto, se ha de confesar y comulgar con la mayor preparación y disposición que fuese posible; y será bueno ayunar algún día a la honra de Nuestra Señora. Y procure mantenerse con una gran pureza de cuerpo y alma, andando con especial cuidado de evitar toda culpa y particularmente contraria a la castidad, que es virtud angélica. Quien fuera de esto hiciere limosnas y otras buenas obras en reverencia a esta gran Señora, la obligará más a que interceda ante Dios para que alcance lo que desea, si conviniere para su salvación, y si no le alcanzará de su Majestad otra cosa mejor y más conveniente para la Bienaventuranza eterna.

 

 

ACTO DE REPARACIÓN

AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 

 

 

 

   ¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas!, aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

 

   Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

 

 

 

—Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.

 

 

JACULATORIAS

 

 

¡Oh Corazón Inmaculado de María, compadeceos de nosotros!


Refugio de pecadores, rogad por nosotros.


¡Oh Dulce Corazón de María, sed la salvación mía!




MEDITACIÓN DÍA DECIMOCTAVO (18 de agosto).

 

 

   La segunda excelencia del virginal Cuerpo de la Reina del Cielo es la de haber sido expresamente formado para Nuestro Señor Jesucristo, y para Él sólo. Fue creado el Cielo para ser morada de los Ángeles y de los Santos; pero el Cuerpo glorioso de María es un cielo creado exclusivamente para morada del Rey de los Ángeles y del Santo de los Santos. ¡Oh divina Virgen!, vuestra purísima sangre ha sido creada para materia del Cuerpo adorable de Jesús; vuestro sagrado seno, para recibirle durante nueve meses; vuestros benditos pechos para amamantarle; vuestros santos brazos para sostenerle; vuestro seno y virginal pecho para hacerle reposar; vuestros ojos, para mirarle y cubrirle con sus lágrimas dolientes y amorosas; vuestros oídos, para escuchar sus divinas palabras; vuestro cerebro para emplearse en la contemplación de su vida y de sus misterios; vuestros pies, para conducirle y acompañarle a Egipto, Nazaret, Jerusalén, al Calvario, y demás lugares por los que anduvo; vuestro divino Corazón, para amarle, y amar cuanto Él amaba.

 

   La tercera excelencia del Sagrado Cuerpo de la Madre admirable, es la de haber sido animado por el Alma más santa que haya existido, después del Alma adorable de Jesús. Con respecto a lo cual puede afirmarse que los órganos de este Santo Cuerpo han servido para las más altas y excelentes funciones que pueden darse, después de las del Alma deificada del Hijo de Dios.

 

   Paréceme oír al gran Apóstol San Pablo cuando protesta con orgullo que, sea en vida, sea en muerte, Jesucristo será siempre glorificado en su cuerpo. Si Cristo es glorificado en el cuerpo de un Apóstol, que llama a su mismo cuerpo, cuerpo... de pecado y de muerte, ¡qué gloria no recibirá en el Cuerpo de su divina Madre, que es fuente de vida inmortal, y en el cual no tuvo entrada el pecado, por haber sido santificado juntamente con el alma desde el mismo instante de su Concepción inmaculada! Con tal motivo la llama en su liturgia, el Apóstol Santiago, apellidado hermano del Señor: “Virgen santísima, inmaculada, bendita sobre todas las cosas, siempre dichosa e irreprensible en todos sus modales”.

 



—Se piden las gracias que se desean alcanzar durante este mes.

 

 

 

DEPRECACIONES

(Súplicas)

 

 

Para todos los días

 

 

 

1. Oh Corazón de María, compadeceos de los incrédulos; despertad a los indiferentes; dad la mano a los desesperados; convertid a los blasfemos y profanadores de los días del Señor. Avemaría.

 

2. Oh Corazón de María, aumentad la fe de los pueblos; fomentad la piedad; sostened las familias verdaderamente católicas; apagad los odios y venganzas en que se abrasa el mundo. Avemaría.

