domingo, 26 de julio de 2026

SANTA ANA, madre de la santísima Virgen. —26 DE JULIO.

 





   
   No se puede formar concepto más noble, más elevado ni más cabal del extraordinario mérito, de las heroicas virtudes y de la sublime santidad de santa Ana, que diciendo fué madre de la Madre de Dios. Esta augusta cualidad comprende todos los honores, excede todos los elogios; y así como el mismo Espíritu Santo no pudo decir cosa mayor de María, que decir que de ella nació Jesús, de qua natus est Jesús, así tampoco es posible elogio más glorioso de santa Ana, que afirmar que de ella nació María.






   Santa Ana, pues, a quien los santos padres apellidan el consuelo de los hijos de Dios, que suspiraban por la venida del Mesías, nació en Belén, de la tribu de Judá, a dos leguas de Jerusalén, llamada comúnmente en el Evangelio Ciudad de David, por haber nacido en ella este monarca. Tuvo por padre á Matan, sacerdote de Belén, de la tribu de Leví y de la familia de Aarón, que entre los judíos era la familia sacerdotal. Su madre se llamó María, de la tribu de Judá, ambos muy recomendables por su nacimiento, por su notoria bondad y por su ejemplar virtud. Tuvieron tres hijas. La primera, que se llamó María como su madre, casó con Cleofás, y fué madre de Santiago el Menor, de san Judas, de san Simeón, sucesor de Santiago, obispo de Jerusalén, y de san José, por sobrenombre Bársabas o el Justo. Estos son aquellos discípulos del Salvador, a quienes el Evangelio llama hermanos suyos, según el estilo común de los judíos; pero no eran más que primos, como hijos de una tía de la santísima Virgen. La segunda hermana de santa Ana fué Sobé, madre de santa Isabel, la cual por consiguiente era prima hermana de la misma Virgen. En fin, la tercera hija de María y de Matan fué santa Ana, destinada por el Señor para dar al mundo aquella de quien había de nacer el Salvador.




   Luego que Ana nació, se reconocieron en ella aquellas especiales y distinguidas gracias que anuncian y forman los grandes santos, habiendo sido todas las delicias de sus padres, cuyo especial amor a esta hija sobre todas las demás pareció tan justo, que nunca causó celos ni emulación en las otras dos hermanas. Se descubrió en ella un fondo de juicio, de prudencia, de modestia y de virtud, con cierto carácter de capacidad y de madurez, que igualmente la hizo amable que admirable. Hechizado el mundo de sus prendas, se dio priesa a ganarla para sí; pero ella miró siempre con desvió todas las cosas del mundo. Su mayor gusto era el retiro, y nunca le halló aun en aquellas inocentes diversiones que son más naturales y más comunes en las niñas de su edad y de su condición. Entregada a la oración, comenzó a gustar de Dios desde sus primeros años, no pensando en otra cosa que en servirle y en agradarle. Por el grande amor que profesaba a la virginidad, virtud tan poco conocida en el mundo antes del nacimiento del Redentor, hubiera pasado su vida en el celibato, a no haberla escogido la divina Providencia para ser la más dichosa de todas las madres. La pretendieron por mujer los más nobles de toda la nación y sus padres escogieron entre todos a Joaquín, que vivía en la ciudad de Nazaret, y era de la real casa de David, con cuyo enlace se unió la familia sacerdotal con la real: circunstancia indispensable para que la Madre del Mesías pudiese nacer de este matrimonio.

