sábado, 29 de marzo de 2025

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DECIMOSEXTO.

 



PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.




DÍA DÉCIMOSEXTO — 16 DE MARZO


 

CATECISMO DE SAN JOSÉ


 

19- ¿Qué consecuencia legítima se podrá deducir del verdadero matrimonio entre José y María?

 

Si la unión entre José y María ha sido un verdadero matrimonio, podemos deducir dos consecuencias muy gloriosas para el santo Patriarca. La primera es que San José, desde su nacimiento, ha debido hallarse colmado de gracias y de méritos: y en efecto, si María ha sido saludada llena de gracia, y si de sus castas entrañas debía nacer el autor de ella, ¿no es evidente que San José ha debido estar colmado de gracia? La segunda es, que San José ha debido ser y fue siempre virgen; si María en efecto, no obstante, su maternidad, no ha cesado jamás de ser virgen; si además su virginidad atrajo a Jesucristo a sus castísimas entrañas: si el Salvador ha amado a San Juan con un amor de predilección y le confió su santa madre, porque era virgen, ¿no debemos concluir también y creer, en contra de lo que ciertos Autores dicen, que San José siempre fue virgen? Sí, podemos decirlo, porque el Cielo le ha escogido para ser el custodio de la virginidad de María y el padre adoptivo de Jesús.

 

20- ¿A dónde fueron a parar José y María después de la celebración de su matrimonio?

 

Después de la celebración de su santo matrimonio, José y María partieron para Nazaret, su patria, y establecieron su estancia en una casa que pertenecía a la santísima Virgen. Su unión fue desde luego, a no dudarlo, santa y perfecta. Es muy difícil encontrar en el mundo matrimonios verdaderamente felices; sucede todo lo contrario con frecuencia, porque la desconfianza y la enemistad envenenan la existencia de los esposos; porque de ellos se ausenta la virtud, la paciencia y el valor; pero en la unión de José y de María nada de eso ocurre. En ella, por el contrario, resplandecen todas las virtudes, todas se hallan reunidas en la casa humilde de Nazaret: la oración, el trabajo y el descanso estaban arreglados perfectamente. Debemos creer también que la inteligencia y las atenciones recíprocas reinaban sin alteración. Tenemos, además, bastantes pruebas de los nobles sentimientos de María en muchas ocasiones, y la Escritura nos da una idea bastante sublime de San José para concebir un perfecto y grandioso cuadro de aquella alianza. Así podemos considerar, con un piadoso autor, a estos dos esposos santísimos, como dos instrumentos perfectamente acordes que forman la más dulce armonía.

 

SAN JOSÉ, MODELO DE LAS ALMAS INTERIORES.


Consiste esencialmente la vida interior en el recogimiento del espíritu, en la vigilancia sobre todos los movimientos del corazón y en una constante unión del alma con Dios; es la feliz disposición de un alma que, apartada de los objetos exteriores y sensibles, se ocupa constantemente de los grandes objetos de familiarmente con Jesús y María y de hallarse en la fuente de las gracias ¿Cuáles fueron los maravillosos efectos de la presencia visible de Dios sobre el corazón de José?

 

Más feliz en esto de lo que nunca lo fue santo alguno; sus sentidos y los objetos exteriores que los hieren, sólo servían para aumentar su recogimiento e inspirarle un nuevo fervor. Si viaja, es con Jesús, cuyos pasos todos dirige; si toma un alimento frugal, es en presencia de Jesús, que come él mismo a la mesa de José y le alimenta interiormente con su Divinidad; si ejerce su profesión, es en compañía de Jesús, dividiendo su trabajo con Jesús y hasta recibiendo los servicios de Jesús: si habla, es con Jesús y su santa Madre; si escucha son los acentos de la voz de Jesús, que le da el dulce nombre de Padre.

 

San José fue elevado al más alto grado de fe, puesto que tuvo un conocimiento casi experimental de los más profundos secretos de Dios, conversando familiarmente con Jesús y su santísima Madre. La vista continua de sus divinos objetos, le mantenía en un profundo recogimiento, le separaba de todas las cosas terrenales y servía de fundamento y de materia a esta sublime contemplación y a ese dulce éxtasis en que siempre estaba de vos, que os destierra de su corazón y que les priva de las inefables riquezas de vuestro reino interior. Conducido por vuestra diestra, ¡oh Dios mío!, penetró en el corazón del más querido y del más familiar de vuestros amigos ¡Qué calma de todas las pasiones! ¡Qué silencio de todas las potencias del alma! ¡Qué luces se esparcen por todo su espíritu! ¡Qué torrentes de delicias inunda su corazón!

 

