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lunes, 27 de marzo de 2017

JACINTA MARTO (III parte final) Una vida breve, santa y llena de enseñanzas para la salvación de nuestras almas.


LOS ULTIMOS DIAS DE JACINTA Y SU MUERTE –– Vamos a exponer brevemente y en partes la vida y muerte de Jacinta Marto. (Tomado del libro “Apariciones de la Santísima Virgen en Fátima” por el Padre Leonardo Ruskovic O.F.M. Año 1946)

   Llegó Jacinta a Lisboa acompañada de su madre; aquí comenzarán para su espíritu las más dolorosas pruebas, y aquí también recibirá eterna recompensa de manos del Eterno Juez a sus heroicas virtudes.

   En el hospital en donde debía ser internada no encontraron alojamiento, por hallarse el nosocomio repleto de enfermos. La Providencia acudió en su auxilio, y por especial excepción fué recibida en un asilo de huérfanas llamado Orfanato de Nossa Senhora dos Milagros (rúa da Estrela 17).

   En este asilo se encontraba como en su propio hogar; para ella fué “La casa de Nuestra Señora de Fátima”, y a la madre superiora, a quien llamaba “madrina” y en quien había depositado toda confianza, la apreciaba en gran manera.

   La Reverenda Madre Superiora. Sor María Godinho, al recibir a Jacinta en el Asilo la consideró especial bendición del cielo y muy pronto pudo cerciorarse de su acertado criterio, pues Jacinta era verdadero modelo de inocencia y modestia y un vivo ejemplo de obediencia y paciencia, no menos que de piedad; virtudes éstas que mucho contribuyeron al adelanto espiritual de aquel establecimiento. Aconsejaba a sus compañeras a la práctica de la obediencia y a dominar sus caprichos, repudiar las mentiras y sufrir todas las contrariedades por amor de Dios para obtener el cielo.

   Su alegría por vivir junto a Jesús, bajo el mismo techo, le proporcionaba tal inmensa alegría, que olvidaba las crueles dolencias que la martirizaban; mientras se albergó en la Casa de Nuestra Señora de Fátima, acompañaba a Jesús en su soledad del sagrario con frecuentes visitas eucarísticas y lo recibía casi diariamente en su inocente corazón.

   A medida que su enfermedad cobraba mayores progresos, sus dolores también se intensificaban más y más; la bondadosa Madre de los Afligidos no dejó de sostenerla y animarla en las dolorosas pruebas con frecuentes y consoladoras apariciones.

   Conversaba un día con la Madre Superiora, quien se encontraba junto al lecho de la enferma, cuando ésta le dijo:

   —Madre, retírese de ahí, porque ese lugar vendrá en seguida a ocuparlo Nuestra Señora,

   Y mientras hablaba así, tenía los ojos fijos hacia el lugar donde esperaba la visión.

   Expondremos aquí algunas de las numerosas instrucciones que la Virgen Santísima se dignaba comunicar a Jacinta, y que ella revelaba fielmente a su “Madrina”, la Madre Superiora.

   “EL PECADO QUE LLEVA MAS ALMAS AL INFIERNO ES EL PECADO CARNAL; POR ESO ES NECESARIO DEJAR EL LUJO, NO OBSTINARSÉ EN EL PECADO COMO HASTA AHORA; ES NECESARIO HACER MUCHA PENITENCIA.”

   En otra ocasión le decía la Madre de Dios: “NO PUEDO TOLERAR UNAS MODAS QUE TANTO OFENDEN A DIOS NUESTRO SEÑOR. LAS PERSONAS QUE SIRVEN A DIOS NO DEBEN SEGUIR LAS MODAS. LAS GUERRAS SON SEÑALES DE CASTIGOS DEL MUNDO”.


   Jacinta decía muy afligida a la Madre Superiora: —Nuestra Señora ya no puede sostener el brazo vengador de su Amado Hijo, que lo extiende para castigar al mundo. Es menester hacer penitencia; si los hombres se corrigen, Nuestro Señor salvará al mundo; pero si no se enmendaran, vendrá el castigo”

   También cuenta Jacinta que mientras la Virgen le dirigía aquellas palabras, mostraba un semblante tan triste y afligido, que a ella se le desgarraba el alma de puro dolor; por eso, al recordar aquella visión, solía exclamar con honda tristeza:

   — ¡Cómo me aflige el dolor de Nuestra Señora ¡Ah!... Si los hombres supiesen lo que es la eternidad, ¿qué no harían para corregirse? ¡Ay de aquellos que persiguen la religión!... Si el gobierno dejara libre a la Iglesia y diera libertad a la santa religión, sería bendecido.

   Dirigiéndose a la Superiora le decía:

   —Madrina, rece mucho por los pecadores; rece mucho por los sacerdotes; rece mucho por los religiosos; rece mucho por los gobiernos. Los sacerdotes deben ocuparse de su ministerio eclesiástico. Los sacerdotes tienen que ser castos. La desobediencia de los sacerdotes y de los religiosos a sus superiores ofende mucho a Dios.