   Aquellas mismas virtudes que tanto habían resplandecido en santa Ana siendo soltera, brillaron con nuevo resplandor en ella cuando se vio esposa del hombre más santo que se conocía en el mundo a la sazón. No hubo matrimonio más feliz: en ambos esposos reinaban las mismas inclinaciones, el mismo amor a la virtud, la misma inocencia y la misma pureza de costumbres; porque la misma mano que había formado aquellos dos corazones, los unió con el dulce vinculo del mas casto y del más perfecto amor; y aquel mismo espíritu (dice san Juan Damasceno) que con el tiempo debía animar a los cristianos, anticipaba en la persona de los dos santos esposos el más ajustado modelo de la vida perfecta e interior. Joaquín en el monte (dice san Epifanio) ofrecía incesantes oraciones y sacrificios al cielo para acelerar la redención de Israel; y Ana en el retiro de su casa se sacrificaba continuamente al Señor en el fervor de su oración. Cuando se dejaba ver en público, edificaba a todos; su compostura, su modestia, sus palabras inspiraban admiración de su virtud y respeto a su persona. Por su gran caridad consideraba a los pobres como a hijos suyos; y cuando se acordaba de que era estéril, se consolaba con que tenía tantos hijos como pobres. No correspondían los bienes temporales a la nobleza de su calidad ni de su sangre, pero suplía la caridad a la medianía de su fortuna. Le bastaba a cualquiera ser pobre o estar afligido, para que, acudiendo a ella como á madre, fuese considerado con derecho a lo que ella tenía.





   Parece que el Espíritu Santo hizo el retrato de santa Ana en el que formó de la mujer fuerte y perfecta que no tiene precio. Lo que no admite duda es, que esta gran santa nos dejó el modelo más perfecto que tenemos de la vida interior y escondida, con un compendio de las más raras virtudes.

   Hacía más de cuarenta años que estaba casada santa Ana sin haber tenido sucesión, esterilidad que entre los judíos se reputaba por cierta especie de oprobio, con alguna nota de infamia, porque, asegurados de que el Mesías había de nacer de una mujer de la nación, consideraban en las infecundas uno como linaje de reprobación o de maldición de la familia. Vivía santa Ana en esta triste humillación, sin esperanza de salir de ella a causa de su avanzada edad. Llevaba, a la verdad, con paciencia las amarguras de su estado por su rendimiento a la voluntad de Dios; mas no por eso dejaba de mirar con una santa envidia a aquellas dichosas mujeres que algún dia habían de tener afinidad con el deseado Mesías.

   Estando en esta disposición, y haciendo un dia oración en el templo con extraordinario fervor, se le ofreció con tanta viveza la idea de su ignominia, que no pudo contener las lágrimas: y acordándose de que Ana, mujer de Elcana y madre de Samuel, callándose en las mismas circunstancias había clamado al Señor con tanta confianza, que al fin fue bien despachada su petición; animada Ana con el mismo espíritu, pidió fervorosamente a Dios se dignase mirar con ojos favorables a su humilde sierva, y se compadeciese de su extrema aflicción; ofreciéndole que, si la hacia la merced de concederle algún fruto, se le consagraría inmediatamente, destinándole al templo para su santo servicio.



   Oyó benignamente el Señor una petición que el mismo había inspirado. Se asegura que en el mismo punto tuvo Ana revelación del feliz despacho, y que también le fué revelado a Joaquín por el ministerio de un ángel. Lo cierto es que pocos días después se vio libre de la ignominia de su esterilidad, sintiéndose en cinta de la santísima Virgen. Se llenó el cielo de admiración y de alegría viendo en la tierra aquella dichosísima criatura concebida sin pecado, y más agradable a los ojos de Dios en el primer instante de su concepción, que todos los santos juntos en el último momento de su vida. Y si en el mismo punto que san Juan fué santificado en el vientre de su madre, resaltó tanto en santa Isabel la santidad del hijo, fácilmente se dejan discurrir los tesoros de bendiciones y la abundancia de gracias que la santísima Virgen mereció para su santa madre en el instante de su concepción. Siendo depositaría de este precioso tesoro por espacio de nueve meses, ¡de cuántos favores celestiales seria enriquecida santa Ana! ¡que luces sobrenaturales no la iluminarían! ¡que fervorosos afectos no inflamarían su corazón mientras llevaba en su vientre a la que había de llevar en el suyo al Salvador del mundo! Desde entonces fué la vida de santa Ana una contemplación continua, y su conversación únicamente en el cielo, desde entonces inundaron su alma aquellos torrentes de consuelos espirituales, que son como la prueba de los gozos de la gloria.