 

3. Oh Corazón de María, convertid a los mundanos, purificad a los deshonestos, volved al buen camino a tantas víctimas del vicio y del error. Avemaría.

 

4. Oh Corazón de María, convertid a todos los pecadores de la Iglesia; dirigid a patronos y obreros; iluminad con luz celestial a los malos escritores y gobernantes para que vengan a la luz de Cristo; convertid y santificad a los malos católicos. Avemaría.

 

5. Oh Corazón de María, suscitad muchos y santos Sacerdotes y Misioneros que trabajen en la conversión de los pecadores y en la salvación de las almas de todo el mundo, y dadnos a todos la perseverancia final en el santo amor y temor de Dios. Así sea. Avemaría.

 

 

 

ORACIÓN FINAL

 

 

   ¡Oh Inmaculado Corazón de María!, en Vos confiamos; no nos dejéis en este valle de lágrimas hasta vernos seguros junto a Vos en el Cielo. Así sea.

 

 

Fuente: Cristo ¿Vuelve o no vuelve?

 


miércoles, 5 de agosto de 2026

NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES O DEL PESEBRE. —5 de agosto.

 



Celebra la santa Iglesia la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves el 5 de agosto por la razón que aquí diré:

 

   Siendo sumo pontífice Liberio, hubo en Roma un caballero muy noble y rico, llamado Juan Patricio, el cual estaba casado con una señora principal, o igual suyo en todo, de la cual al cabo de muchos años no tenía hijos: y aunque los deseaban mucho estos caballeros; pero como eran tan temerosos de Dios, como ricos y no menos piadosos que ilustres, se conformaban con su voluntad, entendiendo, que no darles sucesión era lo que mejor les estaba; pues así lo ordenaba él con su paternal providencia. Eran muy devotos de la Virgen María nuestra Señora, y determinaron tomarla por heredera de sus grandes riquezas: y para acertar mejor a servirla, hicieron grandes plegarias, limosnas y buenas obras, suplicándole que los encaminase, y mostrase en que obra quería que ellos gastasen su hacienda en su servicio. Oyó la Reina del cielo las oraciones, que con tanto afecto Juan Patricio y su mujer le hacían; y una noche que fue la precedente al quinto día de agosto, cuando los calores son excesivos en Roma, habló entre sueños a los dos, cada uno por sí, y les dijo, que la mañana siguiente fuesen al collado Ezquilino, y que, en la parte de él, que hallasen cubierta de nieve, le edificasen un templo, donde ella fuese honrada de los fieles, y que haciendo esto, se tendría por su heredera y bien servida. 




   La mañana siguiente confirieron entre sí los dos buenos casados el sueño, o revelación que habían tenido: dieron parte de ello al sumo pontífice Liberio, al cual la Virgen había hecho la misma revelación.

 



   Se convocó el pueblo, se juntó el clero, y se ordenó una devota procesión. Llegados al monte, hallaron cubierto de nieve un espacio muy bastante para una iglesia capaz: se señaló el lugar para ella, y de la hacienda de los caballeros devotos de la Virgen, luego se comenzó a labrar, y se acabó suntuosamente. 




