viernes, 9 de marzo de 2018

A JESÚS POR MARÍA






   A muchos les parece demasiado vaga y casi vacía esta frase tan divinamente bella y profunda. Sin duda es por no haberse dado suficientemente cuenta de la estrecha conexión que guardan estos dos términos: A Jesús por María. No han advertido aún suficiente que la Santísima Virgen es, en realidad, el camino recto y seguro para ir a Jesús.

   Vamos a declarar este hermoso axioma y a manifestar como María es realmente y en toda la extensión de los términos el camino para ir a Jesús.

   ¿Existen muchos caminos para ir al Corazón de Jesús?
No, desde luego; sólo existe uno y es la caridad.

   Pero, ¿Existen diversos medios para conseguir la caridad? Tantos como ejercicios piadosos y sacramentos por medio de los cuales se comunica la gracia.

   Y para adquirir la caridad perfecta, la de los santos, o en otros términos, la santidad, ¿se dan también distintos medios? No se da sino un solo medio, un solo camino, señalado por nuestro Señor Jesucristo.

   El fin que se ha de alanzar es único: Jesucristo;
  El camino que a Él nos conduce es único: la virtud;
  El medio para adelantar es único: la gracia.

   Luego, si el medio único es la gracia, tendremos que buscarla donde Dios la tiene depositada para ser distribuida a los hombres.

   Y este divino deposito no es sino el alma de Aquella que fue saludada por el Ángel “llena de gracia”. Y siendo Ella solo quien posee la plenitud de la gracia, sólo Ella puede hacernos participantes de la misma, puesto que –en expresión de San Bernardo-, tal es la voluntad de Dios, que quiso que todas las gracias nos vengan por María. Doctrina que ha dado lugar a esta aserción teológicamente cierta y por desgracia hasta ahora muy poco estudiada: “La devoción a la Santísima Virgen es moralmente necesaria para la salvación y absolutamente necesaria para llegar a la santidad”.

   Por consiguiente, para llegar a poseer a Jesús es indispensable poseer a María; para participar de los tesoros del Salvador es preciso que la divina Tesorera nos los distribuya: para parecernos a Jesús hay que parecerse a María.

   ¿Por qué este intermedio?

   Jesucristo es realmente nuestro gran modelo; pero así como no quiso venir a nosotros sino por su Madre, quiere que no vayamos a Él sino por María.

   El camino, claro, es uno solo, a saber: el ejemplo de Jesús reproducido en nosotros por la práctica de la virtud.

   Pero, ¿Cómo reproducir esos ejemplos, ejemplos de un Dios en nosotros, pobres y débiles criaturas?

   Dios mismo nos ha resuelto el problema.
   Entre Él y nosotros ha colocado a los santos.

   En Él se han reunido en toda su plenitud, en el grado más alto, más perfecto y sublime, todas las virtudes. Pero ¿por qué lado miraremos esta inmensa plenitud de santidad?... ¿Por dónde comenzar?

   Y Dios mismo nos sale al encuentro proponiéndonos modelos parciales de santidad… nos presenta a los santos. Éste nos refleja algo de la divina humildad; aquél, su dulzura; el uno, su mansedumbre; el otro, su pobreza; los hay que son retratados de su mortificación, y quienes copias de su espíritu de oración.

   Son reproducciones imperfectas, desde luego, pero perfectamente adaptadas a nuestras débiles fuerzas, pues de cada uno de los santos podemos decir: “Él fue lo que yo soy, y yo puedo llegar a ser lo que él es”.

   Pero los santos, después de todo, no son sino copias parciales; para darnos una idea en conjunto de la santidad divina hace falta un modelo, que, sin superar nuestros alcances, sea completo, íntegro y perfecto; modelo en el cual se reproduzcan y copien sin sombra cada uno de los misterios y de los rasgos característicos del Salvador, dulcificados y templados por la ausencia de la divinidad.

   Y este modelo perfecto y humano, al alcance de todos, es la Virgen María.
  

   De Ella pudo hermosamente afirmar el Doctor Angélico: “La Santísima nos ha sido propuesta por Dios como modelo universal de todas las virtudes”.

   Así el culto y la contemplación de las bellezas místicas de María, reflejo de Jesús, nos acostumbra al culto y a la contemplación  de la divinidad transparentada en su divino Hijo; el cual de tan suave manera nos prepara y nos eleva a la visión de la divinidad.

   Pues es tanta la debilidad de nuestro entendimiento- dice muy bien Bossuet- que no puede sostener el brillo de la divina luz que deslumbra nuestras débiles pupilas, sino que necesita un astro inferior que nos permita descubrir la superior; un astro pequeño para mostrarnos el grande.

O como dice el axioma de los santos: ¡A JESÚS POR MARÍA!; o bien: “Todo por María, nada sin María”.

   Con razón, pues, la divina Virgen puede reproducir las palabras que en sus labios pone la Iglesia santa: “Los que me hallan hallarán la vida”, es decir, a Jesucristo, que es la verdadera vida: “YO SOY LA VIDA”.

   De ahí nace que, por una bella elipsis, María sea llamada también la VIDA, toda vez que Ella tiene la vida en su origen, Cristo Jesús, y que por Ella lo recibimos todo.