Su vida es una continua oración; se eleva insensiblemente a la contemplación de vuestros más sublimes misterios. Siempre unido a vos por el pensamiento y el vivo sentimiento de vuestro amor, os ve, os conoce, os adora, y todo lo demás desaparece a sus ojos. Santa Teresa, aquella alma tan ilustrada en las vías de Dios, aquella alma formada por San José en la vida interior, nos dice que la humanidad de Jesucristo es la puerta que nos introduce en el santuario de la divinidad. Si es así, ¿quién penetró jamás tan adentro como José en ese Océano de luz y de amor, él que no ha cesado de admirar, de contemplar y de amará ese Verbo encarnado; que le ha visto con sus ojos, tocado con sus manos, alimentado con el fruto de sus sudores? ¡Oh! Cuánto ha aprovechado la ventaja que tuvo de conversar tanto tiempo la fe, y pone toda su atención en adelantar en las vías de la perfección. Tal fue la vida de San José y las disposiciones habituales de su alma. Tuvo en el más alto grado el don de la contemplación, dice San Bernardino de Siena: «Parece que Dios ha confiado especialmente a los cuidados de San José todas las almas recogidas en recompensa de la vida oculta y completamente reconcentrada dentro de sí, que llevó en la casa de Nazaret. Vosotras, almas cristianas, que os inclináis a la vida interior, abandonaos a la dirección de este gran Santo, y podéis estar seguras de que él os conducirá al término de la carrera en que habéis entrado». Este santo Patriarca ha tenido más participación que los demás santos en el inefable misterio de la Encarnación, ha recibido una comunicación más abundante de las dulzuras y de las riquezas ocultas en este adorable misterio, y el poder de introducir en él las almas interiores. ¡Dios omnipotente, abridnos el interior admirable de José, introducid a vuestros hijos en esta escuela de silencio, recogimiento, oración y amor, a fin de que disgustados de lo que es exterior, se aparten para siempre de este desgraciado encanto de las cosas de este mundo, que los aleja arrobado su espíritu de tal manera, que no atendía a las cosas exteriores más que en tanto lo necesitaba para atender a los cuidados de su santa familia! Sus luces y conocimientos aumentaban cada vez más a la vista de las maravillas de que era testigo. Todo lo que veía, todo lo que oía elevaba su fe y alimentaba su piedad con un alimento más exquisito que el de los patriarcas y profetas, apóstoles y demás santos. Penetraba en el interior de su santísima Esposa y en el del Divino Niño. Tenía entre sus manos el tesoro más precioso que el cielo pueda confiar a un hombre. Su empleo le colocaba en un rango superior al ministerio de los ángeles, y el poder que tenía sobre el hijo único de Dios le daba una ventaja la más gloriosa y más dulce que una criatura puede desear. Esta abundancia de luces de que estaba lleno su espíritu, producía en su corazón un amor ardiente que le consumía; el amor igualaba al conocimiento. Estaba instruido: José bebía en la fuente misma de la misericordia, de la caridad y de la pureza. Era vehemente: todo contribuía a redoblar su ardor; la presencia de Jesús y de María, sus miradas, sus palabras, añadían a cada instante nuevas llamas. ¿Y quién podrá decir lo que obraba en el alma de José el santo Niño, cuando le llevaba en sus brazos, le besaba con tanto respeto como ternura y le hacía reposar sobre su seno? ¡Quién será capaz de penetrar en las profundidades de aquellas dos almas, confundiéndose en un mismo foco las llamas de su caridad! Las aguas de dos ríos que llegan a unirse y a correr por un mismo cauce hasta el momento en que van a perderse en el mismo Océano, sólo nos darían una imagen imperfecta de la unión del alma de Jesús con la de su amadísimo Padre. El amor de José era íntimo, gozaba de la más perfecta familiaridad que se puede tener con Jesús y María y tenía con ellos comunicaciones y confianzas que nadie ha tenido ni tendrá jamás. Por esto es el padre de la vida interior y el protector especial de las almas que tienen el valor de desprenderse, de todo para ocuparse sólo de Dios.

 

Todos estos favores no servían más que para hacerle más humilde y para que tuviera menor idea de los altos sentimientos que poseía. Descubriendo perfectamente las gracias con que Dios le había colmado, y no pudiendo ignorar el alto grado a que se veía elevado, tomaba las palabras de su casta esposa para glorificar a aquel que le había sacado de su bajeza, y repetía con la más viva gratitud: «El Omnipotente ha obrado en mí grandes cosas».

 

Así es como este santo Patriarca experimentaba la necesidad de humillarse a la vista del anonadamiento del Hijo de Dios. Y como es imposible encontrar sobre la tierra un hombre que haya recibido honores más sólidos y más grandes que San José, hay que confesar también que el amor extremo que tuvo a la humildad, le ha hecho digno de la admiración de los hombres y de los Ángeles.

 

¡Qué raro es ver a un hombre investido de cargos tan sublimes, estar a cubierto de las sorpresas del orgullo, casi inevitables, conservando siempre sentimientos muy bajos de sí mismo, y buscando en cuanto puede la práctica de las acciones más humillantes! Y porque es imposible encontrar un Santo sobre la tierra que haya recibido honores más sólidos y más grandes que San José, hay que confesar que el amor extremo que tuvo toda su vida a la humildad, le ha hecho digno de la admiración de los hombres y de los Ángeles. Porque ser humilde sin mérito, es necesidad, dice San Bernardo; ser humilde con algún mérito, es una verdad; pero ser humilde con las prerrogativas y la gloria de San José, es un prodigio que le eleva por encima de su propia elevación. Así como la humildad de la Santísima Virgen la ha elevado a la dignidad de Madre de Dios, puede decirse también con San Bernardo, que esta misma virtud ha elevado a José a la dignidad del esposo de María. En efecto, convenía unir la más humilde de las mujeres con el más humilde de los hombres.

 

No nos es dado llegar al grado sublime de perfección a que fue elevado San José; pero debemos tratar de imitarle, tanto cuanto nos lo permita nuestra debilidad en ese culto interior y perfecto, en todas sus disposiciones para con Jesús y María; debemos imitar su tierna piedad, su fervor, su recogimiento, el espíritu de fe de que estaba animado, su espíritu de oración.

 

Un joven pastor, sencillo e ignorante pasaba su vida en apacentar sus rebaños, y encontraba en esta humilde ocupación mil medios en adelantar en la perfección. A pesar de que no hizo nada de extraordinario, y de que no tuvo ocasión de conversar con personas distinguidas por su saber y su virtud, estaba lleno de toda clase de gracias y dones interiores tan relevantes, que causaban la admiración de los que le conocían. Este joven pastor tenía una devoción particular a San José a quien llamaba su protector, su maestro y su director, decía que San José era el maestro de las almas que gustan de la vida humilde y reservada, como había sido la suya.

  

Almas piadosas, esforzaos, a ejemplo de San José, en santificaros, llenando todos los deberes de vuestro estado con una pureza de intención tan grande como la suya, no buscando más que sólo a Dios. Para obtener esta gracia tan preciosa, dirigíos a San José: él os reserva la herencia infinitamente preciosa de la vida interior; tiene, según la expresión de un piadoso autor, la intendencia general de las almas cuya virtud está oculta en este mundo… ld a la escuela de José: instruidas por ese gran Maestro, haréis muy pronto rápidos progresos en esa ciencia que es la verdadera ciencia de los santos. Él os servirá de guía, os introducirá en esa tierra prometida, donde corren arroyos de delicias espirituales; aprenderéis de él que los medios de llegar a conseguirlo son: el silencio, el recogimiento, la oración, la pureza del corazón, la guarda de los sentidos, y, sobre todo, la mortificación de las pasiones y del amor propio.

  

COLOQUIO


EL ALMA: ¡Qué dichoso habéis sido, gran Santo, en haber libertado vuestro corazón del amor de las criaturas, y haberle ocupado sólo con el amor divino que habéis poseído en este mundo en un grado tan eminente!