   Esta fué la primera Iglesia que se edificó en Roma, con título y advocación de nuestra Señora. Se llamó al principio Nuestra Señora de las Nieves, por el milagro que aquí queda referido; y también la basílica o templo de Liberio, por haber acaecido este milagro en su tiempo, y después se llamó basílica de Sixto, por haber el papa Sixto III de este nombre, sucesor de Celestino, renovado y reedificado aquella iglesia, adornándola con excelentes imágenes y pinturas sagradas. Tuvo asimismo nombre de Santa María del Pesebre, por haberse puesto en una capilla de dicha iglesia el pesebre en que Cristo nuestro Señor, recién nacido, fué reclinado en el portal de Belén: más después como en Roma se hubiesen edificado muchas y muy grandes iglesias de nuestra Señora, dieron a esta de las Nieves título de Santa María la Mayor, para diferencia de las demás y mostrar la excelencia que tiene sobre todas las que hay en aquella ciudad: la cual así como en las demás cosas muestra su gran piedad; así en la devoción de la sacratísima Virgen se esmera mucho, y se aventaja sobre las otras ciudades del mundo: porque cierto es cosa que pone admiración y causa devoción el considerar los muchos y magníficos templos que hay de la Virgen en Roma, y que el clero y casi todas las religiones que hay en ella están debajo de la protección y tutela de la santísima Virgen, y tienen iglesia particular suya para servirla y honrarla: porque dejando aparte las iglesias colegiatas de canónigos seglares, como son las de Santa María Transtiberim, y la de la Rotunda, y la de Santa María in Via Lata, y no hablando de la de Santa María de la Estrada, que es de los padres de la Compañía de Jesús (que es religión de clérigos reglares), y pasando en silencio otras muchas iglesias particulares y de menor nombre; la religión de la Cartuja tiene en Roma por su principal morada, el nuevo templo de Santa María de los Ángeles; la de santo Domingo, el de Nuestra Señora de la Minerva: la de san Francisco, el de Nuestra Señora de Ara Cœli: la de los ermitaños de san Agustín , el de Nuestra Señora de la Paz: la del Carmen, el de Nuestra Señora Transpontina: la del Monte Olivete, el de Nuestra Señora la Nueva: la de los Servitas, el de Santa María in Via: de manera que si bien se mira, todas las religiones están debajo de las alas y amparo de la Virgen , y casi todas tienen en Roma templos (y muchos de ellos muy suntuosos) de su advocación, en los cuales ella es reverenciada, y más particularmente en este de las Nieves, cuya fiesta se celebra hoy: y por esto se llama Santa María la Mayor, y el Señor en ella ha obrado grandes maravillas, por los ruegos de su benditísima Madre. A esta iglesia mandó san Gregorio el Magno, que viniese la solemne procesión de todos los estados y condiciones de gente que había en Roma, cuando aquella cruel y horrible pestilencia la asolaba y destruía: de esta iglesia ordenó Estéfano papa II de este nombre, que saliese otra procesión para aplacar la ira del Señor; y León IV en tiempo de Lotario emperador, con otra procesión que mandó hacer desde la iglesia de San Adriano mártir, a la de Santa María la Mayor, libró la ciudad do Roma de una serpiente cruel y venenosa que la inficionaba. Y san Martin papa, estando celebrando en ella, y queriendo Olimpio, exarco, prenderle o matarle, por orden del emperador, su amo, que era hereje, quedó ciego y no pudo salir con su intento, por no haber permitido la sacratísima Virgen que en aquel templo suyo se cometiese tan gran maldad. Otros muchos milagros ha obrado el Señor en aquel templo, y obra cada día por intercesión de su purísima Madre, la cual preside en él.

 

Santa María la Mayor



   Y con haberlo escogido por morada y tabernáculo suyo, hizo mayor beneficio a Juan Patricio y a su mujer, que si les hubiera alcanzado de Dios hijos, los cuales ya estuvieran acabados, y no hubiera memoria de ellos como ahora la hay, y juntamente con este hecho nos enseñó, cuán bien empleadas son las haciendas que se gastan en edificar, honrar y enriquecer los templos, y cuán bien remunera la Reina del cielo los servicios que los fieles le hacen acá en la tierra.








LA LEYENDA DE ORO—1853.

NUESTRA SEÑORA de las NIEVES. — 5 de agosto.

 


 Celebra la santa Iglesia la fiesta de nuestra Señora de las Nieves el 5 de agosto por la razón que aquí diremos.º

   Siendo sumo pontífice Liberio, hubo en Roma un caballero muy noble y rico, llamado Juan patricio, el cual estaba casado con una señora principal e igual suyo en todo, de la cual al cabo de muchos años no tenía hijos; y aunque los deseaban mucho estos caballeros, pero como eran tan temerosos de Dios como ricos, y no menos piadosos que ilustres, se conformaban con su voluntad, entendiendo que no darles sucesión era lo que mejor les estaba; pues así lo ordenaba El con su paternal providencia.