   Fué el colmo de este gozo el nacimiento de la bienaventurada Hija; se comunicó a la familia la alegría del cielo, y fué como presagio de lo que aquella Niña había de ser. Si el árbol se conoce por sus frutos, exclama san Juan Damasceno, ¡qué concepto no debemos formar de vuestra inocencia y de vuestra sublime virtud, o gloriosos esposos Joaquín y Ana! Era preciso que la santidad de vuestra vida correspondiese a la santidad de la hija que disteis a luz, y que habia de ser madre del santo de los santos; porque, siendo vuestra vida pura, inocente y ejemplar, tuvisteis la dicha de engendrar al tesoro de la virginidad.  

   Luego que santa Ana convaleció de su parto, se aplicó únicamente a conservar y a cuidar del precioso tesoro, cuyo depósito le había el Señor confiado. ¡O madre la más dichosa de todas las madres, vuelve a exclamar el mismo santo, qué mayor gloria para ti, que dar el pecho a la que con la leche del suyo había de alimentar al que sustenta todo el universo! Fáciles son de comprender los desvelos, la solicitud y la ternura con que criaría santa Ana a su querida Hija; bien presto conoció que la gracia nada había dejado que hacer a la educación. Aquel entendimiento iluminado con las más puras y más penetrantes luces, aquel corazón dulce, humilde, dócil, formado para la más elevada santidad; aquella alma que por singularísimo privilegio no había contraído ni aun el pecado original, común a todos los hombres, con todo el conjunto de prendas y de gracias que se unían en aquella purísima criatura, ¿cómo podían menos de ser las delicias de su dichosa madre? Mas al fin, era menester separarse de ella en cierto modo, para cumplir el voto que había hecho; y así, luego que cumplió la Virgen los tres años, aunque eran tan estrechos los vínculos que unían aquellos dos corazones, fue forzoso hacer el sacrificio. Había ofrecido a Dios santa Ana consagrarle en el templo el fruto que le diese, y llegado el tiempo de cumplir su promesa, la cumplió. Condujo ella misma a su querida Hija al templo de Jerusalén, como lo había ofrecido antes que naciese, y entregándosela al sacerdote, consagró a Dios aquella criatura que tan singularmente había nacido para solo él. Hasta entonces no había visto el templo ofrenda tan preciosa, ni víctima tan pura. Fué desde luego recibida la santísima Niña para el ministerio del templo, y colocada entre las vírgenes y las viudas que vivían dentro, o inmediatas a él en un cuarto separado, para servir en sus correspondientes oficios bajo las órdenes de los sacerdotes.






   No pudiendo santa Ana y san Joaquín alejarse de una Hija tan querida, que era todo su consuelo, se fueron también a vivir en Jerusalén en una casa cercana al mismo templo. San Joaquín sobrevivió poco al sacrificio que habían hecho de su Hija, y se dice que pocos días después murió dulcemente entre los brazos de santa Ana, lleno de días y de merecimientos, a los ochenta años de su edad. Los que restaron de vida a nuestra santa los pasó en mayor retiro y con mucho aumento de fervor, siendo su vida una continua oración. Abrasado su corazón con las puras llamas del amor divino, solo suspiraba por el único objeto de sus ansias que era su Dios, su soberano bien y su último fin. Llegóse el de su santa vida, y habiendo tenido el consuelo de ver crecer a su amada Hija en sabiduría, en virtud y en lodo genero de perfecciones, al paso que iba creciendo en edad, entrego suavemente el alma a su Criador a los setenta y nueve años de su edad, y fué enterrada junto a su esposo san Joaquín. Llama la Iglesia dulce sueño a la muerte de santa Ana, para dar a entender la tranquilidad con que espiró.

