viernes, 28 de marzo de 2025

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DECIMOTERCERO.

 



PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.



DÍA DÉCIMOTERCERO — 13 DE MARZO

 


CATECISMO DE SAN JOSÉ



16- ¿Cómo fue virginal en la promesa este casamiento?

 

Puesto que, según nos ha revelado el Espíritu Santo y nos enseña la Iglesia, el casamiento de San José y de María ha sido muy verdadero, se sigue que estos dos Santos esposos se han pertenecido verdaderamente el uno al otro, por consecuencia. María pertenece a José y José a la divina María Pero ¿cómo se han entregado el uno al otro? «Aquí es donde, exclama San Agustín, debemos admirar el triunfo de la pureza, en la certidumbre de este matrimonio. José y María se entregaron mutuamente, es cierto, más se dieron su virginidad, y se concedieron un mutuo derecho de guardársela el uno al otro; luego María tuvo el derecho de guardar la virginidad de José, y José el de guardar la de María: ni el uno ni el otro puede disponer de ella, y toda la virginidad de este casamiento consiste en guardar su santa virginidad: he aquí las promesas que les unieron, he aquí el tratado que les enlazó: son dos virginidades que se enlazan para conservarse mutuamente el uno y el otro por una correspondencia de deseos púdicos». Tal es el nudo de este matrimonio, dice San Agustín, que es tanto más firme cuanto las promesas que en ella se hacen, deben ser más inviolables, porque son más santas.

 

DE LA CONFIANZA QUE DEBEMOS TENER A SAN JOSÉ.


Hemos visto, almas cristianas, en una de las meditaciones precedentes, que el crédito de los santos en el Cielo no era igual para todos; que había entre ellos una gran diferencia, y que esta diferencia procedía de sus diferentes grados de santidad y méritos.

 

Cuanto mayor es la santidad de los bienaventurados, más los ama Dios; y cuanto más los ama, mejor atiende a sus súplicas, a su intercesión.

 

Ahora bien, dirigid una rápida mirada sobre los innumerables bienaventurados de que se compone la corte celestial, y ved si hay uno sólo, después de María, que sea más favorecido por Dios y más poderoso para con él que el glorioso San José. En efecto, él es el escogido de Dios desde la eternidad para jefe de la Santa Familia; él es a quien la gracia ha unido inseparablemente a la adorable persona del Hijo único de Dios y a su santísima Madre.

 

Imposible es reflexionar sobre las relaciones que tuvo José con el Salvador y su santa Madre, sin quedar convencido de su poder. En efecto, ¿cómo Jesús podría olvidar tantos pasos, tantos desvelos e inquietudes, tantos suspiros, tantas lágrimas, tantos trabajos, tantas fatigas como costó a José? ¿Cómo no se ha de acordar María de que Dios la destinó a José por esposo para que fuera su fiel custodio y para salvar su honor ante los hombres? ¿Echaría en olvido todo lo que hizo para consolarla, para acompañarla, para proporcionarla, la subsistencia? No podemos creerlo; pero si estamos convencidos de que Jesús y María no olvidan lo que José hizo por ellos, debemos estar persuadidos de que cuantas veces este grande y glorioso Patriarca se interese por nosotros, con el Verbo encarnado y su santísima Madre será escuchado.

 

Sí, ¡oh gran San José!, vos sois el primero entre todos los favorecidos de Dios, poseéis su Corazón, tenéis libre acceso hasta él, habéis sido su director y guía fiel, y ahora sois su mejor y más querido amigo.

 

El Hijo de Dios, nos dice Santa Teresa, jamás negó cosa alguna a San José mientras vivió bajo su dependencia. ¡Mucho menos se lo negará ahora, que reina a la derecha de su Padre! ¿Es creíble que le ame menos en el cielo que le amaba en la tierra? No, seguramente; si lo escogió durante los días de su vida mortal como su más querido favorito, para estar siempre junto a su persona, a fin de recibir todos los servicios que necesitaba y para darle en todas muestras del amor más tierno y más correspondido, ¿es posible que no continúe este mismo favor, ahora que reina entre los esplendores de los santos? ¿Y qué ha hecho este santo Patriarca para no merecer ya la gracia de ser el primer ministro de Dios en el cielo como lo fue en la tierra? ¡Oh! creamos, por el contrario, y creámoslo firmemente, que Jesús le concede los mismos privilegios al tenerle más cerca de su divinidad que a los demás bienaventurados, sin negarle nada de lo que desea. Es muy cierto que San José goza de un gran crédito para con Dios. ¿Cuál es, en efecto, el príncipe sabio y generoso que no se manifiesta más sensible a las peticiones de su padre que a las súplicas de todos los servidores que componen su corte y su reino?