   Eran muy devotos de la Virgen María nuestra Señora y determinaron tomarla por heredera de sus grandes riquezas; y para acertar mejor a servirla, hicieron grandes plegarias, limosnas y buenas obras, suplicándole que los encaminase y mostrase en qué obra quería que ellos gastasen su hacienda en su servicio.





   Oyó la Reina del cielo las oraciones que con tanto afecto Juan Patricio y su mujer le hacían, y una noche, que fue la precedente al quinto día de agosto, cuando los calores son excesivos en Roma, habló entre sueños a los dos, a cada uno de por sí, y les dijo que la mañana siguiente fuesen al collado Esquilino, y que en la parte de él que hallasen cubierta de nieve le edificasen un templo, donde ella fuese honrada de los fieles, y que haciendo esto, se tendría por su heredera y bien servida.

   La mañana siguiente confirieron entre sí los dos buenos casados el sueño o revelación que habían tenido; dieron parte de ello al sumo pontífice Liberio, al cual la Virgen había hecho la misma revelación.




   Se convocó el pueblo, se juntó el clero, y se ordenó una devota procesión.

   Llegados al monte, hallaron cubierto de nieve un espacio muy bastante para una iglesia capaz: se señaló el lugar para ella, y de la hacienda de los caballeros devotos de la Virgen, luego se comenzó a labrar, y se acabó suntuosamente.

   Esta fue la primera iglesia que se edificó en Roma con título y advocación de nuestra Señora.

   Se la llamó al principio Nuestra Señora de las Nieves, más después, como en Roma se hubiesen edificado muchas y muy grandes iglesias de nuestra Señora, dieron a esta de las Nieves título de santa María la Mayor, para mostrar la excelencia que tiene sobre todas las que hay en aquella ciudad; la cual se esmera mucho en honrar a la soberana Señora.

BASÍLICA SANTA MARÍA LA MAYOR

   No es maravilla, pues, que san Gregorio y otros soberanos pontífices mandasen que viniesen en solemne procesión a esta iglesia los fieles de todos los estados y condiciones, que había en Roma, cuando alguna pública calamidad los afligiese.

   Mucho milagro ha obrado el Señor en aquel templo y obra cada día, por intercesión de su purísima Madre, que en aquel lugar santo que ella misma escogió es tan señaladamente y de tantas gentes venerada.




Reflexión: Con este obsequio prestado a la Virgen por aquellos esposos nos enseñó Dios cuan bien empleadas están las haciendas que se gastan en edificar, restaurar y enriquecer los templos, y cuan bien remunera la Reina del cielo los servicios que los fieles le hacen acá en la tierra; demos también nosotros de cuando en cuando alguna limosna para la conservación y mayor esplendor de los templos consagrados a nuestra Señora, la cual, como Reina que es del cielo y de la tierra, recompensará magníficamente nuestros filiales obsequios.






Oración: Te rogamos, Señor Dios, que nos concedas la salud cumplida del alma y del cuerpo; a fin de que, por la intercesión de la gloriosa siempre Virgen María, nos veamos libres de los trabajos presentes y gocemos de la dicha sempiterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM


DE LA FAMILIA CRISTIANA

domingo, 26 de julio de 2026

SANTA ANA, madre de la santísima Virgen. —26 DE JULIO.

 





   
   No se puede formar concepto más noble, más elevado ni más cabal del extraordinario mérito, de las heroicas virtudes y de la sublime santidad de santa Ana, que diciendo fué madre de la Madre de Dios. Esta augusta cualidad comprende todos los honores, excede todos los elogios; y así como el mismo Espíritu Santo no pudo decir cosa mayor de María, que decir que de ella nació Jesús, de qua natus est Jesús, así tampoco es posible elogio más glorioso de santa Ana, que afirmar que de ella nació María.






