sábado, 17 de febrero de 2018

MARÍA




Desde la eternidad ha sido elegida y consagrada, desde el principio, antes de que existiese la tierra: “María ha sido elegida y predestinada por Dios desde toda la eternidad”. Estas son las palabras que la Iglesia y los Santos Padres aplican a María en la Escritura.

    María ha sido elegida desde toda la eternidad; porque es una obra divina, no de una hora, de un mes, de un año, de un siglo, sino de todos los siglos. Dios la eligió desde la eternidad, y anunció a esta admirable mujer por medio de tipos, figuras y hechos proféticos. Así es que predijo su virginidad con la virginidad de los ángeles, su caridad con el amor de los serafines, su pureza con la del firmamento, su esplendor con el brillo de las estrellas, su hermosura con la de las verdes praderas y de las flores, los frutos abundantes de sus sublimes virtudes con los muchos árboles de la tierra. Todas las virtudes de todos los Santos no son más que sombra de las virtudes de la incomparable María; todas sus perfecciones no eran más que un débil ensayo, un bosquejo que Dios hacía para llegar a crear a María. Por esto S. Bernardo llama a esta bendita Virgen el gran negocio de todos los siglos. Por esto ha sido también elegida y predestinada por Dios para ser princesa y reina del Cielo y de la tierra, de los ángeles y de los hombres....

   María ha sido elegida y predestinada desde la eternidad para ser el sacerdote místico que ofreciese a Dios, con la redención, el precio de la salvación de todo el género humano, a Jesucristo, su Hijo, en holocausto y en víctima de expiación.....

   María ha sido elegida como el más perfecto modelo de todos los pensamientos, de todas las palabras y obras santas.

    María ha sido elegida para disponer a la Iglesia toda. Por esto se la llama en los Cánticos ejército ordenado en batalla.

   María ha sido elegida y predestinada para tener lazos de parentesco y de consanguinidad con la Santísima Trinidad, pues dio a luz a Jesucristo, Hijo de Dios Padre. Es además esposa del Espíritu Santo......

   María ha sido elegida y predestinada para ser el lazo de unión entre el hombre y Dios, ya poniendo en el mundo a Jesucristo Dios y hombre, ya reconciliando, por medio de Jesucristo, a Dios con los hombres y a los hombres con Dios. Como dice S. Juan Damasceno, los siglos se disputaban la gloria de verla aparecer. (De Land. Virg.)

   Es el manantial que brota en la montaña más alta, manantial más abundante que todas las fuentes de las colinas; porque para llegar a la concepción del Verbo, dice S. Gregorio, ha levantado sus méritos más allá de todos los coros de los ángeles, hasta el trono de la Divinidad.

   Cuando Dios preparaba los cielos, hace decir la Iglesia a María, yo estaba presente: (“Cuando él afianzaba el cielo, yo estaba allí;” Prov. 8,27). La santa Virgen estaba ante Dios; porque todo lo que Dios creaba en el firmamento lo destinaba para representar a la bienaventurada Virgen María.....


   El que hizo en otro tiempo el firmamento, y lo redondeó en los espacios, dice S. Juan Damasceno, ha convertido hoy a una criatura en Cielo sobre la tierra.


Estaba con Dios en la creación: “Yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día…” (Prov. 8,30). Y  me alegraba, y me deleitaba jugando en la redondez de la tierra. Estas palabras se aplican también a la Virgen Santísima; pues la sabiduría de Dios la anunció al género humano en Eva, en el arca de Noé, en el arca de la alianza, en la zarza ardiente, en la vara de Aarón etc.


   He salido de la boca del Altísimo, he nacido antes que todas las criaturas: “Yo sola recorrí el circuito del cielo y anduve por la profundidad de los abismos” (Eccli. 24, 5). S. Juan Damasceno da a María el nombre de abismo y de taller de milagros. 


TESOROS
de
CORNELIO Á LÁPIDE.


lunes, 12 de febrero de 2018

APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES EN 1858.




