martes, 8 de septiembre de 2026

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN. —8 de septiembre.

 





DÍA DE ALEGRÍA.



   Con muchísima razón la Iglesia nos hace decir hoy en un arranque de alegría: “Tu nacimiento, oh Virgen Madre de Dios, ha sido para el mundo entero un mensaje de consuelo y de alegría, pues de ti ha nacido Jesucristo, Sol de Justicia, nuestro Dios, que nos libertó de la maldición para darnos la bendición: y El mismo, al quedar triunfador de la muerte, nos ha procurado la vida eterna”.

 

   Si vemos que el nacimiento de un niño llena de regocijo el hogar paterno, aunque ignoran éstos su porvenir; si la Iglesia nos dice el 24 de junio que ese día es un día de alegría porque el nacimiento de San Juan Bautista nos da la esperanza del nacimiento de Aquel cuyos caminos viene a preparar, ¿qué alegría traerá al corazón de todos los que esperan la salvación y la vida, el ver llegar a este mundo a la que será la Madre del Redentor?

 

   Por el Evangelio sabemos que el nacimiento Juan Bautista fué un contento para sus palas aldeas vecinas. Del nacimiento de María nada sabemos, pero, si este nacimiento para muchísimos pasó inadvertido, si Jerusalén exteriormente permaneció indiferente, no ignoramos que este día es y continuará siendo no tan sólo para una ciudad o un pueblo, sino para el mundo entero y a lo largo de todos los siglos que se irán sucediendo, un día de incomparable alegría.

 



ALEGRÍA EN EL CIELO.

 

   En el cielo hay alegría en la Santísima Trinidad: alegría en el Padre eterno, que se felicita del nacimiento de su Hija carísima, a la que va a hacer participante de su paternidad; alegría en el Hijo, que contempla la belleza sobrenatural de la que va a ser su Madre, de la cual tomará El su carne para rescatar al mundo; alegría en el Espíritu Santo, pues, como cooperadora en la obra de la concepción y encarnación del Verbo, María tenía que ser el Santuario inmaculado de aquella tercera persona.

 

   Hay alegría en los ángeles: con admiración ven que esta niña es la maravilla de las maravillas del Omnipotente; en Ella desplegó Dios más sabiduría, más poder y más amor que en todas las demás criaturas: de María hizo el espejo clarísimo en que se reflejan todas sus perfecciones; comprenden que María, por sí sola, da a su Criador más honra y gloria que todas sus jerarquías juntas y la saludan ya como a su peina, como la gloria de los cielos, ornato del mundo celeste y del mundo terrestre.

 




ALEGRÍA EN EL LIMBO DE LOS JUSTOS.

 


   Opina San Juan Damasceno que las almas detenidas en los limbos tuvieron conocimiento de este feliz nacimiento y que Adán y Eva con una alegría que no habían conocido desde su pecado en el paraíso terrenal, exclamaron: “Bendita sea la hija que Dios nos prometió después de nuestra caída: de nosotros has recibido un cuerpo mortal; tú nos devuelves la túnica de inmortalidad. Nos llamas a nuestra primitiva morada; cerramos las puertas del paraíso; y ahora dejas expedito el camino del árbol de la vida”.

 

   Otros escritores antiguos nos señalan a los patriarcas y los profetas que de lejos anunciaron y alabaron la venida de María, saludando en ella el cumplimiento por fin realizado de sus divinos oráculos.




ALEGRÍA EN LA TIERRA.

 


   Finalmente, hubo también alegría en la tierra. Con los Santos podemos pensar sin ser temerarios que Dios concedió a las al2mas “que esperaban entonces la redención de Israel” un contento extraordinario, una alegría grave y religiosa que se insinuó en sus corazones y, sin podérselo explicar ellos, les dio como una convicción íntima de que la hora de la salvación del mundo estaba ya muy cerca.

 

   Pero esta alegría fue sobre todo para los afortunados padres San Joaquín y Santa Ana. Como arrobados contemplaron a esta hijita esclarecida, que contra toda esperanza les concedía Dios al declinar de sus días. Y tal vez se preguntaron si acaso sería ella uno de los anillos de la línea, agraciada de donde tenía que salir el Rey que restableciese el trono de David y salvase a Israel. Su acción de gracias subió fervorosa hasta Dios, a quien sentían presente en su humilde morada. “Oh pareja felicísima, exclamaba San Juan Damasceno, toda la creación es deudora vuestra; pues, por vosotros, ofreció a Dios el don más preciado entre todos los dones, la Madre admirable, la única digna de Él. ¡Dichoso tu seno, oh Ana, que llevó a la que llevará en el suyo al Verbo eterno, al que no puede ser encerrado en nada y traería la regeneración a todos los hombres! ¡Oh tierra, primero infecunda y estéril, de donde nació la tierra dotada de una maravillosa fecundidad: pues ella va a producir la espiga de vida que alimentará a todos los hombres! Felices tus pechos, porque amamantaron a la que daría el pecho al Verbo de Dios, a la nodriza de Aquel que sustenta al mundo…”.