   Muchos años después trasladaron los fieles sus reliquias a la iglesia del sepulcro de la Virgen en el valle de Josafat, donde aún hoy se halla el de santa Ana en una capilla.




   La ciudad de Apt en Provenza, tan célebre por su antigüedad, y hecha colonia romana por Julio César, se gloria de poseer muchos años el cuerpo de santa Ana, que san Auspicio, su primer obispo, trajo de Oriente, y en el año de 772 trasladó a la catedral el obispo Magnerico. El gran concurso de peregrinos que la devoción a esta gran santa atrae de todas partes a venerar su sepulcro, y las singulares gracias que se reciben en él por su poderosa intercesión, acreditan visiblemente lo mucho que puede con Dios, y cuán grata le es la piedad de los que acuden a honrar reverentemente sus reliquias.



AÑO CRISTIANO
ó
EJERCICIOS DEVOTOS
PARA TODOS LOS DÍAS DEL AÑO.

POR EL P. J. CROISSET, DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

miércoles, 15 de julio de 2026

Nuestra Señora del Carmen o del Santo Escapulario. —16 de julio.

 




   Celebra en este día la santa Iglesia la festividad de nuestra señora llamada del Carmen o del Monte Carmelo, porque de aquel santo monte, desde donde vio el profeta Elias aquella nubecilla maravillosa, que era figura de la Virgen santísima, trae su nombre la religión carmelitana, a la cual enriqueció la Reina de los cielos con la vestidura del santo Escapulario, que desde entonces acá ha sido la librea, el escudo y prenda de salud de todos sus fieles devotos.







   Se refiere, en las crónicas que ya desde los tiempos apostólicos muchos santos hombres se juntaron en la soledad del Carmelo para celebrar la gloria del Señor y dar culto especial a su Madre santísima, más cuando los sectarios del falso profeta Mahoma hicieron grande estrago en aquellas regiones, los solitarios hubieron de ocultarse en las cavernas, donde moraron hasta que los ejércitos de las Cruzadas pasaron a la Tierra Santa y persuadieron a aquellos devotos siervos de la Virgen que viniesen a las tierras de Europa; y hacia la mitad del siglo XIII, vinieron algunos de ellos en compañía de san Luis rey de Francia, quedándose unos en cierta ermita que está a una legua de Marsella, y embarcándose otros con rumbo a Inglaterra, a donde el Señor les guiaba.

   Allí les habló y conoció por divina revelación el admirable Simón Stock, el cual, habiendo abrazado el instituto de aquellos santísimos religiosos carmelitas, partió a Jerusalén, visitó con los pies descalzos los santos lugares, y se detuvo seis años en el Monte Carmelo, donde se dice que la Virgen le sustentó milagrosamente.
    





   Volviendo a su patria fué nombrado por voz común de todos sus hermanos, Superior general de la orden, y entonces se le apareció la gloriosa Reina de los cielos con majestad, acompañada de coros angélicos, y llevando en la mano un escapulario, que entregó al santo, diciéndole con muy blandas y amorosas palabras:

   «Toma, querido hijo, este escapulario de tu orden, como insignia de mi cofradía, y privilegio singular para ti y tus carmelitas; es una señal de predestinación y alianza de paz y pacto sempiterno: los que con él murieren no padecerán el fuego eternal».

   Apenas se publicó en el mundo tan provechosa devoción y tan rica prenda, los reyes y los pueblos se vistieron a porfía del sagrado escapulario y se alistaron en la cofradía de la Virgen del Carmen, los sumos pontífices la aprobaron y colmaron de alabanzas e indulgencias, y la misma Reina de los cielos la autorizó con estupendos y soberanos prodigios, librando a sus devotos de innumerables peligros del cuerpo y del alma.


