martes, 26 de mayo de 2026

MES DE MARÍA MEXICANO o sea LAS FLORES DE MAYO CONSAGRADAS A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. (1868). DÍA 29.

 


Por Lucio Marmolejo.

Decretado por Lllmo. Sr. Lic. D. Clemente de Jesús Munguía, Obispo de Michoacán, así lo decretó y firmó. México 26 de Diciembre de 1851.

Librería de Rosa y Bouret, 18 calle San José el Real 18. 1868. Propiedad de los editores.


DIA VEINTE Y NUEVE: 29 de mayo.

 




Visita a la Imagen de NUESTRA SEÑORA DE TECAXIC, que se venera en su Santuario, extramuros de la ciudad de Toluca.

 

 

   A distancia, poco más o menos, de una legua de la ciudad de Toluca, se encuentra el pequeño pueblo de Tecaxic, notable solo por la Santa Imagen de Nuestra Señora que en su iglesia se venera, y a la que hemos consagrado el presente día. Existía, según dice el «Zodiaco Mariano» una pequeña capilla en este pueblo, en la que se veneraba la Santa Imagen que nos ocupa; pero habiendo quedado el pueblo completamente desierto, a consecuencia de una terrible epidemia, quedaron abandonadas la capilla y la Santa Imagen: la capilla se destruyó casi enteramente, y la Imagen de la Virgen padeció también algún ligero detrimento, teniéndose como un prodigio que no se hubiera destruido enteramente, tanto más, cuanto que está pintada al temple y sobre una ordinaria manta de algodón. Pasado algún tiempo de la destrucción del pueblo, el que ya ha vuelto a poblarse de nuevo, comenzaron a obrarse prodigios en la desolada ermita, por cuyo medio manifestaba el cielo que quería que aquella Imagen fuera conocida y reverenciada; pues muchas personas observaban por las noches músicas melodiosas y preciosas iluminaciones, lo cual comenzaba ya a hacerse público, aunque muchas personas dudaban de ello, cuando se verificó el acontecimiento que vamos a referir. Dos hombres, vecinos de Toluca, se desafiaron, y escogieron para el duelo el cerro de Tecaxic, que se halla a espaldas de la ermita de la Virgen; pero habiendo llegado al punto designado, oyeron una música celestial, tan extremadamente bella, que suspendieron la riña, y buscando su origen, advirtieron que venía de la capilla: entraron a ella asombrados, y vieron la Imagen  sola y desamparada, con lo cual se persuadieron que aquella música tenía un origen sobrenatural; se arrepintieron del crimen que iban a cometer, y volvieron amigos a Toluca, después de haber adorado a la Virgen, reconociéndola autora de su reconciliación.

 


   Dieron cuenta de aquella maravilla al reverendo P. Fr. 1        José Gutiérrez, guardián del Convento de San Francisco de Toluca, y este piadoso religioso emprendió fabricar un Santuario a la Santa Imagen, y recogió crecidas limosnas en la ciudad y pueblos vecinos: esto fue por el año de 1650. Se concluyó la fábrica después de algunos años, habiendo manifestado la Santísima Virgen en el trascurso de este tiempo, cuán de su agrado era la dicha fábrica, por medio de varios prodigios, que se pueden ver en el «Zodiaco Mariano;» y allí permanece hasta el día, siendo todo el amor, consuelo y amparo de Toluca y toda su comarca.



