domingo, 24 de mayo de 2026

La venida del Espíritu Santo.

 


La admirable venida del Espíritu Santo se refiere en el libro de los Hechos de los apóstoles por estas palabras:

   «Entrados los apóstoles en la ciudad de Jerusalén, se subieron a una habitación alta, donde tenían su morada Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo y Simón llamado el Celador y Judas hermano de Santiago. Todos los cuales, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las piadosas mujeres, y con María la madre de Jesús y con los hermanos o parientes de este Señor. Al cumplirse, pues, los días de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos: entonces fueron llenos todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca. Había a la sazón en Jerusalén, judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo. Divulgado pues, este suceso, acudió una gran multitud de ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía a los apóstoles en su propia lengua. Así pasmados todos, y maravillados, se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos Galileos rudos e ignorantes? pues ¿cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? Partos, Medos y Elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de la Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los Cretenses y los Árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.» (Hechos de los Apóstoles, cap. II).




   Los efectos que obró el Espíritu Santo en los apóstoles fueron tan admirables como las obras con que asombraron al mundo


   Les infundió una celestial sabiduría para que entendiesen y comprendiesen los misterios altísimos de Dios que habían de predicar; les imprimió en sus corazones la ley de gracia, alentándoles soberana fuerza para cumplirla perfectísimamente, y sobre todo los abrasó con un amor tan encendido, tan ardiente y fervoroso, que si mil vidas tuvieran, las ofrecieran por Cristo. 

    

   Este fuego de amor es el que los animaba para que saliesen luego al encuentro a todo el poder del mundo y del infierno: y para decir en pocas palabras lo que obró por ellos este divino Espíritu en esta venida, no es menester sino considerar la conversión del mundo que resultó de ella por la predicación de los sagrados apóstoles; los cuales, no eran más que doce pobres y despreciados pescadores, sin elocuencia ni sabiduría humana, sin favores ni amistades de príncipes.


   Reflexión: Además de aquella primera venida tan visible y prodigiosa del Espíritu Santo, hay otra invisible que siempre dura y obra cosas muy admirables en las almas de los justos enriqueciéndolas con sus dones y con su real presencia.

   Él es el que alumbra con soberana luz su entendimiento, el que enciende en amor de Dios su voluntad; de manera que los que le reciben por una sincera conversión se sienten como trocados en otros hombres muy diferentes de los que antes eran.

    



   Oración: Oh Dios, que en el día de hoy, derramando la luz del Espíritu Santo sobre los corazones de los fieles, les enseñaste la verdad divina; concédenos que por el mismo Espíritu sintamos de ella rectamente, y gocemos siempre de su consolación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.    


MARIA AUXILIADORA (1814 p.c.)— 24 de mayo.

 



   En la fecha de hoy, la Iglesia conmemora, una vez más, a la Santísima Virgen, bajo su advocación de María, Auxilio de los Cristianos. La devoción por esta festividad, instituida a principios del siglo pasado por el Papa Pío VII, fue en constante aumento y alcanzó su mayor incremento, que subsiste hasta nuestros días, cuando Don Bosco congregó a una numerosa y entusiasta juventud femenina, en los colegios, los liceos y la orden religiosa de María Auxiliadora. 

S




   La historia del establecimiento de la fiesta de María Auxiliadora no puede ser más conmovedora y edificante. La Revolución Francesa había asestado un duro golpe a la Iglesia y desquiciado completamente a la religión cristiana. En 1799, el joven y valiente general Napoleón Bonaparte derrocó al Directorio, asumió el gobierno, acabó con la Revolución y dedicó todos sus esfuerzos a apaciguar los ánimos y a poner en orden a la sociedad. Como Napoleón estaba profundamente convencido de la influencia benéfica que la religión cristiana ejerce sobre los pueblos, desde el principio de su gobierno, determinó restablecer el catolicismo en Francia. Anuló las leyes revolucionarias de proscripción, permitió a los sacerdotes regresar a sus iglesias, devolvió a los obispos sus catedrales, parroquias y seminarios, y ajustó con el Papa Pío VII un concordato para arreglar de manera permanente los asuntos eclesiásticos. Con aquellas medidas, Francia volvió a ser, en poco tiempo, un país floreciente, próspero y cada vez más poderoso.  





