martes, 8 de abril de 2025

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DÉCIMO NOVENO.

 




PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.





DÍA DÉCIMONOVENO — 19 DE MARZO

 

 

 

CATECISMO DE SAN JOSÉ


22- ¿A qué motivos se atribuirá la turbación de José su resolución de abandonar a María?

 

Si José se turba por la preñez de María, si resuelve separarse de ella secretamente, lejos de nosotros debe estar la idea de creer que José sospechase culpabilidad en su Esposa. Y ¿cómo podría creerla culpable, él, que conocía tan bien la belleza de su alma, su perfecta, pureza y las altas virtudes con que el Cielo la había adornado; él, que no podía dejar de admirar su rara modestia y su incomparable prudencia? La determinación de José debe, pues, ser atribuida a otro motivo más digno de este santo Patriarca; luego este motivo no es otro sino su profunda humildad. Asegurado de la preñez de su Esposa, y no teniendo ninguna duda de su santidad, José se persuadió de que era la Virgen que Isaías había anunciado, y que el niño que llevaba era el Hijo de Dios mismo.

 

SAN JOSÉ, MODELO EN LA ESPERANZA.


De todos los sentimientos que se encierran en el corazón del hombre, la esperanza en Dios es la que parece agradar más a este soberano Señor, porque es el homenaje que se dirige más directamente a su bondad. Así que forma parte esencial del culto que le debemos y ella ha sido la virtud de todos los verdaderos adoradores. Vemos efectivamente en las Santas Escrituras que Abrahán esperó contra toda esperanza al subir sobre la montaña para inmolar en ella a su hijo Isaac, puesto que Dios le había prometido que sería padre de una raza más numerosa que las estrellas del Cielo. Vemos también al santo rey David poner en Dios toda su esperanza y tener una confianza plena y entera en su bondad. El santo hombre Job nos da también un bellísimo ejemplo de su esperanza en Dios, puesto que después de las pérdidas más crueles y en medio de sus innumerables dolores, exclama que aun cuando le matara esperaría aún en Él. Matatías inspira el mismo sentimiento a sus hijos cuando los exhorta a que pongan su confianza en el Señor para triunfar de sus enemigos… La casta Susana viéndose atacada en su inocencia, levanta, llorando, sus ojos al Cielo, porque, nos dice la Santa Escritura, tenía confianza en el Señor.

 

Pero si todos los justos han glorificado la bondad divina por su esperanza, San José lo ha hecho de una manera mucho más excelente, puesto que fue eminentemente justo. Consideremos pues hoy bajo este punto de vista a nuestro glorioso Patriarca y reflexionemos en el objeto, en los motivos y en las cualidades de su esperanza. Y desde luego San José no ha esperado las ventajas de la tierra comprendiendo demasiado bien la vanidad de todo lo que pasa. Lo que él ha deseado y esperado con confianza, es la protección de Dios, su bendición y su gracia, son los bienes eternos, es la corona que nunca se empaña. San José esperó la redención prometida a nuestros primeros padres; siempre abrigaba en su alma la esperanza de que el gran día de la venida del Salvador iluminaria al mundo en el tiempo señalado por los profetas. Y cuando vio este día deseado, su esperanza se acrecentó más y más; tuvo confianza en que muy luego la Iglesia, la nueva Jerusalén vería acudir a todos los pueblos a su recinto, que el reinado de Jesucristo iba a establecerse por todas partes sobre la tierra, y a perpetuarse hasta la consumación de los siglos. El ángel al revelarle el misterio de la Encarnación le había dicho: «Daréis a este niño el nombre de Jesús, porque él es quien salvará a su pueblo librándole de sus pecados». Y José está seguro de que esta emancipación se hará y que también la primera falta será rescatada por Jesús y la inocencia volverá a los hombres.

 

He aquí cuál fue el objeto de la esperanza de San José; consideremos ahora cuáles eran los motivos de esta virtud. José esperó, porque tenía una gran fe en la veracidad de Dios. Conocía efectivamente las promesas divinas y sabía que el Señor cumple todo lo que promete; su fe le decía de antemano que el Cielo y la tierra faltarían, pero las palabras de Aquel que es la verdad por esencia no faltarían. Esperaba porque creía en la bondad y en el poder de Dios. ¡Ah! Entró muy adentro en el corazón de su buen Maestro él que fue el más fiel de sus servidores y vio que el sentimiento que le dominaba es la bondad, la misericordia; por lo que se entregó a la más dulce confianza, San José tenia por motivo de su esperanza la protección de María, las súplicas de esta augusta Virgen que ha sido llamada con justicia una poderosísima intercesora y a quien Dios nada puede negar. Sin embargo, el mayor motivo de la esperanza de San José tenía por objeto el mismo Jesús. ¿Y cómo dejaría de tener una confianza ilimitada, cuando tenía en sus brazos el Mediador del Cielo y de la tierra? ¿Cómo hubiera podido dudar de los auxilios de Dios quien al rogarle le presentaba su adorable Hijo en estado de víctima suplicante? Los israelitas estaban llenos de confianza cuando tenían con ellos el arca del Señor: ¿cuánto mayor debía tenerla José que llevaba en sus brazos al mismo Señor?

 

Tales son en San José los principales motivos de la virtud y de la esperanza; pero consideremos además cuáles eran las cualidades.