   ¿Comprendes ahora el inefable destino de la Virgen Inmaculada en la obra de nuestra Redención?

   ¡Oh María, dulce y divina María!  Conozco y desearía repetirlo sin cesar, de rodillas y la frente en el polvo, que Vos no sois tan solo el canal, la tesorera y distribuidora de las divinas gracias.
   No sois tan sólo la Virgen poderosa, misericordiosa y compasiva; sino que ante todo sois la Virgen modelo, la copia de Jesús, puesta a nuestra vista para que la estudiemos y la imitemos.
   Sois, según la hermosa comparación de San Agustín, el divino molde en que nos debemos arrojar para ser moldeados conforme a la vida divina, para hacernos semejante a Jesucristo.

   Tal es el camino trazado por nuestro divino Salvador.

   Que nadie me hable de otros caminos distintos; yo no quiero conocer otro que el seguido y propuesto por el mismo Dios.

      ¡MARÍA, SIEMPRE MARÍA!
      Yo quiero ir a María;
      quiero asemejarme a María;
      quiero fundirme en el interior de María;
      quiero perderme en María.


  Sí, perderme en María para encontrarme en Jesús, pues quien pudo dar a Dios los rasgos propios del hombre sabrá también imprimir en el hombre los rasgos de la divinidad y, según la expresión del Sagrado Libro, vendremos a ser realmente dioses, dioses formados en María.

   Asemejarnos a María, a María llamada Bossuet en su inimitable lenguaje “un Jesucristo empezado”, es asemejarnos al mismo Dios. 

   Repitámoslo una vez más, repitámoslo siempre, pongámoslo sobre todo en práctica:

               A JESÚS POR MARÍA. TODO POR MARÍA; NADA SIN MARÍA.


Ejemplo

La Santísima Virgen y María Lataste

   Una santa joven, llamada María Lataste, cuya causa de beatificación esta introducida en Roma, tuvo la dicha de aprender de labios del mismo divino Salvador la admirable economía de la distribución de las gracias y de oír la explicación dada por el Señor a las palabras: Ad Iesum per Maríam.

   Copiaremos un notable pasaje de las numerosas revelaciones con que fue favorecida tan santa alma.


   Un día Jesús le mostro a la Santísima Virgen rodeada de celeste claridad. La Señora se le apareció en la modesta iglesia de su pueblo delante del altar.

   “Yo la miré con atención –escribe la feliz vidente. Su rostro resplandecía como el sol. Sus manos despedían brillantes rayos de luz. Su manto, luminoso, era blanco y como sembrado de estrellas. Su cabellera, caída hacia atrás, estaba cubierta por maravilloso velo resplandeciente de luz, y sobre la cabeza refulgía una corona de diamantes más relucientes que los astros del firmamento.

   “Esta luz que veía en María no se podía comparar a ninguna otra luz, fuera de la que he visto  en el Salvador. La luz del sol hubiera palidecido  en presencia de la que despedía María. Y, sin embargo, aunque mis ojos nunca han podido fijarse en el sol, estaba entonces mirando fijamente a María, sin que sus resplandores me deslumbrasen. Yo la miraba sin poder dejar de mirarla un instante. Su vista traía la felicidad a mi alma.

   “Me hizo salir de mi embelesamiento la voz de Jesús, que me decía: “Yo soy para el mundo la fuente inmensa de salvación, el manantial infinito de las gracias. Pero este manantial no afluye directamente al mundo: pasa antes por María. Mi Madre es la criatura más pura, más santa y más perfecta, escogida por Mí desde la eternidad, en unión con el Padre y el Espíritu Santo, para difundir sobre la tierra los dones del cielo.

   “Hija mía – añadió en otra ocasión el Señor a su inocente y humilde sierva, ampliando el mismo asunto-: hija mía, yo estoy colocado entre Dios y los hombres. Nada pueden éstos alcanzar del Padre sino por Mí. Pero Yo he puesto a mi Madre entre los hombres y Yo de tal suerte que nada les otorgo si no es por medio y a causa de mi Madre.

   “Pide  a mi Madre cuantas gracias necesites, que Ella seguramente te les alcanzara. Todas las gracias que Dios otorga a los hombres están en Mí como en inmenso deposito, pero Yo las hago pasar a mi Santísima Madre como a un nuevo depósito, donde es preciso acudir a sacarlas. Cuando se pide cualquier gracia,  mi Padre consiente. Yo las concedo y mi Madre la da.

   “Sí, hija mía, todo parte de Mí; pero ha de pasar por mi amadísima Madre. Nada concedo sin que lo conceda Ella, y hasta el fin de los tiempos bendeciré, rescataré, y salvaré a los hombres, porque los bendecirá, rescatará y salvará tu Madre por Mí”.

   Hasta aquí esa preciosa revelación  que nos patentiza el modo como Jesucristo viene a nosotros por la gracia y nos indica la manera como debemos ir nosotros a Él.

      Ad Iesum per Mariam.

   Repitamos, por consiguiente, con resolución:

      ¡TODO POR MARÍA; NADA SIN MARÍA!  



“Espíritu de la vida de intimidad con la Santísima Virgen”
R. P. LOMBAERDE (Misionero de la Sagrada Familia)


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