Al mismo tiempo, Napoleón, embriagado por sus triunfos y arrastrado por su ambición desordenada, exigió al Papa algunas cosas que el jefe de la Iglesia no podía conceder, como por ejemplo, anular el legítimo matrimonio de un hermano del emperador, o cerrar los puertos de los Estados Pontificios a los ingleses, los suecos y los rusos. A los emisarios de Napoleón que se presentaron en el Vaticano con semejantes pretensiones, Pío VII les respondió con firmeza: 

   “Nos somos el padre de la cristiandad y a nadie trataremos como enemigo”. 



Aquello bastó para que se enardecieran las pasiones del emperador, que se enfureció ante la firme resistencia del Pontífice, y se lanzó contra el jefe de la Iglesia. En 1809, Napoleón se apoderó de los Estados Pontificios y, después, tuvo la osadía de aprehender a Pío VII. El Papa fue conducido a Savona y, más tarde, al castillo de Fontainebleau, donde quedó en calidad de prisionero. Se dice que a diario durante los cinco años que estuvo preso, dedicaba especialmente una parte del tiempo de sus oraciones a María Santísima, Auxilio de los Cristianos, para que protegiese a la Iglesia perseguida, desgobernada y desamparada.


EL PAPA PÍO VII  ES LLEVADO PRESO


   En aquel lapso, la buena fortuna dio la espalda a Napoleón y, tras una serie de reveses militares, se produjo la caída del Imperio a principios de 1814. Precisamente en el castillo de Fontainebleau, donde se hallaba prisionero el Papa, firmó el emperador su abdicación. Al jefe de la Iglesia le fueron devueltos los Estados Pontificios, se firmó un acuerdo en el que se proclamaba que, “el poder espiritual recobraría todos sus derechos y la posición de donde lo había lanzado la conquista francesa” y, el 24 de mayo de 1814, Pío VII hizo una entrada triunfal en Roma, entre el doblar de las campanas, las delirantes aclamaciones de la multitud y lluvias de flores, para ocupar su Sede.


Papa Pío VII 



   Los años de infortunio y de prisión habían fortalecido en vez de agotar a aquel hombre de avanzada edad que dio muestras de una energía, firmeza y decisión extraordinarias, para reorganizar su Iglesia y despertar la vida religiosa que tantas sacudidas había experimentado. Hacía falta mucho tiempo, una gran prudencia y una pacientísima dedicación para hacer entrar de nuevo el catolicismo en los corazones y en el orden social; sin embargo, el anciano Pío VII realizó aquella tarea colosal en un tiempo relativamente corto. Una vez reinstalado en la Cátedra de San Pedro, restauró a la Compañía de Jesús y reabrió sus colegios en la Ciudad Eterna; mediante concordatos y convenios con los reyes y los príncipes, restableció los obispados que habían quedado suprimidos, reorganizó la propaganda, dio impulso a la Propagación de la Fe y, como por un milagro, hacia mediados de 1815, después de la segunda y definitiva abdicación de Napoleón, cuando el Papa dio asilo a la familia del emperador derrotado y exilado, la Iglesia había recuperado su posición y su poder espiritual. Así lo consideró el Pontífice: como un milagro de la Santísima Virgen a la que tanto había pedido por la Iglesia. Fue entonces cuando Pío VII tuvo la feliz idea de manifestar el agradecimiento de todo el orbe católico a la Virgen María, bajo su advocación de Auxilio de los Cristianos y, como un expreso reconocimiento de la infalible protección de la Madre de Dios, tantas veces atestiguada con prodigios extraordinarios, sobre la Iglesia y los hijos de la Iglesia en defensa de la fe contra moros, turcos, herejes, revolucionarios y todos los enemigos declarados de la cristiandad, instituyó la fiesta de María Auxiliadora en el día 24 de mayo, para perpetuar el recuerdo de su entrada triunfal a Roma, al volver de su cautiverio en Francia. Desde entonces, la fiesta de María Auxiliadora ha concentrado la devoción de la cristiandad, hasta nuestros días.






   Los datos para este artículo fueron tomados de la Historia Universal de César Cantú, voi. Vi, pp. 531-538 y de la Historia de la Iglesia, de los Hnos. de la Esc. Cristianas, pp. 321-323.

martes, 19 de mayo de 2026

MES DE MARÍA MEXICANO o sea LAS FLORES DE MAYO CONSAGRADAS A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. (1868). DÍA 28.