 

La esperanza de San José fue constante y entera, firme, prudente y eficaz. A cada instante de su vida pudo decir a Dios: «Señor he esperado en vos desde mi primera juventud, espero ahora, y en la hora de mi muerte me dormiré en la esperanza». Sí, ha esperado en todo tiempo, lo mismo que en todas las circunstancias de su vida. Recordemos su viaje de Nazaret a Belén, y sobre todo la huida a Egipto. No se turba, no se entrega a la inquietud, no concibe tristeza alguna, ni ninguna aprensión, aun cuando tenía tantos motivos aparentes: sabe que está en manos de Dios y confía en su paternal bondad. Notemos, sobre todo, que jamás se apoderó de él el desaliento. Comprendía que este desfallecimiento del alma ultraja a Dios de la manera más sensible, en su tierno corazón, porque equivale a una declaración de que no se cree ya en su bondad y en los cuidados de su providencia. Y notad, almas cristianas, que su fe no dejó de ser muy probada, y en efecto juzgad por su viaje a Belén, cuántas dificultades se presentarían a su espíritu para un viaje semejante; y sin hablar de las que procedían del estado de la Santísima Virgen, ¿no tenía las de lo largo del camino? ¿No necesitaba reunir provisiones suficientes, asegurarse asilos para la noche, y precaverse contra los rigores de la estación? Ahora bien, todo esto era punto menos que imposible a José, que no tenía más recursos que su trabajo diario. El viaje que emprende, iba a ser para él y para María una larga serie de sufrimientos, pero no se desalienta, espera en el Señor. Vedle además recorriendo las calles de Belén, para encontrar un abrigo para él y para su esposa, y experimentar las más crueles repulsas. ¡Qué posición para este santo Patriarca, verse así rechazado con una esposa tan joven aun, tan delicada y en un estado difícil! Pero José no se queja, espera en el Señor. Y su viaje a Egipto ¡qué nueva prueba tan cruel! El ángel le había dicho que el Hijo de María salvaría a los hombres, y he aquí que el pobre carpintero, sin tener nada para su propia defensa, se ve obligado a huir para salvar al Niño. Pero tampoco se desalienta José, pone su confianza en el Señor, obedece prontamente las órdenes que se le han dado persuadido de que, si se le manda ir a Egipto, consiste en que es necesario para salvar la vida del Niño, así que lejos de desmayar la confianza de José, al contrario, se vigoriza por la prueba. Y, sin embargo, no creemos que la confianza de San José fue tal que nada hiciera por su parte para asegurar el logro de los designios de Dios. No había en él inquietud, mas no había tampoco incuria. José, al confiarse en Dios obraba antes por su parte con todas sus fuerzas. Su esperanza fue conforme con las reglas de la prudencia, y no se asemeja en modo alguno con la presunción que cuenta que la Providencia hará todo por su parte sin que nosotros hagamos por la nuestra lo que nos sea posible. Consideremos, por último, los efectos de esta virtud en San José. Por lo mismo que tiene una confianza tan perfecta, nada encuentra demasiado difícil en lo que Dios exige de él: rinde homenaje a la bondad divina y se asegura su protección; se fortifica contra la adversidad que le ataca apoyándose en Dios. Goza anticipadamente, hasta cierto grado, de las cosas que espera, y es feliz con lo que aún no tiene como si lo poseyera ya; se establece por su confianza una gran tranquilidad, no menos satisfactoria para su corazón que agradable a Dios, cuya providencia glorifica.

 

Esforcémonos, pues, almas cristianas, por ser, bajo el punto de la esperanza, dignos imitadores del glorioso san José; echemos de nuestro corazón toda ingratitud y nunca nos dejemos llevar del desaliento. ¿No es Dios nuestro padre Todopoderoso, y siempre lleno de bondad para nosotros? ¿Su providencia, no vela por nosotros? Y, además, ¿no estamos seguros de poder obtenerlo todo por Jesús nuestro medidor y por la intercesión de María nuestra buena Madre? Oremos y trabajemos ardientemente en nuestra salvación, y en seguida excitemos en nosotros una gran confianza, que al mismo tiempo que nos llevará a hacer generosamente todos nuestros esfuerzos, nos dará la paz interior por la persuasión de que Dios bendecirá nuestros esfuerzos. ¡Oh, qué ventajosa nos seria semejante confianza! ¡Qué valor para el bien excitaría en nuestras almas! Por consecuencia, ¡cuántos méritos no adquiriríamos y qué homenaje no rendiríamos a la Providencia! Así Dios nos recompensaría con la paz del corazón en esta vida, y en la otra por un aumento de felicidad infinita, que es la única que puede llenar nuestros deseos.

  

COLOQUIO

 

 

EL ALMA: Bienaventurado San José, después de haberme instruido en la fe, ¿tendríais a bien hablarme de la esperanza?

 

SAN JOSÉ: La esperanza es un don de Dios, por la que esperamos con firme confianza, fundada en los méritos de Jesucristo, la eterna felicidad y los medios necesarios para conseguirla, es decir, la gracia de Dios que ayudará al hombre a vencer sus viciosas inclinaciones y a cumplir sus deberes. En cuanto a los motivos de tu esperanza, son la omnipotencia de Dios que puede salvarte, y su misericordia que así lo quiere.

 

EL ALMA: ¡Ay, venerable Padre mío! he ofendido tanto a Dios con mi vida, que no me atrevo a ir a Él con confianza, que sólo pueden tener sus hijos muy queridos y sus fieles servidores; él sólo debe mirarme con horror.

 

SAN JOSÉ: ¿Olvidas, hija mía, que la misericordia de Dios es infinita? «La misericordia rodea a aquel que espera en el Señor», dice David, y el Eclesiastés dice casi en los mismos términos: «Ninguno de los que esperaron en el Señor, fue confundido». Cree en las divinas Escrituras y desecha esos pensamientos de desaliento que el demonio sugiere para perderte. ¿Puedes desesperar de tu salvación después de todo lo que Jesucristo ha hecho por salvarte? ¿No vino a buscar lo que estaba perdido? ¿No es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo? ¡Ay, hija mía! Te ha rescatado por atroces dolores y el suplicio cruel e infame de la Cruz: ¿qué puede negarte después de haberte dado semejantes pruebas de amor?

 

EL ALMA: Padre bondadoso, lo conozco; Dios es infinitamente misericordioso, no puede negar un perdón que se le pida en nombre y por los méritos de su adorable Hijo; pero una serie continuada de años pasados en el pecado, me han dado hábitos que no puedo vencer. Ahora bien; Dios, en su justicia, no puede perdonar los pecados al que no se enmienda.