   Y en tono más vehemente decía a la Superiora:

   —No ame las riquezas. Huya del lujo. Sea muy amiga de la santa pobreza y del silencio. Tenga mucha caridad con los malos. No hable mal de nadie y evite al murmurador. Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo. La mortificación y los sacrificios son muy agradables a Dios Nuestro Señor. Con mucho gusto me haría religiosa, pero más me gusta ir al cielo. Para ser religiosa es menester ser muy limpia y casta de alma y de cuerpo.

   — ¿Y sabes tú— le preguntó la Reverenda Madre Superiora—, lo que significa ser casta?

   —Ser limpia de cuerpo — contestó Jacinta— quiere decir guardar la castidad; ser limpia de alma es cuidarse de no pecar: no mirar cosas deshonestas; no robar ni mentir jamás, sino decir siempre la verdad, aunque nos cueste un sacrificio.

   — ¿Quién te enseñó estas cosas? — le preguntó la Superiora.

   Ella humildemente contestó:

   —Nuestra Señora me ha enseñado.

   Y verdaderamente, no cabe dudar que tal sabiduría fuese celestial e infusa en una niña que no había recibido sino conocimientos muy superficiales de la doctrina cristiana y jamás hubiera oído hablar de mística perfección.

   Dios, en premio de sus virtudes, la había adornado del don de profecía. Tres hechos bastarán para evidenciarlo:

   Recibió un día la visita de su madre. La Madre Superiora preguntó a ésta si le agradaría que sus hijas Florinda y Teresa se hicieran religiosas.

   —¡Dios me libre!  —contestó ella muy enfática —.
   Jacinta no había oído esta conversación. Pasados unos días manifestó confidencialmente a la Madre Superiora:

   —Mucho agradaría a Nuestra Señora que mis hermanas se hicieran religiosas, pero como mi madre no está conforme, la Virgen se las llevará a las dos, dentro de muy poco tiempo, al Paraíso.

    Apenas habían transcurrido varios meses, cuando desconsolada lloraba la madre la muerte de sus dos hijas.      

   Tiempo hacía que la Reverenda Madre abrigaba deseo de ir a Fatima.

   —Usted irá — le dijo Jacinta—, pero será después de mi muerte.

   Y los hechos confirmaron la veracidad de estas palabras. Acompañando los mortales restos de Jacinta a Vila Nova de Ourem cumplió su anhelo de visitar a Fátima.

   Había terminado un sacerdote de pronunciar una conferencia en la capilla del Asilo; preguntó la Superiora a Jacinta si le habían agradado las palabras del ministro de Dios. Después de un breve silencio contestó:

   — No me gusta.

   — ¿No has oído cómo habla bien? —siguió interrogándole la Superiora.

   — Sí, habla, pero... a Nuestra Señora no le gusta.

   — ¡Es tan bueno y habla como un ángel! — afirmó otra vez la Superiora.

   — Sí habla..., pero él no es buen sacerdote.

   La Religiosa la amonestó dulcemente, que de nadie debería juzgarse mal y menos de los sacerdotes.

   Jacinta nada contestó. No pasó mucho tiempo, y aquel triste sacerdote apostató con grave escándalo de los fieles.

   En el Asilo recibía la atención médica de dos distinguidos facultativos, quienes le dispensaban mucha delicadeza y cristiana caridad. Uno de éstos le rogó que intercediera mucho por él en el cielo ante el trono de la Santísima Virgen. Jacinta prometió cumplir su deseo, y mirándole con ternura, le dijo:
   —Usted, doctor, irá al cielo.

   El otro doctor se encomendó a sí mismo y a su hija a las oraciones de la enferma: ésta respondió: —También usted, doctor, irá al cielo: primeramente su hija, y después, le seguirá usted.

   Todas estas profecías tuvieron más tarde exacto cumplimiento.

   Jacinta fué trasladada del Asilo al Hospital de D. Estefanía. Allí quedó sola, aislada, desconocida de todos. La Reverenda Madre Superiora solía visitarla, y era entonces el único momento de consuelo, y alivio. Tendida en su camilla, sufriendo continuos dolores, recordaba a los suyos y en especial manera a su prima y compañera Lucía, y diariamente la encomendaba en sus oraciones. A causa de la distancia no podía comunicarle sus confidencias; por eso le dirigió el siguiente mensaje: “Nuestra Señora de nuevo me ha visitado y me dijo qué día moriré. Tú quédate siempre buena'’.

   Mucho afligía a nuestra enferma el ateísmo e incredulidad de los médicos. ¡Ah!. ... ¡si los pobres supieran lo que les aguarda!, repetía con frecuencia.

