domingo, 25 de octubre de 2026

MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A MARÍA A TRAVÉS DEL SANTO ROSARIO. DÍA 25.

 


El Tesoro del Alma en los Misterios del Santo Rosario. Por Soledad Arroyo (De la V. O. T. de Santo Domingo).

Madrid Imprenta de los hijos de Gómez Fuentenebro. Calle de Bordadores. —1909.

 

Nos el Doctor don José María Salvador y Barrera,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA, OBISPO DE MADRID·ALCALÁ, CABALLERO GRAN CRUZ DE LA REAL Y DISTINGUIDA ORDEN DE ISABEL LA CATÓLICA, COMENDADOR DE LA DE CARLOS III, CONSEJERO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA, CAPELLÁN DE HONOR DE S., M., SU PREDICADOR Y DE SU CONSEJO, ETC., ETC.

   HACEMOS SABER: Que venimos en conceder y por el presente concedemos licencia para que pueda imprimirse y publicarse en esta Diócesis el libro titulado EL TESORO DEL ALMA EN LOS QUINCE MISTERIOS DEL ROSARIO, Ó EL MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A MARÍA, Y LOS QUINCE SABADOS DEL ROSARIO, por Soledad Arroyo, mediante que de nuestra orden ha sido leído y examinado, y según la censura, nada contiene que no se halle en perfecta armonía con los dogmas y enseñanzas de la Iglesia Católica.

 

   En testimonio de lo cual, expedimos el presente, rubricado de nuestra mano, sellado con el mayor de nuestras armas, y refrendado por nuestro Secretario de Cámara y Gobierno en Madrid a 8 de Marzo de 1909. José María, Obispo de Madrid - Alcalá. Por mandado de S. E. I., el Obispo mi Señor, Dr. Luis Pérez, Secretario.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ACTO DE CONTRICIÓN.

 

   Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío, por ser vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, a mí me pesa, pésame Señor, de todo corazón de haberos ofendido; y propongo firmemente de nunca más pecar, de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, restituir y satisfacer, si algo debiere; y por vuestro amor perdono a todos mis enemigos; ofrezcoos mi vida, Obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados: así como os lo suplico, asi confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonareis por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.



 ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS



   Reina del santísimo Rosario, dulcísima Madre de nuestras almas: aquí tenéis a vuestros hijos que, confusos y arrepentidos de sus miserias, fatigados por las tribulaciones de la vida, y confiando en vuestra maternal protección, vienen a postrarse ante vuestro altar en este mes consagrado a honraros por el supremo Jerarca de la Iglesia.


   ¡Oh Madre amorosísima! Nosotros queremos obsequiaros dedicándoos estos breves momentos con toda la efusión de nuestras almas. Acogednos bajo las alas de vuestro maternal amparo, cubridnos con vuestro manto y atraednos bondadosa a vuestro purísimo Corazón, depósito de celestiales gracias.

   Dejaos rodear de vuestros hijos, que están pendientes de vuestros labros. Hablad, Madre querida, para que oyéndoos sumisos y poniendo en práctica las santas inspiraciones que cual maternales consejos os dignéis concedernos durante este bendito mes, logremos la dicha de vivir cumpliendo con perfección la santísima voluntad de vuestro Divino Hijo, creciendo en todo momento su amor en nuestros corazones, para que logremos la dicha de alabarle con Vos eternamente en la Gloria. Amén.




DÍA VIGÉSIMOQUINTO — 25 de octubre.

 

 

Segunda consideración sobre el primer misterio glorioso.

 

 

Del espíritu de fe.

 

 

   Al meditar ayer el consolador Misterio de la Resurrección gloriosa de nuestro Divino Salvador, contemplábamos la dicha del verdadero creyente que obra según le dicta su fe, y hoy vamos a considerar cómo deberíamos mirarlo todo bajo el prisma de esta misma fe, que embellece los horizontes de la esperanza, y cuán hermoso es vivir, por decirlo así, una vida sobrenatural, juzgando en todo según ella. En efecto, grande maravilla encierra el mundo natural, admirable, en verdad, como obra del Omnipotente, y á descubrirlas se aplica el hombre con ardor en nuestros días; mas con triste frecuencia, apartándose en su orgullo de la luz bendita de la fe, no puede percibir las maravillas de la gracia, que cual mundos sobrenaturales son incomparablemente más bellos, más grandiosos y más dignos de ocupar su atención y de llevar su espíritu a la alabanza de su divino Autor. Es que a semejanza de un espejo que fácilmente se empaña, la fe se oscurece en el alma por la mala conciencia; y por el contrario, cuanto mayor es su pureza, más brilla en ella esta divina luz, y con mayor esplendor se reflejan también las grandezas y misericordias del Creador Omnipotente.