SAN JOSÉ: Es verdad; pero cualquiera que sea la fuerza de tus hábitos puedes triunfar con el auxilio de la gracia, y Dios se ha comprometido a dártela. Jesucristo ha dicho: «En verdad, en verdad os digo; todo lo que pidáis a mi Padre en mi nombre, os será otorgado». Pídele de todo corazón la fuerza necesaria para vencer tus pasiones, y lo conseguirás; pero no te dejes arrastrar nunca por la desconfianza: esto sería pecar contra la esperanza.

 

EL ALMA: ¿Y de cuántas maneras se peca contra la esperanza?

 

SAN JOSÉ: De dos maneras: por desesperación, considerando el número y enormidad de las faltas, se duda de la misericordia de Dios, y se duda de su salvación, diciendo: «He pecado mucho y Dios no puede perdonarme». ¿Y quién eres tú para limitar así la bondad de Dios? Tú has cometido muchos pecados, hasta crímenes. ¡Ah!, detéstalos en buena hora; llorarlos es lo mejor que puedes hacer; pero no desesperes de tu salvación. Mira el Corazón de Jesús abierto al arrepentimiento; óyele cómo ruega a su Padre celestial por sus verdugos. ¡Ah! Créelo, desea más vivamente tu salvación que tú mismo, y no puede hacérsele mayor injuria que dudar de su misericordia y de su amor. Judas, el infame Judas, le ha ultrajado de un modo más sensible desesperando de su perdón que entregándole a sus enemigos. Peca también por desesperación el que desconfía como tú a la vista de sus malas inclinaciones, y debilidades. ¡Ah! Si estuvieras solo podrías desesperar, porque el demonio te acecha incesantemente, como un león furioso para devorarte; pero Dios está contigo y es bastante poderoso para auxiliarte Ruégale, pues, hija mía, y pon manos a la obra; un hábito se vence por otro distinto, y la palma de la gloria no se alcanza más que por esfuerzos perseverantes; porque la conversión no es obra de un día; ora, vela sobre ti constantemente y cuenta con el socorro de Dios, que no te faltará.

 

EL ALMA: Seguiré vuestros consejos, ¡oh Padre mío! Pondré toda mi confianza en Dios, y cualesquiera que sean las faltas que pueda cometer, esperaré siempre en su misericordia.

 

SAN JOSÉ: Evita, hija mía, dar en el escollo opuesto, que es la presunción, segundo modo de pecar contra la esperanza. Debe contarse ilimitadamente con la misericordia de Dios y con el poder de su gracia: pero debes por tu parte trabajar asiduamente en evitar el mal y en practicar el bien. Aquel que se apoyara en la misericordia de Dios para pecar más libremente, heriría más gravemente su justicia y su bondad. ¿Con que, si Dios estuviera siempre armado de los rayos de su justicia, velarías más por tú? Y porque se te manifiesta con el semblante de un Padre tierno y compasivo, ¿no temes ultrajarle, herir su Corazón? ¡Este pensamiento horroriza! Se peca también por presunción cuando al contar con sus propias fuerzas, se expone voluntariamente a la ocasión del pecado. Finalmente, pecan también por presunción los que quieren conducirse por sí mismos por el sendero de la salvación. No hay seguridad más que en la obediencia a los superiores espirituales, y los presuntuosos están expuestos a grandes caídas. No cuentes sólo contigo, hija mía; pon toda tu esperanza en Dios y en su santa Madre, que quiere ser la tuya: la Iglesia la llama esperanza, y el que pone la confianza en ella no será confundido.

     

RESOLUCIÓN: Hacer frecuentemente en el día actos de esperanza. No desconfiar nunca de la bondad de Dios.


MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DÉCIMO OCTAVO.

 


PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.



DÍA DÉCIMOCTAVO — 18 DE MARZO

 

CATECISMO DE SAN JOSÉ


23- Habladnos de la turbación de José en el embarazo de María.

 

María, después de una ausencia de tres meses, pasados en casa de su prima Santa Isabel, volvió a Nazaret con su esposo José, dejando a la naturaleza el cuidado de hacer conocer lo que la había sucedido en sí misma, y al Cielo el cuidado de justificarla. Reunidos aún bajo el mismo techo, los dos santos esposos vivían como antes de la partida de María, en la más profunda paz y en una alegría sin igual, cuando una circunstancia vino si no a afligir, al menos a probar el corazón de José. María en efecto, había llegado hacia poco, cuando su esposo se apercibió sin que pudiera tener género alguno de duda, que estaba en cinta, y se turbó. Resolvió desde luego, nos dice la Escritura, separarse de ella, e iba a poner en práctica su resolución, cuando un ángel se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas el permanecer con María tu esposa, porque lo que en ella existe es obra del Espíritu Santo. Parirá un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, el que remediará a su pueblo y borrará los pecados del mundo».

 

SAN JOSÉ, NUESTRO MODELO EN LA FE.


Si como hemos demostrado en una meditación anterior, San José ha sido justo por excelencia, y si como dice el Apóstol, el justo vive de la fe, podemos pues creer legítimamente que la fe de San José ha estado en relación con su justicia, su santidad, y por consecuencia este gran Patriarca vivió la vida de la fe y fue por excelencia el hombre de la fe. Sí, almas cristianas, San José vivió de la fe; obró, amó y pensó por la fe; se nutrió por la fe su inteligencia con las grandes verdades de la religión excitando en su alma los nobles sentimientos que las corresponden; por la fe, en fin, cumplió las santas acciones por las que fue agradable a los ojos del Señor. Consideremos hoy a este gran servidor de Dios bajo el punto de vista de la fe de que estaba animado, veamos cuáles fueron en él los caracteres de esta virtud que debemos poner en primer lugar, puesto que, sin ella, como dice el Apóstol, es imposible agradar a Dios.