 


Por Lucio Marmolejo.

Decretado por Lllmo. Sr. Lic. D. Clemente de Jesús Munguía, Obispo de Michoacán, así lo decretó y firmó. México 26 de Diciembre de 1851.

Librería de Rosa y Bouret, 18 calle San José el Real 18. 1868. Propiedad de los editores.



DÍA VEINTE Y OCHO: 28 de mayo.

 

Visita a la Imagen de NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD, que se venera en la Iglesia de la Enseñanza en la villa de Irapuato.

 



   Esta santa Imagen, según las noticias escasas e inseguras que hemos podido adquirir acerca de su origen primitivo, fué llevada por unos arrieros, cuando estaba acabada de arreglar la fundación del convento de la Enseñanza de Irapuato, pero sin decir quién la enviaba, sino únicamente que la llevaban para patrona y protectora del nuevo monasterio. Pero de cualquier modo que esto sea, lo cierto es, que la santa Imagen estaba ya preparada para ocupar su templo, cuando tuvo lugar la fundación, que se verificó del modo siguiente: A fines del pasado siglo dispuso en su testamento el Dr. D. Ramón Barreto de Tabora, que se fundase en Irapuato un Colegio de Niñas educandas, y se procedió a verificarlo el año de 1800; pero considerando que las monjas de la Enseñanza llenarían el objeto de la fundación de la manera más cumplida, se determinó que estas religiosas fundaran allí un convento, como en efecto se hizo, viniendo siete de la Enseñanza antigua de México, a las que se aseguró la subsistencia por el conde de Valenciana y algunas otras personas de la antigua nobleza de Guanajuato. Salieron de México las fundadoras el 10 de Diciembre, y llegaron a Irapuato el 27 del mismo.

   Fueron recibidas en la santa iglesia Parroquial con el más vivo entusiasmo, y de allí fueron al nuevo convento en una lúcida procesión, que presidia la Imágen de la Santísima Virgen de la Soledad, y se bendijo luego el monasterio, apadrinando el acto el señor conde de Valenciana.

   Se colocó en su trono a la Santísima Virgen, quien comenzó desde luego a favorecer a las religiosas y á Irapuato todo de la manera más particular, de modo que se ha conciliado de sus habitantes la más tierna veneración, siendo hasta el día todo su encanto, su amor y su amparo.



   Como una prueba de la protección que María Santísima dispensa a la villa de Irapuato por medio de esta milagrosa Imágen, referiremos el siguiente acontecimiento, verificado en la primera época de la guerra de la Independencia. Atacó a Irapuato una desmoralizada chusma veinte veces mayor que la guarnición de la villa: su jefe entró frenético, protestando arrasar la población, sin respetar siquiera la Santa Imágen de María, y al proferir este impío juramento, tropezó su caballo, y lo arrojó al profundo de un foso, donde en el acto quedó muerto: comenzó luego el desconcierto en los sitiadores; pero, no obstante, los sitiados, del todo faltos de parque, ya se disponían a morir invocando a la Virgen de la Soledad, cuando una mula cargada de parque corrió hacia donde ellos estaban, sin que nadie lo pudiera impedir, y con este recurso consiguieron la victoria.

   Concluyamos ya está incompleta reseña, con la relación de un admirable suceso, verificado cuando la Santísima Imágen acababa de llegar a Irapuato, y que fué sin duda el que comenzó a hacer que su culto se extendiera. Un arriero, tiernamente devoto de María Santísima, enfermó gravemente en un paraje desierto, sin tener quien le proporcionara ni agua ni alimento: estando en tal conflicto, vio llegar a una hermosa Señora, que le llevaba comida, y tan luego como tomó de aquella vianda, se sintió enteramente bueno. Preguntó a la Señora de dónde era, para ir a verla, y le contestó, que en el convento de Irapuato la hallaría. Fué luego el arriero agradecido, y tan luego como vio a la Santísima Virgen de la Soledad, reconoció, lleno de regocijo y admiración, que aquella había sido su celestial protectora.

 

VIDA DE MARÍA

Últimos años de María en la tierra.