Reflexión: Es, pues, el Santo Escapulario del Carmen la librea de los verdaderos hijos de la Virgen; es una prenda de eterna vida, y conforme se dice en el decreto del papa Paulo V, pueden los fieles piadosamente creer que todos los cofrades del Carmen, que religiosamente cumplen sus obligaciones, y mueren en gracia de Dios, adornados con el santo escapulario, si han de pasar por el purgatorio, experimentan allí el singular patrocinio dé la Virgen santísima, especialmente el día sábado, que a su culto tiene consagrado la Iglesia.






   No dejes pues de llevar el santo escapulario, que será para ti escudo soberano contra los enemigos visibles e invisibles, y al armarte con él, piensa que es un regalo que te hace la Virgen, y una prenda de eterna salvación.


Oración: ¡Oh Dios! que honraste la orden del Monte Carmelo con el título especial de tu Madre bienaventurada la Virgen María, concédenos benigno, que, amparados con la protección de esta soberana Señora, cuya memoria tan solemnemente celebramos, merezcamos llegar a los eternos gozos de la gloria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

jueves, 9 de julio de 2026

NUESTRA SEÑORA DE ITATÍ EN CORRIENTES. —9 y 16 de julio.

 


   La imagen de Nuestra Señora de Itatí, “la Reina de la Civilización en la cuenca del Plata”, es una de las imágenes marianas más célebres y antiguas de la República Argentina.

   Su santuario data de los comienzos de la época colonial. Se levanta en el pueblo de Itatí, a orillas del Alto Paraná y a 70 km de la ciudad de Corrientes.




   Itatí ha sido un centro notable de civilización cristiana durante más de tres siglos. Actualmente es un lugar predilecto de la devoción popular.

   El culto de la Virgen de Itatí ha sido ininterrumpido desde 1915. Los incontables prodigios que ha obrado justifican la fama de milagrosa que tiene.

   “El milagro viviente de la Virgen —decía Monseñor Niella, primer obispo de Corrientes— es la atracción constante que ejerce sobre las multitudes, y la maravillosa transformación de las almas que llegan al pie de su altar."




   En 1528, Sebastián Gaboto, explorando el Alto Paraná, desembarcó en un puerto al que dio el nombre de Santa Ana. Allí cerca se levantaba un caserío llamado Casas de Yaguarón, nombre del cacique del distrito.

   Algunos de los miembros de la expedición exploraron la laguna Iberá, a la que denominaron también Santa Ana.

   La gloriosa madre de la Virgen María tomó, desde entonces, bajo su protección esas regiones.

   El cacique Yaguarón y sus indios eran de índole pacífica y hospitalaria, y recibieron bien a los españoles.

   Ya desde 1528 los franciscanos arrojaron la primera semilla evangélica en el distrito de Santa Ana, llamado también Reducción de Yaguarí, y en ella siempre prevaleció la devoción a María Inmaculada.

   La celestial Señora supo corresponder. Fijó sus miradas complacientes en aquella región y le destinó una de sus más célebres y milagrosas imágenes.

   Todo induce a creer que la aparición de la Reina de los guaraníes se efectuó de un modo prodigioso.

   Según una antigua y respetable tradición, “la imagen de la Virgen de Itatí habría sido encontrada sobre una piedra, en el curso del Alto Paraná, no lejos del puerto de Santa Ana. Los franciscanos la trasladaron a la capilla de la reducción; pero la imagen desapareció dos veces y volvió al lugar de la aparición. En este sitio se le edificó definitivamente la iglesia, consagrada por la devoción popular”.

   Se estima que esta aparición tuvo lugar antes de 1608.

   Alguno de los motivos que tuvo la Virgen Inmaculada para presentarse en el promontorio de la costa itateña, pudo ser el de ayudar a los franciscanos a civilizar y salvar a tantos pueblos de la cuenca del Plata.

   La tradición que acabamos de citar fue variando en algunos puntos con el correr de los años, hasta caer en la imprecisión en los detalles. Nada se dice en ella del origen de la imagen y sólo se detiene en su prodigioso hallazgo.      