  

La fe de San José fue, pues, universal: en efecto, creyó todo lo que Dios ha revelado por sus profetas y esperado la venida del Redentor para la época que ellos habían prefijado; creyó en la Encarnación del Hijo de Dios, en el establecimiento de su reinado en el mundo y en los medios de santificación que debía proporcionar a los hombres. La fe de José fue sencilla y dócil. En efecto, Dios no le manifiesta con un aparato imponente las verdades de que le hace depositario, no le habla en medio de los truenos y relámpagos, como al pueblo judío; ni del centro de una zarza encendida, como a Moisés, sino sólo por el ministerio de un Ángel, y aun este mensajero no se pone en relación con él cuando está despierto, como a Abrahán, Gedeón, Zacarías y otros; se le presenta al contrario, en medio del sueño y en sueños le instruye en el más grande, más admirable de los misterios, para decirle que María su esposa es la madre de Dios que dará a luz al Altísimo, que viene a salvar los hombres y podrá darle el nombre de Jesús.

   

Ahora bien, José en esta revelación como en las demás con que fue favorecido, cree simplemente en lo que Dios le da a conocer; no ruega al Señor como el hijo de Gedeón, que le patentice con milagros que no es juguete de ilusión, no; su corazón perfectamente dócil está bajo la influencia de la gracia, se adhiere enteramente a todo lo que le reveló el Ángel de parte de Dios. El Ángel le habla y no necesita más, cree inmediatamente; cree que María es pura como el Cielo, que es el Espíritu Santo quien ha obrado en ella y que el hijo que nacerá de María será el Manuel que libertará al pueblo de sus pecados. José, es pues, después de María el primer creyente del misterio de la Encarnación, el primer confesor de la fe en Jesucristo, y el primer adorador de la divinidad del Verbo. Y ved cuán grande y profunda es esta fe de José; parte de la tierra y se eleva a lo más encumbrado de los cielos, y aun hasta cierto punto tiene un grado más que la fe de María, porque María había visto realmente al Ángel Gabriel, puesto que en cierto modo había tratado y discutido con él la obra de la Encarnación divina; porque además las palabras y el anuncio del ángel se habían realizado y verificado en ella, y por consecuencia no podía dejar de creer; mientras que José no vio ni oyó al Ángel más que en sueños y lo que le dio como prueba de la inocencia de María no podía menos de confirmar sus dudas, porque este es el trastorno de todas las leyes naturales; es Dios mismo fecundando a la criatura. La fe de José fue firme e inquebrantable; no tan sólo creyó que era el Espíritu Santo mismo quien había fecundado a María, sino también en la divinidad de Jesús, aunque una multitud de motivos contrarios se presentasen a su mente para destruir su creencia. En efecto, ¿cómo podía creer que fuera el Eterno aquel niño que vio nacer en un establo, cuyos vagidos oyó y cuyas lágrimas vio correr? ¿Cómo podía creer que fuera el Todopoderoso quien se presenta a él con todos los signos de la debilidad? ¿Cómo podía creer que aquel es el árbitro de los acontecimientos y que dirige a su antojo las inteligencias y los corazones, cuando se ve obligado él mismo á trasportarle a un país extranjero, para sustraerle al tirano que quiere darle muerte? ¿Cómo podía creer que el Santo entre los Santos apareciera con las señales exteriores del pecado, que el Mesías prometido a la tierra, esperado por tantas naciones desde el origen del mundo, no sea más que un pobre trabajador, que trabajaba con él y ganaba como él el pan de cada día a costa del sudor de su frente? Y, sin embargo, San José le cree. Su fe no vacila por estas contradicciones aparentes que debían acudir a su mente. No comprende cómo la grandeza soberana puede aliarse con semejante anonadamiento, pero no duda un sólo instante que Jesús no sea esta soberana grandeza; adora en él al Verbo divino, la sabiduría eterna, revestida con la naturaleza humana para salvar a los hombres. La fe de San José ha sido firme e inquebrantable, aunque muy probada. Añadamos que ha sido una fe práctica que le llevaba a obrar en todas circunstancias en armonía con lo que creía.

 

José creyó, y por consecuencia, se aplicó continuamente a alimentar su alma con las verdades reveladas; hizo de ellas la más dulce ocupación de su espíritu, grabándolas profundamente en su corazón; ha manifestado su convicción por sus sentimientos y por sus obras; siempre ha deseado y hecho el bien que ha podido y la fe le mostraba. Por la fe, comprende a qué grado de perfección le llama Dios, y para responderá su vocación sacrifica su propia voluntad, supera las repugnancias de la naturaleza, abraza una vida penosa y laboriosa, practica en un grado eminente las más excelentes virtudes.

  

Por la fe adora a Dios en Jesús, y honra a la Madre de Dios en la santísima Virgen. Por la fe obra como el más tierno de los padres, respecto al divino Niño, y como el mejor de los esposos con su santísima Madre.

 

Por la fe ejecuta puntualmente todo lo que se le marca: parte sin demora al Egipto y mora en él todo el tiempo que Dios quiere; sale de él para regresar a su patria, se entrega a los más duros trabajos, se prodiga a prestar sus cuidados al Niño Dios y a la Virgen Madre.

  

Así que, ¡cuántos méritos ha adquirido por esta virtud, llevada a tan alto grado de perfección!... ¡Ah! glorifiquemos, pues, a este gran servidor de Dios, que siempre ha tenido una gran fe tan universal, tan sencilla, tan ilustrada, tan firme, tan constante, y sobre todo tan fecunda en buenas obras. Pero acordémonos de que el verdadero medio de glorificarle por la fe que admiramos en él, es hacer cuanto nos es posible porque la nuestra tenga los mismos caracteres. Y ahora, almas cristianas, examinémonos a la vista del modelo que acabamos de contemplar, y veamos si en algo nos parecemos a él. Estamos obligados a ello nosotros cristianos, que hacemos profesión de creer en Jesucristo y en todo lo que nos ha enseñado. Sí, debemos tener una fe sencilla, entera, firme, sincera e inquebrantable; una fe, en fin, viva y práctica. ¿Tiene estos caracteres nuestra fe? ¿Nos adherimos simplemente e las enseñanzas de la Iglesia? ¿Nos aplicamos a no mirarlo todo más que por el prisma de lo sobrenatural? ¿Vemos en los pobres los amigos de Jesucristo? ¿Vemos a Dios lo mismo en las cosas grandes que en las pequeñas, en lo que nos parece oscuro, como en lo que comprendemos, en lo que nos contraría, como en lo que es conforme a nuestras inclinaciones?