Jueves, 11 de febrero 1858

    Once de febrero de 1858, Lourdes y sus contornos estaban soñolientos bajo un cielo gris y triste. Un frío intenso, punzante entraba por las fisuras de la ventana de la celda.
    En un rincón de ella, Francisco Soubirous yacía en cama enfermo; la lumbre se había apagado, no había leña, Bernardita y su hermana María Antonieta decidieron ir a recogerla a orillas del río, o en la propiedad comunal.
    Demasiado mal tiempo, observó la mamá, para ti Bernardita que tienes tos, podrías enfermarte. Oh! yo salía en Bartrés aún con tiempo así, responde dulcemente la niña. En ese momento entra una jovencita de 15 años, llamada Juana Abadie, cuando oyó de qué se trataba.
   -Oh! yo voy también grito saltando de alegría, y golpeando las manos.  Enseguida estuvo de vuelta, diciendo que sus padres le habían dado permiso para ir al bosque. Las chicas tanto suplicaron y rogaron que la madre al fin consintió, con la condición de que Bernardita se cubriera con su capuchón de lana blanca.
    El tiempo se mantenía gris, caía una llovizna fina que helaba.
    Las tres chicas estaban demasiado ocupadas, en buscar ramas secas y huesos, para advertir la garúa y el frío. Ya habían pasado la calle que corre a lo largo del cementerio y donde generalmente encontrábase leña. Continuaron, descendieron por la costa que conduce al Ponte Vecchio sobre el Gave y haciendo alto quisieron convenir hacia donde irían, si hacia el curso superior del río o siguiendo la corriente.
   Brincando, bien pronto llegaron a la bajada que hoy conduce a la Basílica, atravesaron el canal de Savy por un puente de madera que no estaba lejos del molino del mismo nombre y entraron en el prado. De repente, la primogénita de Soubirous se detuvo, un escrúpulo la asaltaba: ¿si la tomaban por ladrona? Y pronto le ocurre una idea infantil. ¿Oigan si fuéramos a ver dónde termina el canal?... Dicho y hecho: se encaminaron por la orilla del arroyo. Aquí el prado iba poco a poco estrechándose y venía a terminar casi en punta: después las chicas no pudieron avanzar más. Se encuentran sobre un banco de arena y piedra el lugar donde el canal se echa en el Gave. Allí a su frente, al pie de una roca quebrada y casi a pico se abría una cavidad poco profunda entre los arbustos y la hiedra que aparecía como media cúpula irregular y sobre ella, a, la derecha, mía, entrada formaba un camino inclinado que llevaba a una abertura ojival por la que penetraba la luz.
    Las chicas miraron con curiosidad. ¡Qué suerte! en la, gruta, había ramas secas que el Javo, había dejado en. la, última creciente y también había huesos; además estando en reparación el molino de Savy, las compuertas del canal estaban cerradas y no dejaban pasar más que un hilito de agua; podrían atravesarlo sin dificultad.
    Juana y María Antonieta no pensaron mucho, como no tenían medias entraron en la escasa corriente con los zuecos en la mano. ¡Qué fría está el agua! Gritaron. Allí el agua era más profunda de lo que parecía y subieron más el vestido para no mojarlo. Bernardita, escandalizada, gritó a la hermana.
    — ¡Qué haces María!, deja más bien que se te moje la pollera.
    La hermana obedeció y con la compañera entraron en la gruta donde se acurrucaron para calentarse los pies.
    Bernardita indecisa no sabía que hacer; temía, que el agua fría la enfermara. Llamó a su hermana y a Juana para que la ayudaran a tirar piedras en el canal de modo de poder pasarlo sin mojarse los pies.
    —Has como nosotros, le respondieron las dos. Pero María Antonieta tuvo compasión de su hermana tan delicada por su mal y se ofreció para llevarla cargada. No, gracias, dice Bernardita, eres muy chica y caeremos las dos al agua... pero si Juana quisiera... Esta era más alta y más robusta, pero aun ofendida por lo de las polleras le dijo: —No eres más que una llorona y una cargosa. Si no quieres pasar, quédate.
   Hola! Responde Bernardita seriamente, si quieres pelear anda a otra parte y no aquí…
   — ¿Y porque no aquí como en cualquier parte?
   —Vamos estas muy mal y harías mejor en rogar al buen Dios.
    Juana de despecho, como confesó más tarde, recoge los huesos y las ramas y arrastra consigo a María Antonieta a lo largo de la orilla del Gave. Ya están lejos…
    Cansada de esperar, Bernardita, probó de tirar grandes piedras en el canal, pero el agua muy profunda, pasaba sobre ellas.
    Fué a mirar más lejos, si la corriente se estrechaba. En vano, retornó a la gruta decidida a pasar también ella, el arroyo descalza. Era mediodía.
    Pero dejemos aquí la pluma a la misma Bernardita: en sus apuntes íntimos, una sencillez deliciosa y natural brilla sobre cada palabra como la gota de rocío sobre la hoja de la hierba.
“Me había sacado solo una media, cuando oí un rumor como una ráfaga de viento. Miré hacia el prado y noté que las hojas de los árboles, no estaban agitadas. Continué descalzándome y de nuevo el mismo rumor, levanté la cabeza hacia la gruta y vi una Señora vestida de blanco. Ante esa visión me sobresalté y creyendo soñar me froté los ojos. Pero yo veía siempre a la Señora. Entonces saque del bolsillo el Rosario e intente hacer la señal de la cruz; pero mi mano no pudo llegar hasta la frente. Aumentaba mi sorpresa y temor. La Señora tomó el rosario que tenía en las manos e hizo la señal de la Cruz. Traté de hacer lo mismo y esta vez lo conseguí. Sentí enseguida desvanecer esa turbación que me había invadido, me arrodillé y recé el Rosario frente a la Señora bella. Cuando hube terminado, me hizo señal que me aproximara, pero yo no osé y Ella desapareció”. 