 

San Antonio da otras razones más. El poder de una persona, nos dice este gran doctor, procede de la naturaleza, de la gracia y del mérito. La naturaleza hace a un padre poderoso en el corazón de su hijo; el mérito hace influyente a un servidor para con su amo, cuando aquel le ha prestado grandes servicios. Ahora bien; ¿qué criatura tiene relaciones más estrechas con Jesús y María, que José que es padre del uno y casto esposo de la otra? ¿Quién podrá ser más agradable a Dios que este gran santo, cuya angelical pureza no ha sido manchada jamás por el hálito de las pasiones y que durante treinta años ejerció todas las obras de misericordia sobre su adorable persona con un celo tan ardiente, con tan profunda humildad y con una fidelidad tan inviolable? Y si está escrito, dice San Bernardo, que el Señor hace la voluntad de los que le temen, ¿cómo se negaría a hacer la de San José que tanto tiempo le alimentó con el sudor de su frente? «Debemos estar muy persuadidos; nos dice San Alfonso Ligorio, que Dios, en consideración a los méritos de San José, nunca le negará una gracia que le pida en favor de los que le veneran».

 

¡Ah!, si según el testimonio de Jesucristo mismo todo lo alcanza el que le tiene alguna fe, no debemos creer sin temor de engañaros, que san José es omnipotente en el cielo, él que ha tenido más fe que Abraham y los apóstoles, y más caridad que los serafines y querubines.

 

Algunos santos, dice el doctor Angélico, han recibido de Dios el poder de asistirnos en las necesidades particulares, pero el crédito de san José es ilimitado, se extiende a todas nuestras necesidades, y todos los que le invocan con confianza están seguros de ser prontamente oídos. Es cierto que los demás santos gozan de un gran crédito en el cielo, pero ellos interceden suplicando como servidores y no mandando como señores. Pero José, que ha visto a Jesús sometido a su autoridad, obtiene todo lo que quiere del su hijo, y, como dice el sabio Gerson, ordena más que manda, non impétrat sed impérat. Jesús, dice San Bernardino de Siena, quiere continuar dando en el Cielo a San José pruebas de su obediencia filial, atendiendo a todos sus deseos: Dum pater erat natum velut impérium reputátur: Mientras el padre aún naciera, se le considera un imperio.

 

He descubierto, dice la venerable María de Ágreda, que el Altísimo ha concedido a San José por su gran santidad, diferentes privilegios en favor de los que le invocaban con fervor. El primero es obtener la virtud de la caridad, vencer las tentaciones de la carne y de los sentidos. El segundo, para recibir poderosos auxilios a fin de recuperar la gracia con Dios cuando se ha tenido la desgracia de ofenderle. El tercero, para adquirir por su mediación una verdadera devoción a María y disponerse para recibir sus gracias. El cuarto, para merecer una santa muerte y una asistencia especial contra el demonio en esta última hora. El quinto, para gozar de la salud corporal y tener consuelo en las que Dios concede todos los favores a los que se los piden como se debe, en nombre de San José, esposo de la Reina del Cielo. Suplico encarecidamente a todos los fieles, continúa María de Ágreda, que tengan una grande adhesión a este gran santo y crean, sin dudar, que obtendrán los maravillosos efectos de su protección, si se hacen dignos de ella por su confianza y por su piedad.