  

 

En fin, ¿nuestra fe es práctica? ¿Qué efecto obra en nuestro espíritu y en nuestro corazón? ¿Nos aplicamos a ocupar nuestra inteligencia en santos pensamientos y en sostener en nosotros religiosos sentimientos? ¿Nuestras acciones manifiestan lo que hacemos profesión de creer, y no somos esclavos de los respetos humanos? ¡Ay! ¿No tememos que se nos eche en cara que pensamos de una manera y obramos de otra? Apresurémonos, pues, a cambiar de conducta y a dar a nuestra fe las cualidades que hemos admirado en San José.

  

COLOQUIO

 

EL ALMA: ¡Oh! ¡Qué feliz seria, mi buen Padre, si pudiera recibir de vos algunas lecciones sobre la fe!

 

SAN JOSÉ: Hija mía, la fe es una virtud y un don de Dios comunicado al hombre por el bautismo y que le hace creer en todas las verdades que Dios ha revelado a su Iglesia, y que ésta le enseña: la fe es el fundamento de la esperanza y de la caridad. El que está persuadido de la existencia de Dios y de que es perfecto, espera en su bondad: le ama y como sabe que el pecado desagrada soberanamente a Dios, cuenta con su gracia y emplea todos sus esfuerzos para corregirse.

 

EL ALMA: ¿Cómo se prueban las verdades que la fe nos propone?

 

SAN JOSÉ: Las pruebas de las verdades que la fe propone, son: la santidad de su doctrina, la conversión del mundo entero, la estabilidad siempre uniforme de los dogmas, el testimonio de las profecías, el de los milagros, la constancia de los mártires. La incredulidad reconoce por causa, o la ignorancia voluntaria que rehúsa instruirse en las verdades de la religión, o la mala vida; porque dice San Juan: «los hombres se han negado a ver la luz, porque sus hechos eran malos». El que ama el pecado quisiera aniquilar el pensamiento de Dios que debe castigarle, la de la muerte que debe separarle de todo lo que desea, del juicio que debe sufrir y de los fuegos eternos que serán el castigo de sus crímenes. Trata de aturdirse para gustar en paz las alegrías de la voluptuosidad. Son además los malos libros y sistemas contra la fe… ¡Oh ingratitud de los hombres! Dios los ha creado para hacerlos enteramente felices; los ha colmado de luces y de gracias a fin de que pudiesen adquirir la vida eterna; los ha rescatado muriendo por ellos con un amor infinito, y estos hombres ingratos se esfuerzan en no ver para abandonarse a sus brutales pasiones. ¿Puede haber una ceguedad más deplorable?

 

EL ALMA: Gran santo, ¿qué nos decís de la fe de María, nuestro modelo después de Jesucristo?

 

SAN JOSÉ: La bienaventurada Virgen María es la madre de los creyentes, merece bien este título puesto que ella repara por su fe el mal que causó Eva por su incredulidad. Al dar su consentimiento para la Encarnación del Verbo, trajo la salvación a la tierra y abrió el Cielo, cerrado hacia tanto tiempo, Por su fe mereció María ser la luz da los fieles y la Reina de la fe ortodoxa; al mérito de su fe atribuye la Iglesia la extinción de las herejías, y San Ildefonso invita al hombre a reproducir en sí el sello de la fe que brilla en María.

 

EL ALMA: Pero ¿cómo imitar la fe de María?

 

SAN JOSÉ: La fe es un don de Dios que se le considera como una luz que ha derramado en nuestras almas; pero es también una virtud cuando se la práctica y cuando conformamos nuestra vida a sus máximas. Cree verdaderamente el que practica lo que cree.

 

EL ALMA: ¡0h gran santo, cuán viva y constante fue la fe que brilló en vos! Ella os hizo caminar a grandes pasos en la senda de la perfección.

 

SAN JOSÉ: El que cree, hija mía, en Jesucristo y le ama sinceramente, piensa siempre en las máximas eternas y arregla a ellas su vida. Comprende, con el sabio, que toda la grandeza humana no es más que humo; que todo es vanidad fuera de amar a Dios y servirle; que el hombre no es más que lo que es ante Dios, y nada más; que para nada sirve ganar el universo, si se llega a perder el alma; que, sólo Dios puede contentar el corazón del hombre, y que hay que abandonarlo todo para alcanzar la eternidad bienaventurada. Otros cristianos creen, pero tienen una fa lánguida; creen los misterios y las verdades reveladas, mas no creen las que contrarían sus pasiones. Jesucristo ha dicho: «bienaventurados los pobres, los que lloran, los que llevan su cruz, los que sufren persecución por la justicia». Ahora bien: ¿creen en el Evangelio los que dicen: dichosos los que poseen grandes tesoros que son honrados entre los hombres? ¿Creen los que se niegan a perdonar una injuria a pesar del ejemplo del Salvador y sus preceptos formales? Evidentemente no. Si los que niegan las verdades especulativas de la fe son heréticos, los que no arreglan su vida a las verdades de la fe son heréticos de hecho, según las siguientes palabras de Jesucristo: «Amad a los que os aborrecen, orad por los que os persiguen, porque si no amáis más que a los que os aman, o si no hacéis bien más que a aquellos de quienes esperáis la recompensa, ¿qué mérito tendréis? ¿Los paganos y los publicanos no obran lo mismo?». Sé, pues, cristiana, hija mía, por tus obras, que tu fe sea viva y ardiente, que anime todas sus acciones y serás una verdadera discípula de Jesucristo.