   Describiremos la Santa Imagen, copiando lo que el «Zodiaco Mariano» tomó de la obra del P. Fr. Juan de Mendoza, y dice así: «La Santísima Efigie representa la Asunción a los cielos de Nuestra Señora la Virgen María, en lo interior del lienzo está colocado un sepulcro y una especie de urna, para denotar aquella en que fue depositado el cuerpo de la Santísima Virgen María, y en los bordes se ve un lienzo blanco, cuyos extremos cuelgan por uno y otro lado. Por un      lado, están efigiados los Apóstoles, y por otra parte las piadosas mujeres que asistieron al entierro de la Señora; y dos de los discípulos están como asomándose al sepulcro, con ademan de admiración, por no hallar en él el Santo Cuerpo. Se ve luego elevada la Virgen, acompañada de ángeles, pisando una media luna, a la cual recibe sobre su cabeza un querubín, y sobre ella se ve una cruz; y tiene los brazos ‘extendidos, como que vuela, y su vestido es una     tunicela de color morado. Sobre esta repisa sube al cielo la Santísima Virgen con proporción recta del rostro, que es bellísimo. El cabello toca algo en rubio, tendido airosamente; parte de él se descubre con mucha gracia por frente, en la cual está dividido en dos partes: la una le cae hasta el cuello por el lado derecho, terminando en forma de madeja, que   da vuelta hacia la espalda: la otra le ondea el rostro por el lado izquierdo, metiéndose tras la oreja hasta el cuello. Las manos tienen delante del pecho en ademan de juntarlas. El manto es azul sembrado de estrellas, y lo tienen por los lados superiores dos ángeles, y otros dos por los lados del medio; y por los lados de arriba se ven otros dos ángeles, que suben celebrando con clarines los triunfos de su Reina y Señora. La garganta y pecho de la Virgen se cubren con un lienzo blanco, modestísimamente ajustado. Y todo el cuerpo de la Virgen está dentro de un sol que la rodea, el cual despunta en rayos de luz por unas nubes escarmenadas. En lo alto, entre rayos de oro, se descubre el Padre Eterno con una corona de oro en las manos para coronar a María como Reina de los cielos y la tierra.»




   Ya indicamos que durante la fábrica del Santuario obró esta Santísima Señora muchos prodigios: después de concluido, ha continuado con ellos incesantemente, favoreciendo a sus devotos; y de los muchos que ha obrado, referiremos los siguientes:

   Una mujer del pueblo de Sinacatepec vino al Santuario de Tecaxic, muy afligida porque tenia un brazo acancerado, y para el día siguiente había determinado cortárselo el cirujano. Se encomendó con mucha fe a la Virgen, y se untó en el brazo el polvo que recogió del marco de la Imagen, y al día siguiente, que iba el cirujano a cortarle el brazo, vio lleno de admiración, que estaba bueno y sin lesión.



   Andando a caballo Gabriel de Guadarrama, vecino de Toluca, cayó sobre él un rayo; pero invocó a la Virgen de Tecaxic, y no sufrió el más leve daño, siendo así que el caballo quedó muerto y derretida la punta de una daga que llevaba, la que colgó en el Santuario para memoria del prodigio.

   Antonio de Peñafiel y su esposa estaban una noche durmiendo, cuando repentinamente se hundió del todo el techo del aposento en que se hallaban; invocaron a tiempo a esta Virgen, y no sufrieron daño alguno.

 

 

VIDA DE MARÍA

Tránsito de la Santísima Virgen.



 

   Concluyó por fin su gloriosísima y asombrosa carrera en este mundo la Santísima Virgen María. Reclinada en su humilde lecho y rodeada de los Apóstoles, que se deshacían en lágrimas, exhaló su último aliento, y su purísima alma fue recibida en manos de su Santísimo Hijo, que la llevó al cielo con todas las demostraciones del más profundo respeto, por parte de los espíritus celestiales, cual convenia a la Reina de todo el universo.

   Murió María, es cierto, pero no como las demás criaturas: murió sin enfermedades, sin dolores; murió de puro amor de Dios, y con su muerte obtuvo el mayor de cuantos premios deseaba, porque se unió con su Hijo Santísimo para no separarse en toda la eternidad.

 

DICHA DE MARÍA

María, preciosa Lila.      

(Syringa)



 

Para adornar la tumba de María elegimos los hermosos ramilletes de la flor de lila, que es emblema de la dicha; pues en efecto, todo en ella indica gozo y placer, lo numeroso de sus flores, la brillantez de sus colores, y lo hermoso y simétrico de su colocación. Hoy, pues, que recordamos en el dichoso Tránsito de María, la mayor de sus dichas, puesto que la unió para siempre con el Amado de su corazón, considerémosla como preciosa lila, arrancada de esta triste tierra, que no era digna ni del contacto de sus divinas plantas, y trasplantada al delicioso jardín de las eternas dichas, en donde permanecerá siempre lozana é inmarcesible.