    A sus amigos Estrade, ella dijo muchas veces: “Mirando hacia la gruta yo vi en una abertura de la roca, que un rosal silvestre, uno solo, se agitaba, como sacudido por un gran viento. Casi al mismo tiempo salió del interior una nubecita dorada y poco después apareció una Señora joven y bella, de una belleza como yo jamás vi igual. Se detuvo en la abertura, sobre el rosal, me miro, me sonrió, me hizo señal que me acercara como si, como si hubiera sido mi madre. La Señora estaba allí sonriéndome y haciéndome entender que yo no me engañaba. Me dejó rezar sola mientras los dedos hacían pasar una por una, las cuentas del rosario y sus labios quedaban unidos; solo al fin de cada decena su voz se unía a la mía para decir: “Gloria Patri et filio et Espiritui Sancto”. 


    No era pues un fantasma vaporoso e  indefinido lo que Bernardita veía: era un ser viviente que cambiaba de posición, se inclinaba, saludaba y hacía la señal de la Cruz. Era una señorita, es decir una señora muy joven era una “Madam” o una “Madamisela”, no más grande que yo, decía Bernardita, la que como sabemos era, baja para su edad. Usaba un vestido blanco, largo hasta los pies, de los que solo dejaba, ver las puntas; tenía, en el cuello una cinta blanca que caía hasta el pecho. Su cabeza cubierta por un velo blanco que cubría también espalda y brazos y llegaba al ruedo del vestido. Sobre cada pie una rosa amarilla refulgente como el oro, parecían pegadas al ruedo. El cinturón azul largo como tres veces mi mano, que después del nudo caía hasta debajo la rodilla. La cadena del rosario amarillas como las rosas, las cuentas blancas grandes y muy distanciadas. La “muchacha era muy jovencita, viva, circundada de luz”.
    Desaparecida la visión, la chica se halló de rodillas sobre las piedras, vecinas al lugar donde moría el arroyuelo. Miro aun pero  el encanto había desaparecido, vacía la ojiva y la roca fría y muda. Fué presa de una gran tristeza, hubiera querido seguir viendo y quedarse allí para siempre. Juana y María Antonia estaban de vuelta, cada una con un hacecillo de leña.