 

EL ALMA: Tenéis razón, oh mi buen Padre: una vida de fe es absolutamente necesaria para la salvación; pero ¿cómo he de vencer el respeto humano y las demás tentaciones del infierno?

 

SAN JOSÉ: Por la fe, hija mía. Como cederás ante el respeto humano, al pensar en estas palabras del Salvador: «Aquel que se avergüence de mi ante los hombres, yo me avergonzaré de él ante mi Padre celestial». Aunque el demonio es fuerte y sus tentaciones terribles, sin embargo, con la fe puedes salir victoriosa, como dice San Pedro: «El demonio, vuestro enemigo da vueltas a vuestro alrededor como un león hambriento buscando a quien podrá devorar: resistidle, pues, cifrando vuestra fortaleza en la fe» (I Epístola V, 8 y 9). Como el escudo defiende al guerrero de las flechas enemigas, la fe defiende de todas las tentaciones del infierno. Ruega, pues, continuamente al Señor, que, con los apóstoles, aumente tu fe: «Dómine adóuge nobis fidem: Señor, aumenta nuestra fe.».

  

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente la fe de Dios. Creer firmemente y sin reserva todo lo que nos enseña la Santa Iglesia nuestra madre.

  

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DECIMOSÉPTIMO.

 



PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

 

   La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

 

   Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.

 

   La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

 

   Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

 

ACTO DE CONTRICIÓN


   ¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.





DÍA DÉCIMOSÉPTIMO — 17 DE MARZO

 

CATECISMO DE SAN JOSÉ


21- ¿San José puede ser verdaderamente llamado el padre de Jesucristo?

 

Aunque la concepción milagrosa de Jesucristo fue por obra del Espíritu Santo, no obstante, diremos que José era verdaderamente el padre del Salvador, y esto por muchas razones. La primera, porque el Padre Eterno había cedido en la tierra todos sus derechos a José sobre su Hijo único; siendo por tanto José quien le impuso el nombre de Jesús, quien le circuncidó, quien le presentó en el Templo y le condujo todos los años a Jerusalén. La segunda, porque le preservó del furor de Herodes conduciéndole a Egipto; le llevó a Nazaret para evitar la crueldad de Arquelao, que durante tres días le buscó después de haberle perdido; José es quien le alimenta, quien le cuida, quien le alberga, quien le ama con todo su corazón de verdadero padre. La tercera es que José era verdaderamente esposo de María: María debe pertenecerle en toda propiedad, y, por consiguiente, también el niño que dio a luz, en virtud del derecho que lo que está plantado o nace sobre el terreno de otro, pertenece a su dueño. Ved aquí el razonamiento de San Francisco de Sales: «Si una paloma, dice con sublime sencillez este gran Santo, llevando en su pico un dátil, le deja caer en un jardín en el que nace una palma, ¿no se dirá que esta palma pertenece al dueño del jardín? Luego Jesús, divina palma cuyos frutos deliciosos alimentan al mundo entero, pertenece a José, porque sembrado por el Espíritu Santo, ha germinado en el seno de María, jardín cerrado del que José era dueño».

 

22- ¿Qué dote llevó María a San José con motivo de su matrimonio?

 

María a pesar de no ser rica, llevó algunos bienes que había heredado de sus padres. Sus primeros cuidados a su llegada a Nazaret, fueron, según María de Ágreda, a tomar las disposiciones que creyó más convenientes. De acuerdo con su esposo, hizo tres partes de todo cuanto poseía, en la forma siguiente: una que fue ofrecida al templo, otra distribuida a los pobres, y la tercera que entregó a San José para que la empleara en las necesidades comunes. El dote temporal de María no fue brillante, según el mundo, pero entregó a San José bienes inapreciables en el orden espiritual. Estos bienes eran, en resumen, primero, un inmenso tesoro de gracias divinas; segundo, la afluencia de bienes celestiales; y tercero, el imperio de todo el universo, porque Dios, por toda la eternidad, erigió a María en soberana del mundo: es lo que la Iglesia nos enseña, atribuyendo a María ciertos pasajes del libro de la Sabiduría, en los cuales Salomón estableció su soberanía.

        

SAN JOSÉ, PATRONO DE LAS COMUNIDADES RELIGIOSAS.


San José tuvo la felicidad de pasar treinta años de su vida en la más íntima unión con Aquel en quien están encerrados todos los tesoros de la sagrada sabiduría. Los rasgos de este divino Niño se imprimían profundamente cada día en su alma ya tan pura y tan bien preparada, y el Corazón de Jesús aquel perfecto ejemplo de todas las virtudes, comunicaba sin cesar al de José sus sentimientos, sus disposiciones y sus divinos ardores. Aunque la Escritura dice muy poco de las acciones de San José, ofrece poca dificultad a un alma contemplativa conocer, a causa de ese mismo silencio, que la vida de aquel gran Patriarca fue santificada por el ejercicio de las más sublimes virtudes. Pero nosotros nos limitaremos a meditar las virtudes fundamentales en que reposa la vida religiosa: la castidad, la pobreza y la obediencia.

  

Modelo de religiosos y religiosas, su casa fue el monasterio más santo que haya existido jamás, y él mismo siendo una especie de superior de las vírgenes de que su familia se hallaba compuesta, vivió en la práctica de la castidad, de la pobreza y de la obediencia más exacta, y en un retiro, una súplica y un silencio continuos. Y desde luego, ¡qué hermosa y admirable fue su castidad! ¡Perdonadme, Señor, si me atrevo a decir que los espíritus vírgenes que componen vuestra corte celestial no poseyeron jamás una pureza tan noble, tan gloriosa, tan útil, tan admirable como la de aquel hombre virgen sobre el cual os reposabais con delicia! En las inteligencias celestes la castidad es solamente una cualidad natural, pero en José es el efecto de una gracia privilegiada; es necesaria y sin mérito en los ángeles, pero voluntaria, sin ejemplo y digna de una recompensa entera en el santo Esposo de María; los espíritus la conservan en una subsistencia impasible y José la hace triunfar en una carne frágil y sujeta a la corrupción; ella no posee más que el espíritu de los ángeles mientras que es la bella y blanca virtud del alma y del cuerpo purísimo de José. La virginidad de este santo Patriarca era, pues necesaria para el cumplimiento del misterio de la Encarnación tal cual había sido concebido en el Cielo.