 

SAN JOSÉ: El primer medio para adquirir el amor de Dios es olvidar el de las criaturas; porque ¿cómo el amor divino había de encontrar sitio en un corazón ocupado por las afecciones terrenales? Así, hija mía, si quieres llegar a la santidad, es necesario primeramente vaciar tu corazón de los objetos que le ocupan, a fin de consagrarle únicamente a Dios. Será menester sin duda alguna que le hagas alguna violencia; pero tú sabes demasiado bien que nada se adquiere sin algún trabajo, y el tesoro del amor divino merece algunos sacrificios. Considera que en la tierra no eres sino un viajero, pues que no es esta tu morada permanente. ¿Por qué se ha de tomar cariño a lo que se ha de abandonar en seguida? El que viaja no se cuida de la posada en que descansa, y se consideraría como inconsecuente o mejor como un loco al que olvidase sus negocios y el cuidado de su casa para embellecer la posada en que sólo debe permanecer algunos días. ¡Cuánto más locos y más insensatos son los que se adhieren a esta tierra de barro, a las criaturas que perecen y descuidan el único objeto para que Dios los ha criado! Tales consideraciones te ayudarán y te darán valor para separarte de todo lo que sea un obstáculo para el amor divino.

  

EL ALMA: ¡Qué dichosos son, santo Doctor, los que se apartan de todo para amar a Dios únicamente, pero es tan difícil! ¡Yo no podré conseguirlo nunca!

 

SAN JOSÉ: ¿Y no cuentas para nada el socorro de la gracia de Dios? Sin ella los santos no hubieran podido dominar sus inclinaciones. Muchos de ellos habían nacido con corazones demasiado sensibles y sólo con el divino socorro han podido dejarlo todo a fin de no vivir sino para Dios. Mira San Benito; en la flor de su edad abandona la opulencia y las dulzuras de la casa paterna para ir a encerrarse en una cueva y ocuparse sólo de sus esperanzas eternas. Mira San Francisco de Borja; abandona las dignidades mundanas y las riquezas para abrazar la pobreza voluntaria y seguir a. Jesucristo, vistiendo el hábito religioso. San Antonio Abad vende su rica herencia, la reparte entre los pobres y se retira a un espantoso desierto para que nada le distraiga en su pensamiento celestial. No acabaría si fuera a enumerarte todos los que han tomado la cruz por único tesoro. San Felipe Neri decía: «El que ama los bienes de la tierra no será santo». Y Jesús dijo: «Donde está vuestro tesoro estará vuestro corazón». Pues bien; el tesoro del hombre es el objeto que él ama más. Dichosos, mil veces dichosos aquellos cuyo único tesoro está en.… el Cielo, y que han colocado en Dios todas sus esperanzas: porque dice San Pablo que «el hombre no ha comprendido los bienes inmensos que Dios ha reservado a los que le aman». Pero para gozar de las dulzuras de este santo amor en el Cielo, es necesario empezará amar en la tierra; y si quieres gozar en la dicha del Cielo, te lo repito, hija mía, retira tu corazón de las criaturas, y entrégate todo a Dios,

 

EL ALMA: ¿Y de qué medios me valdré para volverme a Dios? ¡Mi corazón está tan frio para las cosas celestes!

  

SAN JOSÉ: Una práctica excelente para inspirar al corazón el amor de Dios y para conservarle, es el uso frecuente de las oraciones pequeñas, llamadas jaculatorias: son muy cortas, y por consecuencia, están exentas de distracciones, o por mejor decir, son aspiraciones de nuestro corazón a Dios, y no es posible dejen de atraernos su misericordia y su amor.

 

EL ALMA: ¿Quisieras, padre mío, enseñarme algunas jaculatorias para que yo pueda hacer uso de ellas?

  

SAN JOSÉ: Son tan variadas como tus necesidades, y tu corazón te las inspirará en el momento oportuno. Te encuentras en el fervor del amor divino, entonces puedes repetir: «¡Oh, Dios mío! ¡Oh, amor mío! ¡Dios mío, yo no quiero más que a Vos! ¡Jesús, sed mi único tesoro! ¡Qué puedo desear en el cielo y en la tierra, más que a Vos, Dios mío de mi corazón! … ¡Corazón de Jesús, consumid mi corazón con vuestro amor…!» y otras muchas. Si tienes sequedad de espíritu, abatimiento, repite a menudo las palabras del Profeta: «¡Señor, no separéis de mí vuestro rostro!... ¡Dios mío, volved vuestras miradas hacia mí y me daréis la vida! .... ¡Mi alma parece una tierra abrasada y sin agua, Dios mío!... ¡Dios mío, tened piedad de mí, según vuestra gran misericordia! … Desde el fondo del abismo a Vos elevo mis suspiros, Señor...». Y esta del mismo Salvador: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me habéis abandonado?… Dirígete también con mucha frecuencia a María: es la madre del amor hermoso: repítele las siguientes palabras que han resonado en todo el mundo católico y que le son tan agradables: «¡Oh, María, concebida sin pecado, ruega por todos los que recurrimos a ti en nuestra aflicción!». En fin, si eres fiel a esta práctica, el Espíritu Santo te iluminará cuando llegue la ocasión. Las mejores, son las que Dios mismo nos inspira y que nacen del corazón. La oración es la respiración del alma, y lo mismo que tú aspires el aire y exhales el que tengas en tu interior, el alma, también por la súplica aspira a la gracia de Dios, y por sus actos de ofrecimiento y de amor se entrega enteramente a Él.

  

RESOLUCIÓN: Hacer frecuentemente cada día oración jaculatoria. Pedir a Dios su amor.


viernes, 28 de marzo de 2025

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DECIMOQUINTO.

 


PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.




DÍA DÉCIMOQUINTO — 15 DE MARZO

 


CATECISMO DE SAN JOSÉ


17- ¿Cómo fue virginal en la paternidad el amor de San José?

 

La Iglesia nos enseña, que es artículo de fe, que ha habido un verdadero matrimonio entre José y María. Es también un artículo de nuestras creencias, que María ha sido la madre de Nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, hecho hombre, y que Dios es su Padre. Además, nos dice un piadoso autor: «¿Por qué ha querido el hijo de Dios encarnar en las purísimas entrañas de la augusta María? Pues ha sido, y este es el parecer de todos los santos Padres, a causa de la virginidad de aquella santa criatura. Es, pues, la virginidad de María la que ha sacado a Jesucristo del cielo para presentarle en la tierra; Jesucristo es, la flor sagrada que encerró la virginidad, el fruto feliz que la virginidad produjo». Y San Fulgencio nos lo dice formalmente: «Sí, Jesús es el fruto, el adorno, el precio, Jesús es la recompensa de la santa virginidad». Luego debemos concluir con Bossuet, «que, así como todos debemos creer que es la virginidad de María la que la hace fecunda, no debemos temer el afirmar, que José tuvo parte en este gran milagro». En efecto, si esta pureza angélica es el bien de la divina María, es el depósito mejor, es el bien del justo José, su casto esposo, porque María pertenece a José por su matrimonio y por los castos cuidados con que la ha conservado; así, pues, teniendo José tanta parte en la virginidad de María, así también la tiene en el fruto que llevó la misma por cuya causa Jesús es hijo de José, no verdaderamente según la carne, sino según el espíritu, por la alianza virginal que tuvo con la madre: por lo cual diremos con razón que el matrimonio de José fue virginal respecto de la paternidad.