   Se cree que la imagen de la Virgen de Itatí fue traída de la reducción de Ciudad Real, provincia del Guayrá, y venerada en la de Itatí, de la misma provincia, fundada hacia 1580 por fray Luis de Bolaños sobre un promontorio, cerca de la desembocadura del río Piquyry, en el Alto Paraná.






   Al ser atacada esta reducción, los franciscanos y sus indios emigraron hacia el sur, llevando consigo la imagen de la Virgen, y llegaron hasta la región del Yaguarí, donde estaba la reducción de otro franciscano: fray Luis Gámez.

   Allí levantaron a la Virgen un oratorio; pero cierto día fue destruido por indios vecinos, quienes se llevaron la imagen.

   Unos indiecitos pescadores, en una de las bajantes del río Paraná, descubrieron en un recodo del mismo, sobre una piedra, la imagen robada, envuelta en misteriosa luz, dejándose oír al mismo tiempo una música dulcísima y extraña.

   Dieron parte a fray Luis Gámez, quien dispuso su traslado a la reducción de Santa Ana del Yaguarí. La imagen volvió a desaparecer por dos veces y siempre se la encontró donde la descubrieron los indiecitos. Entonces resolvieron trasladar la reducción al paraje donde la Virgen parecía querer ser venerada.

   El puerto de Santa Ana quedó, pues, abandonado. Fray Luis de Bolaños bautizó a la nueva población con el nombre de Pueblo de Indios de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí.

   Itatí, en guaraní, significa “punta de piedra”.

   Algunos han sostenido que la imagen de Itatí es la misma que se veneró en Concepción del Bermejo, población destruida en 1632.

   Pero en el acta de fundación de dicha ciudad consta que su Patrona fue Nuestra Señora del Rosario; de modo que la imagen bajo tal advocación debióse venerar en su iglesia, y no la de Itatí, que representa a María en su Inmaculada Concepción.

   Otros han aseverado que la Virgen de Itatí es la que llevaba San Roque González en sus excursiones apostólicas. Nada más inexacto, pues la Conquistadora del santo misionero era una estampa, y la de Itatí es una estatua.

   Tampoco es la de Copacabana, pues ésta es de piedra, en tanto que la de Itatí es de madera. Además, la primera es la Candelaria y tiene al Niño Jesús en los brazos; en cambio, la segunda es la Inmaculada Concepción y aparece sólo la Virgen.

   La imagen de la Madre de Dios traída por fray Luis de Bolaños desde el Guayrá está tallada en madera. Mide un metro y veintiséis centímetros de altura. Tiene las manos juntas delante del pecho en actitud orante. Viste un manto azul, túnica blanca y escapulario también blanco.

   A fray Luis de Bolaños sucedió en la regencia de la reducción fray Luis Gámez, quien intentó substituir la primitiva capilla por un templo más espacioso; pero la muerte lo sorprendió antes de verlo terminado.

   Su sucesor fue fray Luis de Gamarra, natural de Asunción. Pregonó por todas partes el prestigio de la sagrada imagen, relatando sus milagros, y trasladó el pueblo de Itatí a su ubicación actual.

   El templo se terminó en 1624, y el 14 de agosto hizo trasladar a él la imagen de la Virgen de Itatí, Reina del Paraná.


Templo en construcción. 







Basílica actualmente 


   Nuestra Señora de Itatí ha adquirido gran celebridad por las maravillas que ha obrado. Entre ellas, las más notables son las milagrosas transfiguraciones de su rostro.

   La primera transfiguración ocurrió mientras se cantaba la antífona “Regina coeli”, el sábado santo de 1624, y duró hasta el jueves siguiente.

   “Se produjo —escribe el Padre Gamarra— una extraordinaria mudanza del rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto.”