 

Venid, pues, almas cristianas, venid a imitación de los santos y a pesar de todas vuestras miserias y de todas vuestras imperfecciones, venid, dirigíos a San José con confianza y pedid a Dios por su mediación todas las gracias de que necesitéis: gracia de conversión, gracia de renovación espiritual, gracia de una buena muerte. Cuando oprimidos por el hambre, se dirigieron al rey de Egipto para tener trigo, aquel príncipe les enviaba a José, a quien había hecho el árbitro de todas las riquezas de su reino. También es a José, su primer ministro, a quien nos dirige el Salvador, para obtener con más seguridad, por su mediación las gracias que necesitamos. Ite ad Joseph: Ve a José. Acerquémonos a él con la esperanza de conseguir lo que le pidamos; es el favorecido del Rey del cielo, al que debemos complacer si queremos ser bien acogidos por La Divina Majestad. Sí, al padre es a quien debemos tener propicio para poder conseguir algún favor del Hijo; es el mayordomo de la casa, que debe presentar nuestras súplicas y hacerlas agradables al Señor; este es el mejor y más caritativo abogado que podríamos emplear después de su esposa, para defender nuestra causa ante Jesucristo, a fin de reconciliaros con Él y volver a su gracia hasta dar el último suspiro. ¡Oh bienaventurado San José, nuestro protector y nuestro padre! Usad de vuestro ilimitado poder en favor de los hombres vuestros siervos, vuestros hermanos y vuestros hijos. Alcanzadnos un puesto en el Corazón de Jesús; admitidnos entre sus favoritos; ayudadnos en el asunto tan importante de nuestra salvación, a fin de que merezcamos habitar un día con vos en los tabernáculos del Señor y durante toda la eternidad.

 

COLOQUIO


SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre los motivos que pueden invitar a los cristianos a que tengan una grande confianza en mí, y veo con mucho gusto los sentimientos que ha excitado en ti esta lectura. Sí, hija mía, puedo decirlo, no hay ninguno que, acudiendo a mí, haya sido desatendido. Yo amo a los hombres, ya te lo tengo dicho, y es mi mayor deseo el favorecerlos, y todo el que acuda a mí, puede contar con que será benignamente acogido y experimentará los beneficios de mi protección. Claramente conozco que deseas tener en mí en adelante mayores confianzas y me place. Pero hija mía, procura que esta confianza no te engañe, pues aun cuando yo puedo hacer mucho por ti, sin embargo, de mí todo no depende. Es preciso, entiéndelo bien, que tú estés, siempre en vigilancia. Has alcanzado el perdón de tus pecados; has obtenido la gracia de Dios, y logrado que la paz sea contigo: no obstante, persuádete que el demonio, celoso por recobrar su presa, te pondrá asechanzas en las cuales infaliblemente sucumbirás, si no pones los mayores cuidados en mirar por ti. ¡Oh! qué desgracia para ti si volvieras a caer de nuevo bajo la esclavitud del demonio.

 

EL ALMA: ¡Ah! Padre mío, me aterra la consideración de esta desgracia; mas de qué modo podré yo vivir en esta tan continua vigilancia; esto me es imposible. Pero yo prometo, si pecare, de nuevo, apresurarme a acudirá la confesión para remediar esta desventura.

 

SAN JOSÉ: Y he aquí, hija mía, el primer ardid del tentador. Sí, él principiará para disimularte el vicio con apariencias seductoras que calmen los escrúpulos de tu conciencia, y te mostrará un remedio que a primera vista te parecerá cómodo, más para hacer una buena confesión que te ponga en estado de gracia para con Dios, son necesarias disposiciones que Él sólo puede darte: ¿y crees tú que el mejor medio de obtenerla será el ofenderle con propósito deliberado? De ningún modo. A muchas almas ha precipitado el demonio en el Infierno, lisonjeándolas con la facilidad de la conversión; no aumentes tú el número de estas desgraciadas; resiste con energía, pelea valerosamente, y no dudes que obtendrás la victoria.

 

EL ALMA: Pero si la pasión es muy fuerte, yo no podré resistir hasta el fin, Padre mío, y entonces sucumbiré.

 

SAN JOSÉ: Ese es el segundo lazo del demonio, que quiere persuadirte, hija mía, de que te es imposible resistirá la tentación, desprecia sus sugestiones, y sabe que Dios es fiel, como dice el apóstol, y no permitirá que seas tentada más de lo que permitan tus fuerzas. (Corint. X, 13). Y si ahora te muestras débil contra la tentación, ¿serás acaso más fuerte cuando el pecado se apodere de tu alma? ¿Esperarías a que el fuego tomase todo su incremento para apagarlo? Sin duda alguna que en el instante empezarías a obrar y a pedir el auxilio de los demás. Pues del mismo modo, hija mía, llama a Dios en tu ayuda, no te detengas un momento. Ruega y combate, y así estarás más segura de su asistencia que después de haberte abandonado cobardemente.