  

El Hijo de Dios puede decir: «Sólo hay dos vírgenes en el mundo a quienes soy deudor de mi vida: a mi madre en la que tomé un nacimiento purísimo y enteramente divino, y a José que permaneció virgen para no impedir este milagro de gracia».

 

María puede decir a su vez: «No hay más que un Dios y un hombre a quienes debo el honor de mi maternidad divina: a mi Hijo que me escogió por madre y a mi casto esposo que es el guardián de mi virginidad, sin la cual nunca hubiera sido madre de Dios».

 

Unos labios mortales no sabrían expresar cuáles debieron ser la santidad y la inocencia del que fue escogido entre todos los hombres para ser el esposo y guarda de la más pura y santa de las criaturas, y cuánto más se embelleció su corazón por su unión con esta Virgen inmaculada.

 

José es quien, de concierto con su augusta esposa, han levantado el estandarte de la virginidad perpetua, bajo el cual ha venido a filiarse tropas innumerables de almas privilegiadas que, teniendo su corazón más grande que el mundo, han llevado sobre la tierra una vida angélica. Así que tiene una gracia particular para socorrernos contra las tentaciones de la carne, y su nombre invocado con confianza lleva consigo, como el de María, la idea, la impresión, el amor de la pureza y de la inocencia enteramente divina del Salvador Niño y de la integridad de la Reina de las vírgenes. María encontró en José un celoso defensor del glorioso privilegio de su virginidad contra el hálito emponzoñado de las herejías que se esforzaban por mancharla: «Promptíssimus defénsor contra derogántes virginitáti meae: El más pronto defensor contra aquellos que menosprecian mi virginidad», dice María misma a Santa Brígida.

 

Almas piadosas, bajo la protección de José tendréis la dicha de conservar una virtud que constituye el más bello ornamento de la vida religiosa. A las vírgenes es a quienes Dios promete el céntuplo en esta vida y la gloria eterna en la otra. ¡Feliz el alma a quien da Dios esta santa vocación! Que las personas a las que no se ha concedido esta dicha, se acerquen en cuanto sea posible a la virginidad guardando fielmente la castidad conveniente a su estado.

 

Si recordamos que uno de los principales efectos de la santa humanidad de Jesucristo es purificar, santificar, divinizar en cierto modo, no solamente nuestras almas sino también nuestros cuerpos; que es en particular el principal efecto propio de la adorable Eucaristía; pensamos que el que tantas veces ha tocado con sus manos el Verbo hecho carne, mientras que le besaba más estrechamente por su fe y por su amor, como no haya sido santificado, espiritualizado, trasformado por decirlo así, por su divina palabra.

 

Nunca podremos admirar bastante la eminente pureza del corazón de José, esa incorruptibilidad de su alma, esa virginidad interior, ese perfecto desprendimiento de un espíritu enteramente purificado, esa sublime virtud que une al hombre íntimamente con Dios, que le familiariza con él, que le asemeja a él en cuanto puede asemejarse la humana naturaleza, que no deja en el alma más que inclinaciones virtuosas, impresiones divinas, pensamientos celestiales; esta delicadeza del corazón que no sufre el menor átomo que pueda ofender lo más mínimo los ojos de Dios.

 

San José amó y practicó la pobreza evangélica que debía servir de modelo a los religiosos. Fue pobre de espíritu y de corazón, sufrió las incomodidades de su pobreza sin quejarse; reducido a ganar su vida y la de su santa familia, se consideraba muy feliz con dividir con María la pobreza de Jesús que, poseyendo todas las riquezas, se hizo pobre por amor a nosotros; a su ejemplo, quiso vivir y morir pobre.

 

La obediencia de San José no es menos digna de nuestra admiración. Toda la santidad de este gran servidor de Dios tuvo por base la obediencia, y su vida fue, por decirlo así, una práctica continua de esta virtud. Obedece, sin murmurar al decreto de un emperador idólatra, que le obliga a dirigirse a Belén; acompaña a María al templo, cuando por cumplir con la ley, va a purificarse como una mujer ordinaria y a consagrar su Hijo al Señor. Obedece sin demora una orden del Cielo más rigorosa y más severa.

 

Después de su vuelta de Jerusalén, moraba tranquilamente en Nazaret con María. En el Paraíso no hay más delicias que en aquella santa casa; Jesús era el lazo que unía aquellos corazones y su amor común; vivían felices en su presencia como si estuvieran ya en el Cielo; pero he aquí una prueba que les manifiesta bien que están aún en la tierra. En medio de la noche, mientras las tres augustas personas que componían la santa familia dormían, un ángel del Señor aparece en sueños a José y le dice que salve por una fuga precipitada la vida del santo Niño. Obedece al instante sin murmurar y sin demora.

 

Así José es, después de María, el más admirable modelo que pueden proponerse imitar las personas consagradas a Dios en la religión. En efecto, es seguro que ningún fundador de orden ha dejado en lo que concierne a los votos religiosos de imitar ejemplos tan perfectos como nuestro Santo, puesto que ha sido un maestro excelente de castidad, de pobreza y de obediencia. En la pobre casa de Nazaret se veía el modelo más perfecto de la vida activa y contemplativa.

