domingo, 8 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA INMACULADA: DÍA PRIMERO.


 


8 de noviembre

 

CONSAGRADO A HONRAR LA PREDESTINACIÓN DE

MARÍA.

 

 

 

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

 

   ¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanza. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos.

 

   Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes.

 

   Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aun la sombra misma del mal.

 

   La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados.

 

   ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

 





 

CONSIDERACIÓN

 

 

   La encarnación del Verbo fue el medio inefable que escogió la Bondad divina para reparar la catástrofe del primer pecado. Pero para llevar a efecto esta obra, más grande que la creación de todos los mundos visibles, necesitaba del concurso de una mujer en cuyo seno tomase carne el Verbo humanado.

 

 

   Pero, ¿dónde encontrar una mujer bastante digna de dar su carne y su sangre al Hijo del Altísimo? —Dios pasea su mirada por toda la extensión de la tierra; hace desfilar en su presencia a todas las generaciones; ve pasar delante de sus ojos a poderosas reinas ceñidas de riquísimas diademas, a heroínas aclamadas por los pueblos, a millares de vírgenes y mártires agitando palmas inmortales; pero en ninguna de ellas fija su mirada, porque todas aparecen pequeñas a sus ojos.

 

 

   Era necesario predestinar una mujer que, ataviada con todas las perfecciones de la naturaleza y de la gracia, fuera digno tabernáculo del Redentor del mundo. Y desde el instante en que, en los altísimos consejos de la sabiduría increada, se dispuso la redención, Dios fijó sus miradas en María y comenzó a preparar su advenimiento para que fuera anillo de oro que uniera al Verbo eterno con la naturaleza humana. Y desde entonces dejó caer sobre ella, a manera de copiosa lluvia, todos los dones de la gracia. Porque Dios, que es soberanamente inteligente, proporciona siempre los medios al fin a que destina a sus criaturas, concediéndoles una dotación de gracias proporcional a la excelencia y magnitud del fin María habitaba en la mente divina desde la eternidad con el carácter de Madre de Dios. Aún no existían los abismos, dice la Escritura, y María había sido ya concebida; no habían brotado aún las fuentes de las aguas, ni se habían sentado los montes en su base de granito, y ella había sido dada a luz en los decretos eternos.

 


 

   Cuando nuestros primeros padres buscaban temblorosos las sombras del paraíso para sustraerse a la vista de Dios irritado, el anuncio del advenimiento de María fue el primer rayo de esperanza que iluminó su frente. Desde entonces el espíritu profético siguió anunciando su venida de generación en generación, y de ella puede decirse lo que se ha dicho de Jesucristo: “que, al nacer, encontró cuarenta siglos arrodillados en su presencia”. Desde entonces preparó Dios el camino que había de tener por término el nacimiento de la corredentora del linaje humano. El cetro y la corona, la espada y la citara, la poesía, y la ciencia y más que todo, la santidad brilla entre sus ascendientes y disponen los preciosos jugos que debían alimentar esa planta cuyo fruto había de ser el Hombre-Dios.

 

 

   Toda criatura es predestinada por Dios a un doble fin; a un fin general, que es su gloria, y a un fin particular que consiste en el cumplimiento de la misión especial que se sirve encomendarle. Nuestra salvación depende del cumplimiento de ese doble fin. Dios nos ha creado para Él; Él es nuestro principio y es también nuestro fin. Por lo tanto, todo lo que de nosotros depende debe referirse a Dios; Él es dueño de nuestra existencia y debe serlo también de nuestras acciones, palabras y pensamientos, como el que planta un huerto es dueño de todos sus frutos. Agradar a Dios debe ser, por consiguiente, el fin primario de todas nuestras obras y la norma invariable de nuestra conducta. Busquemos en todo a Dios, como lo buscó María, que le consagró desde su nacimiento sus pensamientos, sus afectos, sus palabras y las obras todas de sus manos.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

   Saludables efectos de la devoción a María. El templo de Nuestra Señora de las Victorias, erigido en París por el rey Luis XIII, en acción de gracias por las victorias que había alcanzado sobre sus enemigos, era a principios del siglo XIX poco menos que inútil para la piedad.