    Mira —dice María— Bernarda reza.
    Oh, loca —dice Juana— que linda idea, venir hasta aquí a rezar. ¿No basta rezar en la iglesia? Dejémosla esta no sabe hacer otra cosa más que rezar. Diciendo así la hermana le tira dos piedritas. Bernarda no se mueve, sus ojos están dirigidos al nicho.
    María Antonia grita entonces—Bernarda está muerta!
   Pero no, no está muerta, si lo estuviera habría caído al suelo dice Juana.
    Bernardita al final se levantó
    — ¡Oh animal! —grito la hermana ir a rezar sobre las piedras. Santurrona e inútil — añade Juana. ¿Quieres o no venir con nosotras?
    —Las oraciones— responde dulcemente la pastorcita, —están bien donde se hagan.
    Sin prestar atención a lo que hubiera podido añadir, Juana y María Antonieta para sacarse el frío, se pusieron a correr y saltar frente de la gruta; Bernardita se sacó la otra media y entro en el arroyo.
   — ¡Que mentirosas —exclamo porque gritaron si el agua del canal no estaba fría como me dijeron, está caliente como la de lavar los platos.
   —Bueno esta —responde María Antonieta ¿no viste que nuestros pies estaban hinchados y amoratados? Y las dos, Juana y María Antonieta se agachan para tocar los pies de Bernardita. Estaban calientes.
    —Bien afortunada de sentir caliente esa agua, nosotros la hemos encontrado muy diferente.
    Bernardita se calzó y hechos tres hacecillos de ramas recogido tomo el suyo y comenzaron la vuelta.
    Subieron la, ruda, pendiente de Massabielle y encontraron el sendero del bosque.
    En el camino —dice— pregunté a mis compañeras si habían visto algo.
    “No” —responden — ¿Y tú?
    —Oh! no si Vds. no vieron nada, yo tampoco.
   “Yo quería estar callada y no contar nada, pero ellas insistieron tanto que me decidí a contarles con la condición de no decir a nadie.
    Me prometieron guardar el secreto; pero en cuanto llegaron a la casa se apuraron a revelar todo.”
    Aquí termina la narración de la primera aparición tal como la describió más tarde Bernardita.
   Por María Antonia sabemos lo que ocurre la tarde de ese día.
    “Llegadas a casa tiramos los haces junto a la ventana y después de haber comido, mi madre me llamó cerca de la ventana para peinarme.
    Me quemaba la lengua, hubiera querido detallar todo enseguida pero mamá al oírme suspirar una y otra vez y decir “mah” y después “¡hum!”
   — ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes ?me preguntó.
   Entonces todo de un golpe dije lo que había oído a Bernardita. “¡Ay pobre de mí!” gritó mi madre turbada y pesarosa. ¿Qué diablos me cuentas? y llamó a Bernardita quién repitió la narración. Se enojó mucho y dijo a Bernardita: “Son tus ojos los que te han engañado! será alguna piedra blanca que tú habrás visto”.
   “No —respondió Bernardita— Ella tiene un rostro bellísimo”.
   —Es necesario rogar a Dios — agrega mi madre. Puede ser que sea el alma de alguno de nuestros parientes que está en el purgatorio. Mientras tanto prohibió severamente volver a la gruta.
    Mi padre estaba en cama, enfermo; se enojó el también y creyendo que hubiera algo grave dijo a Bernardita: Lindo! tú también quieres empezar a hacer tus truhanería”.
    La buena chica se turbó. Por todo el oro del mundo no hubiera querido disgustar a sus padres, ni desobedecerlos. Esa noche en el momento de la oración, rompe en sollozos.
    — ¿Qué tienes? pregunta la mamá ansiosa.
    — “Nada, siento necesidad de llorar”.
    Cuando se tranquilizó un poco por delicadeza y escrúpulo de conciencia, quiso que se comenzase de nuevo la plegaria.
    Fué a la cama, pero no pudo conciliar el sueño.
   “Volvía, siempre a mi memoria la imagen de aquella Señora, tan bella y gentil, y las palabras de mamá no lograron convencerme que yo me hubiera engañado”. 

    En tal circunstancia, en un triste día de invierno, a una chica pobre ignorante, desconocida del vulgo y de los hombres de ciencia que se le aparece una Señora, en una nube de oro, joven, bella, sobre todo bella y gentil más que ninguna otra cosa en el mundo.



“SANTA BERNARDITA SOUBIROUS”
HIJAS DE SAN PABLO-1940.

lunes, 5 de febrero de 2018

“LA VERDADERA HISTORIA DE FÁTIMA”



Una narración completa de las Apariciones de Fátima.


Contada por el Padre  John de Marchi, I.M.C. 


Capítulo IV: Segunda Aparición 


   Se acercaba ya el día 13 de junio, día señalado por la Señora del Cielo para Su segunda entrevista con los pastorcitos. La noticia de la aparición se había extendido por todo el paisaje, dando lugar a las más diversas impresiones. Algunos creían, pero la mayoría no. De hecho, tanto los niños como sus padres fueron ridiculizados por sus vecinos. Surgieron ásperas censuras a la debilidad de los padres o a su incapacidad para educarles e imponerles el correctivo que reclamaban las circunstancias. “¡Si fuese hija mía! – decía uno, aplastando en las manos su sombrero de la media. Y otro, agitando un palo: ¡“Una buena paliza pondría fin a las visiones”! Hasta los otros niños les escarnecían y se burlaban cuando Lucía y sus primos pasaban. 