 

EL ALMA: Pero también es cierto, Padre mío, que Dios acoge al pecador; porque no en vano se llama el Dios de las misericordias.

 

SAN JOSÉ: Ahí tienes, hija mía, el tercer lazo que el demonio tiende a todos los pecadores, y que ha aumentado considerablemente el número de ellos. Más pecadores envía al Infierno el pensamiento de la misericordia de Dios que su justicia, porque confiando con temeridad en esta divina misericordia, continúan pecando, y se pierden para siempre. Indudablemente, Dios es misericordioso, pero a sólo con aquellos que habiéndole ofendido se arrepienten y tiemblan con la sola idea de recaer en su pecado. La misericordia se extiende de edad en edad para aquellos que le temen, dice María en su admirable cántico, y así es en efecto; pero también hace brillar la severidad de su justicia en aquellos que abusan de su misericordia para ofenderle con más libertad.

 

EL ALMA: Pero, ¡oh Padre mío!, tantas veces me ha perdonado ya Dios, que estoy segura de encontrar siempre en él la misma indulgencia.

 

SAN JOSÉ: Ese es precisamente el cuarto lazo que te arma el tentador: «yo he pecado y no me resulta mal alguno». Es verdad que Dios es paciente, porque se reserva la eternidad para castigar; pero has de considerar que esta condal que usa contigo, tendrá su término; y si confías en esta misma hondad para ofenderle más libremente, esta disposición de tu alma será una monstruosa ingratitud.

 

EL ALMA: Pero todavía soy joven, Padre mío; ya vendrá tiempo en que pueda enteramente dedicarme a Dios.

 

SAN JOSÉ: Aquí tienes el quinto lazo. ¿No sabes, hija mía, que Dios no tiene cuenta con el número de años, sino más bien con los pecados de que cada uno se hace culpable? Es verdad que eres joven; pero, ¿cuántos ancianos habrá que no hayan cometido ni una cuarta parte de los pecados que manchan tu conciencia? ¡Ah, hija mía! Dios es justo, y cuando el pecador llega a cometer cierto número de pecados graves, entonces le hiere de muerte, o bien le castiga más terriblemente retirando de él todas sus gracias. Para no verte en semejante situación, ármate de todo tu valor, hija mía, y sobre todo implora el auxilio de María, que es la fortaleza de los débiles y el refugio de todos los pecadores.

 

EL ALMA: Rendidamente os doy gracias, ¡oh mi glorioso Padre!, por los saludables consejos que acabáis de darme. ¡Oh, sí! Yo os prometo que tendré suma vigilancia sobre mí misma, para no caer de nuevo en los lazos del demonio: pero venid también vos en mi ayuda, y suplicad a María que me defienda de todo peligro y me encadene con dulces lazos, a fin de que yo no me separe de los caminos del Señor, y sea ella quien me fortalezca contra los ataques del demonio.

  

RESOLUCIÓN: Tener una gran confianza en San José y recurrir a él en todas nuestras necesidades, a fin de que se interese por nosotros cerca de Dios. No olvidar jamás que el demonio ronda incesantemente alrededor de nosotros para hacernos caer en sus lazos.

   

martes, 25 de marzo de 2025

ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR - SOLEMNIDAD - 25 DE MARZO.

 



La fiesta de la Anunciación es muy antigua y siempre ha sido considerada una de las más grandes.

En tiempos de San Agustín, como él mismo afirma, ya estaba fijado el 25 de marzo.

El X Concilio de Toledo, en el año 656, llama a la solemnidad de este día “la fiesta por excelencia de la Madre de Dios, la gran fiesta de la Virgen”.

Por coincidir esta solemnidad con el momento de la Pasión, la iglesia de Toledo la fijó el 18 de diciembre y la de Milán el domingo anterior a Navidad.

Pero como la Iglesia romana, en el siglo IX, la colocó en su propio día, fue imitada por las demás.

La fiesta de la Anunciación del Ángel a la Virgen María se celebra desde el siglo V en Oriente y desde el siglo VI en Occidente, nueve meses antes de Navidad, y se traslada cuando coincide con Semana Santa o en domingo.