 

 

   Colocado en el centro del comercio y de los negocios, rodeado de teatros y lugares de disipación mundana, era bien escaso el número de fíeles que concurría a él aún en las más grandes solemnidades de la iglesia.

 

 

   En 1832 fue nombrado cura de esta parroquia de indiferentes el abate Carlos Desgenettes, santo varón convencido de un celo ardiente por la salvación de las almas. Durante cuatro años se esforzó inútilmente por vencer la indiferencia glacial de los feligreses, llamándolos por diversos medios al cumplimiento de sus deberes religiosos.

 


 

   En el estado de aflicción en que se hallaba el buen párroco, al ver la absoluta esterilidad de sus afanes, se le ocurrió un día, durante el sacrificio de la Misa, el pensamiento de consagrar su parroquia al Inmaculado Corazón de María, para obtener por su mediación la conversión de los pecadores y el renacimiento del fervor religioso. Tal fue la persistencia con que golpeaba a su mente este pensamiento que lo obligó a redactar sin tardanza los estatutos de la asociación, que es hoy la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María. Aprobadas las bases por el Arzobispo de París, designó el párroco el domingo 11 de Diciembre de 1836 para su solemne instalación e invitó a este acto con encarecimiento a los pocos cristianos que acudían a oír sus predicaciones.

 

 

   Grande y muy grata fue la sorpresa del venerable cura al ver que, a la hora indicada, el templo era estrecho para contener la multitud que acudía a su llamado, siendo lo más extraño que una gran parte de la concurrencia era compuesta de hombres. La distribución piadosa dio principio por las Vísperas de la Santísima Virgen y continuó con la plática, que fue oída con atención y recogimiento; pero donde el fervor llegó a su colmo, fue durante el canto de las Letanías, y, sobre todo, al llegar al Refugium peccatorum, Ora pro nobis, palabras que por un movimiento espontáneo e imprevisto fueron repetidas tres veces consecutivas, como el grito de angustia que sale espontáneamente de todos los labios en presencia de un peligro común.

 


 

   Al ver este efecto maravilloso y con el corazón lleno de las más dulces emociones de alegría, el venerable cura, que se hallaba postrado al pie del altar, exclamó, incentivado por la más tierna confianza en medio de un torrente de lágrimas; “Vos salvaréis, Madre mía, a estos pobres pecadores que os aclaman su refugio. Adoptad esta piadosa devoción, y en testimonio de que la aceptáis, concededme la gracia de la conversión de M......a quien mañana visitaré en nombre vuestro”.

 

   La conversión que acababa de pedir, en un momento tan solemne, era la del último ministro del rey mártir, Luis XVI, que había vivido en el seno de la impiedad y que, según todas las apariencias, moriría lejos de la religión. El cura visitó, en efecto, al día siguiente a este hombre y lo halló tan profundamente cambiado que no pudo ya dudar de que la obra que acababa de fundar era inspirada por la Madre de Dios. Si no hubiera tenido en este hecho una prueba tan clara de la protección de María, habría bastado para convencerse de ello los copiosísimos frutos recogidos de esta admirable obra. Las costumbres se transformaron como por encanto, y donde reinaba el hielo de la indiferencia, floreció el fervor religioso, el cual fue creciendo hasta el punto de que tres años después comulgaban en la Pascua diecinueve mil cuatrocientas personas.

 


 

   Esto nos demuestra que la devoción a la Santísima Virgen tiene el poder de transformar a los individuos y de atraer pueblos enteros a la fe.

 

 

 

JACULATORIA

 

Madre de Dios, Madre mía,

Sed mi refugio en la muerte

y mi esperanza en la vida.

 

 

ORACIÓN

 

 

   ¡Oh Virgen purísima! Vos que fuisteis elegida desde la eternidad entre todos los hijos de Adán para ser la Madre del Verbo encarnado; vos que recibisteis una dotación de gracias tan abundantes como jamás la recibiera humana criatura; vos que supisteis corresponder con tanta fidelidad a los designios de Dios; dignaos alcanzarnos de vuestro Santísimo Hijo la gracia de conseguir el fin para que hemos sido creados, correspondiendo dignamente a la gracia y llenando cumplidamente los deberes de nuestra misión en la tierra.

