sábado, 31 de octubre de 2026

MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A MARÍA A TRAVÉS DEL SANTO ROSARIO. DÍA 27.

 


El Tesoro del Alma en los Misterios del Santo Rosario. Por Soledad Arroyo (De la V. O. T. de Santo Domingo).

Madrid Imprenta de los hijos de Gómez Fuentenebro. Calle de Bordadores. —1909.

 

Nos el Doctor don José María Salvador y Barrera,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA, OBISPO DE MADRID·ALCALÁ, CABALLERO GRAN CRUZ DE LA REAL Y DISTINGUIDA ORDEN DE ISABEL LA CATÓLICA, COMENDADOR DE LA DE CARLOS III, CONSEJERO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA, CAPELLÁN DE HONOR DE S., M., SU PREDICADOR Y DE SU CONSEJO, ETC., ETC.

   HACEMOS SABER: Que venimos en conceder y por el presente concedemos licencia para que pueda imprimirse y publicarse en esta Diócesis el libro titulado EL TESORO DEL ALMA EN LOS QUINCE MISTERIOS DEL ROSARIO, Ó EL MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A MARÍA, Y LOS QUINCE SABADOS DEL ROSARIO, por Soledad Arroyo, mediante que de nuestra orden ha sido leído y examinado, y según la censura, nada contiene que no se halle en perfecta armonía con los dogmas y enseñanzas de la Iglesia Católica.

 

   En testimonio de lo cual, expedimos el presente, rubricado de nuestra mano, sellado con el mayor de nuestras armas, y refrendado por nuestro Secretario de Cámara y Gobierno en Madrid a 8 de Marzo de 1909. José María, Obispo de Madrid - Alcalá. Por mandado de S. E. I., el Obispo mi Señor, Dr. Luis Pérez, Secretario.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 


ACTO DE CONTRICIÓN


 

   Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío, por ser vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, a mí me pesa, pésame Señor, de todo corazón de haberos ofendido; y propongo firmemente de nunca más pecar, de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, restituir y satisfacer, si algo debiere; y por vuestro amor perdono a todos mis enemigos; ofrezcoos mi vida, Obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados: así como os lo suplico, asi confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonareis por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.



 ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS



   Reina del santísimo Rosario, dulcísima Madre de nuestras almas: aquí tenéis a vuestros hijos que, confusos y arrepentidos de sus miserias, fatigados por las tribulaciones de la vida, y confiando en vuestra maternal protección, vienen a postrarse ante vuestro altar en este mes consagrado a honraros por el supremo Jerarca de la Iglesia.


   ¡Oh Madre amorosísima! Nosotros queremos obsequiaros dedicándoos estos breves momentos con toda la efusión de nuestras almas. Acogednos bajo las alas de vuestro maternal amparo, cubridnos con vuestro manto y atraednos bondadosa a vuestro purísimo Corazón, depósito de celestiales gracias.

   Dejaos rodear de vuestros hijos, que están pendientes de vuestros labros. Hablad, Madre querida, para que oyéndoos sumisos y poniendo en práctica las santas inspiraciones que cual maternales consejos os dignéis concedernos durante este bendito mes, logremos la dicha de vivir cumpliendo con perfección la santísima voluntad de vuestro Divino Hijo, creciendo en todo momento su amor en nuestros corazones, para que logremos la dicha de alabarle con Vos eternamente en la Gloria. Amén.



DÍA VIGÉSIMOSEPTIMO —27 de octubre

 

Segunda consideración sobre el segundo Misterio Glorioso.

 

De la virtud de la esperanza

 

   «Las penas de este mundo (se lee en las Máximas espirituales) son como las aguas del mar, que pierden su amargura cuando se elevan al cielo». Y, en efecto, ¿cuál será la pena que no se mitigue y el dolor que no tenga alivio cuando se eleve nuestro corazón al cielo, por medio de la consoladora virtud de la esperanza, y cómo no cobrará nuevos bríos nuestra alma para sufrir al considerar esa dichosa bienaventuranza que el Señor, en su misericordia, nos tiene preparada? Pero si la virtud de la esperanza es el lenitivo de nuestros dolores, es al propio tiempo la medida de las gracias que se nos conceden; pues esta virtud consoladora es tan agradable al Señor, que dice San Francisco de Sales «que se nos concederá tanto, cuanto santamente hubiéremos esperado». Por esto debemos desechar esas tentaciones de desconfianza que el enemigo de nuestras almas nos presenta a veces, para ver si puede hacernos participar de su miserable suerte de no esperar jamás; y ni siquiera nuestras faltas e imperfecciones deben resfriar esta esperanza, sino que levantándonos de elIa humildes, sí, pero confiando siempre en la misericórdia de Dios, que «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» debemos arrojarnos en manos de su amorosa Providencia, sin permitir que nada, turbe la confianza en nuestra alma. Así practicaremos aquella máxima del P. Causade que dice: «dejemos el pasado a la misericordia de Dios, el futuro a su providencia, y consagremos el presente a su amor», y para ello, alentemos constantemente nuestro espíritu, en los momentos de prueba, con la consideración de la gloria.