   Siguieron luego produciéndose nuevas transfiguraciones, siendo testigos de ellas muchos españoles y aborígenes.

   También plugo a la Madre de Dios dejar oír misteriosas y dulcísimas armonías. Tal aconteció el sábado 14 de septiembre de 1624, entre las 10 y las 11, después de celebrada la misa en honor de su Inmaculada Concepción.

   Las mercedes otorgadas por la Virgen de Itatí, tanto en favor de las almas como de los cuerpos, son incontables y algunas, verdaderos milagros.

   No es de extrañar, pues, la intensa devoción que se le profesa y el aumento de las peregrinaciones a su santuario.

   La Virgen de Itatí ha defendido a su pueblo en múltiples ocasiones. Desaparecieron florecientes centros de población, tembló la misma ciudad de Corrientes y hasta se pensó en un posible traslado; Itatí, en cambio, permaneció como roca inconmovible en medio de un agitado océano.

   En 1748, al avanzar para destruir Itatí, los indios vieron abrirse de repente delante de ellos una profunda zanja que no les fue posible franquear.

   Sin la Virgen, el pueblo de Itatí, el más antiguo de la cuenca del Plata (pues ya existía con el nombre de Casas de Yaguarón antes de la conquista) habría tenido serias dificultades para subsistir.

   El 4 de octubre de 1849 los habitantes de Itatí se insurreccionaron contra el gobierno de Rosas; mas previendo terribles represalias, embarcaron en balsas a todos los vecinos, en una de ellas la imagen de la Virgen, y fueron a pedir asilo al Paraguay.

   La Madre de Dios salvó otra vez a su pueblo al haber inspirado tal éxodo.

   Parece que la balsa que conducía la sagrada imagen fue baleada por los rosistas; pero las heroicas mujeres de Itatí se agruparon a su alrededor para defender con sus cuerpos a su Madre y Reina.

   Los itateños, en número de unos cuatrocientos, fueron recibidos por el Gobierno paraguayo, que les proveyó de todo lo necesario.

   La excelsa Refugiada volvió así a sus primitivos lugares haciendo bajar en ellos copiosas gracias.

   Estuvo primero en Itá Corá, donde se le construyó un modesto oratorio, centro de atracción de los emigrados correntinos. Posteriormente fue trasladada al pueblo de Laureles y, por último, a Paso de la Patria.

   Previo cambio de notas entre los gobernantes correntinos y paraguayos con respecto a la devolución de la imagen, se envió una embarcación para traerla, lo cual se verificó dos años y medio después de su forzada salida.

   La localidad mariana de Itatí fue una de las que más tuvo que sufrir las consecuencias de la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza.

   Fue atacada por los paraguayos el 19 de febrero de 1866, pues había sido abandonada por las tropas encargadas de defenderla.

   Se cometieron en ellas las mayores depredaciones, y al retirarse las fuerzas invasoras, se llevaron todos los archivos.

   Grande fue la desolación de los itateños al regresar a sus hogares ante el cuadro que ofrecían; pero se alegraron sobremanera al ver que no se habían llevado la milagrosa imagen de la Virgen.

   Y ante el temor de que se produjera otra invasión, resolvieron llevar a su Madre y Reina a lugar más seguro, a pesar de la tenaz oposición del señor Cura.

   Se hospedó a unas dos leguas de Itatí, en una casa que le brindó un devoto paisano, y cuando el ejército argentino pasó a territorio paraguayo, volvió la Virgen a Itatí entre las aclamaciones jubilosas de su pueblo.

   Durante el último cuarto del siglo pasado, el laicismo y el sectarismo mancomunados atacaron al catolicismo. Pensaron que el culto a la Virgen de Itatí quedaría sepultado en “las mentes obtusas de los analfabetos”.

   Pero la reacción esta provincia mariana pronto se hizo sentir. Las autoridades civiles y eclesiásticos enviaron sus súplicas al señor obispo de Paraná para que al llegar a Roma, donde debía ir con motivo del Concilio Plenario Sudamericano, solicitara al Papa León XIII los honores de la Coronación Pontificia para la Pura y Limpia Concepción de Itatí.