 

 

   Vos sabéis, Señora nuestra, cuántos son los peligros de que está sembrado el camino de la vida, cuántas son las tentaciones que el mundo, el demonio y las pasiones suscitan para separamos de nuestro fin, alejándonos de Dios por medio del pecado. Pero Vos, que sois fuerte y poderosa como un ejército ordenado en batalla, alargadnos vuestra mano protectora, cobijadnos bajo vuestro manto maternal e inspirad a nuestra alma valor y energía incontrastables para salir victoriosos de la formidable lucha empeñada contra tan insidiosos enemigos. Cuando la hora del combate se acerque, cuando nos sintáis desfallecer y lleguen a vuestros oídos nuestras voces suplicantes, venid, dulce Madre, en nuestro auxilio, y vuestra sola presencia bastará para poner en fuga a los enemigos de nuestra salvación.

 

 

   Dadnos, en fin, santas inspiraciones para cumplir con entera fidelidad los designios de Dios sobre nosotros, a fin de que, haciendo en toda su voluntad en la tierra, merezcamos un día poseerlo en el cielo. Amén.

 



 

—Rezar la oración final para todos los días:

 

 

 

Oración final para todos los días

 

 

 

  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que colocamos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a Solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio.

 

   Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su Santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir con nuevo esplendor la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro.

 

   Que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

 

 

 

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

 

 

1—Rezar siete Avemarías en honra de la pureza virginal de la Santísima Virgen, rogándole que nos conceda la pureza de alma y cuerpo.

 

2—Examinar atentamente nuestros afectos e inclinaciones y si halláremos alguno que ofrezca peligros a nuestra inocencia, corregirlo con generosidad.

 

3—Rezar una tercera parte del Rosario para alcanzar de María la conversión de los pecadores.

 

 

 

 

Presbítero Vergara Antúnez

 


sábado, 7 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA INMACULADA: DÍA DE APERTURA. —7 de noviembre.



ORACIÓN

 

 

   Al comenzar el bello mes que lleva vuestro nombre, ¡oh María! laten nuestros corazones a impulsos del más puro regocijo, porque podremos venir diariamente a este piadoso santuario a deponer a vuestros pies, junto con las más bellas flores de nuestros jardines, el homenaje de nuestro amor filial. Al ver levantarse el sol sobre nuestro horizonte y al declinar nuestras risueñas tardes, nos reuniremos aquí en torno de vuestra imagen querida, para cantar vuestras alabanzas, escuchar la historia de vuestras grandezas y recoger vuestras maternales bendiciones. Al ver abrirse esta serie de santos y felices días experimentamos el contento del hijo que, tras de larga ausencia, vuelve a arrojarse lleno de amorosa ternura en el regazo de su Madre. Cuando hemos visto despertar la naturaleza y cubrirse de flores nuestros jardines y de verduras nuestros campos, el primer pensamiento que ha venido a halagar nuestro corazón ha sido el de venir a festejaros ¡oh dulce Madre!, durante el tiempo de bendición y de salud; porque nos parece que en este mes nos encontramos más tierna, más bella y amorosa, y que vuestras manos están más cargadas que nunca de bendiciones y de gracias.

 


 

   ¡Ah! Nosotros abrigamos la dulce esperanza de que no transcurrirá ninguno de estos alegres días sin que recojamos algún beneficio de vuestras manos, sin que fijéis sobre nosotros una mirada propicia, o sin que veamos dibujarse en vuestros labios una sonrisa amorosa, símbolo de vuestra predilección de madre, jamás os separaremos de vuestro lado sin haber recibido algunas de vuestras santas inspiraciones y sin llevar en nuestro corazón la inefable seguridad de que seremos salvados por vuestra mediación. Durante treinta días vendremos aquí donde nuestras manos os han levantado un trono de flores, a contaros nuestras penas, a depositar en vuestro seno nuestras lágrimas, a pediros luz en nuestras dudas, resignación en nuestras desgracias y fuerza en nuestras tentaciones.