 

   Reposa, si, alma mía, de tus angustias y temores, contemplando este consolador misterio de la Ascensión del Señor, que su consideración te hará vislumbrar, a través del precioso prisma de la fe, el término dichoso adonde conduce el penoso sendero de la vida cristiana, el camino de la cruz y del sacrificio. Olvida unos momentos el destierro en que te hallas, para contemplar con delicia la Patria que te espera. No es un sueño no, esta perspectiva hermosa; este porvenir eternamente venturoso, es la realidad. Sueño puedes llamar, y sueño triste y con frecuentes pesadillas, a esta pobre vida, tan llena de quebrantos, é ilusos a los desgraciados que, separándose de su eterno Bien, persiguen esos engañosos fantasmas, que al alcanzarlos dejan caer el disfraz de felicidad que les cubría y se desploman sobre sus insensatos amadores, desgarrando sus corazones el peso abrumador del desengaño, y que se llaman pecado, remordimiento, y desesperación. Mas si la bondad inmensa del Señor te ha librado ya de sus asaltos, y si su diestra omnipotente te sostiene en el camino de la salvación, a pesar de tus miserias, a lo que puedes entender, ¡oh alma mía! ¿por qué estás triste y por qué te turbas? Espera, espera en Dios, tu fuerza, inmenso bien y eterna felicidad. Considera que al entrar Jesús en la Gloria dejó sus puertas abiertas para que tú entres también, si eres fiel a su amor; y piensa cómo su divino Corazón, que tanto te ama, desea llegues a ocupar en esa Gloria el esplendente trono que allí te tiene preparado. Sí; hay cielo, alma mía, es decir, un lugar de luz, de amor, de paz y felicidad eterna é indecible; y en ese lugar tienes una propiedad que nadie ni nada podrá arrebatarte, si tú no renuncias a ella por el pecado. Podrá faltarte todo en la tierra: ¿qué te importa, mientras puedes decir con humilde confianza: el cielo es mío, y allí tengo un trono que nadie puede arrebatarme? Irás al cielo. ¡Oh! ¿Has pensado bien en esto alguna vez, o quizá suponiendo un largo plazo, ha perdido para ti gran parte de su fuerza esta consideración? Pero al fin, si no te extravías, allí habrás de llegar. Puede ser mucho, o acaso poco, muy poco, el tiempo que para eso falte; y sea poco o mucho, ha de pasar brevemente, pues no dejas un instante de caminar; y si en los acontecimientos que se esperan en el mundo se piensa, por lejanos que estén, ¿por qué no meditas con-frecuencia en la Gloria, cuando esta meditación puede ser lenitivo poderoso en tus males, é infundirte gran aliento para practicar la virtud? Sí; pensemos, pensemos en la Gloria y sufriremos consolados con tan dulce esperanza. Digamos con el Profeta: “aunque me cerquen los dolores de la muerte y los peligros del infierno, -esperaré siempre en él”.



EJEMPLO

 

He aquí lo que me dijo esta joven, y entonces presencie un espectáculo indescriptible, una muerte verdaderamente celestial. Vi una débil criatura dejando toda la felicidad que la rodeaba, con radiante serenidad, consolando a sus ancianos padres, bendiciendo a su pobre niño, animando a su marido, no viendo otra cosa que el cielo, y no hablando más que de él; siendo su último suspiro una sonrisa a la gracia y a la gloria eterna. Este recuerdo es para mí inefable. (Revista del Rosario)

 

 

SANTOS Y REYES DEVOTOS DEL ROSARIO

 