   Mientras tanto, la madre de Lucía, en su buena fe, fue para consultar con el Párroco de la aldea, el Rvdo. Manuel Marques Ferreira. Una vez que había escuchado su versión de la historia, sugirió que permitiesen a los niños volver a la Cova da Iría el día 13 siguiente y que se les presentase a él después. Los interrogaría, a cada uno individualmente. Volviendo a casa, la señora María Rosa encontró al Tío Marto y le comunicó el consejo del Párroco. Juzgó él sensato ir también y hablar con el Párroco. Cuando llegó a la rectoría, y le invitaron adentro, dijo, “Señor Cura, mi cuñada acaba de decirme que Usted quiere que yo venga aquí con los niños después de la próxima aparición, con cada uno a la vez. He venido ahora para enterarme de lo mejor que podemos nosotros hacer”.

   ¡“Es mucha la confusión y el enredo”! – dijo el Cura. ¡“Tan pronto es blanco como negro”!

   “El señor Cura da más crédito a las mentiras que a las verdades” contestó Tío Marto con calma.

   “Hasta ahora no había oído decir estas cosas” – respondió el Párroco, notablemente vejado por todo el asunto. “Los demás saben antes que yo lo que pasa. Si quieren los traen, y si no, no los traigan”.

   “Vengo, señor Cura, en bien y para bien”.

   Entonces Tío Marto se dirigió hacia la terraza y trató de encaminarse a casa, pero cuando estaba a mitad de las escaleras, el Cura le dijo de nuevo:
   “Tío Marto, eso queda de su responsabilidad. Tráigalos si quiere, y si no, no los traiga”.

   “Buen Padre, de venir será en bien y para bien, no para discordias”.

   Entre aquellos pocos que creían, hay una que merece mención especial: la señora María dos Santos Carreira. Más tarde llegaba a ser conocida como “María da Capelinha” (María de la Capilla). En su residencia de la planta baja del Hospital en el Santuario de Fátima, contó al autor todo cuanto sabía acerca de los hechos extraordinarios de Cova da Iría que ella, casi desde el principio, tuvo la dicha de presenciar. “Siempre he estado enferma”, ella dijo, “y durante aquellos siete años antes de las apariciones desahuciada de los médicos, me daban poco plazo de vida”. Habían pasado dos o tres días después de la primera aparición, cuando una noche el marido de la Señora Carreira, que había ido a trabajar con el padre de Lucía, Antonio dos Santos, fue contado la historia sobre su hija.

   Esa noche, Señor Manuel Carreira dijo a María su mujer: “Mi querida, Antonio dos Santos me ha contado que Nuestra Señora se apareció en Cova da Iría a una de sus niñas, la más joven, y a dos hijos de su hermana Olimpia, la que está casada con el Tío Marto. Nuestra Señora habló con ellos y prometió volver allá todos los meses hasta octubre”.

   Se despertó la curiosidad de María da Capelinha. “Pues yo he de saber si esto es cierto o no. Y si es cierto, y me es posible, quiero ir allá. ¿Dónde está Cova da Iría”?

   Su marido le dijo, y aunque estaba apenas a 10 minutos a pie de su casa, ella nunca había andado por esos sitios. Nunca antes habían hablado del lugar. Señor Carreira intentó disuadirla. “Piensas, ¡tonta, que vas a ver la Virgen”!

   “Ya sé que no La veré, pero si nos dijesen que iba allá el Rey, nadie quedaba en casa a ver si le veía. Dicen que viene Nuestra Señora y ¿nada hemos de hacer por ir a verla”? Más tarde esta señora llegaría a ser un gran consuelo para los pastorcitos por su bondadosa comprensión y asistencia auxiliadora.