 

FELICIDAD DE SAN JOSÉ EN NAZARET.

 

Hemos considerado en otra meditación al glorioso San José como jefe de la santa familia, y hemos visto que por esta cualidad Dios le había elevado a un grado preeminente y muy superior a lo que el labio puede expresar. Pero, aun hay otro punto de vista que nuestra fe y nuestra piedad nos obligan a considerar, y este es la felicidad, las delicias inefables que San José debió gustar en Nazaret durante los treinta años que vivió en él acompañado de Jesús y María. Trasportémonos, pues, almas cristianas, a la santa casa de Nazaret para considerar la dicha inmensa que José debió experimentar en ella; pero antes de penetrar en esta santa casa, saludémosla con cariño, puesto que ha encerrado todo lo que hay de más grande en el cielo y en la tierra. Sí, saludémosla, porque no hay palacio alguno que haya encerrado dentro de sí una familia tan augusta, ni haya visto verificarse en su interior cosas tan grandes y sublimes. Y en efecto, allí se trazaba en el silencio y la oración el plan de un mundo nuevo; plan creado en la justicia y la sinceridad de la verdad. Allí fue donde comenzaba a ejecutarse en el tiempo los proyectos eternos de la misericordia de Dios para con los hombres. Allí fue también donde comenzaron a formarse los primeros modelos del culto espiritual e interior que iban a restablecerse. Allí fue donde Jesucristo, muy niño aún, hacía ya el oficio de mediador y Pontífice, como en un santuario que ofrecía a Dios en holocausto oración y penitencia, que trataba de nuestra salvación con su Padre y adelantaba la obra de nuestra reconciliación. En fin, allí fue donde José y María admiraban las maravillas de Dios, veían crecer el objeto de sus esperanzas y de su amor.

 

Te saludamos, pues, querida y santa casa de Nazaret, patrimonio sagrado del amable José, piadoso retiro de los verdaderos adoradores de Jesús; sí, te saludamos con respeto. ¡Oh! ¡Cuán grande eres desde que abrigas a Aquel que apenas puede contener la vasta extensión de los cielos! ¡Cuán gloriosa eres desde que posees a Aquel que hace la felicidad de los bienaventurados!... ¡Oh, cuán resplandeciente eres desde que llevas en tu seno la bella aurora y el sol naciente de la gracia… Mejor me sería un día pasado en tu santuario, que mil años bajo los pabellones de los grandes y potentados de la tierra! Tú sola, oh santa casa de Nazaret, posees más bellezas que los tabernáculos de Jacob y las tiendas de Israel… Tú eres como un compendio de la ciudad de Dios, de la que se dicen cosas gloriosas y admirables... Tú perteneces al verdadero Obededom, a José el verdadero servidor del Hombre-Dios; así que estás colmada de bendiciones, puesto que recibes en tu recinto el arca del nuevo Testamento y de alianza entre Dios y los hombres.

 

Acabamos de saludarte, oh santa habitación de Nazaret; pero antes de penetrar en tu interior, ¡oh! permítenos te instemos a alabar a San José, tu señor y tu dueño. Sí, alaba a ese santo Patriarca, puesto que por consideración suya has llegado a ser la santa capilla de Dios conversando con los hombres; el templo dedicado a la segunda persona de la Santísima Trinidad, el oratorio ordinario del niño Jesús y de sus padres, el jardín delicioso donde Jesús, abeja mística, se alimenta entre las flores de las virtudes de José y de María. Sí, tú eres, oh santa casa, la tierra bendita donde se vio germinar la flor de los campos y el lirio de los valles; sí, tú eres la fuente sellada donde el Salvador vertió secretamente las aguas de su gracia en los corazones de María y de José. Si tú eres el Paraíso terrenal donde José conserva el árbol de inmortalidad; es a José a quien se lo debes…

 

Alaba, pues, a ese gran Santo, a ese glorioso Patriarca; sí, alábale, porque por su consideración has llegado a ser el santo lugar donde la paz, la dulzura y la devoción triunfan noche y día; la casa de Dios y la puerta del Cielo, el tabernáculo de los justos y el asilo de los afligidos.

 

Y ahora, almas cristianas, penetremos con respeto en esa morada y veamos cuál es la inmensa felicidad que José saborea en ella como jefe de la santa familia.

 

José fue el jefe de la santa familia y con este título, puesto que es pobre, tiene que ganar su pan con el sudor de su frente, el pan de Jesús y de María. Pero ved qué dicha para él obrar para un fin semejante y cuán dulce es para él trabajar con Jesús bajo la mirada de María; contemplad cómo evita la precipitación y la lentitud, y cómo imprime a todas sus obras el sello de la perfección… Pero considerad, sobre todo, qué paz y calma… ¿Sabéis por qué, almas cristianas? Pues bien, es porque no se siente el peso del trabajo cuando se hace en unión con Dios y en presencia de María, o si se siente alguna fatiga llega a ser dulce y agradable... Queremos también nosotros hacernos como José un gran tesoro en el cielo; estemos primero en estado de gracia como él, ofrezcamos en seguida nuestro trabajo a Dios con espíritu de penitencia y oración, y, por último, unamos nuestro trabajo al de Jesucristo. Así es como trabajando para la tierra, trabajaremos al mismo tiempo para el Cielo.

 

José fue el jefe de la santa familia; ahora bien ved bien qué satisfacción para él ver el orden y la armonía que reinan en el interior de su casa; en efecto, allí el recogimiento es habitual y el silencio observado religiosamente; el día se divide entre el trabajo de las manos y los piadosos ejercicios de la religión; allí se encuentra la pobreza religiosa que excluye toda superfluidad; allí también brilla la castidad, porque sólo existen vírgenes en aquel cielo terrestre; la obediencia reina como soberana, porque Jesús está sometido a sus padres, y María a su casto esposo; allí es donde el Cielo estableció su domicilio en común con la caridad que tan estrechamente une los corazones... ¡Santas comunidades religiosas, he aquí vuestro modelo si queréis practicar los consejos evangélicos: pues bien, contemplad lo que pasa en la casa de Nazaret e imitadla en todas las cosas; que sea José vuestro patrono y vuestro guía!... Y, vosotras también, familias cristianas, tomad a San José por vuestro protector. ¡Oh! ¡Feliz la casa en la que San José es el primer jefe! Jesús será en ella conocido y amado, María imitada, y Dios servido con respeto y amor. Esta casa estará edificada sobre roca, viva; que sople el huracán, que caiga la lluvia, que se desborden los ríos, no será destruida, porque está asentada sobre un buen cimiento. Podrá experimentar las borrascas de las tribulaciones, pero la fe la traerá siempre la calma y la resignación hasta que el cielo esté más sereno.