   Santa Ana, pues, a quien los santos padres apellidan el consuelo de los hijos de Dios, que suspiraban por la venida del Mesías, nació en Belén, de la tribu de Judá, a dos leguas de Jerusalén, llamada comúnmente en el Evangelio Ciudad de David, por haber nacido en ella este monarca. Tuvo por padre á Matan, sacerdote de Belén, de la tribu de Leví y de la familia de Aarón, que entre los judíos era la familia sacerdotal. Su madre se llamó María, de la tribu de Judá, ambos muy recomendables por su nacimiento, por su notoria bondad y por su ejemplar virtud. Tuvieron tres hijas. La primera, que se llamó María como su madre, casó con Cleofás, y fué madre de Santiago el Menor, de san Judas, de san Simeón, sucesor de Santiago, obispo de Jerusalén, y de san José, por sobrenombre Bársabas o el Justo. Estos son aquellos discípulos del Salvador, a quienes el Evangelio llama hermanos suyos, según el estilo común de los judíos; pero no eran más que primos, como hijos de una tía de la santísima Virgen. La segunda hermana de santa Ana fué Sobé, madre de santa Isabel, la cual por consiguiente era prima hermana de la misma Virgen. En fin, la tercera hija de María y de Matan fué santa Ana, destinada por el Señor para dar al mundo aquella de quien había de nacer el Salvador.




   Luego que Ana nació, se reconocieron en ella aquellas especiales y distinguidas gracias que anuncian y forman los grandes santos, habiendo sido todas las delicias de sus padres, cuyo especial amor a esta hija sobre todas las demás pareció tan justo, que nunca causó celos ni emulación en las otras dos hermanas. Se descubrió en ella un fondo de juicio, de prudencia, de modestia y de virtud, con cierto carácter de capacidad y de madurez, que igualmente la hizo amable que admirable. Hechizado el mundo de sus prendas, se dio priesa a ganarla para sí; pero ella miró siempre con desvió todas las cosas del mundo. Su mayor gusto era el retiro, y nunca le halló aun en aquellas inocentes diversiones que son más naturales y más comunes en las niñas de su edad y de su condición. Entregada a la oración, comenzó a gustar de Dios desde sus primeros años, no pensando en otra cosa que en servirle y en agradarle. Por el grande amor que profesaba a la virginidad, virtud tan poco conocida en el mundo antes del nacimiento del Redentor, hubiera pasado su vida en el celibato, a no haberla escogido la divina Providencia para ser la más dichosa de todas las madres. La pretendieron por mujer los más nobles de toda la nación y sus padres escogieron entre todos a Joaquín, que vivía en la ciudad de Nazaret, y era de la real casa de David, con cuyo enlace se unió la familia sacerdotal con la real: circunstancia indispensable para que la Madre del Mesías pudiese nacer de este matrimonio.

   Aquellas mismas virtudes que tanto habían resplandecido en santa Ana siendo soltera, brillaron con nuevo resplandor en ella cuando se vio esposa del hombre más santo que se conocía en el mundo a la sazón. No hubo matrimonio más feliz: en ambos esposos reinaban las mismas inclinaciones, el mismo amor a la virtud, la misma inocencia y la misma pureza de costumbres; porque la misma mano que había formado aquellos dos corazones, los unió con el dulce vinculo del mas casto y del más perfecto amor; y aquel mismo espíritu (dice san Juan Damasceno) que con el tiempo debía animar a los cristianos, anticipaba en la persona de los dos santos esposos el más ajustado modelo de la vida perfecta e interior. Joaquín en el monte (dice san Epifanio) ofrecía incesantes oraciones y sacrificios al cielo para acelerar la redención de Israel; y Ana en el retiro de su casa se sacrificaba continuamente al Señor en el fervor de su oración. Cuando se dejaba ver en público, edificaba a todos; su compostura, su modestia, sus palabras inspiraban admiración de su virtud y respeto a su persona. Por su gran caridad consideraba a los pobres como a hijos suyos; y cuando se acordaba de que era estéril, se consolaba con que tenía tantos hijos como pobres. No correspondían los bienes temporales a la nobleza de su calidad ni de su sangre, pero suplía la caridad a la medianía de su fortuna. Le bastaba a cualquiera ser pobre o estar afligido, para que, acudiendo a ella como á madre, fuese considerado con derecho a lo que ella tenía.