   La gran fiesta de San Antonio se aproximaba. La emoción era evidente en la parroquia; todos, tanto los mayores como los jóvenes, se prepararon para la celebración de la fiesta que también sucedería el día 13. Mientras doblaban las campanas, carros de bueyes adornados con ramas de árboles, flores, banderas y colchas, y cargados con quinientas cestas de meriendas de pan blanco se daban unas vueltas alrededor de la Iglesia y se iba a parar delante de la terraza del señor Cura que bendecía todo aquello. María Rosa sabía que a Lucía le gustaba muchísimo las celebraciones, y esperaba que esta fiesta le ayudase a olvidarse de la Cova da Iría. “Que bien, que mañana tenemos gran fiesta” – dijo a sus hijas. “No le hablemos nosotros más que de la fiesta. La gente es la que tiene la culpa, que anda siempre recordando a Lucía lo de la Cova”.

   La familia intentó evitar el problema de la aparición. Cuando Lucía hablaba de ella, cambiaban el tema para desviar su mente y hacer caso omiso de sus planes. Lucía lo interpretó como desdén y desprecio por parte de su familia; sentía que ellos le habían abandonado. Solitaria y triste, se volvió muy callada, pero de vez en cuando soltaba: “Yo mañana voy a Cova da Iría. ¡Eso es lo que la Señora quiere”!

   A pesar del consejo del Párroco de dejar a los niños ir a la Cova da Iría el 13 de junio, ambas madres querían impedirlo. Quería además Jacinta que la madre participase de la felicidad de la visión y en su ingenua sencillez no podía comprender cómo podía ser tan reacia para admitir lo que para ella era tan evidente. Llena de entusiasmo por la causa de Nuestra Señora, Jacinta suplicó, “Madre, madre mía, ¡venga mañana con nosotros a Cova da Iría para ver a Nuestra Señora”!

   ¡“Qué Nuestra Señora! ¡Tontuela! ¡No! Mañana vamos a San Antonio. Entonces, ¿no quieres tu merienda? ¡Y luego música… cohetes… un sermón muy bonito”! La madre pensó que la mención de la banda y la merienda ciertamente haría a la niña olvidarse de la Cova. Ni siquiera barruntaba ella que hacía ya un mes que su pequeña, para mortificarse por los pecadores, renunciaba a los cantares, a las danzas y hasta a su frugal comida.

   ¡“Madre”! - continuaba la pequeña - ¡“pero en Cova da Iría se aparece Nuestra Señora”!

   ¡“Nuestra Señora no se te aparece; de modo que excusas ir allá”! – la señora Marto contradijo a su niña.

   “Nuestra Señora dijo que se aparecería, ¡por eso con toda certeza se aparecerá”! – Jacinta replicó.

   ¿“No quieres ir entonces a San Antonio”? – Señora Marto intentó cambiar el tema.

   ¡“San Antonio no es bonito”!

   ¿“Por qué”?

   “Porque aquella Señora es mucho más, pero mucho más bonita. Yo voy a Cova da Iría. Si la Señora nos dice que vayamos a San Antonio, entonces vamos”.

   Señor Marto, el padre de Jacinta, estaba en el mismo apuro. No sabía qué hacer el día de la fiesta. ¿“Qué haré”? ¿“Ir a Cova da Iría con los niños”? Y ¿“si no se aparece nada”? No le pareció bien ir a la fiesta de la iglesia y dejar a los niños ir solos a la Cova. Por fin decidió, como había feria en Pedreira iría allá a comprar los bueyes que quería, y cuando hubiese vuelto, todo se habría solucionado. Sí, eso es; iría a la feria. Le perdonaría comprometerse. Quería dormir en paz.

   Al amanecer Jacinta, apenas abrió los ojitos, saltó de la cama y fue corriendo al cuarto de la madre para volver a invitarla a la entrevista con la Señora; pero cuál no fue su espanto al ver la cama vacía. ¡“Y mi madre que no ve a Nuestra Señora hoy”! – dijo ella a sí misma. Pero después casi pensó con gusto: “Al menos podemos ir descansados”.

   Corrió entonces a despertar al hermanito y, cuando éste se hubo vestido, fue a abrir el ganado.

   Una vez que Francisco estaba listo, mordisqueando algún pan y queso por el camino, fueron al encuentro de Lucía.

   Lucía ya estaba esperándoles en el Barreiro. Tan amargamente sentía la falta de compresión y cruel oposición de su madre y hermanas que ansiaba estar sola con sus primos. Sólo con ellos se sentía alegre porque comprendieron y creyeron en ella tal como ella comprendió y creyó en ellos. En sus memorias escribe, “Recordaba entonces los tiempos pasados y me preguntaba a mí misma: ¿Dónde está el cariño que hasta hace poco mi familia me tenía”?