 


 

ORACIÓN

 

   ¡Oh felicísima Virgen María mi Señora! llegó por fin el momento dichoso por el que tanto anhelaba tu santísimo corazón: abandonaste esta tierra de pesares, y te reuniste a tu santísimo Hijo, para ya no separarte de él jamás: nosotros ¡oh piadosa Madre! nos congratulamos contigo, y te damos los más justos y debidos plácemes, y te rogamos encarecidamente presentes tus méritos ante el trono de tu Santísimo Hijo, para que por ellos nos obtengas el singular favor de que nuestra muerte sea, en lo posible, semejante a la tuya. No desatiendas nuestro humilde ruego, pues te lo dirigimos con más empeño que ninguno, porque de su buen despacho depende nuestra eterna felicidad: si, pues, lo escuchas como lo esperamos, se acabó ya el temor de la muerte, cesó su lúgubre tristeza, viniendo en su lugar la más dulce esperanza, y el más puro gozo que nos debe causar el ver que se nos abren las puertas del cielo, donde entraremos felices para bendecirte y alabarte por toda la eternidad. Amén.

 

ORACIÓN

Que se dirá todos los días antes de la meditación.

 

   Advierte, alma mía, que estás en la presencia de Dios, mas íntimamente presente a Su Majestad, que a ti misma. Está mirando él Señor todos tus pensamientos, afectos y movimientos interior y exteriormente. Lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más: pobre, miserable é inmunda, con la abominable lepra de todos los pecados con que has ofendido hasta aquí su infinita bondad. Pero el Señor, obligado del peso de su misma infinita misericordia, desea más que tú misma darte el perdón general de todas tus culpas y el logro de esta meditación. ¿Qué hicieras, si supieras que era la última de tu vida? Puede ser que no tengas otra de tiempo tan oportuno. Ahora puedes conseguir con un pequé de corazón, lo que no conseguirán con eterno llanto los condenados en el infierno, que es el perdón de tus pecados. Alerta, pues: no pierdas tiempo tan precioso, por amor de Dios.

 

   Creo, Señor, que estáis íntimamente presente a mi corazón. Os doy las gracias por los innumerables beneficios que he recibido, y recibo en cada instante, de vuestra infinita liberalidad y misericordia, especialmente porque me habéis conservado hasta aquí la vida, habiendo yo merecido tantas veces las penas del infierno por mis pecados. Concededme, Padre amorosísimo, un corazón agradecido a vuestras grandes misericordias, y el logro de esta meditación, a mayor honra y gloria vuestra y bien de mi alma. Esté yo en vuestra divina presencia con la humildad, atención y reverencia de alma y cuerpo que corresponde en una vilísima criatura, cual yo soy, que tantas veces os ha despreciado con ofenderos en vuestra misma presencia. Detesto de todo corazón mis pasadas ingratitudes; las aborrezco, por ser ofensas de vuestra infinita bondad: me pesa en el alma de haberos ofendido, por ser quien sois. Quisiera deshacer todos mis pecados, por ser desprecio de un Dios infinitamente bueno. Dadme, Criador y Dueño mío amabilísimo, verdadera contrición de todos mis pecados, y propósito firmísimo de la enmienda.

 

   Bien conozco que no hay en mí otra cosa que la nada, y sobre la nada el pecado. No soy en vuestra divina presencia más que un condenado, y condenado tan innumerables veces, cuantas he repetido las ofensas de vuestra infinita bondad. Compadeceos, Dios mío, de mis tinieblas: no permitáis que pierda tiempo tan oportuno. Enseñadme a tener oración; regid mi memoria; alumbrad mi entendimiento; moved mi voluntad. Obligaos de vuestra misma bondad y de los méritos infinitos de vuestra Santísima vida, pasión y muerte, y de los méritos é intercesión de vuestra Santísima Madre. Poned, Señora, en mi corazón aquellos pensamientos, afectos y determinaciones que son del agrado de vuestro Santísimo Hijo.