     

   Veintitrés años vivió la Virgen Santísima en este valle de lágrimas después de la Ascensión de Jesús al cielo; veintitrés años que empleó en darnos los más sublimes ejemplos, para la práctica de todas las virtudes, en consolar a los afligidos, en auxiliar a las viudas y huérfanos, en ayudar a los Apóstoles en sus fatigas para el establecimiento de la Iglesia. Alegre en las persecuciones y trabajos, apacible y agradable con los que la injurian, modesta en la alegría, compasiva con los que padecen, y solícita en ayudarlos y socorrerlos; complaciente, en fin, con todos, y ejercitando con los fieles todos, los oficios de piedad, se deja ver la Santísima Virgen María en los últimos años de su vida, la mas amable, sin comparación de todas las criaturas. Amémosla, pues, mucho, y tratemos con todo empeño de imitar los ejemplos que nos dio.

 

AMABILIDAD DE MARÍA

María, blanquísimo y fragantísimo Nardo.

(Nardus)

 



¡Qué bellas son las flores del Nardo! ¡qué suavidad tan exquisita la de su aroma! ¡qué brillantez tan linda la de su blancura! ¡qué atractivo tan poderoso el de su hermosa forma y su perfecta colocación! Por tantas bellezas, que parecen cautivar el corazón, han escogido los poetas esta preciosa flor para emblema de la amabilidad; y como fuera de Dios no existen en el cielo ni en la tierra atractivos que cautiven más el corazón, que los de la amabilísima Virgen María Señora Nuestra, debemos representárnosla hoy como el más lindo de los Nardos, que en los últimos tiempos de su vida contribuía eficazmente a aumentar la Iglesia del Señor, y derramaba consuelo por el mundo entero; y hoy desde el cielo desvía del pecado y atrae a la virtud con la amabilidad suma de su aroma y de su belleza.

 



ORACIÓN

 

   ¡Amabilísima Virgen María mi Señora! Llenos del más vivo y ardiente amor, te contemplamos hoy en los últimos años de tu admirable vida, ejercitando en el grado más sublime todas las virtudes, derramando en derredor tuyo innumerables y grandes beneficios, y ayudando a los Apóstoles en sus fatigas para el establecimiento de la Iglesia: ya, Gran Señora, partiste tú de este mundo para el cielo, y nuestros ojos no pueden tener la dicha de contemplarte, como la tuvieron los fieles de la primitiva Iglesia; pero no obstante, nosotros, llenos de confianza en ti, que eres nuestra Madre, tan tierna como poderosa, esperamos que desde el magestuosísimo trono de gloria que ocupas en el cielo, nos protegerás en la vida, y nos asistirás en la muerte, para ir a bendecirte en la bienaventuranza por todos los siglos. Amén.      

 

ORACIÓN

Que se dirá todos los días antes de la meditación.

 

   Advierte, alma mía, que estás en la presencia de Dios, mas íntimamente presente a Su Majestad, que a ti misma. Está mirando él Señor todos tus pensamientos, afectos y movimientos interior y exteriormente. Lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más: pobre, miserable é inmunda, con la abominable lepra de todos los pecados con que has ofendido hasta aquí su infinita bondad. Pero el Señor, obligado del peso de su misma infinita misericordia, desea más que tú misma darte el perdón general de todas tus culpas y el logro de esta meditación. ¿Qué hicieras, si supieras que era la última de tu vida? Puede ser que no tengas otra de tiempo tan oportuno. Ahora puedes conseguir con un pequé de corazón, lo que no conseguirán con eterno llanto los condenados en el infierno, que es el perdón de tus pecados. Alerta, pues: no pierdas tiempo tan precioso, por amor de Dios.

 

   Creo, Señor, que estáis íntimamente presente a mi corazón. Os doy las gracias por los innumerables beneficios que he recibido, y recibo en cada instante, de vuestra infinita liberalidad y misericordia, especialmente porque me habéis conservado hasta aquí la vida, habiendo yo merecido tantas veces las penas del infierno por mis pecados. Concededme, Padre amorosísimo, un corazón agradecido a vuestras grandes misericordias, y el logro de esta meditación, a mayor honra y gloria vuestra y bien de mi alma. Esté yo en vuestra divina presencia con la humildad, atención y reverencia de alma y cuerpo que corresponde en una vilísima criatura, cual yo soy, que tantas veces os ha despreciado con ofenderos en vuestra misma presencia. Detesto de todo corazón mis pasadas ingratitudes; las aborrezco, por ser ofensas de vuestra infinita bondad: me pesa en el alma de haberos ofendido, por ser quien sois. Quisiera deshacer todos mis pecados, por ser desprecio de un Dios infinitamente bueno. Dadme, Criador y Dueño mío amabilísimo, verdadera contrición de todos mis pecados, y propósito firmísimo de la enmienda.