MARÍA, CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA.

 

   Así, pues, el nacimiento de la Santísima Virgen es causa de alegría, y la alegría es el sentimiento que todo lo absorbe y penetra en esta festividad. La Iglesia quiere que nos penetremos de esta alegría desbordante y triunfal. Y a ella nos invita en todo el oficio: “Celebremos el nacimiento de María, nos hace cantar desde el Invitatorio de Maitines, adoremos a Cristo, Hijo suyo y Señor nuestro”; y un poco después: “Celebremos con tierna devoción el nacimiento de la Santísima Virgen María para que interceda por nosotros cerca de Jesucristo. Con júbilo y tierna devoción celebremos el nacimiento de María”.

 

   Si la Iglesia nos invita a la alegría, es debido a que la Virgen es Madre de la divina gracia y ya, en el pensamiento divino, la Madre del Verbo encarnado. Las palabras gracia y alegría tienen en griego la misma raíz; gracia y alegría van siempre a la par; se mide la una por la otra; María, por estar llena de gracia, lo está también de alegría para sí y para nosotros. En esta agraciada niña, aunque acaba de nacer, nos muestra la Liturgia a la Madre de Jesús; María es inseparable de su Hijo y sólo nace para El, para ser su Madre y para ser también nuestra Madre dándonos la verdadera vida, que es la vida de la gracia. Y, por eso, todas las oraciones de la Misa proclaman la maternidad la Virgen María, como si no pudiese separar la Iglesia su nacimiento del nacimiento del Emmanuel.

 


EL LUGAR DEL NACIMIENTO DE MARÍA.


 

   Pero ¿en qué lugar nació la Santísima Virgen? Una tradición antigua e ininterrumpida señala a Jerusalén, cerca de la piscina Probática, lugar donde hoy se levanta la Iglesia de Santa Ana. Allí precisamente, nos dice San Juan Damasceno, “en el aprisco paterno nació aquella de quien quiso nacer el Cordero de Dios”. Allí también fueron más tarde enterrados San Joaquín y Santa Ana; los Padres Blancos descubrieron el 18 de marzo de 1889 sus sepulcros al lado de la gruta de la Natividad. Por el siglo IX se construyó allí una iglesia; monjas benedictinas se establecieron en ella después de llegar los Cruzados a Palestina y continuaron hasta el siglo XV. Por esa fecha, una escuela musulmana reemplazó al monasterio, pero a continuación de la guerra de Crimea, el sultán Abdul-Madjid entregó la iglesia y la piscina probática a Francia, que había entrado victoriosa en Sebastopol el 8 de septiembre de 1855.

 


 ORIGEN DE LA FIESTA.


   La fiesta de la Natividad tuvo su origen en Oriente. La Vida del Papa Sergio (687-701) la cuenta ya entre las cuatro fiestas de la Santísima Virgen que existían entonces; y, por otra parte, sabemos que el emperador Mauricio (582-602) había prescrito su celebración juntamente con la Anunciación, la purificación y la Asunción. En Alemania introdujo esta fiesta San Bonifacio. Una bonita leyenda atribuía al santo obispo de Angers, Maurilio, la institución de esta fiesta: y, en efecto, tal vez introdujo una fiesta en su diócesis para cumplir el deseo de la Virgen, que hacia el año 430 se le apareció en las praderas de Marillais.

 

   Chartres, por su parte, reclama para su obispo Fulberto (f 1028) una parte importante en la difusión de esta fiesta por toda Francia. El rey Roberto el Piadoso (o sus consejeros), quiso poner en música los tres bellos Responsorios Solem justitiae, Stirps Jesse, Ad Nutum Domini, en que Fulberto celebra la aparición de la estrella misteriosa de la que tiene que nacer el sol; la rama que brota del tronco de Jessé para producir la flor divina en que reposará el Espíritu Santo; la omnipotencia, en fin, que hace que nazca de Judea María, como del espino la rosa.