 



 

LA FIESTA

 

Hoy celebramos la fiesta establecida para el 25 de marzo.  Celebramos el misterio de la encarnación de Jesús. El Arcángel Gabriel va a Nazaret y, ante la Virgen María, le manifiesta el deseo de Dios: que por obra y gracia divina se convierta en la madre del Salvador. María, aunque no comprendía la profundidad del misterio, se declaró totalmente dedicada a cumplir la voluntad del Señor.

 

María era una joven sencilla, comprometida con José, un carpintero del linaje de la casa de David. María quedó turbada al recibir el aviso del ángel de que había sido elegida para dar a luz al Hijo de Dios, a quien debería llamar Jesús, y que Él había sido enviado para salvar a la Humanidad y cuyo Reino sería eterno.

 

Con su sí, María aceptó la dignidad y el honor de la maternidad divina, pero al mismo tiempo también los sufrimientos y los sacrificios que a ella iban ligados. Ella se declaró dispuesta a cumplir la voluntad de Dios en todo, como su sierva.

Por eso la fecha de hoy marca y celebra este acontecimiento, que es uno de los misterios más sublimes e importantes de la historia del hombre sobre la Tierra: la llegada del Mesías, profetizado siglos antes, varias veces.

 

 


ILUMINACIÓN BÍBLICA EN NUESTRAS VIDAS

 

Ante la grandeza del misterio de la divina encarnación, nuestra reacción es de admiración y de fe.

 

Esto se ve respaldado por el pasaje de la Anunciación según Lucas 1:36-38: «También Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes para ella, que se decía que era estéril. Porque nada es imposible para Dios. Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Estas palabras del ángel Gabriel nos llevan mucho más allá de la razón.

La señal divina que fue dada es el milagro realizado en Isabel.

 

¡Arrodillémonos ante Dios, ante su misterio, y demos gracias por el sí de María! Y con Ella, con nuestra Madre divina, tengamos el coraje y la confianza de decir también sí al proyecto del Padre.

 

 


 

Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José. El nombre de la virgen era María. Y llegando a donde estaba ella, dijo: ¡Salve, llena eres de gracia! El Señor es contigo. Ella se turbó por sus palabras y se preguntaba qué clase de saludo sería este. El ángel le dijo: «María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y concebirás, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su padre David. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, siendo virgen? El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios. 36 Y tu parienta Elisabet también ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril. Porque nada hay imposible para Dios». Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra.

 


Dios, Padre santo,

que en tu benigna providencia

quisiste que tu Verbo tomara

verdadera carne humana

en el seno de la Virgen María,

concédenos que,

celebrando a nuestro Redentor

como verdadero Dios y verdadero hombre,

merezcamos también participar de su naturaleza divina.

Por nuestro Señor Jesucristo,

tu Hijo,

que es Dios contigo

en la unidad del Espíritu Santo.

 

 


 

Señor, Padre santo,

Dios todopoderoso y eterno,

es en verdad nuestro deber y

nuestra salvación darte gracias

siempre y en todo lugar,

por Cristo nuestro Señor.

 

Por la Anunciación del mensajero celestial,

la Virgen Inmaculada acogió con fe tu Palabra

y por la acción admirable del Espíritu Santo

llevó en su seno con amor inefable

al Primogénito de la nueva humanidad,

venido a cumplir las promesas hechas a Israel

y a revelarse al mundo como esperanza de todos los pueblos.

Por eso, con los Ángeles,

que adoran tu majestad y exultan eternamente en tu presencia,

proclamamos tu gloria,

cantando a una sola voz:

Santo, Santo, Santo...

 

 


 

SEÑOR,

GRACIAS POR VENIR AL MUNDO A SALVARNOS.

 

SEÑOR,

GRACIAS POR ELEGIR A MARÍA COMO VUESTRA MADRE Y NUESTRA.

 

SEÑOR,

GRACIAS POR LA IGLESIA QUE COMIENZA A NACER HOY EN EL VIENTRE DE MARÍA.

 

QUE VUESTRA IGLESIA CATÓLICA, APOSTÓLICA Y ROMANA,

QUE NACIO DESDE QUE VINISTE AL MUNDO,

QUE, CON TU FUERZA,

SEA LUZ Y PODER EN ESTE MUNDO RODEADO

DE TINIEBLAS Y FALSOS PROFETAS Y FALSAS IGLESIAS.




viernes, 21 de marzo de 2025

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DUODÉCIMO.