 

José fue jefe de la santa familia, y como tal le incumbe mandar y tomar la dirección de los asuntos; ahora bien, considerad qué honor para él mandar en Jesús a quien todo el Cielo obedece y en María la más santa y la más pura de las criaturas. Pero es mucho más glorioso para él la obediencia de Jesús, y en efecto verse servido en todo por un Dios, ¡qué honor y qué gloria!...

 

José fue jefe de la santa familia, y como tal recita él mismo las oraciones que se hacen en común; ¡ahora, ved, almas cristianas, si se ha ofrecido alguna vez espectáculo más sublime y más bello que el de la Trinidad de la tierra en oración ante las miradas del Altísimo!... Considerad, en efecto, a José de rodillas al lado del Salvador y de su santa Madre; vedle uniendo sus votos a los suyos, orando en el más profundo recogimiento y con un fervor más que angélico. Insensible a cuanto pasa en el mundo, este glorioso Santo ofrece a Dios el sacrificio de sus labios, pero más aún el de su corazón.

 

José fue jefe de la santa familia; pues bien, ved cómo ayuda a María en sus quehaceres, cómo la reemplaza frecuentemente al lado de Jesús, lleva éste en sus brazos, le hace mil caricias. ¡Oh! ¡Cuán grande nos parece José en medio de sus cuidados, y cuán feliz debe ser!

 

Pero contemplad, sobre todo, si hay un espectáculo más encantador para los corazones cristianos, que ver a Jesús entre los brazos de José, de este pobre carpintero en quien el Padre Eterno vertió torrentes de gracias y en quien unió las alegrías de la paternidad con los honores de la virginidad. ¿No diríais, almas cristianas, al considerar este pequeño Rey, cogido al cuello de José, que se hace de los brazos de este justo una carroza triunfal, columnas de plata de sus manos, una estación de oro de su pecho: el palacio de la divina caridad? No juzgaríais también al verle, que se ha puesto como un ramillete de flores sobre su pecho, o impreso en su corazón y en sus brazos para hacernos comprender que José es enteramente suyo, puesto que lleva sus armas y sus libreas… ¿No diríais que es el Rey pacífico sentado sobre su trono de marfil, donde recibe los honores que le rinden las facultades del alma, los sentidos y todos los miembros del cuerpo virginal de su querido nutricio?... Sí, ¡ved cuán bello es el espectáculo de Jesús niño, llevado en los brazos de José! ¡Oh! ¡Cuán agradable debe ser ese yugo y ligera la carga a quien le lleva!... ¡Oh! ¡Cuán fácil es reconocer en este estado a ese divino Niño por la rica presea del principado de su ayo! Sus pequeños brazos rodeados al cuello de José, son un collar de esmeraldas de un valor inestimable. Una sola de sus miradas, le dice cosas inefables; un beso de su boca divina, produce más alegría en su corazón que la que todos los bienes de la tierra puedan dar al hombre durante la duración de los siglos. Sus caricias tienen más fuerza para inflamar su amor que el aceite virtud para alimentar el fuego. ¡Ah! Si algunas almas, gozando de la presencia del Salvador o de la Virgen, solamente por una visión sobrenatural, se han encontrado, sin embargo, tan abrasadas de amor y tan embriagadas de delicias celestiales, que exclamaron: «Basta, Señor, basta»; ¿qué debemos pensar de José, que veía realmente ambos, que estaba día y noche con Jesús y que le acariciaba a todas horas?... ¿Qué debe pensarse de las emociones, de los esfuerzos, de los arrebatos y de las ternuras de su corazón cuando bebía hasta saciarse en la divina fuente del amor, y gustaba a placer de las grandes alegrías que el Salvador debía derramar por todo el mundo? Es verdad, que su corazón hubiera estallado en mil pedazos por la violencia de la dilación, su alma se hubiera liquidado a fuerza de dulzura, mejor que la de la esposa del cántico, de los cánticos, a la voz de su muy amado; hubiera, en fin, muerto de alegría y de amor, si Dios por un milagro no le hubiera conservado la vida.

 

No, ¡oh bienaventurado José! Jamás el hombre podrá figurarse la dulzura de vuestros pensamientos, los abatimientos de vuestro espíritu, cuando Jesús os llamaba su buen padre y vos le llamabais vuestro querido hijo; cuáles fueron también los sentimientos de vuestro corazón durante las noches enteras que pasasteis al lado de su cuna, ya meciéndole para dormirle, ya reposando vuestra cabeza sobre su humanidad santa, mientras que el corazón de su divinidad velaba; cuán celestiales fueron los ardores en que ardía vuestro corazón, cuando llegabais a pasear, servir o llevar en vuestros brazos a Jesús, vuestro Isaac, vuestro Benjamín, vuestro todo… Jamás la boca del hombre podrá expresar vuestros enajenamientos cuando contemplabais la hermosura y majestad del rostro de Jesús, lo amable de su genio, el fervor de su devoción y la afabilidad de su conversación; cuál fue vuestra modestia cuando dabais el sustento a Aquel que no tiene más que abrir la mano para llenar a todos los seres de las bendiciones necesarias a la vida, o cuando para reparar vuestras fuerzas tomabais el refrigerio que María, la reina de los ángeles os había preparado y que Jesús había bendecido con su divina mano… cuáles fueron vuestras reflexiones, cuando enseñabais a andar a Aquel que había descendido del cielo sobre la tierra por visitar a los hombres... Nunca, en fin, podremos comprender cuál fue vuestra atención cuando Jesús departía con vos sobre el reino de su Padre celestial, del objeto de su venida a este mundo y de la Iglesia que debía fundar... cuáles fueron, en fin, vuestras alegrías y ternezas, cada vez que, al salir de la habitación al pasar por delante de vos, os saludaba con respeto.