 

   En la tercera sesión del primer concilio de Lyon, en 1245, Inocencio IV estableció para toda la Iglesia la Octava de la Natividad de la Santísima Virgen; así se daba cumplimiento al voto que él y los demás cardenales hicieron durante la vacante de diecinueve meses, que, resultado de las intrigas del emperador Federico II, acarreó a la Iglesia la muerte de Celestino IV, y a la cual se puso fin con la elección de Sinibaldo Fieschi, después Inocencio.

 

   En 1377, Gregorio XI, el gran Papa que acababa de romper las cadenas de la cautividad de Avignon, quiso completar las honras tributadas a María en el misterio de su nacimiento añadiendo una vigilia a la solemnidad; pero, sea porque sólo expresó un deseo sobre este particular, sea por otra causa cualquiera, lo cierto es que de las intenciones del Papa se hizo caso poco tiempo en aquellos años agitados que siguieron a su muerte.

 


LA PAZ.

 

   Como fruto de esta fiesta tan alegre, imploremos, con la Iglesia la paz, ya que parece huir cada vez más de estos desdichados tiempos. Precisamente Nuestra Señora vino al mundo en el segundo de los tres períodos famosos de paz universal en tiempo de Augusto; en el último de ellos acaeció el advenimiento del mismo Príncipe de la paz.

 

   Al cerrarse el templo de Jano, del suelo en que se tenía que construir el primer santuario de la Madre de Dios en la Ciudad eterna, brotaba el aceite misterioso; los presagios se multiplicaban; el mundo vivía a la expectativa; el poeta cantaba: “¡He aquí que al fin llega la última edad anunciada por la Sibila, he aquí que comienza a abrirse la gran serie de los siglos nuevos, he aquí a la Virgen!”

 

   En Judea se ha quitado el cetro a Judá; pero aquel mismo que se ha hecho dueño del poder, Herodes el Idumeo, continúa de prisa la restauración espléndida que permitirá al segundo Templo recibir de un modo digno dentro de sus muros al Arca Santa del Nuevo Testamento.

 

   Es el mes sabático, el primero del año civil y séptimo del ciclo sagrado: el Tisri, en el que empieza el descanso de cada siete años y se anuncia el Año Santo del Jubileo; el mes más alegre, con su Neomenia solemne que hacen famosa las trompetas y los cantos, su fiesta de los Tabernáculos y la conmemoración de la terminación del primer Templo en tiempo de Salomón.

 

   Finalmente, en el cielo, el astro del día acaba de dejar el signo del León (Leo) para entrar en el de la Virgen (Virgo). En la tierra, dos descendientes oscuros de David, Joaquín y Ana, dan gracias a Dios por haber bendecido su unión tanto tiempo infecundo.

 

domingo, 30 de agosto de 2026

MES DEDICADO AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA. DÍA VIGESIMO SEPTIMO.

 


Basado en el libro “El Corazón Admirable de la Madre de Dios”

de San Juan Eudes (1601-1680)



CONDICIONES


En uno de los días del mes de agosto, se ha de confesar y comulgar con la mayor preparación y disposición que fuese posible; y será bueno ayunar algún día a la honra de Nuestra Señora. Y procure mantenerse con una gran pureza de cuerpo y alma, andando con especial cuidado de evitar toda culpa y particularmente contraria a la castidad, que es virtud angélica. Quien fuera de esto hiciere limosnas y otras buenas obras en reverencia a esta gran Señora, la obligará más a que interceda ante Dios para que alcance lo que desea, si conviniere para su salvación, y si no le alcanzará de su Majestad otra cosa mejor y más conveniente para la Bienaventuranza eterna.



ACTO DE REPARACIÓN
AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA



   ¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas!, aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

   Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.




—Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.




JACULATORIAS


¡Oh Corazón Inmaculado de María, compadeceos de nosotros!


Refugio de pecadores, rogad por nosotros.


¡Oh Dulce Corazón de María, sed la salvación mía!




MEDITACIÓN DÍA VIGESIMO SEPTIMO (27 de agosto)

 

 

 

   De otras muchas prerrogativas del Corazón de la Santísima Virgen, que le hacen digno de una gran veneración.

 

   Notad cinco maravillosas prerrogativas del Corazón de Nuestra Madre admirable, que le hacen digno objeto de veneración a los Ángeles y a los hombres.

 

   Es la primera la de ser principio vital de esta Madre divina, principio de todas las funciones de su vida corporal y sensible, tan santa en sí misma y en sus acciones; principio de vida de la Madre de Dios; de la vida de la que dio a luz al Hijo de Dios; de la vida de la Reina del Cielo y de la tierra; de la vida de quien Dios escogió para dar la vida a todos los hijos de Adán, precipitados en el abismo de la muerte eterna; de una vida tan noble, en fin, tan digna y tan santa, que es más preciosa delante de Dios que todas las vidas de los hombres y de los Ángeles juntos.