   Ofuscado por una época de tantos progresos modernos y bajo el influjo de una ilimitada libertad, el gobierno portugués, ateo en su creencia, coartaba por todos los medios la moral cristiana. Los incrédulos, para lograr más fácilmente sus diabólicos intentos, propagaron y difundieron la indecente moda femenina en la seguridad de que perdiendo la mujer el bello tesoro del pudor quedaban rotas las vallas a todos los vicios y franca difusión a todas las corrupciones. Y diariamente estamos contemplando que bajo el pretexto de modernas exigencias sociales, la inmoralidad en los vestidos va triunfando en numerosas conciencias cristianas, ofuscadas por el ambiente ateo y pagano en que vivimos.

   Jacinta, al contemplar a las enfermeras del hospital con exigua modestia en sus atavíos, solía dirigirles. Esta advertencia: “¿Para qué os sirve vuestra inmoral vestidura?... Si supierais lo que es la eternidad, no os vestirías tan indecentemente”. Jacinta no podía borrar de su memoria el tétrico y dantesco cuadro del infierno que viera en Cova de Iria, como tampoco las palabras que les dirigiera la Santísima Virgen al abrirles las ígneas portadas del averno: “La mayoría de las almas que se condenan en el infierno, se condenan por el pecado carnal. Por eso es necesario que el mundo se aleje de la vida deliciosa y sensual. No debe insensibilizarse en el pecado sino hacer penitencia de ellos”.

   La enfermedad es un duro crisol que purifica a las almas, dejándolas expeditas de todos, los afectos terrenos. El último período de la vida de nuestra enferma no era sino una continua y amorosa unión con Dios. La idea de estar alejada de sus padres y hermanos ya no llevaba nostalgia a su espíritu, pues Dios llenaba todos sus anhelos. “La vida es breve — solía exclamar—y pronto nos encontraremos todos en la región de la eternidad”

    El 10 de febrero de 1920 fué sometida a una intervención quirúrgica; por su extrema debilidad no pudo ser cloroformizada. Sufriendo los terribles dolores de la operación, no brotó de sus labios queja alguna, excepto los naturales y angustiosos suspiros. “¡Jesús mío — repetía con frecuencia en medio de sus dolores— sea todo por tu amor y por la conversión de los pecadores! Acepta este sacrificio por la salvación de muchos de ellos”.

   Tres días antes de su muerte recibió la visita de la Reverenda Madre Superiora del Asilo, y entonces Jacinta le manifestó: “De nuevo me visitó Nuestra Señora y me dijo que dentro de poco vendría a buscarme y que no tendré más dolores”. Y desde aquel momento dejaron de martirizarla los terribles sufrimientos y se borraron de su rostro los vestigios del dolor.

   El 20 de febrero, a las 16 horas, sintió apoderarse de sus fuerzas extrema debilidad y pidió la presencia de un sacerdote para que le administrara los últimos auxilios de la religión. Después de recibir la absolución sacramental, expresó al ministro de Dios su vivo deseo de recibir por viático a Jesús-Eucaristía.

   El sacerdote prometió que lo traería a la mañana siguiente, pues los síntomas, si bien graves, no acusaban un próximo desenlace. Insistió en sus deseos la pequeña enferma, pero no fué atendida; así lo había dispuesto Dios, exigiendo de ella un último y doloroso sacrificio, que ofreció resignada por la conversión de los pecadores.

   Había sonado por fin para Jacinta la hora de librarse de esta miserable envoltura humana y volar presurosa hacia las mansiones celestiales. Cuando el reloj del tiempo señalaba las 23 y 30 horas, comenzaban para Jacinta las horas infinitas de la eternidad. Como se lo prometiera, la Reina de los Cielos, rodeada de innúmeros espíritus angélicos, descendió de su magnífico trono de gloria a recibir en su Inmaculada Mano la inocente alma de Jacinta Marto. Expiraba en suma paz, asistida únicamente por la gentil enfermera Aurora Gómez, a quien llamara con especial cariño “mi Aurorita”.

   Había cumplido heroicamente la admirable y difícil misión que le encomendara la Madre de Dios en Cova de Iria, 34 meses y 18 días atrás. A ella como a los otros dos videntes, les había pedido la, Santísima, Virgen voluntarios sacrificios practicados por amor de Dios, en reparación de las ofensas cometida diariamente; contra el Inmaculado Corazón de María, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre, por las benditas almas del Purgatorio, especialmente por las más abandonadas. Y asistida de la gracia de Dios, Jacinta, con inmensa caridad, generosamente se había inmolado en el ara dolorosa del sacrificio; ahora podía exclamar con la misma seguridad del Apóstol: “He luchado en buena batalla y he llegado al fin. Ahora espero la recompensa que me dará el Justo Juez”.     