 

Así que, ya lo veis, almas cristianas, José en la compañía de Jesús y de María recibió en su bienaventurado retiro de Nazaret, una especie de satisfacción adelantada de las delicias celestiales. ¿Queremos también nosotros recibir este gusto anticipado de las alegrías del Paraíso?; amemos a Jesús con todo nuestro corazón, como José le amó. Acerquémonos dignamente a la santa mesa y podemos estar seguros que encontraremos en la Sagrada Comunión y a los pies del santo Tabernáculo, la única felicidad que puede llenar nuestro corazón y hacernos esperar en paz las alegrías inmortales de la verdadera Patria.

 

COLOQUIO


SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre la dicha que disfruté en mi casa de Nazaret, en compañía de Jesús y de María. Ahora bien; ¿quieres saber la causa de aquella felicidad? ¡Pues bien!, voy a satisfacer tus deseos: es la continua presencia de Dios. María y yo teníamos incesantemente los ojos fijos en Jesús, y ni las ocupaciones de la vida nos impedían amarle, ni el amor nos impedía trabajar. La continua presencia de Dios, he aquí hija mía, la base de la vida espiritual; y en efecto, la presencia de Dios aleja el pecado del alma, la conduce a la práctica de la virtud y la une a Dios por el amor santo y desde luego el ejercitarse a estar en presencia de Dios, es cosa eficaz para evitar el pecado, ¿Cuál es el niño que se atrevería a desobedecerá su padre a sus ojos?, ¿El soldado que osaría resistir a una orden formal ante su soberano, o un soldado que se atrevería faltará la disciplina militar a los ojos de sus jefes? Ninguno habrá ciertamente, y cuando se desobedece es porque uno se lisonjea de la impunidad. ¡Ah! Si el cristiano pensara que siempre está en presencia de un Padre, de un Rey y del Juez que puede recompensarle o castigarle, entonces se guardaría mucho de no hacer nada que pudiese ofenderle.

 

El segundo efecto de este ejercicio de estar en la presencia de Dios es la práctica de la virtud, ¿Con qué valor no se siente poseído aquel soldado que combate en la presencia de su príncipe? ¿Con qué solicitud no trabajan los obreros ante un maestro generoso que los quiere recompensar? Pues con mucha más razón se llenará de fervor un cristiano, que diga dentro de sí: Dios está aquí que me ve, y que no dejará de ningún modo de recompensarme. Este pensamiento lleno de consuelo suavizará sus fatigas y le esforzará para superar todos los obstáculos; pues aquí no se trata, no de una recompensa efímera, sino de una eternidad venturosa, porque el hombre solamente es negligente cuando olvida esta verdad tan importante.

 

El tercer efecto del expresado ejercicio es el aumentar la caridad según esta máxima infalible: el amor crece en presencia del objeto amado. En efecto, si esto sucede entre los hombres, a pesar de los defectos que lleva una familiaridad íntima, ¿cuánto más contribuirá la presencia de Dios para inflamar el amor que excita la meditación, que da un perfecto conocimiento y juntamente descubrirá cada vez más sus efectos adorables? Debiéndose tener entendido que la oración de la mañana no basta para mantener este fuego sagrado, pues es sabido que el agua hirviendo al sacarse del fuego se enfría y sucederá lo mismo a aquel hombre que no procura de renovar de tiempo en tiempo el pensamiento que Dios le ve y solicita su amor.

 

EL ALMA: Sí, ¡oh gran santo!, comprendo todas las ventajas de este santo ejercicio y lo deseo vivamente; pero ¿cómo puedo aplicarme a él con las ocupaciones de mi profesión, las exigencias de la vida y las relaciones que estoy obligado a tener con mis semejantes?

 

SAN JOSÉ: Si lo deseas sinceramente, hija mía, los deberes de tu estado no serán un obstáculo.

 

Cuando Santa Catalina de Siena manifestó A sus padres el deseo de ser religiosa, estos emplearon todos los medios imaginables para hacerla perder su vocación. Empezaron por reducirla todos sus ejercicios de piedad y la abrumaron con tantos trabajos, que la era imposible encontrar un momento para estar sola y tranquila; pero la Santa no se apuró, se hizo en el fondo del corazón un oratorio donde Dios estaba siempre presente y en medio de las ocupaciones más variadas, su recogimiento era continuo y hacia todas sus acciones en vida de placer a Dios. Imítala, hija mía, busca a Dios dentro de ti, y santificará tus acciones y esto será el medio más seguro para llegar a la perfección.


  

RESOLUCIÓN: Ejercitarse cada día a ponerse en presencia de Dios. Pedir a San José que nos ayude en este santo ejercicio.


MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DECIMOCUARTO.

 


PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.



DÍA DÉCIMOCUARTO — 14 DE MARZO

 

CATECISMO DE SAN JOSÉ

 

16- ¿Cómo fue virginal en el amor el matrimonio de San José?

 

Es una verdad conocida que cuanto más puro es el amor y más espiritual y desprendido de la materia, es tanto más fuerte y más vehemente; porque el fuego de la concupiscencia encendido en nuestros cuerpos, no puede igualar jamás a los ardores de los espíritus unidos por el amor de la pureza. Y, por tanto, ¿hay alguien que pueda decir cuál fue el amor conyugal de José y María? Porque en ninguna parte ha sido este amor espiritual tan perfecto como en este santo matrimonio. En esta unión, el amor es santo, espiritual y celeste puesto que sus llamas y todos sus deseos tienden a conservar la virginidad. Se aman entre sí, y en su grande amor aman su mutua virginidad. José ama a María sobre todo lo que decirse puede, pero lejos de nosotros el pensar que el objeto de su amor eran los dones de la naturaleza con que María se hallaba adornada; o, en otros términos, la belleza mortal que la hermoseaba; no, lo que José amó en María era la belleza oculta e interior, cuya virginidad forma el principal adorno. Era, pues, la pureza de María, el objeto del amor de José, y cuanto más amaba a esta pureza, más quería conservarla, primero en su santa esposa y después en sí mismo, por una perfecta conformidad del corazón. Y así, tan verdad ha sido el decir que las promesas de José han sido puras, como que su amor a María fue divino y enteramente virginal.

 

TERNURA DE SAN JOSÉ PARA CON JESÚS.