 

   La segunda prerrogativa de este Santo Corazón, es la de haber preparado y ofrecido la Sangre virginal de que se formó el Sagrado Cuerpo del Hombre-Dios, en las purísimas entrañas de su preciosa Madre. Notad, os ruego, cómo no digo que Nuestro Señor Jesús haya sido formado en su Encarnación en el Corazón de su Madre. Es éste un error que según el Cardenal Cayetano se originó en su tiempo, y que ha sido frecuentemente condenado y rechazado como herejía perniciosa directamente opuesta a la expresión del Ángel: “concebirás en tu seno”. Un error que venía a destruir la divina Maternidad de Nuestra Reina, porque si no había concebido al Hijo de Dios en su virginal seno, no sería realmente Madre suya. Mi afirmación es que su Corazón ha elaborado y prestado la Sangre de que se formó su Cuerpo.

 

   Comparten esta afirmación muchos Doctores de nota al decir que si la Santísima Virgen fue presa en un principio de turbación y temor frente a las alabanzas del Ángel, su sangre se concentró rápida y abundantemente, como acontece en tales casos, en su Corazón para fortalecerla; y que al asegurarla y declararle el Santo Arcángel Gabriel los grandes planes de Dios sobre Ella, este mismo Corazón fue invadido por una gran alegría, que al abrirse y dilatarse como una preciosa rosa, salió de él Sangre hacia las purísimas entrañas, de que el Espíritu Santo se sirvió para formar el Sagrado Cuerpo del Salvador, juntándolo con la Sangre virginal de las mismas entrañas; como era menester para la realización del misterio de la Encarnación.

 

   Mas para mejor inteligencia de esto, advertid en primer término que los Santos Padres, lo mismo que el Sexto Concilio general habido en Constantinopla, aseguran que la materia que la Santísima Virgen ha dado para formar el Cuerpo del Verbo eterno, ha sido su Purísima Sangre.

 

   En segundo lugar, tened presente, que el corazón dispone de dos cavidades, en una de las cuales se encuentran pequeños orificios por donde circula la sangre en comunicación con las restantes partes del cuerpo. Sea lo que fuere sobre el lugar de origen, todos convienen en que la sangre toda del cuerpo humano pasa por el corazón, que en él se perfecciona y transforma, sin que se haga de ella empleo alguno ni en la nutrición del cuerpo, ni en la generación o conservación de la vida, ni en otra función cualquiera, antes de recibir su última transformación en el corazón.

 

   Esto sentado, bien puede afirmarse con toda verdad, o que la Purísima Sangre de que fue formado el Cuerpo adorable de Jesús, en el sagrado seno de María brotó directa e inmediatamente del maternal Corazón de esta Virgen divina, al tiempo de la Encarnación del Hijo de Dios; o, que de no haber brotado inmediatamente, en Él tomó partida y origen; y que el Corazón virginal es su primera fuente. Y que, si no ha tomado su primer origen, por Él ha pasado y en Él ha recibido las cualidades y las convenientes y necesarias disposiciones para ser empleada en la inefable generación y admirable alumbramiento del Niño Dios en las benditas entrañas de la Madre de Dios.

 

   Por mi parte preferiría la primera de las tres proposiciones, por ser más ventajosa para el divino Corazón de nuestra gloriosa Reina, y por estar respaldada con la autoridad de un sin número de grandes doctores, principalmente en la forma explicada por Cartagena, cuando afirma que el Espíritu Santo se sirvió de una porción de la Purísima Sangre de la Santísima Virgen brotada de su Corazón, junto con la Sangre virginal de sus benditas entrañas, dispuesta ya a la realización del misterio de la Encarnación, para formar el Cuerpo adorable del Niño Dios.


—Se piden las gracias que se desean alcanzar durante este mes.





DEPRECACIONES
(Súplicas)


Para todos los días



1. Oh Corazón de María, compadeceos de los incrédulos; despertad a los indiferentes; dad la mano a los desesperados; convertid a los blasfemos y profanadores de los días del Señor. Avemaría.

2. Oh Corazón de María, aumentad la fe de los pueblos; fomentad la piedad; sostened las familias verdaderamente católicas; apagad los odios y venganzas en que se abrasa el mundo. Avemaría.

3. Oh Corazón de María, convertid a los mundanos, purificad a los deshonestos, volved al buen camino a tantas víctimas del vicio y del error. Avemaría.