   Cumpliendo el expreso deseo de la difunta, su cuerpo fué amortajado en alba vestidura con una faja azul que ceñía su cintura. Engalanada con esta vestidura habíase acercado un día a recibir por primera vez en su pecho al Cordero Inmaculado.

   La capilla de Nuestra Señora de los Ángeles guardó transitoriamente sus mortales despojos; Jacinta descansaba ahora a la sombra del Santuario de la Santísima Virgen, a quien ella tanto había amado y venerado.

   Veloz como el aura corrió la noticia del fallecimiento por todo Portugal, y como obedeciendo a un solo impulso, desfilaron ante el féretro en interminable caravana hombres de toda condición social. Todos anhelaban poseer una reliquia, más estando prohibido cortar algo de su vestidura, satisfacían sus deseos haciendo tocar sobre el venerado cuerpo cuántos objetos tenían a su alcance, pañuelos, medallas, rosarios, etc.

   Tres días y medio quedó expuesto el cuerpo difunto a la pública veneración y ante un inmenso gentío que iba cobrando proporciones cada vez más gigantescas. La expresión angelical de la que fuera mártir del amor divino obraba en los corazones cual poderoso y secreto imán.

   El señor Antonio Rebelo de Almeida, encargado de custodiar el venerando cuerpo, nos describe así su impresión: “Me parecía más bien ver ante mis ojos un ángel que un despojo del ser humano. Su cuerpo mortal parecía vivo. Sus labios, así como todo su rostro, eran semejantes a las más hermosas rosas. El agradable olor que exhalaban sus miembros no puede explicarse naturalmente; superaba a la fragancia de las más exquisitas flores. Muchas personas acudieron a venerarla y todos se retiraban llevando en sus almas la impresión de haber contemplado a una santa”.

   El notable especialista doctor Enrique Lisboa hace notar particularmente el aromático perfume que exhaló constantemente el cuerpo difunto todo el tiempo que permaneció insepulto, habiendo Jacinta fallecido de una pleuresía purulenta.

  El 24 de febrero, a las 11 horas, era llevada procesionalmente a la estación ferroviaria Rosario, desde donde en triunfal apoteosis debía seguir hasta Vila Nova de Ourem y ser depositada en el suntuoso mausoleo de la familia del barón de Alvaiázere.

   Esta piadosa conducta del barón en dar tan magnífica posada a los restos venerandos de Jacinta, evitando así la profanación de los anticlericales., fué para él y para toda su familia jalón bendito de innumerables gracias de parte del Altísimo. Los miembros de esta ilustre familia se encontraban atacados de los mortíferos microbios de la tuberculosis; cuatro hermanos del barón habían caído víctimas de esta enfermedad, y desde aquel momento en que Jacinta, podíamos decir, entró a formar parte integrante de la familia, el terrible flagelo abandonó su dominio, vencido por el hálito protector del “Ángel de la Guarda”, como solía llamarla el piadoso barón de Alvaiázere a Jacinta.

   En este suntuoso mausoleo quedó el cuerpo de Jacinta hasta el 12 de septiembre de 1935, fecha en que por decreto del obispo diocesano fué trasladado a Fátima, acompañado de un grandioso cortejo. “Con lágrimas en los ojos — escribe el piadoso barón — vimos retirar del mausoleo la  bendita reliquia, por cuya intercesión habíamos conseguido tantas gracias celestiales”.

   Antes de emprender la triunfal marcha, abrieron el féretro en la parte de la cabecera y encontraron su rostro incorrupto, mostrando la plácida expresión del que disfruta de un tranquilo sueño. Cerraron nuevamente el venerado féretro en presencia de las autoridades eclesiásticas y civiles, e iniciaron la marcha hacia el nuevo destino.

   En Cova de Iria, lugar de las benditas apariciones, se detuvo el cortejo, cantaron el oficio de difuntos y celebraron una Misa.
   Llegaron por fin a Fátima, en cuyo cementerio, que se encuentra junto a la misma Iglesia Parroquial, el obispo diocesano, Mons. José Alves Correara da Silva, había ordenado construir un mausoleo para los dos videntes: Francisco y Jacinta Marto. El mausoleo, en sus líneas arquitectónicas, es de sobria sencillez, distinguiéndose entre los demás por su nítida blancura. En su portada leemos el siguiente epitafio: “Aquí yacen los mortales restos de Francisco y Jacinta, favorecidos con la augusta presencia de la Reina de los Cielos”.

   El 20 de febrero de 1944, aniversario de la muerte de la inocente pastorcita Jacinta, fué bendecida una placa conmemorativa en el Hospital Estefanía, el cual lleva el siguiente epitafio:

   “El 20 de febrero de 1920, A las 23.80 horas, falleció en este Hospital, Jacinta Marto,
Todavía no cumplidos 10 años de su vida. Es una de los tres videntes, A los que se apareció en “Fatima La Bienaventurada Virgen María.”