 

 

   ¡Oh mes dichoso de María, con cuánta satisfacción vemos llegar el primero de tus bellos días! ¡Cuántas delicias hay ocultas para el corazón cristiano en el transcurso de tus dulces horas! Como desciende en abundancia el rocío sobre las flores que engalanan las praderas, así lluvias de gracias y bendiciones desciendan sobre las almas. ¡Cuán plácida es la aurora de tus días y cuán llenas de atractivos tus hermosas tardes! Nosotros te saludamos ¡oh mes dichoso!, y penetrados de dulce confianza, esperamos que serás para nosotros escuela de perfección, fuente de merecimientos para el cielo y prenda segura de la protección de María.

 

 

 

CONSIDERACIÓN

 

 

    La devoción a la Santísima Virgen María ha sido siempre el patrimonio de todo corazón cristiano y el distintivo de los pueblos católicos. Desde que Nuestro Señor Jesucristo, colgado cuando niño del cuello de su Madre, nos enseñó a amarla, y desde el momento solemne en que, enclavado en la cruz, nos la legó por Madre, el orbe cristiano no ha cesado jamás de prodigarle las más tiernas manifestaciones de amor filial. Ella fue el sostén y consuelo de los Apóstoles en los días primeros de la Iglesia, y en todos los tiempos ha sido una verdadera madre para los hijos de la fe. Por eso su culto ha atravesado las edades y tiene altares en todas las comarcas del globo, y en todas partes se oye pronunciar su nombre con las efusiones de entrañable amor. El mundo sabe por experiencia que ella tiene remedio para todas las dolencias, consuelo para todas las aflicciones, esperanza para todos los pecadores y gracia para todos los justos.

 

   En cambio, el amor de los fieles para con ella no tiene límites. Nada hay que no hagan por honrarla. El más hermoso de los meses del año ha recibido su nombre y ha sido dedicado a su culto. Ese mes, lleno de encantos, ofrece a los amantes de María un hermosísimo campo donde ejercitar su devoción y, los multiplicados homenajes que llevan a las plantas de la Reina del cielo, atraen con amorosa violencia sobre los hombres, sus miradas compasivas y su especial protección. ¡Felices las almas que, animadas de un santo celo, se dedican a honrarla durante este mes de bendiciones!

 




 

   Veamos cuáles son los medios más adecuados para sacar de este mes copiosos frutos espirituales.

 

 

   En primer lugar, nuestras almas deben estar purificadas de toda mancha que pudiera hacerlas abominables a los ojos de Jesús y de María. Si así no fuera, nuestros homenajes no serían aceptables, ni nuestras plegarias subirían al cielo envueltas en el humo del incienso que diariamente se quema al pie del altar de María. Que las flores y las coronas que nos complacemos en presentarla sean el símbolo de nuestra pureza; ellas se marchitarían bien pronto si la mano que las deja al pie del altar, fuera la misma que acaricia el vicio y ha sido manchada por el pecado. Para cumplir esta condición, conviene frecuentar durante este mes los Santos Sacramentos de la confesión y comunión.

 


 

   En segundo lugar, la mejor manera de honrar a María es la de procurar imitarla. Esta es la expresión más positiva del verdadero amor. El que ama, por un instinto invencible, trata de identificarse con el objeto amado y de arreglar su conducta del modo más apropiado para agradarle. Y si esta cualidad se descubre hasta en el amor profano, ¿con cuánta mayor razón debe adornar el amor que se profesa a la Madre del amor hermoso y de la santa esperanza?

 

 

   Formemos, pues, al comenzar este mes, la resolución de adquirir la virtud que más necesitemos o de extirpar el defecto que más nos domine.