 



PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.



DÍA DUODÉCIMO — 12 DE MARZO

 

CATECISMO DE SAN JOSÉ

 

15- ¿Se puede decir que fue un verdadero matrimonio el de San José y María?

 

Aunque San José y la augusta María hicieron votos de perpetua virginidad, no es menos cierto que hubo entre ellos un verdadero matrimonio. En efecto, se dice en las Santas Escrituras, que José era el esposo de María, de quien nació Jesucristo; luego es evidente que por estas palabras ha querido revelarnos el Espíritu Santo, y en efecto nos revela, que hubo un perfecto casamiento entre José y María. Todos los teólogos, dice Francisco Suárez, expresan que esta verdad es de fe y la Iglesia la enseña como tal, lo mismo que todos los doctores [1]. Luego debemos creer y podemos decir con toda certidumbre, que la unión de José y María ha sido un verdadero matrimonio, y por consiguiente que estos dos esposos se pertenecían mutuamente el uno al otro. Sin embargo, digamos que este matrimonio ha sido virginal en la promesa, virginal en el amor, virginal en la paternidad.

 

[1] La doctrina de la Iglesia respecto la certeza de este matrimonio verdadero es tan terminante y formal, que ha querido instituir una fiesta para perpetuar la conmemoración. Establecida desde luego en la iglesia de Chartres en Francia, al principio del siglo décimo quinto, esta fiesta fue después autorizada por algunas órdenes religiosas y particularmente en la de los franciscanos y dominicos, y poco después en los Estados de la Iglesia y en algunas otras provincias. Los dominicos fueron los que añadieron un oficio nuevo y obtuvieron permiso del Papa Pablo III que se celebrase con mucha solemnidad y fijándola el 23 de Enero, en cuyo día celebra aún casi toda la Iglesia [salvo en España, donde se celebra el 26 de Noviembre].

 

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO JEFE DE LA SANTA FAMILIA.


Hemos considerado las grandezas de San José como padre de Jesús y como esposo de María. Estas reflexiones han debido convencernos, sin duda, de la gran santidad de José y de la gran confianza que debemos tener en él. Pero no nos detengamos aquí, al contrario, vayamos más lejos y, consideremos hoy a San José bajo el punto de vista de otra de sus excelsas dignidades, es decir, como jefe de la Santa Familia que no fue enteramente divina ni enteramente humana, pero que participaba de ambas, por cuya razón se la llamó, con justo título, Trinidad de la tierra.

 

Escogida particularmente por Dios una de las naciones que habitaba la tierra para que fuera su pueblo predilecto, quiso tener entre este pueblo una familia, donde se cumpliera la grande obra que su sabiduría había resuelto en la eternidad, que el poder de su brazo debía ejecutar en la plenitud de los tiempos, y en la que debía manifestarse igualmente. ¿Pero quién formará esta familia privilegiada del Altísimo?… ¡Pues bien! Será José, serán Jesús y María las dos obras admirables de la omnipotencia divina: y será José el escogido para ser el jefe.

 

Sí, almas cristianas, José es, en efecto, a quien se dirigen los embajadores del Cielo; a él es a quien comunican los Ángeles las órdenes de Dios; a él es a quien el Señor se comunica en sueños, para advertirle salve a su hijo de la crueldad de Herodes; a él es a quien se declara el nombre que se debe dar a este divino Niño; en una palabra, Dios le trata siempre como el jefe de la Santa Familia. Ya veis, almas cristianas, cómo José es verdaderamente jefe de la Santa Familia, y cómo estuvo predestinado de toda la eternidad, y cómo, por consecuencia, manda en Jesús y María. Ahora bien, examinad atentamente, y ved si hay alguna cosa en la tierra que pueda compararse con esta sublime dignidad de José. Es verdad que el mundo mide el poder por los súbditos; pero no debemos imitarle, por el contrario, nosotros debemos medirle por la dignidad de los súbditos; ahora bien, bajo este título, para nosotros los cristianos y a los ojos de la fe, no hay diadema en el mundo, cualquiera que sea el título, número y calidad de los súbditos, cuyo brillo no quede oscurecido ante la sublime soberanía de José. Esta familia es pequeña, en cuanto al número; pero es sublime es, incomparablemente grande, por las personas que la componen, puesto que son las dos maravillas de la omnipotencia de Dios. Los reyes mandan a muchos millones de hombres, y José no manda más que a una madre y su hijo; pero esta Madre es María, y este hijo es Jesús.