“FINAL DE LA PUBLICACIÓN DE JACINTA”


JACINTA MARTO (IIda. parte) Una vida breve, santa y llena de enseñanzas para la salvación de nuestras almas



JACINTA EN EL HOSPITAL –– Vamos a exponer brevemente y en partes la vida y muerte de Jacinta Marto. (Tomado del libro “Apariciones de la Santísima Virgen en Fátima” por el Padre Leonardo Ruskovic O.F.M. Año 1946)

   La enfermedad continuaba su acción destructora en el cuerpo de Jacinta; sus padres, alarmados, resolvieron llevarla al hospital de Vila Nova de Ourem. Este pueblo, como ya dijimos al principio de esta historia, es de origen medioeval. Muy cerca se encuentra C’astel, el último y bien patente vestigio musulmán.

   Vila Nova es ya bien conocida por nuestros pastores; allí pasaron tres días de duro encarcelamiento, abandonados de todos, hasta de sus mismos padres.

   Muy penoso parecía a los padres de Jacinta comunicar a su pequeña esta resolución, ignorando ellos que la enferma esperaba ya de antemano, con tranquila resignación, este deseo de la voluntad Divina; sus padres quedaron admirados viendo con cuánta serenidad y calma recibía de sus labios la triste noticia.      

   De todos se despidió, especialmente de Lucía, a quien en esta ocasión le refirió todo lo que la Santísima Virgen le había manifestado cuando se le apareció durante su enfermedad.

   —Pregunté a Nuestra Señora — dijo Jacinta— si tú también irías a Vila Nova, y me dijo que no; eso fué para mí lo más penoso. Me advirtió que me acompañaría mi madre al hospital, y allí me quedaría sola.

   Después de un momento de silencio, Jacinta añadió:

   — ¡Ah, si tú fueras conmigo!... Me cuesta separarme de ti. En el hospital estaré sin ninguna compañía. ¡Cuánto sufriré allí!

   Bien conocía la pequeña enferma por qué iba al hospital; así lo manifestó a su prima cuando le dijo:

   —Nuestra Señora quiere que vaya al hospital, no para curarme, sino para sufrir allí por amor de Dios y por la conversión de los pecadores.

   Y estas proféticas palabras que le comunicara la Madre de Dios cumpliéronse al pie de la letra.

   Cuando su madre la visitó por primera vez, no manifestaba otro anhelo que el de ver a su prima Lucía.

   En la segunda visita llegó la señora Olimpia, acompañada de Lucía; cuando se vieron las dos inseparables compañeras, se abrazaron tiernamente y recordaron los lejanos días de inocente alegría. Los momentos transcurrieron veloces y cuando se despidieron, mucho tenían aún que decirse mutuamente. A cuantos preguntaban a Lucía por la salud de Jacinta, respondía:

   —La encontré como siempre, muy alegre. Su único deseo es sufrir por amor de Dios, en honor del Inmaculado Corazón de María y por la conversión de los pecadores. Sólo en eso piensa y de eso habla; es su único y mayor anhelo.

   Después de dos largos meses de permanencia en el hospital, Jacinta regresó nuevamente a su casa sin la menor muestra de alivio. Al contrario, se le manifestó una gran herida a modo de úlcera y que era necesario curarla con mucho dolor de la paciente. Nueva penitencia que la bondadosa y paternal mano de Dios la enviaba y ella aceptaba con entera resignación. No era para ella menos dolorosa cruz las continuas y multiplicadas visitas que afluían ahora más numerosas, al saberse la noticia de su grave enfermedad; a todas recibía con plácido semblante, ofreciendo a Dios sus interiores sufrimientos, por la conversión de los pecadores y en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Mucho le complacía la visita de los pequeñuelos; con ellos pasaba dulces momentos, enseñándoles los rudimentos de la doctrina cristiana; les hacía rezar el santo rosario y les aconsejaba no ofender a Dios Nuestro Señor para no caer en el infierno..., y los pequeñuelos se encontraban felices en la amable compañía de la bondadosa paciente.

   Nunca olvidaba a su ya difunto hermano Francisco.

   — ¡Ah, si pudiera verlo!... —repetía con frecuencia.

   Su prima la consolaba, diciéndole:

   —Ya pronto le verás; ya no te falta mucho para ir al cielo; en cambio, yo. . .

   —Pediré mucho para que pronto vayas al cielo— decía Jacinta —; es Nuestra Señora la que desea que aún continúes viviendo en la tierra.

   Visitó un día Lucía al señor párroco de Olival, quien, como hemos dicho, se interesaba mucho por el adelanto espiritual de los pastorcitos; al saber que Jacinta se encontraba muy enferma y tan sumamente debilitada que no podía rezar de rodillas sus oraciones, le ordenó que las recitara en su mismo lecho de dolor. Al oír Jacinta el mensaje, contestó:

   — ¿Y Nuestra Señora se quedará conforme con tal oración?