 

 

   En tercer lugar, es preciso llevar nuestros obsequios a María con un espíritu ajeno a toda afición terrenal y a toda conveniencia mezquina. Que sólo el amor y el celo por honrarla nos impulsen a llevar a sus pies nuestras ofrendas. Cada flor añadida a su corona vaya acompañada de un suspiro suplicante y de una mirada amorosa. De otra manera nuestros obsequios serían muertos, porque los actos externos sacan su valor del espíritu que los anima y de la intención con que se ejecutan.

 

 

   Finalmente, no olvidemos que, si María está siempre pronta a acudir a la voz del hijo que la llama y a interponer a favor suyo su poderoso influjo, nunca está más dispuesta que en estos días de bendición. Pidamos por nuestras necesidades espirituales y temporales, por la conversión de los pecadores y por el triunfo de la Santa Iglesia.

 

 

 

PROPÓSITO

 

 

   Practicar todos los ejercicios de este santo mes con el mayor fervor y exactitud, no dejando pasar un solo día sin honrar a la Madre de Dios con especiales obsequios.

 

 




OFRECIMIENTO DEL MES A MARÍA INMACULADA

 

 

   Postrados a vuestros pies y en presencia de Jesús, vuestro Hijo Santísimo, venimos a ofreceros ¡oh Virgen pura!, los homenajes de amor que traeremos a vuestras plantas durante el mes que hoy comenzamos en vuestro nombre. Pobres serán nuestras ofrendas e indignos de Vos nuestros obsequios; pero no miréis su pequeñez, para fijaros tan solo en la voluntad con que os los presentamos. Junto con ellos os dejamos nuestros corazones animados por amorosa ternura. Sois Madre, y lo único que una madre anhela es el amor de sus hijos. Esas flores y esas coronas con que decoramos vuestra imagen querida; esas luces con que iluminamos vuestro santuario; los dulces himnos con que cantamos vuestras alabanzas, símbolo son de nuestro amor filial. A coged, pues, benignamente nuestros votos, escuchad nuestros suspiros y despachad favorablemente nuestras súplicas. Obtenednos las gracias que necesitamos para terminar este mes con el mismo fervor con que lo comenzamos, a fin de que, cosechando copiosamente frutos para nuestra santificación, podamos un día cantar vuestras alabanzas en el cielo. Amén.

 

 

 

PRÁCTICAS ESPIRITUALES.

 

 

1—Oír una misa en honra de la Santísima Trinidad en acción de gracias por los favores otorgados a María.

 

 

2—Saludara María con el Angelus por la mañana, a mediodía y en la tarde.

 

 

3—Sufrir con paciencia por amor a María, todo trabajo, aflicción o contrariedad.

 

 

Presbítero Vergara Antúnez

 

 

viernes, 6 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA INMACULADA: ACTOS DE VIRTUD.



Que se elegirán a la suerte el día de la apertura para practicarlos durante todo el Mes:

 

Ø Practicar la caridad dando limosna a los pobres algunas veces durante el Mes.


Ø Ejercitar cada día la mortificación, privándose de alguna satisfacción lícita, como de comer un manjar, oler una flor, mirar algún objeto curioso, etc.


Ø Abstenerse, por amor a María, de lectura de libros profanos, que no sean de instrucción, y leer cada día algunas páginas de algún libro piadoso.


Ø Practicar la obediencia, ejecutando sin replicar y con muestras de agrado, cuanto ordenaren los superiores.


Ø Sufrirlo todo de todos, sin incomodidad ni quejarse, ofreciéndolo todo en homenaje a los dolores de María.


Ø Procurar evitar durante el Mes todo pecado venial deliberado.


Ø Huir de la murmuración, guardándose de criticar aún los defectos o faltas ligeras que se noten en los demás.


Ø Ejercitarse frecuentemente en la humildad, ora rebajándose en sus propios méritos, ora confesando con ingenuidad algún defecto propio, ora ejecutando acciones humillantes.


Ø Aprovechar toda ocasión que se presente de mortificar el amor propio.


Ø Ser exactos en el ejercicio de las prácticas acostumbradas de piedad, haciéndolas en la hora señalada, en el lugar adecuado y del modo conveniente.

 

 

Presbítero Don Rodolfo Vergara Antúnez.

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA INMACULADA. Parte IV.