Cuando Dios elevó a Salomón sobre el trono le dio un corazón elevadísimo, porque necesitaba un gran corazón para gobernar un gran reino. Así el Señor al escoger a José para ser el padre adoptivo del Salvador debía proveerle de un gran corazón, o, mejor dicho, darle una amplitud tal que pudiese amar como padre y padre del hijo único del Dios. Y esto es, según el parecer de un santo doctor, lo que el Padre Eterno ha hecho al elevar a San José, no solo a su dignidad, sino también a su afecto de padre; ya sea que formó en él un corazón enteramente nuevo, ya que volvió más tierno el que este gran Santo había recibido ya; es por lo menos seguro que lo llenó del amor más puro y más grande que un padre pueda tener, y si no lo hubiera hecho así, hubiera trastornado el orden que ha establecido Él mismo. La naturaleza al hacer a un hombre padre, le abrasa con un amor tan ardiente, que mil cuidados, mil fatigas, y, sobre todo, mil ingratitudes no pueden entibiarle. ¿No debemos decir también que Dios, queriendo que un hombre sea padre, le inspire un amor tanto más ardiente y más activo cuando las obras de Dios son más excelentes que las de las criaturas, y que la gracia obra con más eficacia que la naturaleza? Si añadimos que Dios; por su propia elección, ha destinado a un hombre sólo a ser padre de la manera que hemos dicho, sino el padre de un hijo el más perfecto que jamás ha podido imaginarse, debemos deducir de aquí que será propio de la sabiduría y bondad de Dios, encender en el corazón de este padre dichoso hogueras de amor proporcionadas a las perfecciones de este hijo adorable, que debía amar mil veces más que a él mismo.

  

Si el Padre Eterno, nos dice San Agustín, derrama a torrentes en el gran corazón de José la pura y santa fecundidad de su adorable paternidad; las virginales e íntimas comunicaciones de la sociedad incomprensible de las tres divinas personas la virginidad de San José hecha fecunda en cierto modo por el mayor de los prodigios a fin de que por su inefable pureza sea la guarda de la pureza misma, y que sea esta la esposa del esposo de María y padre de Jesús.

 

La gracia, nos dice un piadoso autor, hizo a José todo corazón para no amar más que a Jesús, todo espíritu para no pensar más que en Jesús, todos ojos para proveer todas sus necesidades, todas manos para proveer a ellas, todos pies para seguirle y conducirle por todas partes, todas alas para volar a ejecutar todas sus voluntades; en fin, todo en todas las cosas para Aquel que era su todo.

 

Y, sobre todo, lo que hay que notar en el amor de José por Jesús es que no puede tener ni exceso ni abuso, porque la naturaleza y la gracia se encuentran confundidas en él. Además, no está sujeto a esa funesta división de afectos que es inevitable en este mundo porque no tiene más que un solo objeto y todas sus pasiones son santas: en efecto, si teme, es por la persona de Jesús; si desea, es para sus necesidades; si sufre, es el dolor de verle sufrir. Todas las peticiones que le hace son oraciones y súplicas; y todos los deberes paternales que le rinde son otros tantos sacrificios y actos de adoración que hace a este hijo, que aun cuando está oculto bajo la forma de un servidor, es sin embargo igual a su Eterno Padre, y que a pesar de ser enteramente igual a él no por eso deja de someterse y obedecer a José. José, dice un autor antiguo, penetraba más cada día en el Corazón de Jesús por sus servicios continuos y por los cuidados que le prodigaba. Por otra parte, los encantos inexplicables del niño Dios encantaban todos los afectos de José, ¿con qué santos ardores no le abrasaría? Cuando José tenía entre sus brazos al amor de los Ángeles y de los hombres, y aplicaba su corazón contra el suyo, sus ojos sobre sus ojos, y su boca sobre la boca de su hijo, ¿cuánto amor no recibiría? Cuando Jesús descubría en José algunos nuevos rasgos de sus perfecciones infinitas o que manifestaba complacerle sus caricias, cuando José cumplía sus deberes para con Jesús, ya dándole de comer, ya cuando le llevaba por la mano, ya cuando oía dar bendiciones al niño y al que creían era su Padre; ¿no era como el aceite arrojado sobre el fuego del amor que existía ya en el corazón de José para inflamarle más? ¿Qué creéis que hubiera respondido, si el Salvador le hubiera dirigido la pregunta que dirigió más tarde a San Pedro: “José, ¿me amáis?”? Le hubiera repetido mil veces estrechándole contra su pecho: ¡Sí!, mi Dios y mi hijo infinitamente cariñoso, sí; os amo más que a las niñas de mis ojos, más que a mí mismo.

 

Ordinariamente se dan dos cualidades al amor de un padre: la ternura y la fuerza. Es preciso que sea un amor generoso, y en esto se diferencia del de las madres, que tiene mucha más ternura que fuerza. Es preciso que sea un amor tierno y ardiente, que se interese por todo lo que concierne a los hijos y que sienta vivamente todas sus necesidades. Ahora bien, San José ha reunido estas cualidades en un grado soberano de perfección, y ha experimentado los sentimientos que estos dos amores pueden producir en un corazón: así que tengo por verdadero lo que dice el doctor y piadoso Graciano, que si se comparaba todo el amor que los padres tiernos tienen por sus hijos con el amor de José y Jesús, cuya ternura le arrebataba.

 

Si el discípulo muy amado, por haber una sola vez reposado sobre el Corazón de Jesús, tenía por él un afecto tal, que no podía hablar de otra cosa que, de la caridad; ¿quién podrá nombrar el amor de San José, que no sólo tuvo la dicha de reposar en el seno de Jesús, sino que tuvo a este divino Salvador durante su instancia un millón de veces entre sus brazos, que le hace reposar sobre su corazón y le ha cubierto de caricias?

 

El amor de San José, no puede ser más vigilante y laborioso. Si trabaja es para alimentarle; si ejerce su profesión en una pobre tienda, es para dar a su querido Hijo todas las comodidades que puede proporcionarle; si deja su patria para ir al destierro, es para salvarle la vida. Así es que José reunía en su corazón ese amor fuerte y generoso para Jesús con ese otro amor tierno y lleno de compasión; y estos dos amores inflamando mutuamente su ternura, lo hacían desear, emplear mil vidas que tuviera por su Salvador, y recíprocamente las fatigas y penalidades, que soportaba contribuían a aumentar esta ternura, porque amamos más tiernamente las cosas que nos han costado más. Ahora, bien: ¡qué de penalidades, viajes, persecuciones para criar este niño, para ponerle a cubierto de las persecuciones de sus enemigos, para educar este sagrado depósito que el cielo le ha confiado!: «¡Oh! Hijo mío, podía decirle; ¡cuán precioso eres para mí, puesto que tan caro me cuestas! Si no me perteneces por haberte dado la vida, no dejas de serlo para mí por otro título, puesto, que sacrifico la mía por salvar la tuya. He empleado en tu conservación y guarda lo que no empleé en tu nacimiento».