   Parece que el Espíritu Santo hizo el retrato de santa Ana en el que formó de la mujer fuerte y perfecta que no tiene precio. Lo que no admite duda es, que esta gran santa nos dejó el modelo más perfecto que tenemos de la vida interior y escondida, con un compendio de las más raras virtudes.

   Hacía más de cuarenta años que estaba casada santa Ana sin haber tenido sucesión, esterilidad que entre los judíos se reputaba por cierta especie de oprobio, con alguna nota de infamia, porque, asegurados de que el Mesías había de nacer de una mujer de la nación, consideraban en las infecundas uno como linaje de reprobación o de maldición de la familia. Vivía santa Ana en esta triste humillación, sin esperanza de salir de ella a causa de su avanzada edad. Llevaba, a la verdad, con paciencia las amarguras de su estado por su rendimiento a la voluntad de Dios; mas no por eso dejaba de mirar con una santa envidia a aquellas dichosas mujeres que algún dia habían de tener afinidad con el deseado Mesías.

   Estando en esta disposición, y haciendo un dia oración en el templo con extraordinario fervor, se le ofreció con tanta viveza la idea de su ignominia, que no pudo contener las lágrimas: y acordándose de que Ana, mujer de Elcana y madre de Samuel, callándose en las mismas circunstancias había clamado al Señor con tanta confianza, que al fin fue bien despachada su petición; animada Ana con el mismo espíritu, pidió fervorosamente a Dios se dignase mirar con ojos favorables a su humilde sierva, y se compadeciese de su extrema aflicción; ofreciéndole que, si la hacia la merced de concederle algún fruto, se le consagraría inmediatamente, destinándole al templo para su santo servicio.



   Oyó benignamente el Señor una petición que el mismo había inspirado. Se asegura que en el mismo punto tuvo Ana revelación del feliz despacho, y que también le fué revelado a Joaquín por el ministerio de un ángel. Lo cierto es que pocos días después se vio libre de la ignominia de su esterilidad, sintiéndose en cinta de la santísima Virgen. Se llenó el cielo de admiración y de alegría viendo en la tierra aquella dichosísima criatura concebida sin pecado, y más agradable a los ojos de Dios en el primer instante de su concepción, que todos los santos juntos en el último momento de su vida. Y si en el mismo punto que san Juan fué santificado en el vientre de su madre, resaltó tanto en santa Isabel la santidad del hijo, fácilmente se dejan discurrir los tesoros de bendiciones y la abundancia de gracias que la santísima Virgen mereció para su santa madre en el instante de su concepción. Siendo depositaría de este precioso tesoro por espacio de nueve meses, ¡de cuántos favores celestiales seria enriquecida santa Ana! ¡que luces sobrenaturales no la iluminarían! ¡que fervorosos afectos no inflamarían su corazón mientras llevaba en su vientre a la que había de llevar en el suyo al Salvador del mundo! Desde entonces fué la vida de santa Ana una contemplación continua, y su conversación únicamente en el cielo, desde entonces inundaron su alma aquellos torrentes de consuelos espirituales, que son como la prueba de los gozos de la gloria.





   Fué el colmo de este gozo el nacimiento de la bienaventurada Hija; se comunicó a la familia la alegría del cielo, y fué como presagio de lo que aquella Niña había de ser. Si el árbol se conoce por sus frutos, exclama san Juan Damasceno, ¡qué concepto no debemos formar de vuestra inocencia y de vuestra sublime virtud, o gloriosos esposos Joaquín y Ana! Era preciso que la santidad de vuestra vida correspondiese a la santidad de la hija que disteis a luz, y que habia de ser madre del santo de los santos; porque, siendo vuestra vida pura, inocente y ejemplar, tuvisteis la dicha de engendrar al tesoro de la virginidad.  