   Lucía le contestó que era voluntad de Dios el cumplimiento de los mandatos de sus ministros.

   Jacinta manifestaba confidencialmente a Lucía lo siguiente:

   — ¡Si supieras cuánto gozo todas las veces que digo a Jesús que le amo!; siento en mi interior como si tuviera fuego.

   Muy resignada le dijo un día a Lucía:

   —De nuevo vi a la hermosa Señora y me dijo que me llevarían nuevamente al hospital, en Lisboa, y que allí sufriré mucho y moriré sin verte... Pero me animó mucho a sufrir todo por amor de Dios y que Ella misma me llevaría al Paraíso—, y concluyó entre lágrimas:

   —Nunca más te veré; .allá no irás a visitarme...

   No habían pasado varios días de este doloroso coloquio, cuando se presentó en Aljustrel un especialista, el doctor Enrique Lisboa, y diagnosticando a nuestra enferma declaró que era necesario llevarla a la capital, Lisboa, y allí operarla, asegurando a sus padres que recobraría la salud.

   Al pensar Jacinta en su pronta y para siempre ausencia, no podía evitar que furtivas lágrimas asomaran sus ojos. Y la encontró un día Lucía abrazando tiernamente a una imagen de la Virgen y diciendo:
   — ¡Oh, querida Madre Celestial!... ¿moriré tan lejos de mis padres y de Lucía?. . .

   ¡Cuanto más se acercaba la muerte, tanto más se acrecentaba en ella el deseo vehemente de salvar pecadores!

   — ¿Qué harás en el cielo? — le preguntó Lucía.

   —Amaré mucho a Jesús y al Inmaculado Corazón de María. Rezaré por los pecadores y por el Santo Padre.

   Y terminó rogando a su prima que no revelase a nadie todo cuanto la Santísima Virgen le había manifestado.

   Llegó el día fijado para partir hacia Lisboa. Momentos amargos y dolorosos fueron para nuestra enferma aquellos en que dirigía el último adiós a los seres queridos, de quienes ahora la distancia la alejaba y la muerte más tarde se encargaría de sellar con su gélido hálito esta separación. Difícil es a la palabra interpretar fielmente los sentimientos que unen a dos almas que vibraron y latieron al unísono bajo el impulso de un mismo y santo ideal. ¿Qué podremos decir de los últimos instantes que transcurrieron para Jacinta y Lucía?... Dejemos respetuosos correr las lágrimas que brotaron de ambos corazones, que ellas, en su mudo lenguaje, nos hablarán con más elocuencia.



JACINTA MARTO (Ira. parte) Una vida breve, santa y llena de enseñanzas para la salvación de nuestras almas



JACINTA  – Vamos a exponer brevemente y en partes la vida y muerte de Jacinta Marto. (Tomado del libro “Apariciones de la Santísima Virgen en Fátima” por el Padre Leonardo Ruskovic O.F.M. Año 1946)



   En la presente historia es muy conveniente hacer una breve reflexión sobre la vida de Jacinta. Su característica es: conmiseración hacia los pobres pecadores y sentir por ellos; después de la primera aparición de la Virgen en Cova de Iria, sed insaciable de inmolación ante la justicia ofendida de Dios.

   Niña inocente, ignorando aún la fealdad y malicia de aquel pecado que ultrajara la virtud angelical de la santa pureza, después que la bondadosa Madre de los pecadores le hubo manifestado que la mayoría de las almas se condenan, arrastradas por la ciega pasión de la sensualidad, practica toda clase de sacrificios para expiar de alguna manera tan nefandos crímenes.

   Jacinta nació el 11 de marzo de 1910. Su madre Olimpia contrajo segundas nupcias con don Manuel Marto. Del primer matrimonio tuvo dos hijos, y del segundo nueve. De los once, la menor era Jacinta.

   La historia nos atestigua que de estas numerosas familias salen ordinariamente eminentes figuras que honran a la humanidad, mientras que se atraen la maldición de Dios y de la Patria los matrimonios voluntariamente estériles, los que aniquilan las vidas de seres indefensos apenas embarcados en la arquilla de la existencia, los que anhelando únicamente el voluptuoso placer de satisfacer sus apetitos irracionales huyen de los frutos sagrados del matrimonio.

   Por ser la más pequeña de la familia, Jacinta era el rico tesoro y la flor más mimada de sus padres y hermanos. En ella, antes de la primera aparición, nada notaba de extraordinario, ni destello alguno de su futura santidad. Al contrario, tenía mucha imperfección. Con sus compañeras, afirma Lucía, era con frecuencia bastante antipática, por su carácter demasiado melindroso. Siempre luchaba por salir triunfante con su opinión. En los juegos era necesario dejarla que eligiera lo que más le agradaba. Ordinariamente no gustaba entretenerse sino con Francisco y su prima Lucía. Demostraba especial afición al juego de los botones; cuando la llamaban para comer, siempre guardaba varias piezas de este artículo con el fin de ser dueña absoluta en el juego siguiente. Pero el baile la atraía con singular complacencia; era suficiente sentir el pulsar de cualquier instrumento para que inmediatamente se pusiera a bailar y aunque niña todavía, era ya una “artista” en la danza, según expresión de su prima Lucía.