   El Padre Santo accedió gustoso y bendijo la corona.

   A su regreso, el señor obispo diocesano determinó que la coronación se llevaría a efecto en la ciudad de Corrientes, y fijó para ello el 16 de julio de 1900.









   El Papa León XIII, en el decreto de coronación, dice “que benigna y gozosamente recibió la súplica que se le hizo, a fin de que coronara la sagrada imagen de la Virgen de Itatí, y concede benévolamente tal gracia, por cuanto dicha sagrada imagen, célebre por la antigüedad y los milagros, es el amparo y dulce refugio de toda la provincia de Corrientes y de todos los fieles que desde lejanas tierras acuden a Ella”.

   En el mismo decreto delegó para efectuar el acto en su nombre, a Monseñor Rosendo de la Lastra y Gordillo, obispo de Paraná, y concedió indulgencia plenaria a todos los cristianos que, confesando y comulgando, visitaran el santuario de la Virgen y rogaran por las intenciones del Soberano Pontífice. El decreto lleva la fecha de 11 de junio de 1900.

   El 8 de julio del primer año de nuestro siglo la imagen de la Virgen de Itatí abandonaba su pueblito, entre las manifestaciones de pesar de los habitantes, y en una embarcación, ricamente adornada, fue llevada a Corrientes para su coronación, donde la recibieron triunfalmente. Quedó en la capital de la provincia hasta el 20 del mismo mes.

   El 16 de julio de 1900, el día más glorioso que ha vivido la ciudad de Corrientes, la imagen de la Virgen de Itatí, fue solemnemente coronada, para lo cual se la había entronizado en un templete levantado junto al atrio del santuario de la Cruz de los Milagros.

   Itatí recibió a su Reina Coronada el 20 de julio.



   Nunca han faltado peregrinaciones al santuario de Itatí, pero a partir de 1896 se han sucedido más regularmente. Ellas ofrecen espectáculos emocionantes, comparables con los que se ven en Luján y en Catamarca.







   El 3 de febrero de 1910, el Papa San Pío X creó la Diócesis de Corrientes. Su primer obispo fue Monseñor Luis María Niella, el incomparable orador de las solemnidades de la Coronación.

   El 23 de abril de 1918 la Virgen de Itatí fue proclamada Patrona y Protectora de la diócesis de Corrientes, siendo jurada pública y solemnemente como tal.

   La fiesta de la Virgen de Itatí se ha fijado definitivamente el 9 de julio, la misma fecha en que se celebra la independencia de la Patria.

   El actual santuario se destaca entre los templos más importantes de América.




   La construcción es del más puro estilo clásico de la época del Renacimiento. Tiene 80 metros de longitud y 73 metros de anchura en el crucero. La cúpula se halla coronada por una gigantesca estatua de la Virgen de Itatí, realizada en cobre, de 7,50 metros de altura. Se puede ascender por el interior de la estatua hasta la corona.

   El Santuario de la Virgen de Itatí es la respuesta de un pueblo agradecido al diluvio de mercedes que la Virgen Inmaculada ha hecho descender sobre la provincia de Corrientes y comarcas circunvecinas.





ORACIÓN
a Nuestra Señora de Itatí

Tiernísima Madre de Dios y de los hombres que, bajo la advocación de la pura y limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí miraste con ojos de misericordia por más de tres siglos a todos los que te han implorado, no deseches ahora las súplicas de este tu hijo, que humildemente recurre a ti.

Atiende mis necesidades, que tú, mejor que yo, las conoces. Y, sobre todo, Madre mía, concédeme un gran amor a tu divino Hijo Jesús, y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en las tentaciones y consuelo en la muerte. Así sea.




“MARÍA Reina y Madre de los Argentinos”
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