 


MEDITACIÓN


1º—Consideremos la muerte del justo y la del pecador impenitente: la primera llena de placer el corazón; la segunda lo petrifica de terror: la primera convierte los dolores en gozos; la segunda les multiplica sus tormentos: la primera es preciosa a los ojos del Señor; la segunda causa la alegría de Satanás; la primera abre las puertas del cielo; la segunda las del infierno.

 

2º—Meditemos en el Tránsito de María Santísima, y démosle los más sinceros parabienes, porque ya se reunió para siempre con su Santísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo.

 

3º—Aceptemos humillados la muerte como un justo castigo de nuestros pecados, y pidamos a la Santísima Virgen que en aquella hora temible nos proteja y nos favorezca como a la dichosa ciudad de Toluca, por medio de su milagrosa Imagen de Tecaxic, para que con sus divinas manos lleve nuestra alma a la bienaventuranza.

 

ORACIÓN

Que se dirá todos los días después de la Meditación.

 

   ¡Clementísimo Dios y Señor de mi corazón! ¡dulcísimo Jesús mío! ¡sacramentado dueño de mi alma! Os doy las gracias con todo el afecto de mi pobre corazón, porque me habéis concedido este tiempo para que medite. Perdonad, Señor, las distracciones, negligencias, flojedad y todos los demás defectos en que he incurrido en esta Meditación: quedo en ella convencido.... y resuelto.... Conozco que todos mis pecados, aunque tan enormes, no pueden extinguir vuestra infinita bondad: en ella espero firmemente que me habéis de ayudar con vuestra gracia, para que eternamente os ame, os sirva, conozca y ponga por obra vuestra santísima voluntad. Asi lo espero de vuestra infinita piedad y misericordia, y de los méritos y poderosísima intercesión de vuestra Santísima Madre.

 

—Ave María.

 


CANTO

 




En un lecho de flores fragrantes,

El cadáver se ve de María,

Mas sus ojos están rutilantes

Y su boca despide ambrosía.

Sobre el pecho sus manos divinas

Mas flexibles están que la seda,

Sus mejillas se ven purpurinas

Como rosa en la fresca arboleda.

Porque pudo la muerte atrevida

De su cuerpo arrancar la alma pura,

Mas no pudo al quitarle la vida,

La belleza quitarle y frescura.

De dolor los apóstoles gimen,

Como gimen los huérfanos hijos,

Y en sus plantas los labios imprimen

Con amantes afectos prolijos.

Y las santas mujeres dolientes

Con sus lágrimas bailan el lecho,

Y los miles de fíeles presentes

Lleno tienen de acíbar el pecho,

Pues si ven el cadáver glorioso

Que de amor sonreírles parece,

Y después de este mundo enojoso,

Otra vida feliz les ofrece;

Si lo ven tan hermoso y radiante,

Que parece la gloria anunciando,

Que en el cielo está su alma triunfante

Junto al trono de Dios disfrutando,

Siempre lloran con gran desconsuelo,

Porque están sin apoyo y sin guía,

Porque ya en este misero suelo,

Nunca más podrán ver a María.

 

PRÁCTICA PARA MAÑANA

 

   Hacer algún bien a los necesitados.

 


domingo, 24 de mayo de 2026

La venida del Espíritu Santo.

 


La admirable venida del Espíritu Santo se refiere en el libro de los Hechos de los apóstoles por estas palabras:

   «Entrados los apóstoles en la ciudad de Jerusalén, se subieron a una habitación alta, donde tenían su morada Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo y Simón llamado el Celador y Judas hermano de Santiago. Todos los cuales, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las piadosas mujeres, y con María la madre de Jesús y con los hermanos o parientes de este Señor. Al cumplirse, pues, los días de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos: entonces fueron llenos todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca. Había a la sazón en Jerusalén, judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo. Divulgado pues, este suceso, acudió una gran multitud de ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía a los apóstoles en su propia lengua. Así pasmados todos, y maravillados, se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos Galileos rudos e ignorantes? pues ¿cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? Partos, Medos y Elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de la Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los Cretenses y los Árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.» (Hechos de los Apóstoles, cap. II).