   Hagamos ahora algunas indicaciones practicas acerca de la manera de hacerlo con mayor provecho espiritual.

 

   Como lo dejamos indicado, la estación de las flores es la más adecuada para los ejercicios de este hermoso Mes. Por eso en el viejo continente se ha elegido el mes de Mayo. Entre nosotros, la costumbre lo ha fijado en el mes de Noviembre, en que la primavera esta en todo su vigor y lozanía, viniendo a ser como la corona del año y como una digna preparación para celebrar con fruto la festividad de la Inmaculada Concepción, ese dogma cuya declaración solemne ha cabido en suerte a nuestro siglo; hermosa piedra colocada en la brillante diadema de María por las manos del inmortal Pontífice Pío IX.

 

   Por consiguiente, para que el MES DE MARÍA termine con esta festividad, que la Iglesia celebra el 8 de diciembre. Conviene hacer su apertura el 7 de noviembre. En este día se aderezará en el sitio de la casa más apropiado para el recogimiento un pequeño altar con alguna imagen de la Santísima Virgen, adornado con flores del tiempo y con algunas luces. Nadie ignora que este aparato exterior es muy propio para inspirar devoción y avivar la piedad. En torno de ese altar, la madre de familia reunirá cada día a sus hijos y domésticos para hacer en común los santos ejercicios de este Mes de bendición.

 

   Sin embargo, siempre que las atenciones y obligaciones de la propia condición lo permitan, conviene que se asista al templo, lugar más conveniente para la solemnidad de estos ejercicios. Algunas personas piadosas acostumbran hacerlos en el hogar y en el templo, para que los que no puedan concurrir a este último, no se defrauden del beneficio de esta devoción.

 

   Entre las prácticas que forman el MES DE MARÍA, una de las más útiles es la consideración de las prerrogativas y virtudes de la Reina del cielo. Por eso conviene que las consideraciones de cada día se lean con atención y con espíritu de piedad, pudiendo servir de materia para la meditación diaria. De esta manera se inflamará el alma en amor a María, crecerá la devoción y la confianza que debemos tener en ella y nos alentaremos a imitar sus perfecciones y virtudes.

 

   Si durante este Mes bendito se cogen de los jardines las más bellas flores para llevarlas en ramillete y guirnaldas a los pies de María, es precisamente que esas flores sean el símbolo de otras más hermosas y perfumadas que el hálito de la tarde no marchita: las flores del alma. Por esto cada día es preciso ofrecer a la Virgen Inmaculada un obsequio espiritual, haciendo una obra meritoria que tenga por fin su gloria o la santificación del alma.

 

   Para conseguirlo, se escribirán diversas prácticas en cédulas separadas, si el mes se reza en familia o entre un número poco considerable de personas, cada uno de los asistentes sorteara una cédula y ejecutara fielmente al siguiente día la práctica que ella contenga.

 

   En los templos, anunciará el director tres prácticas cada día. Antes de publicarlas, cada uno de los asistentes elegirá mentalmente cualquiera de los números que contienen las cinco prácticas, y la que corresponde al número de antemano elegido será la que practique al día siguiente.

 

   Para la mayor perfección de este importante ejercicio, conviene que se lleve un diario, en el que se señalara cada día con signos arbitrarios si se ha cumplido o no con la práctica que ha cabido en suerte. Así, podrá conocerse al terminar cada semana del Mes si ha habido o no exactitud y piadoso celo en honrar a la Santísima Virgen, llevándole en homenaje, junto con las flores del tiempo, las flores inmarcesibles del alma.

 

   Al concluir el Mes, puede presentarse ese hermoso ramillete a los pies de María como la más preciosa ofrenda, pidiendo en retorno su maternal bendición.

 

   Además de esta ofrenda diaria, conviene también elegir a la suerte una práctica que se cumplirá durante todo el Mes, la cual podrá sortearse el día de la apertura.

 

   El Mes de María deberá coronarse con una solemne y perpetua consagración de sí mismo a la Reina de los cielos.

 

 

Presbítero Don Rodolfo Vergara Antúnez.

 


 

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