4. Oh Corazón de María, convertid a todos los pecadores de la Iglesia; dirigid a patronos y obreros; iluminad con luz celestial a los malos escritores y gobernantes para que vengan a la luz de Cristo; convertid y santificad a los malos católicos. Avemaría.

5. Oh Corazón de María, suscitad muchos y santos Sacerdotes y Misioneros que trabajen en la conversión de los pecadores y en la salvación de las almas de todo el mundo, y dadnos a todos la perseverancia final en el santo amor y temor de Dios. Así sea. Avemaría.





ORACIÓN FINAL



   ¡Oh Inmaculado Corazón de María!, en Vos confiamos; no nos dejéis en este valle de lágrimas hasta vernos seguros junto a Vos en el Cielo. Así sea.





Fuente: Cristo ¿Vuelve o no vuelve?

 

sábado, 22 de agosto de 2026

FIESTA DEL INMACULADO CORAZÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA. —22 DE AGOSTO.

 


 

Fuentes de gracias son todas las fiestas que se celebran en la Iglesia; especialmente las de Nuestro Señor y su bendita Madre. Pero como el corazón es la sede del amor y de la caridad, y como la caridad es la reina de las demás virtudes y la fuente de todas las gracias, la fiesta del Purí­simo Corazón de la Madre admirable es como el corazón y la reina de todas las otras.

 



Día de la fiesta

 

El Sacratísimo Corazón de la Bienaventurada Virgen, objeto de la fiesta.

 

Excelencia del Corazón de María.- Consideremos con atención cuál es el objeto de esta fiesta: es el Corazón Sagrado de la Reina del cielo y de la tierra; es el Corazón de la Suprema Emperatriz del universo; es el Corazón de la Hija predilecta y muy amada del Padre; es el Corazón de la Madre de Dios; es el Corazón de la Esposa del Espíritu Santo; es el Corazón de la bondadosísima Madre de todos los fieles; es el Corazón más digno, más noble, más elevado, más generoso, más excelente, más caritativo, más amado, más amable y más amado de todos los corazones de las meras criaturas. Es un Corazón del todo abrasado de amor a Dios y totalmente inflamado de caridad para con nosotros; merecería tantas fiestas como actos de amor hizo a Dios y actos de caridad hacia nosotros. Unid a Él, el Corazón de Jesús que no forma sino un solo corazón con el de su queridísima Madre, por unidad de espíritu, de afecto y de voluntad. Unidle también todos los corazones de todos los Ángeles y de todos los Santos que no forman entre sí y con el de su Padre y el de su Madre, sino un solo Corazón.

 

He aquí el objeto de esta fiesta: muy grande, muy admirable, y digno de veneración y de alabanzas infinitas.

 

Concebid, pues, un gran deseo de celebrarla con toda la devoción que os sea posible.

 

El Corazón de María se nos ha sido dado. - Considerad que esta fiesta es un día de gozo extraordinario para nosotros, porque el Corazón de nuestra divina Madre nos pertenece por cuatro títulos:

 

 

porque el eterno Padre nos lo ha dado.

porque el Hijo de Dios nos lo ha dado.

porque el Espíritu Santo nos lo ha dado.

porque también Ella nos lo ha dado.

 

Y como el Corazón de Jesús, y todos los Corazones de los Ángeles y de los Santos no forman con ese Corazón que es nuestro, sino uno solo, todos esos Corazones también nos pertenecen.

 

¡Oh, el tesoro!, ¡oh la dicha y el bien nuestro! ¡Oh, cuán ricos somos! ¡Oh, qué gozosos y agradecidos debemos estar!

 

¡Oh, queridísimo Jesús mío!, ¿qué os daré por tantos favores como recibo sin cesar de vuestra infinita bondad y de la caridad incomparable de vuestra Santísima Madre? Os ofrezco mi corazón, que os pertenece por mil títulos. Pero... ¿qué es ofreceros el corazón de un pobre pecador? Os ofrezco el corazón de todos vuestros Ángeles y de todos vuestros Santos. Pero esto es poco todavía, comparado con el tesoro inmenso que me disteis al darme el Corazón de vuestra Santísima Madre.

 


Os ofrezco ese Corazón que os agrada más Él solo, que todos los corazones del universo. Pero esto no basta aún para cumplir, yo, íntegramente todas mis obligaciones. Os ofrezco vuestro Corazón adorable, todo abrasado de amor inmenso e infinito hacia Vos y hacia vuestro Padre divino.

 

Sacado del Blog Sancta Mater Dei.


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