   Los efectos que obró el Espíritu Santo en los apóstoles fueron tan admirables como las obras con que asombraron al mundo


   Les infundió una celestial sabiduría para que entendiesen y comprendiesen los misterios altísimos de Dios que habían de predicar; les imprimió en sus corazones la ley de gracia, alentándoles soberana fuerza para cumplirla perfectísimamente, y sobre todo los abrasó con un amor tan encendido, tan ardiente y fervoroso, que si mil vidas tuvieran, las ofrecieran por Cristo. 

    

   Este fuego de amor es el que los animaba para que saliesen luego al encuentro a todo el poder del mundo y del infierno: y para decir en pocas palabras lo que obró por ellos este divino Espíritu en esta venida, no es menester sino considerar la conversión del mundo que resultó de ella por la predicación de los sagrados apóstoles; los cuales, no eran más que doce pobres y despreciados pescadores, sin elocuencia ni sabiduría humana, sin favores ni amistades de príncipes.


   Reflexión: Además de aquella primera venida tan visible y prodigiosa del Espíritu Santo, hay otra invisible que siempre dura y obra cosas muy admirables en las almas de los justos enriqueciéndolas con sus dones y con su real presencia.

   Él es el que alumbra con soberana luz su entendimiento, el que enciende en amor de Dios su voluntad; de manera que los que le reciben por una sincera conversión se sienten como trocados en otros hombres muy diferentes de los que antes eran.

    



   Oración: Oh Dios, que en el día de hoy, derramando la luz del Espíritu Santo sobre los corazones de los fieles, les enseñaste la verdad divina; concédenos que por el mismo Espíritu sintamos de ella rectamente, y gocemos siempre de su consolación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.    


MARIA AUXILIADORA (1814 p.c.)— 24 de mayo.

 



   En la fecha de hoy, la Iglesia conmemora, una vez más, a la Santísima Virgen, bajo su advocación de María, Auxilio de los Cristianos. La devoción por esta festividad, instituida a principios del siglo pasado por el Papa Pío VII, fue en constante aumento y alcanzó su mayor incremento, que subsiste hasta nuestros días, cuando Don Bosco congregó a una numerosa y entusiasta juventud femenina, en los colegios, los liceos y la orden religiosa de María Auxiliadora. 

S




   La historia del establecimiento de la fiesta de María Auxiliadora no puede ser más conmovedora y edificante. La Revolución Francesa había asestado un duro golpe a la Iglesia y desquiciado completamente a la religión cristiana. En 1799, el joven y valiente general Napoleón Bonaparte derrocó al Directorio, asumió el gobierno, acabó con la Revolución y dedicó todos sus esfuerzos a apaciguar los ánimos y a poner en orden a la sociedad. Como Napoleón estaba profundamente convencido de la influencia benéfica que la religión cristiana ejerce sobre los pueblos, desde el principio de su gobierno, determinó restablecer el catolicismo en Francia. Anuló las leyes revolucionarias de proscripción, permitió a los sacerdotes regresar a sus iglesias, devolvió a los obispos sus catedrales, parroquias y seminarios, y ajustó con el Papa Pío VII un concordato para arreglar de manera permanente los asuntos eclesiásticos. Con aquellas medidas, Francia volvió a ser, en poco tiempo, un país floreciente, próspero y cada vez más poderoso.  