San Alfonso María de Ligorio decía: «Es gran auxilio en las tentaciones besar el rosario y estrecharle contra el corazón». Él llevaba un rosario al cuello y otro puesto en la cintura, y le rezaba con frecuencia. En su ancianidad, habiéndosele debilitado la memoria, quería que los que le rodeaban le recordasen esta obligación. Cierto día, dudando de si la había-cumplido, preguntó a uno de sus familiares, y como éste le respondiese que sí, a el Santo dijo estas palabras: «De esta devoción pende mi salud eterna; cuando dudo de haberla practicado, dudo de mi predestinación» (Revista del Santísimo Rosario)  

 



La reina María Stuard encontraba en la devoción del Rosario el valor necesario para soportar sus terribles pruebas. Cuando se sentía desfallecer durante su cautiverio, rezaba el santo Rosario, y esta devoción hacía siempre renacer la resignación en su alma. (P. Busscher.)

 

 

ELOGIOS PONTIFICIOS DEL ROSARIO




Por virtud del Rosario de Santo Domingo, la fe, la piedad, la concordia, fueron recobradas; las maquinaciones de los herejes desvanecidas, y muchísimos engañados volvieron a la verdad. (León XIII.)

 

OBSEQUIO

 

   El obsequio a la Santísima Virgen para este día, y lo mismo para todos los del mes será redoblar en cada uno de ellos el fervor en la recitación del Santo Rosario, y la atención en la meditación de sus misterios. También se podrá ofrecer a la Santísima Virgen como obsequio, los actos de piedad que inspire a cada uno su devoción.

 

 



SÚPLICAS Á LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

 

   Os saludamos, Virgen Santísima, Hija de Dios Padre, bendiciendo a Dios, que os preservó de toda mancha en vuestra Inmaculada Concepción. Por tan excelsa prerrogativa os rogamos nos concedáis pureza de alma y cuerpo, y que nuestras conciencias estén siempre libres, no sólo del pecado mortal, sino también de toda voluntaria falta é imperfección. (Avemaría).

 

Os saludamos, Virgen Santísima, Madre de Dios Hijo, bendiciendo a Dios, que os concedió el privilegio de unir la virginidad a la maternidad divina. Por tan singular beneficio os rogamos que nos concedáis la gracia de vivir cumpliendo nuestras respectivas obligaciones, sin apartarnos nunca de la presencia de Dios, dirigiendo a su gloria y ofreciendo, por su amor hasta nuestro más leve movimiento, santificando, así todas nuestras obras. (Avemaría).

 

   Os saludamos, Virgen santísima, Esposa de Dios Espíritu Santo, bendiciendo a Dios por la gracia que os concedió en vuestra Asunción, glorificándoos en alma y cuerpo. Por tan portentosa gracia os rogamos nos alcancéis la de una muerte preciosa a los ojos del Señor y que nos consoléis bondadosa en aquellos supremos momentos, para que, confiados en vuestro poderoso auxilio, resistamos a los combates del enemigo y muramos dulcemente reclinados en vuestros amantes brazos. (Avemaría).

 

 

ORACIÓN FINAL

 

 

   ¡Oh Virgen Santísima del Rosario, Madre de Dios, Reina del cielo, consuelo del mundo y terror del infierno! ¡Oh encanto suavísimo de nuestras almas, refugio en nuestras necesidades, consuelo en nuestras penas, desalientos y pruebas! A Vos llegamos con filial confianza para depositar en vuestro tiernísimo Corazón todas nuestras necesidades, deseos, temores, tribulaciones y empresas. Vos, Madre mía, lo conocéis todo y omnipotente por gracia, podéis remediarnos. Vos nos amáis, Madre querida, y queréis todo nuestro bien. ¡Ah y cuán consolador es saber que no hay dolor para el que no nos ofrezcáis alivio, ni situación para la que no haya misericordia en vuestro amante Corazón! Por esto nos arrojamos confiadamente en vuestros brazos, esperando vuestro amparo maternal. Somos vuestros hijos, aunque indignos por nuestras miserias y por la ingratitud con qué hemos correspondido a vuestros maternales. favores. Pero una vez más, perdonadnos, oíd nuestras súplicas y despachadlas favorablemente. Haced, Madre querida, que no olvidemos las saludables enseñanzas que se desprenden de la consideración de los misterios del santo Rosario, ni las inspiraciones que durante ella nos habéis concedido, para que, imitándoos como buenos hijos, durante el destierro de la vida, merezcamos la dicha de vivir con Vos en las alegrías de la patria bienaventurada, alabando y bendiciendo al Señor por los siglos de los siglos. Amén. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...