   Luego que santa Ana convaleció de su parto, se aplicó únicamente a conservar y a cuidar del precioso tesoro, cuyo depósito le había el Señor confiado. ¡O madre la más dichosa de todas las madres, vuelve a exclamar el mismo santo, qué mayor gloria para ti, que dar el pecho a la que con la leche del suyo había de alimentar al que sustenta todo el universo! Fáciles son de comprender los desvelos, la solicitud y la ternura con que criaría santa Ana a su querida Hija; bien presto conoció que la gracia nada había dejado que hacer a la educación. Aquel entendimiento iluminado con las más puras y más penetrantes luces, aquel corazón dulce, humilde, dócil, formado para la más elevada santidad; aquella alma que por singularísimo privilegio no había contraído ni aun el pecado original, común a todos los hombres, con todo el conjunto de prendas y de gracias que se unían en aquella purísima criatura, ¿cómo podían menos de ser las delicias de su dichosa madre? Mas al fin, era menester separarse de ella en cierto modo, para cumplir el voto que había hecho; y así, luego que cumplió la Virgen los tres años, aunque eran tan estrechos los vínculos que unían aquellos dos corazones, fue forzoso hacer el sacrificio. Había ofrecido a Dios santa Ana consagrarle en el templo el fruto que le diese, y llegado el tiempo de cumplir su promesa, la cumplió. Condujo ella misma a su querida Hija al templo de Jerusalén, como lo había ofrecido antes que naciese, y entregándosela al sacerdote, consagró a Dios aquella criatura que tan singularmente había nacido para solo él. Hasta entonces no había visto el templo ofrenda tan preciosa, ni víctima tan pura. Fué desde luego recibida la santísima Niña para el ministerio del templo, y colocada entre las vírgenes y las viudas que vivían dentro, o inmediatas a él en un cuarto separado, para servir en sus correspondientes oficios bajo las órdenes de los sacerdotes.






   No pudiendo santa Ana y san Joaquín alejarse de una Hija tan querida, que era todo su consuelo, se fueron también a vivir en Jerusalén en una casa cercana al mismo templo. San Joaquín sobrevivió poco al sacrificio que habían hecho de su Hija, y se dice que pocos días después murió dulcemente entre los brazos de santa Ana, lleno de días y de merecimientos, a los ochenta años de su edad. Los que restaron de vida a nuestra santa los pasó en mayor retiro y con mucho aumento de fervor, siendo su vida una continua oración. Abrasado su corazón con las puras llamas del amor divino, solo suspiraba por el único objeto de sus ansias que era su Dios, su soberano bien y su último fin. Llegóse el de su santa vida, y habiendo tenido el consuelo de ver crecer a su amada Hija en sabiduría, en virtud y en lodo genero de perfecciones, al paso que iba creciendo en edad, entrego suavemente el alma a su Criador a los setenta y nueve años de su edad, y fué enterrada junto a su esposo san Joaquín. Llama la Iglesia dulce sueño a la muerte de santa Ana, para dar a entender la tranquilidad con que espiró.

   Muchos años después trasladaron los fieles sus reliquias a la iglesia del sepulcro de la Virgen en el valle de Josafat, donde aún hoy se halla el de santa Ana en una capilla.




   La ciudad de Apt en Provenza, tan célebre por su antigüedad, y hecha colonia romana por Julio César, se gloria de poseer muchos años el cuerpo de santa Ana, que san Auspicio, su primer obispo, trajo de Oriente, y en el año de 772 trasladó a la catedral el obispo Magnerico. El gran concurso de peregrinos que la devoción a esta gran santa atrae de todas partes a venerar su sepulcro, y las singulares gracias que se reciben en él por su poderosa intercesión, acreditan visiblemente lo mucho que puede con Dios, y cuán grata le es la piedad de los que acuden a honrar reverentemente sus reliquias.



AÑO CRISTIANO
ó
EJERCICIOS DEVOTOS
PARA TODOS LOS DÍAS DEL AÑO.

POR EL P. J. CROISSET, DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
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