 

Muchas casas regulares, como lo demuestran hechos auténticos, han experimentado la eficacia de la protección de San José, sea para reclutarse cuando faltaban individuos, ya para sostenerse en épocas de escasez. Las comunidades religiosas serán siempre queridas de un santo, feliz con ver retratar fielmente la vida que Jesús llevo durante treinta años en Nazaret, en la oscuridad y bajo el yugo de la obediencia. ¡Glorioso San José, modelo de desprendimiento y de obediencia religiosa! ¡Oh! Vos que estáis coronado de lirios de la más pura virginidad; incomparable José, hemos aprendido ya de la divina Sabiduría, que nadie por sus propias fuerzas puede seguiros en esa gloriosa carrera; pero sabemos al mismo tiempo que este don precioso no puede negarse a aquellos por quien os dignáis pedir. Obtenednos, pues, una tan perfecta pureza de corazón, de espíritu y de cuerpo, para que participemos de la beatitud de aquellos de quienes se ha dicho: «Bienaventurados los que tienen puro el corazón, porque ellos verán a Dios».

  

COLOQUIO

 

SAN JOSÉ: Todas las almas que aman a Dios, deben amar la soledad, hija mía, a fin de comunicarse más fácilmente con él, Dios no habla en medio del ruido de los negocios mundanos, porque no sería oído. Por consecuencia, los que no aman la soledad no pueden oír la voz de Dios.

 

EL ALMA: Padre mío, ¿qué entendéis por la voz de Dios?

 

SAN JOSÉ: La voz de Dios son las inspiraciones santas, los pensamientos e invitaciones con que nos consuela, guía, alegra y abrasa el corazón en el amor divino.

 

EL ALMA: ¿Pues qué no habla Dios a todos los que le buscan?

 

SAN JOSÉ: Sí, hija mía; Dios habla a todos los que le buscan; ¿pero puede decirse que buscan a Dios aquellos cuyo espíritu y corazón están siempre ocupados con los placeres o con los negocios, y que viven continuamente en medio de la agitación del mundo? Dios no estaba en la agitación cuando pasó delante de Elías en el monte Horeb (III Reyes, XIX, 11), sino en un céfiro tan suave que casi no se le percibía. Por tanto, lejos del ruido y del mundo es donde se le encuentra. En otro tiempo dijo a Oseas: «Conduciré el hombre a la soledad y hablaré al corazón». Cuando quiere atraer un alma así, la conduce lejos de las intrigas del mundo y del trato de los hombres; allí le dice palabras de fuego que la dilatan y trasforman, y entonces el alma se encuentran dispuesta a hacer todo lo que el Señor le exige.

 

EL ALMA: Según eso, ¿es una gran ventaja hacer los ejercicios en la soledad, pues que hacen adelantar al alma en la perfección del amor divino?

 

SAN JOSÉ: Sí, hija mía: esas ventajas son grandes, inmensas; y para comprenderlas acuérdate que la meditación de las verdades eternas, es indispensable a quien quiere trabajar con eficacia en su salvación. En efecto, si consideras el tiempo que Dios te concede para ganar el cielo, la obligación que tienes de amar a Dios sobre todas las cosas, la muerte, el juicio, la eternidad de las penas del infierno y las delicias eternas del Paraíso, no podrás permanecer indiferente a tan gran negocio, el único importante para ti. Todas las verdades no se ven con los ojos de la carne, sino con los ojos del alma. Sólo Dios puede hacerlas gustar por la unción de su gracia y por su palabra interior; pero, ¿cómo podrás oírle en medio de tus parientes, de tus negocios, de los negocios domésticos, que absorben todas tus facultades? Por esto es por lo que los santos han dejado su patria y familia, y han ido a encerrarse en alguna gruta del desierto, o en la celda de algún convento. San Bernardo decía que había conocido mejor a Dios entre las hayas y las encinas de los bosques, que en todos los libros científicos que había estudiado. El venerable padre Vicente Carafa decía que, si hubiese podido desear alguna cosa en la tierra, hubiera sido una cueva, un poco de pan y un libro espiritual, para vivir lejos de los hombres y tratar sólo con Dios. Y con efecto, se conservan tan fácilmente la virtud en la soledad, como se pierde en las conversaciones del mundo, porque el objeto de ellas ordinariamente son los bienes temporales y cosas extrañas completamente a la eternidad.

 

EL ALMA: Entonces, padre mío, para encontrar la santidad, ¿será necesario retirarse a un desierto? Sin embargo, la mayor parte de los hombres se hallan en el mundo sin poder retirarse; ¿deberán renunciar a su salvación?

 

SAN JOSÉ: Hija mía, para encontrar la soledad no es necesario retirarse a un desierto: puedes hallarla en tu casa, en todas partes donde te llame tu deber. Recógete en tú misma; ponte de cuando en cuando en presencia de Dios ofreciéndole tus acciones, tus alegrías, tus penas, y encomiéndate a Él. Evita las conversaciones y las visitas inútiles, y practica con fidelidad y amor los deberes del estado en que la Providencia te ha colocado. El que valiéndose del pretexto de unirse a Dios descuidase sus deberes y pasase los días en una muelle ociosidad, se hará culpable a sus ojos. Separa tu corazón y tu espíritu de las cosas terrenas y te hallarás en la soledad, aunque estés en medio del mundo.

 

EL ALMA: Lo concibo bien, Padre mío. Pero la soledad en el mundo es mucho más difícil de conseguir que la de los religiosos; estos no son distraídos en sus santos pensamientos, y un alma obligada a vivir retirada en el mundo, no puede conseguirlo sin hacerse violencias continuas.

 

SAN JOSÉ: También la palma eterna de la victoria está prometida a los que más se violentan. Pero no te desanimes por eso; la gracia endulzará esos combates, y cada día te serán menos penosos. Además, si tus obligaciones te lo permiten, retírate todos los años para pasar algunos días en la soledad a fin de limpiar tu alma y purificarla de las manchas que puedas haberla echado en tu trato con el mundo; para renovar tu resolución y adquirir la fuerza necesaria para resistir las tentaciones que rodean al hombre por todas partes. Con estas precauciones participarás de las ventajas de las personas que por su estado disfrutan las dulzuras de la soledad, y trabajarás con suma eficacia en su salvación.

    

RESOLUCIÓN: Apartarse a menudo del ruido del mundo y escuchar la voz de Dios. Hacer cada mes un día de ejercicios.

 

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