 

   Bien conozco que no hay en mí otra cosa que la nada, y sobre la nada el pecado. No soy en vuestra divina presencia más que un condenado, y condenado tan innumerables veces, cuantas he repetido las ofensas de vuestra infinita bondad. Compadeceos, Dios mío, de mis tinieblas: no permitáis que pierda tiempo tan oportuno. Enseñadme a tener oración; regid mi memoria; alumbrad mi entendimiento; moved mi voluntad. Obligaos de vuestra misma bondad y de los méritos infinitos de vuestra Santísima vida, pasión y muerte, y de los méritos é intercesión de vuestra Santísima Madre. Poned, Señora, en mi corazón aquellos pensamientos, afectos y determinaciones que son del agrado de vuestro Santísimo Hijo.

 

 

MEDITACIÓN



1º—Consideremos el virtuosísimo comportamiento de María Santísima en los últimos años de su vida, su oración continua, su mortificación, su modestia, su humildad y la ansiedad grande con que suspiraba por el dichosísimo instante en que debía ir a unirse con su Santísimo Hijo en el cielo.

 

2º— Contemplemos lo bien que en este tiempo desempeñó la Santísima Virgen el título de Madre de los hombres, que en el calvario se le confiriera, y lo amable en sumo grado que en todo este tiempo se manifestó.


3º—Pidámosle que desde el cielo continúe haciendo para con nosotros los mismos oficios que entonces que hizo con los primeros fieles, haciéndole la súplica por medio de su Santa Imagen de la Soledad, etc.

 

ORACIÓN

Que se dirá todos los días después de la Meditación.

 

   ¡Clementísimo Dios y Señor de mi corazón! ¡dulcísimo Jesús mío! ¡sacramentado dueño de mi alma! Os doy las gracias con todo el afecto de mi pobre corazón, porque me habéis concedido este tiempo para que medite. Perdonad, Señor, las distracciones, negligencias, flojedad y todos los demás defectos en que he incurrido en esta Meditación: quedo en ella convencido.... y resuelto.... Conozco que todos mis pecados, aunque tan enormes, no pueden extinguir vuestra infinita bondad: en ella espero firmemente que me habéis de ayudar con vuestra gracia, para que eternamente os ame, os sirva, conozca y ponga por obra vuestra santísima voluntad. Asi lo espero de vuestra infinita piedad y misericordia, y de los méritos y poderosísima intercesión de vuestra Santísima Madre.

 

—Ave María.

 


CANTO




   Consuelos tiernos por doquier derrama

Y celestes y santas bendiciones,

Y llena de placer los corazones

La Madre del Divino Redentor,

   Al llegar al ocaso de su vida,

De aquella vida inmaculada y santa,

Vida sublime que al Criador encanta,

Y llena al Querubín de admiración.

   Se ostenta más amable que las flores,

Y más hermosa que la Luna llena,

Y más pura que atmósfera serena

Cuando pasó la negra tempestad.

   Enjuga el llanto de la pobre viuda,

Y da consuelo al afligido triste,

Sacia al hambriento, y al desnudo viste,

Y al ignorante sus consejos da.

   En sus duras fatigas y sudores

Al Apóstol sostiene y encamina

Y su oración purísima y divina

Le obtiene del Señor la protección.

   El triste la proclama su consuelo,

El Apóstol su maestra y su doctora,

Y la Iglesia, su Reina y su Señora,

Y el fiel prenda de gloria y salvación.     

   Tantas bondades y virtudes tantas

 Ya su premio en el cielo consiguieron;

Y si en el mundo tanto relucieron,

En el cielo muy mas relucirán.

   Y de la vida en el pesar continuo

Nos servirán de bálsamo calmante,

Y del pecado en el guerrear constante

Espléndida victoria nos darán.

 

PRÁCTICA PARA MAÑANA

 

   Encomendarse fervorosamente a la Santísima Señora, al entrar y salir del aposento, y al comenzar las ocupaciones del día.

 




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