 

   ¡Y cuántas son las bellezas de esta vida interior, que es por sí misma secreto celestial revelado en la tierra, hermoso oasis en el desierto del mundo, mur1alla infranqueable a los tiros de los enemigos y manantial perpetuo de méritos y gracias! Pero no alcanzará estos bienes el hombre que ama los goces materiales; ni aquel que no quiere mirar más allá de lo que su pobre razón descubre, gozará de estos celestiales encantos que Dios oculta a los soberbios y descubre a los humildes; pues no se penetra en este oasis más que por las puertas de la oración y del sacrificio; no se llega a tan inexpugnable fortaleza sin atravesar el mar del dolor en la nave del abandono total en manos de la Divina Providencia; ni descubrirá este manantial precioso, cuyas aguas saltan hasta la vida eterna, el que está sentado en las sombras de la muerte: que muerte, y muerte eterna significa, el vivir alejado de Dios por el pecado. Preciso es, por lo tanto, para vivir esta vida de fe, huir de tanto error como en el mundo se profesa; pues es tan contagiosa esa indiferencia, que cual peste mortífera nos rodea por doquier, que ataca más o menos a la mayor parte de las almas. ¡Qué! ¿no vemos con cuánto interés se miran los negocios del mundo, la salud, las comodidades y el bienestar material, posponiendo a todo esto los intereses de la gloria de Dios y del bien de las almas? Para procurar aquellos bienes no se omite sacrificio, ni se desperdicia ocasión, mientras que se pierden innumerables de conquistar los bienes espirituales que la fe nos ofrece, como si no debiesen apreciarse tanto, o tuviesen menos valor. ¿Y es esto vivir según el espíritu de la fe? Pues qué, ¿no sabemos que el menor grado de gracia vale más que todos los bienes de la naturaleza, y que la naturaleza toda?  

 


   Pero ¡ah! que para vivir según la fe prescribe en nuestros días, hay que navegar contra la corriente de materialismo que todo lo invade, de tal modo, que ya ni se comprende que pueda obrarse nunca por un motivo sobrenatural, ni nada que pueda revestir este carácter; y si acaso se admite el significado de la palabra sobrenatural en tiempos pasados, en los nuestros dícese que es inadmisible, y no significa más que enfermedad o ilusión; en tanto que ningún peligro se ve, ni parece concedérsele ninguna intervención al tentador de las almas, en ese materialismo absoluto, en esa helada indiferencia y en esa tristísima prudencia humana que excluyen todo arranque de fervor, toda acción heroica, todo generoso sacrificio. No nos dejemos, pues, arrastrar por esta indiferencia y sensualidad que hoy imperan; estemos siempre alerta contra esas ideas que poco a poco, é insensiblemente, conducen al error, semejantes a las olas del mar agitado que arrastran al que no está prevenido y no cuida constantemente de retirarse a la orilla; y vivamos en todo según la fe. No importa que nadie viva como nosotros, ni que las tentaciones del enemigo se unan al mal ejemplo, y a la atracción de las máximas del mundo; tengamos presente aquella preciosa máxima: «En tiempo de tentación, vida de fe», y así, cuando la oscuridad nos rodee, esforcémonos más y más para obrar según la fe, pensando que el Señor graba en su amantísimo Corazón las luchas que sostenemos y las victorias que con su gracia alcanzamos en este campo de batalla y triste destierro del mundo, y se complace en prepararnos por ellas magníficas coronas, que ceñirán nuestras sienes eternamente en el cielo. Dejemos, pues (si bien con pena de nuestra alma y orando por ellos), dejemos correr a los hombres sin fe, en pos de los bienes de la tierra, y apresurémonos a atesorar esos bienes reales que la fe nos muestra en una vida de fe y de sacrificio, que, si en este camino nacen algunas espinas y se atraviesan penosos desiertos, también se encuentran en él deliciosos oasis; y siguiéndole, llenaremos en breve al bello edén de la eterna bienaventuranza.

 

EJEMPLO




 

   La Venerable Benita Rencurel pastoreaba ovejas a la edad de ocho años, ganando como único sueldo un pedazo de pan, que repartía con otros pobres. En el campo rezaba casi continuamente el Santo Rosario, y a la edad de diecisiete años se le apareció la Santísima Virgen y le enseñó la Letanía, encargándola que la rezase y la enseñase a sus compañeras. Cerca de cuatro meses tuvo la dicha de que todos los días la visitase la Santísima Virgen, y agradecida a tantas bondades, prometió la pastorcita rezar todos los días quince rosarios enteros, más otras quince Partes del Rosario, y así lo cumplió fielmente. La Santísima Virgen le dijo que «ninguna ofrenda la era tan agradable como la corona mística del Rosario y que ninguna otra devoción era tan eficaz para convertir pecadores y librar a las almas del Purgatorio.»