  Poca inclinación sentía a la oración. Para terminar cuanto antes el rezo del santo rosario, decía solamente: “Ave María, Ave María”, y cuando llegábamos al fin de cada misterio —nos cuenta Lucía—, rezábamos con mucha lentitud el padrenuestro y así concluíamos en un abrir y cerrar, de ojos.

   Cuando más tarde, principalmente en los dos últimos años de su vida, la encontramos practicando heroicas virtudes, podemos admirar el efecto de la gracia divina cuando el alma corresponde ampliamente a los amorosos llamados de Dios; la santidad no es un don gratuito del Señor, sino el resultado feliz de la íntima cooperación del hombre con la voluntad de Dios.

   La santidad consiste en el amor acendrado a Dios y al prójimo. Es necesario el esfuerzo del hombre, luchando contra sus malas inclinaciones. Las imperfecciones del alma son como herrumbres, que es menester limpiarlas para que no priven al alma de su lucidez y hermosura.

   En medio de la veleidad natural de la infantil edad, Jacinta procuraba no ofender a Dios. Jugaba en cierta ocasión a “las prendas”, juego en el que el ganador manda con absoluto imperio a los otros, quienes deben obedecer sumisamente. Me tocó a mí la suerte de ganar —cuenta Lucía—, y mandé a Jacinta a abrazar y besar a un hermanito mío que estaba allí cerca.

   —Eso no —contestó Jacinta—; ¿por qué no me mandas otra cosa? Mándame besar el Crucifijo, que está colgado de la pared.

   —Está bien —contestó Lucía—, bésalo.

Jacinta, subiéndose a una silla, abrazó tres veces la sagrada efigie, dándole tres ósculos, uno por Francisco, otro por Lucía y el tercero por ella; al besar el Crucifijo decía:

   —A Cristo, Nuestro Señor, beso cuanto quieras.

   Lucía les refería las dolorosas escenas do la Pasión del Señor; al concluir, Jacinta, muy enternecida, suspiró:

   — ¡Pobre Nuestro Señor!; en adelante no quiero pecar más, no quiero que Nuestro Señor sufra.


   Después de la primera aparición, Jacinta no buscaba otra cosa sino agradar a Dios y a su Divina Madre, imaginando siempre nuevas mortificaciones para ofrecerlas a Dios por la conversión de los pecadores, en sufragio de las almas del Purgatorio y por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María, de tal manera que su breve vida podemos compendiarla en “breve vida de reparación por los ultrajes cometidos contra Dios Nuestro Señor”. Este generoso amor a Dios lo observamos en los innumerables sacrificios y lo veremos especialmente durante el período de su dolorosa y grave enfermedad; tan enamorada estaba de Dios, que por su amor aceptaba gustosa cualquier género de martirio; nada, absolutamente nada, podía separarla de la caridad de Cristo.

   Con agigantados pasos caminó Jacinta por la senda de la santidad en los dos años siguientes a la aparición en Cova de Iria; todos sus deseos y afectos estaban concentrados en Dios, y por eso anhelaba tanto su alma unirse a Jesús - Hostia en la sagrada comunión; bien sabía que el manjar eucarístico había que recibirlo “solo por amor, quien sólo por amor se ha dado a nosotros”, conforme afirma San Francisco de Sales. Vio tornarse en dulce realidad su ardiente deseo en mayo de 1918, mes destinado en Europa al culto de nuestra Divina Madre. Unió su alma por primera vez al Cordero Inmaculado en la Iglesia de Fatima, lugar donde años atrás naciera a la vida de la gracia. Desde este momento, Jacinta se abraza más que nunca a su Divino Amado y para El continúa viviendo y latiendo su corazón.

   Lucía, hablando de esta íntima unión con Jesús, nos dice: “Se sentía junto a Jacinta lo que de ordinario se experimenta junto a una persona santa, que en todo momento está en íntima unión con Dios. Jacinta, (desde la primera aparición) conservaba siempre un continente serio, modesto, amable, que parecía traducir su sentimiento de la presencia de Dios en todos sus actos, señales propias en personas de edad y consumadas en virtud. Si en su presencia algún niño o persona de edad decía o hacía algo inconveniente, los reprendía diciéndoles: “No hagas eso, porque ofendes a Dios Nuestro Señor”. Si alguna persona se mofaba de ella llamándola beata, hipócrita o santa de pacotilla, lo que acontecía con mucha frecuencia, la miraba dulcemente y recibía esas injurias sin decir palabras”.