 

Jesús y María, he aquí las dos personas a quienes manda José. Manda a Jesús, porque Jesús es verdaderamente el hijo de María su esposa, y también porque Jesús es su propio hijo, no por naturaleza, sino por ternura, adopción y por amor. José manda también a María, porque María es su esposa y que como tal, es su jefe según las Escrituras, y también porque Dios ha querido desde el principio del mundo que la mujer estuviera sometida al hombre. Pero si, como llevamos dicho, Jesús es el Rey de los reyes y María la Reina del cielo y de la tierra; si Jesús y María son, en una palabra, las dos maravillas de la omnipotencia divina, ¡comprended si podéis, almas cristianas, a qué gloria, a qué dignidad fue elevado San José como jefe de la Santa Familia!

 

Hemos dicho que la Santa Familia de la que José fue constituido jefe sobre la tierra, era una Trinidad que no era ni enteramente divina, ni enteramente humana, pero que participaba de ambas; y ved en efecto cómo estas tres augustas personas Jesús, María y José, nos representan admirablemente las perfecciones divinas y el amor indisoluble de las tres personas adorables de la Trinidad celestial y eterna.

 

Contemplemos en la Trinidad increada, unidad de esencia en tres personas Padre, Hijo y Espíritu Santo y en esta unión, una admirable identidad de pensamientos, existen entre ellas; y esto es lo que nos ha puesto en la grata obligación de trazar algunos rasgos de Jesús y María, al hablar de José que no podemos separar de ellos sin quitarle las más bellas flores de su corona.

 

Que esta consideración que acabamos de hacer, despierte fuertemente en nosotros, almas cristianas, la confianza que debemos tener en San José y los sentimientos de fe y de amor que debemos tener hacia la augusta Trinidad de la tierra. Rendid humildemente vuestros frecuentes homenajes a la adorable Trinidad en el cielo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; pero honrad también a la Trinidad santa que ha habitado entre nosotros en la tierra, a Jesús, María y José. Erigid en vuestro corazón una cuna a Jesús, a cuyo alrededor invitéis a María y a José; o mejor aún hacedle un templo con tres altares, o bien un monte de pureza, sobre el cual levantéis tres tabernáculos; el primero dedicado a Jesús; el segundo, a María, y el tercero, a José; y si queréis que establezcan en ellos su morada, adornad estos tabernáculos según el consejo del devoto San Bernardo, adornadlos de mortificación, de justicia y de piedad, de mortificación respecto de vosotros mismos, usando sobriamente de los bienes y placeres de la vida presente, de justicia para con el prójimo, dando a cada uno lo que se le debe, según su condición, y de piedad para con Dios, haciendo fervorosamente cuanto interesa a su gloria.

 

COLOQUIO


SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre el grande honor que Dios ha querido hacerme al designarme como jefe de la Santa Familia. Has visto que en el interior de nuestra habitación reinaba todo el orden, el trabajo, el recogimiento y la oración. ¡Oh! sí puedo decirte, porque fue cierto, que mi casa de Nazaret fue y será siempre el modelo de todas las familias cristianas. Pero, ¿sabes por qué éramos tan felices Jesús, María y yo, en medio de nuestra pobreza, nuestro destierro y nuestros trabajos? Pues bien; porque en todo y por todo nos resignábamos los tres a la santa voluntad de Dios; Jesús se resignaba con la voluntad de su Padre, y lo probó más adelante cuando dijo: «Padre mío, apartad de mí este cáliz; pero, sobre todo, hágase vuestra voluntad y no la mía».