 


   Una tarde, víspera de los fieles difuntos, vio Benita levantarse del valle una nube larga, formada de multitud de almas de figuras humanas, al frente de las cuales iban la Virgen y dos ángeles. Acercándose una de ellas, la dijo: «Somos almas que salimos del Purgatorio. Los méritos de la Madre de Dios y tus oraciones y sufrimientos, han abreviado el tiempo de nuestra expiación.» Y como las viese subir y entrar en el cielo, la pastora sintió inmenso gozo de presenciar los frutos de su Rosario. Murió esta amante de María a los setenta y un años de edad, dejando al mundo cristiano, además del perfume de sus virtudes, el gran Santuario de Nuestra Señora de Laus. La Santa Madre Iglesia le ha dado el título de Venerable.

(P. Alvarez.)

 


SANTOS Y REYES DEVOTOS DEL ROSARIO

 



   Santa Juana Francisca Chantal se obligó con voto a rezar todos los días el Santo Rosario.

 (Revista del Rosario.)

 




   Luis XIV no dejó nunca, ni por ocupaciones, ni por guerras, de seguir la piadosa costumbre de rezar todas las tardes el rosario.

(P. Busscher.)

 

ELOGIOS PONTIFICIOS DEL ROSARIO

 



   Sabemos de cuánto provecho haya sido el Santísimo Salterio o Rosario, y cuántos dones divinos recibe por él diariamente el mundo.

(Sixto V.)


OBSEQUIO

 

   El obsequio a la Santísima Virgen para este día, y lo mismo para todos los del mes será redoblar en cada uno de ellos el fervor en la recitación del Santo Rosario, y la atención en la meditación de sus misterios. También se podrá ofrecer a la Santísima Virgen como obsequio, los actos de piedad que inspire a cada uno su devoción.

 

 


SÚPLICAS Á LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

 

   Os saludamos, Virgen Santísima, Hija de Dios Padre, bendiciendo a Dios, que os preservó de toda mancha en vuestra Inmaculada Concepción. Por tan excelsa prerrogativa os rogamos nos concedáis pureza de alma y cuerpo, y que nuestras conciencias estén siempre libres, no sólo del pecado mortal, sino también de toda voluntaria falta é imperfección. (Avemaría).

 

   Os saludamos, Virgen Santísima, Madre de Dios Hijo, bendiciendo a Dios, que os concedió el privilegio de unir la virginidad a la maternidad divina. Por tan singular beneficio os rogamos que nos concedáis la gracia de vivir cumpliendo nuestras respectivas obligaciones, sin apartarnos nunca de la presencia de Dios, dirigiendo a su gloria y ofreciendo, por su amor hasta nuestro más leve movimiento, santificando, así todas nuestras obras. (Avemaría).

 

   Os saludamos, Virgen santísima, Esposa de Dios Espíritu Santo, bendiciendo a Dios por la gracia que os concedió en vuestra Asunción, glorificándoos en alma y cuerpo. Por tan portentosa gracia os rogamos nos alcancéis la de una muerte preciosa a los ojos del Señor y que nos consoléis bondadosa en aquellos supremos momentos, para que, confiados en vuestro poderoso auxilio, resistamos a los combates del enemigo y muramos dulcemente reclinados en vuestros amantes brazos. (Avemaría).

 

 

ORACIÓN FINAL

 

 

   ¡Oh Virgen Santísima del Rosario, Madre de Dios, Reina del cielo, consuelo del mundo y terror del infierno! ¡Oh encanto suavísimo de nuestras almas, refugio en nuestras necesidades, consuelo en nuestras penas, desalientos y pruebas! A Vos llegamos con filial confianza para depositar en vuestro tiernísimo Corazón todas nuestras necesidades, deseos, temores, tribulaciones y empresas. Vos, Madre mía, lo conocéis todo y omnipotente por gracia, podéis remediarnos. Vos nos amáis, Madre querida, y queréis todo nuestro bien. ¡Ah y cuán consolador es saber que no hay dolor para el que no nos ofrezcáis alivio, ni situación para la que no haya misericordia en vuestro amante Corazón! Por esto nos arrojamos confiadamente en vuestros brazos, esperando vuestro amparo maternal. Somos vuestros hijos, aunque indignos por nuestras miserias y por la ingratitud con qué hemos correspondido a vuestros maternales. favores. Pero una vez más, perdonadnos, oíd nuestras súplicas y despachadlas favorablemente. Haced, Madre querida, que no olvidemos las saludables enseñanzas que se desprenden de la consideración de los misterios del santo Rosario, ni las inspiraciones que durante ella nos habéis concedido, para que, imitándoos como buenos hijos, durante el destierro de la vida, merezcamos la dicha de vivir con Vos en las alegrías de la patria bienaventurada, alabando y bendiciendo al Señor por los siglos de los siglos. Amén.

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