   Mientras Francisco seguía en su lecho de dolor, el mismo terrible mal, la fiebre española, postró también en cama a su hermanita Jacinta, más pudo restablecerse prontamente de su enfermedad y volver nuevamente junto al lecho de Francisco. Un día, mientras aún estaba enferma, llamó apresuradamente a su prima Lucía; cuando acudió, le dijo:

   “¿Por qué no viniste más pronto?... así hubieras podido ver a Nuestra Señora. Estuvo aquí y me dijo que pronto se llevaría al cielo a Francisco. Me preguntó si deseaba convertir más pecadores, y al contestarla que sí, me manifestó que iría a un hospital en donde me aguardaban muchos sufrimientos, y me pidió que todos los sufriera por amor de Dios y en reparación de los ultrajes contra el Inmaculado Corazón de María”.

   Poco tiempo después de la muerte de Francisco, Jacinta sentía agotarse su salud, hasta que un día, con santa resignación a la divina voluntad, volvió al lecho del dolor. Cuando recibía la visita de Lucía, siempre le encomendaba que le dijese a Jesús escondido (así llamaba a Jesús en el Santísimo-Sacramento), que le amaba mucho.

   Recibía mucho consuelo con la visita de su bondadosa prima y solía decirle:

   —Quédate un poco más conmigo; ¡me consuela tanto tu presencia!..

   ¡Cuánta caridad y unión ligaba a esas inocentes almas!. . .

   Algunas veces, Lucía le presentaba hermosas y perfumadas flores recogidas del campo. Al verlas, Jacinta exclamaba:

   —Yo nunca volveré al Cabezo, ni a Valinhos, ni a Cova de Iría.

   —Consuélate, porque pronto irás al cielo a gozar de Dios — le respondía Lucía.

   Por la extrema debilidad que había alcanzado  su inocente cuerpo, no le fué posible llevar más tiempo ceñido el rudo cilicio con que había mortificado su carne; lo depositó en manos de Lucía, diciéndole:

   —Toma esta cuerda, y si me sano, me la devolverás.

   La cuerda tenía tres nudos y estaban teñidos en sangre. Hoy esta cuerda se conserva junto con la de Francisco, como preciosa reliquia en el grandioso santuario de Nuestra Señora de Fátima. Lucía quemó la suya al retirarse al convento.

   Al ver la señora Olimpia que su pequeña Jacinta se agotaba por la acción lenta pero continúa de la enfermedad, amargo tormento laceraba su corazón de madre y lágrimas ardientes surcaban sus mejillas. En tal trance, Jacinta la consolaba:

   —No llores madre, porque me voy al cielo, en donde rezaré mucho por ti.

   A los amorosos cuidados de su madre, ella manifestaba siempre que nada necesitaba. Únicamente Lucía conocía la razón de esta conducta.

   —Tengo sed— le decía a ésta—, pero no quiero beber; quiero ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores.

   Un día no quiso gustar una taza de leche que le ofrecía su madre, y grande fué el dolor de ésta al ver que su hija rechazaba el alimento. Lucía estaba presente, y cuando quedaron solas le dijo:

   — ¿Por qué desobedeces a tu mamá y no ofreces este sacrificio a Nuestro Señor?

   Humildemente prometió obedecer siempre, y, pidiendo el alimento, satisfizo la voluntad de su madre.

   — ¡Ah, si supieras con cuánta repugnancia tomé la leche! — confesaba a su prima.

   Conforme había prometido obedecer, recibía todos los alimentos que le suministraban, aunque ellos le causaban profunda repugnancia. Otro día le ofreció su madre una taza de leche y un racimo de uvas: ella, muy alegre, bebió lo primero y rechazó las uvas, aunque éstas eran de su agrado.

  Cuando Lucía la animaba con la esperanza de recobrar la salud, ella contestaba:

   —Ya sabes que no mejoraré. Siento dentro del pecho mucho dolor, pero todo lo sufro por la conversión de los pecadores.

   Horas enteras transcurrían sin, que entablara conversación, excepto con Lucía. La señora Olimpia preguntó a ésta, porqué Jacinta pasaba tanto tiempo en profundo silencio.

   —Ya le pregunté —contestaba Lucía—, pero sonriéndose no quiso decirme nada.

   No obstante, para complacer a la afligida señora, la interrogó nuevamente, respondiendo Jacinta:

   —Pienso en Nuestro Señor Jesucristo y en el Inmaculado Corazón de María, como también en el secreto que nos había comunicado. . .



   Bien podemos ver cuán íntimamente unida estuvo Jacinta con su amado Jesús; este amor animaba en su alma la sed insaciable de penitencias y sacrificios; su anhelo era sufrir y sufrir mucho por los pecadores, consolar al Inmaculado Corazón de María en su pena por los ultrajes de los hombres.

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