 

Jesús obedecía también a María y a mí; y se resignaba, él que era la verdad y la sabiduría increada, a someterse a nosotros dos, que éramos sus criaturas. María me obedecía; aunque muy superior a mí en méritos y en gracias, se resignaba a considerarme como a su jefe y señor. En cuanto a mí, hija mía, aunque jefe de la familia, sólo hacia la voluntad de Jesús y de María; y cuando llegó la hora de mi muerte, me resigné a dejar a Jesús y a María. ¡Oh, hija mía! La voluntad de Dios, en esto consiste la perfección del hombre. Cuanto más unido se está a la voluntad de Dios, mayor es el amor que se le tiene. Las mortificaciones, las meditaciones, las comuniones, las obras de caridad para con el prójimo agradan a Dios, pero es cuando se hacen en vista de su voluntad: si estas obras, por santas que sean, son obras del amor propio, las aborrece y castiga. Dios exige, hija mía, la sumisión de la voluntad humana a la suya; prefiere la obediencia al sacrificio, y su voluntad es la regla de las acciones del hombre y de todas las virtudes; ella lo santifica todo, hasta las acciones más indiferentes, con tal que se hagan por agradarle «La voluntad de Dios, dice el Apóstol, he aquí vuestra santificación».

 

EL ALMA: ¡Oh! bienaventurado padre mío, qué gran medio de salvación acabáis de indicarme; haciéndome conocer que la voluntad es el lazo de perfección.

  

SAN JOSÉ: Todos los santos, hija mía, no han tenido otro anhelo que el de hacer la voluntad de Dios, porque comprendían que en esto consiste la perfección. La dicha de los Ángeles en el Cielo consiste en ejecutar prontamente las órdenes de su Creador. Jesucristo enseña a los hombres a imitarle cuando les dice que pidan «se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo». El Señor llama a David hombre según su corazón, porque estaba siempre pronto a cumplir la voluntad divina, como lo decía frecuentemente: «Mi corazón está pronto, ¡oh Dios mío! Enseñadme a hacer vuestra voluntad, porque sois mi Dios».

 

EL ALMA: Padre mío, se toma sincera y fácilmente la resolución de someterse a la voluntad divina; pero hay ocasiones en la vida en las que esta virtud es difícil de practicar.

  

SAN JOSÉ: Sé, hija mía, que la mayor parte de los hombres se conforman de buen grado con la voluntad de Dios en la prosperidad; más en cuanto el viento de la adversidad sopla sobre ellos, se rebelan y murmuran. Es una locura, porque sufren doblemente y sin ningún mérito, puesto que, ya se sometan o no, la voluntad de Dios se cumplirá siempre. Que ese enfermo dé alaridos atormentado por sus dolores; que ese pobre, sumido en la miseria, se queje de Dios, que rabie, que blasfeme, ¿puede conseguir otra cosa que redoblar sus sufrimientos? ¡Oh! ¡Cuán grande es la locura de los que no quieren someterse a la voluntad de Dios! ¡De cuántos consuelos se privan y cuántos méritos pierden por su culpa!… Nadie ama a los hombres más que Dios; debes persuadirte que sólo obra por su bien, y que con frecuencia los acontecimientos que les parecen grandes desgracias, son favores especiales que Dio misericordioso les hace.

 

EL ALMA: ¡Ay glorioso Padre mío!, yo me digo con frecuencia estas verdades, pero me falta la paciencia; sólo he tenido pesares desde que estoy en el mundo, y por más medios que pongo, nada me sale bien.

  

SAN JOSÉ: Lo crees así, hija mía, porque quizás piensas demasiado, en tus intereses temporales y haces poco caso de los eternos; ahora bien, tu buen padre que te ama más que tú te amas a ti misma, te da lo que necesitas para llegará la bienaventuranza final. ¿Y dónde hallarás un amigo que cuide más de tus intereses que él? Ya se le comparé al buen pastor que va a buscar la oveja extraviada; y a una madre que no puede olvidará su hijo; o a una gallina que ampara sus polluelos bajo las alas. ¿Y por qué no te entregas, hija mía, con entera confianza a la voluntad de este Padre misericordioso, de este poderoso protector? Gozarías entonces de una paz perpetua. El Apóstol San Pablo dice que todo contribuye al bienestar de los que aman a Dios, y tiene razón, porque los males más crueles de la vida, se vuelven en beneficio de los que los aceptan con sumisión, y el hombre se ve muchas veces obligado a confesar que lo mismo que le parecía el colmo de la desgracia, ha sido para él una fuente de prosperidad aún en este mundo.

 

RESOLUCIÓN: Resignarse en todas las cosas a la santa voluntad de Dios y no querer más que lo que Dios quiere. Elevar frecuentemente el corazón A Dios y decirle como el Profeta: «Mi corazón está pronto, Dios mío: Enseñadme a cumplir vuestra voluntad, porque sois mi Dios».


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