Al mismo tiempo, Napoleón, embriagado por sus triunfos y arrastrado por su ambición desordenada, exigió al Papa algunas cosas que el jefe de la Iglesia no podía conceder, como por ejemplo, anular el legítimo matrimonio de un hermano del emperador, o cerrar los puertos de los Estados Pontificios a los ingleses, los suecos y los rusos. A los emisarios de Napoleón que se presentaron en el Vaticano con semejantes pretensiones, Pío VII les respondió con firmeza: 

   “Nos somos el padre de la cristiandad y a nadie trataremos como enemigo”. 



Aquello bastó para que se enardecieran las pasiones del emperador, que se enfureció ante la firme resistencia del Pontífice, y se lanzó contra el jefe de la Iglesia. En 1809, Napoleón se apoderó de los Estados Pontificios y, después, tuvo la osadía de aprehender a Pío VII. El Papa fue conducido a Savona y, más tarde, al castillo de Fontainebleau, donde quedó en calidad de prisionero. Se dice que a diario durante los cinco años que estuvo preso, dedicaba especialmente una parte del tiempo de sus oraciones a María Santísima, Auxilio de los Cristianos, para que protegiese a la Iglesia perseguida, desgobernada y desamparada.


EL PAPA PÍO VII  ES LLEVADO PRESO


   En aquel lapso, la buena fortuna dio la espalda a Napoleón y, tras una serie de reveses militares, se produjo la caída del Imperio a principios de 1814. Precisamente en el castillo de Fontainebleau, donde se hallaba prisionero el Papa, firmó el emperador su abdicación. Al jefe de la Iglesia le fueron devueltos los Estados Pontificios, se firmó un acuerdo en el que se proclamaba que, “el poder espiritual recobraría todos sus derechos y la posición de donde lo había lanzado la conquista francesa” y, el 24 de mayo de 1814, Pío VII hizo una entrada triunfal en Roma, entre el doblar de las campanas, las delirantes aclamaciones de la multitud y lluvias de flores, para ocupar su Sede.


Papa Pío VII 



   Los años de infortunio y de prisión habían fortalecido en vez de agotar a aquel hombre de avanzada edad que dio muestras de una energía, firmeza y decisión extraordinarias, para reorganizar su Iglesia y despertar la vida religiosa que tantas sacudidas había experimentado. Hacía falta mucho tiempo, una gran prudencia y una pacientísima dedicación para hacer entrar de nuevo el catolicismo en los corazones y en el orden social; sin embargo, el anciano Pío VII realizó aquella tarea colosal en un tiempo relativamente corto. Una vez reinstalado en la Cátedra de San Pedro, restauró a la Compañía de Jesús y reabrió sus colegios en la Ciudad Eterna; mediante concordatos y convenios con los reyes y los príncipes, restableció los obispados que habían quedado suprimidos, reorganizó la propaganda, dio impulso a la Propagación de la Fe y, como por un milagro, hacia mediados de 1815, después de la segunda y definitiva abdicación de Napoleón, cuando el Papa dio asilo a la familia del emperador derrotado y exilado, la Iglesia había recuperado su posición y su poder espiritual. Así lo consideró el Pontífice: como un milagro de la Santísima Virgen a la que tanto había pedido por la Iglesia. Fue entonces cuando Pío VII tuvo la feliz idea de manifestar el agradecimiento de todo el orbe católico a la Virgen María, bajo su advocación de Auxilio de los Cristianos y, como un expreso reconocimiento de la infalible protección de la Madre de Dios, tantas veces atestiguada con prodigios extraordinarios, sobre la Iglesia y los hijos de la Iglesia en defensa de la fe contra moros, turcos, herejes, revolucionarios y todos los enemigos declarados de la cristiandad, instituyó la fiesta de María Auxiliadora en el día 24 de mayo, para perpetuar el recuerdo de su entrada triunfal a Roma, al volver de su cautiverio en Francia. Desde entonces, la fiesta de María Auxiliadora ha concentrado la devoción de la cristiandad, hasta nuestros días.






   Los datos para este artículo fueron tomados de la Historia Universal de César Cantú, voi. Vi, pp. 531-538 y de la Historia de la Iglesia, de los Hnos. de la Esc. Cristianas, pp. 321-323.
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