 

¡Oh! yo quisiera, escribía el gran San Francisco de Sales a Santa Juana de Chantal, poder conversar algún tiempo con vos, sobre las grandezas del santo amado de nuestro corazón, porque es el alimentador del amor de nuestro corazón y del corazón de nuestro amor. ¡Oh gran Dios, cuán bueno es este Santo! ¡Cuán justo es, puesto que nuestro Señor se colmó de tal manera con sus beneficios, que le dio la Madre y el Hijo, haciéndole objeto de envidia para el Cielo y para los Ángeles! Porque, ¿qué cosa puede encontrarse en los Ángeles que pueda compararse a la Reina de los Ángeles, y a Dios que sea más grande que Dios? Roguemos a este gran Santo, que tan frecuentemente acarició y sirvió a Nuestro Señor, que acreciente en nosotros el amor que tenemos a nuestro Salvador, y que nos obtenga por su intercesión mil bendiciones que nos hagan gozar de una profunda paz interior.

 

COLOQUIO


EL ALMA: ¡Oh, qué feliz habéis sido, glorioso San José, por haber puesto vuestra confianza en ese Dios a quien tanto amáis! Pero yo que tan poco le amo, frecuentemente soy vencido por mis enemigos, porque en vez de poner mi esperanza sólo en el Señor, confío en mis propias fuerzas. Dé aquí proviene que pudiendo ser como vos fuerte en medio del peligro, la menor cosa me abate, me pierde enteramente y ya nada puedo hacer que sea agradable a Dios.

 

SAN JOSÉ: El amor, hija mía, según dice la Sagrada Escritura, es fuerte como la muerte; y así como la muerte aparta de todos los bienes de la tierra, del mismo modo el amor de Dios cuándo llega a reinar en un corazón, le deja completamente libre de los lazos que le sujetan a este mundo: he aquí el motivo de que muchos santos hayan renunciado a todo lo que poseían: honores, empleos, riquezas, para retirarse a los desiertos o al claustro y poder pensar únicamente en Dios. Así como no hay poder en el mundo que resista a la muerte cuando ha llegado la hora, tampoco hay obstáculos ni impedimentos que no supere y quebrante el amor divino luego que llegar a echar raíces en un corazón. Cuando el alma se siente abrasada de este divino amor, se despoja de sí misma, de todas las criaturas, de todos los bienes terrestres, y sólo quiere hacer la voluntad y disfrutar los dulces placeres del objeto de su amor: la pobreza, la mortificación, las austeridades constituyen entonces todas sus delicias porque conoce que de este modo tiene alguna semejanza con el divino Jesús

 

EL ALMA: ¡Cuánto desearía yo, oh mi buen padre, siguiendo vuestro ejemplo, amar, solamente a Dios, y hacer con gusto lo que este Señor pide de mí! ¡Pero qué lejos estoy de ello! En vez de buscar las mortificaciones, me cuesta mucho aceptar las cruces que Dios me envía: tan débil soy, que no puedo resolverme al menor sacrificio.

 

SAN JOSÉ: Es verdad, hija mía, que eres débil; pero trabaja con fe, y Dios te ayudará, porque Él quiere tu concurso y no te dejará sola. Bien sabes que la ley divina es llamada yugo, y que, este se lleva siempre entre dos. Dios hará mucho por su parte, pero es necesario que tu cooperes también. Para llegar a ser santo, no basta desearlo, sino que, es preciso trabajar para conseguirlo: no te asusten las dificultades de la empresa; acométela con brío, y poco a poco llegarás a obtener buen resultado. Si el amor propio está profundamente arraigado en tu corazón y es muy difícil arrancarlo de una vez, ve cortando al menos sus ramas y sus vástagos. Trabaja con valor porque nada se consigue sin vencer alguna dificultad. «Muchas almas no llegan a conseguir la santidad, como dice San Bernardo, porque no se arman del valor necesario para este objeto». La voluntad firme, hija mía, triunfa de todos los obstáculos. Y si el demonio intenta examinarte con la idea de una vida mortificada hasta el extremo y que ademaste privará hasta de los placeres más inocentes, respóndele con San Pablo: «Todo le puedo en Aquel que me conforta». Yo no tengo fuerzas para sufrir; pero el Dios Todopoderoso que me convida con su amor, me ayudará a cumplir lo que exige de mí.

 

EL ALMA: ¡Oh gran Santo! Si hasta aquí me he dejado vencer por mis pasiones, es porque no he amado a Dios. Para remediar este mal, os suplico que me enseñéis el medio más corto y seguro de obtener ese amor divino, sin el cual jamás haré progresos en la santidad.

 

SAN JOSÉ: Hija mía, Jesucristo dice que se dará a quien pida. Ora, pues, con gran confianza, pide a Dios su santo amor, y aparta al mismo tiempo de tu corazón todo lo que pudiera servir de impedimento a la comunicación de la gracia, como las conversaciones, las lecturas inútiles y las ocupaciones, ociosas. La oración es el horno en que enciende y fermenta el fuego del amor divino, principalmente cuando el alma lo aplica a la contemplación de Jesús crucificado. ¿Se puede en efecto contemplar los dolores que sufrió a causa de su amor hacia nosotros; ver su Sangre destilando gota a gota de todos sus miembros heridos y desgarrados por los azotes; considerarle expirando en la Cruz sin que el corazón se desprenda de todos los lazos sensuales y terrestres para unirse solamente a Él? En la pasión de Jesucristo hallaron todos los santos aquella ardiente caridad que les hizo abandonar riquezas, honores y placeres para ser en un todo conformes a este divino modelo, y como sus corazones, ¡oh hija mía!, estaban vacíos de todas las cosas de la tierra; el amor de Dios los llenó completamente, y ya en tal estado; los más penosos sacrificios, endulzados por este amor las hacían encontrar el paraíso en la tierra, constituyendo todas sus delicias.

 

EL ALMA: ¡Oh mi querido Padre! Vuestras saludables lecciones conmueven profundamente mi corazón, en especial viéndolas confirmadas por vuestro ejemplo. Fortificado con el amor de Jesús, sufriré con resignación y hasta con alegría la pobreza, los desprecios, la persecución, el destierro, en adelante sólo quiero imitaros. Pero ya os necesito, ¡oh glorioso Padre mío! Venid; pues, en mi ayuda, interceded por mí para con María. Vos, que tanto amasteis a esta augusta Virgen, suplicadla me alcance la gloria de amar solamente a Dios y de unirme a Él para que llegue a vencer mis pasiones y emprenda una nueva vida que sea agradable a Dios y fecunda en todas las virtudes.

  

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente a Dios se digne concedernos su amor. Meditar con igual frecuencia en el amor que Dios nos ha tenido, y principalmente en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

  

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