   Pero la Señora estaba para llegar y no había tiempo que perder. Deberían asegurarse llegar a tiempo a la Cova da Iría. “Hoy vamos a los Valinhos” – decidió Lucía. “Allá no falta hierba, y cerquita como está despachamos las ovejas en seguida. Podemos volver a casa y prepararnos con los vestidos del domingo. Hoy no os espero. Voy primero a Fátima, que quiero hablar con unas niñas que hicieron conmigo la Primera Comunión”.

   Más tarde cuando la madre la observaba con toda atención vestirse, se frotaba las manos de gusto pensando que San Antonio le había contestado a su oración de que Lucía se olvidase de todo el asunto. “Pronto se verá” – decía la hermana mayor– “si va para Fátima o toma el camino de Cova da Iría”. Se convino entonces que si Lucía iba a Cova da Iría, la madre los siguiese y allá, escondida, observase y ver si la niña estaba mintiendo. También quería estar presente para impedir que alguien intentase dañar a los niños. No dejaría que alguien dañase a su Lucía, ni dejaría a Lucía caer en el vicio de mentir.

   La señora María Rosa salió, preocupada y triste, decidiendo que primero debería ir a la iglesia. Hacia la mitad del camino se encontró con unas cinco o seis personas extrañas, que ella supuso irían a la fiesta del Patrón. Les dijo:

   “Van Ustedes equivocados. A Fátima no es por ahí”.

   “De Fátima venimos; lo que queremos es ir a casa de los niños que vieron a Nuestra Señora”.

   “Y ¿de dónde son Ustedes”? – balbuceó.

   “Somos de Carrascos. ¿Dónde están los niños”?

   “Están en Aljustrel, pero de aquí a poco vendrán también para la fiesta.”

   Mientras tanto, Lucía iba a la iglesia y allá vio a sus amigas y les invitó a ir con ella a la Cova da Iría. Se juntaron allá unas catorce niñas, todas de la primera Comunión de aquel año, y resolvieron acompañar a Lucía a Cova da Iría. Como de costumbre, cuando Lucía proponía una cosa a sus amigas, nadie se excusaba. Iban todas en grupo, cuando apareció Antonio, hermano de ella, y le dijo: “Hoy no vas a Cova da Iría. ¿Por qué? No vayas y te doy unas perras”. Y ella respondió: “No me importa de tus perras; lo que yo quiero es ir allá”. Anduvieron unos cien metros de la iglesia y el muchacho siempre detrás, queriendo hacerles desistir. Pero a ellas poco se les daba.

viernes, 2 de febrero de 2018

2 DE FEBRERO LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA




Fiesta de la Candelaria

   Esta fiesta se nos presenta como el puente entre el misterio de Navidad y el de Pascua: María tiene todavía al Niño en sus brazos, pero lo lleva al templo para ofrecerlo.
   A los cuarenta días del nacimiento de Jesús, María se dirigió a Jerusalén para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley mosaica. Es una fiesta del Señor y, a su vez, una fiesta de María, una de las fiestas marianas de mayor antigüedad en la liturgia, que completa el contenido simbólico  del tiempo de Navidad. 


   Con las alegrías de nochebuena, “la luz brillo en las tinieblas”, con el esplendor de Epifanía, “la luz envolvió a Jerusalén”, es decir, a la Iglesia; con la liturgia de hoy, en la procesión que recuerda el viaje de María a Jerusalén, la luz arde ya en nuestras manos y, como cantamos en el Introito, “hemos recibido tu misericordia, en medio de tu templo”, pues el cirio que recibimos de manos del sacerdote es un símbolo de Cristo, “luz para iluminar a las gentes”, como decimos con palabras del viejo Simeón.
   “La cera —dice San Anselmo— significa la carne virginal del Divino Infante; el pabilo, su alma; la llama, su divinidad”.
   La purificación  a la cual se sometió la Santísima Virgen por un acto de sublime humildad, sin estar obligada, pasa en el oficio y en la Misa a segundo plano.

   Lo que todo celebramos en este día es LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO. 



MISAL DIARIO
Católico Apostólico Romano-1962.

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