lunes, 27 de marzo de 2017

JACINTA MARTO (Ira. parte) Una vida breve, santa y llena de enseñanzas para la salvación de nuestras almas



JACINTA  – Vamos a exponer brevemente y en partes la vida y muerte de Jacinta Marto. (Tomado del libro “Apariciones de la Santísima Virgen en Fátima” por el Padre Leonardo Ruskovic O.F.M. Año 1946)



   En la presente historia es muy conveniente hacer una breve reflexión sobre la vida de Jacinta. Su característica es: conmiseración hacia los pobres pecadores y sentir por ellos; después de la primera aparición de la Virgen en Cova de Iria, sed insaciable de inmolación ante la justicia ofendida de Dios.

   Niña inocente, ignorando aún la fealdad y malicia de aquel pecado que ultrajara la virtud angelical de la santa pureza, después que la bondadosa Madre de los pecadores le hubo manifestado que la mayoría de las almas se condenan, arrastradas por la ciega pasión de la sensualidad, practica toda clase de sacrificios para expiar de alguna manera tan nefandos crímenes.

   Jacinta nació el 11 de marzo de 1910. Su madre Olimpia contrajo segundas nupcias con don Manuel Marto. Del primer matrimonio tuvo dos hijos, y del segundo nueve. De los once, la menor era Jacinta.

   La historia nos atestigua que de estas numerosas familias salen ordinariamente eminentes figuras que honran a la humanidad, mientras que se atraen la maldición de Dios y de la Patria los matrimonios voluntariamente estériles, los que aniquilan las vidas de seres indefensos apenas embarcados en la arquilla de la existencia, los que anhelando únicamente el voluptuoso placer de satisfacer sus apetitos irracionales huyen de los frutos sagrados del matrimonio.

   Por ser la más pequeña de la familia, Jacinta era el rico tesoro y la flor más mimada de sus padres y hermanos. En ella, antes de la primera aparición, nada notaba de extraordinario, ni destello alguno de su futura santidad. Al contrario, tenía mucha imperfección. Con sus compañeras, afirma Lucía, era con frecuencia bastante antipática, por su carácter demasiado melindroso. Siempre luchaba por salir triunfante con su opinión. En los juegos era necesario dejarla que eligiera lo que más le agradaba. Ordinariamente no gustaba entretenerse sino con Francisco y su prima Lucía. Demostraba especial afición al juego de los botones; cuando la llamaban para comer, siempre guardaba varias piezas de este artículo con el fin de ser dueña absoluta en el juego siguiente. Pero el baile la atraía con singular complacencia; era suficiente sentir el pulsar de cualquier instrumento para que inmediatamente se pusiera a bailar y aunque niña todavía, era ya una “artista” en la danza, según expresión de su prima Lucía.

  Poca inclinación sentía a la oración. Para terminar cuanto antes el rezo del santo rosario, decía solamente: “Ave María, Ave María”, y cuando llegábamos al fin de cada misterio —nos cuenta Lucía—, rezábamos con mucha lentitud el padrenuestro y así concluíamos en un abrir y cerrar, de ojos.

   Cuando más tarde, principalmente en los dos últimos años de su vida, la encontramos practicando heroicas virtudes, podemos admirar el efecto de la gracia divina cuando el alma corresponde ampliamente a los amorosos llamados de Dios; la santidad no es un don gratuito del Señor, sino el resultado feliz de la íntima cooperación del hombre con la voluntad de Dios.

   La santidad consiste en el amor acendrado a Dios y al prójimo. Es necesario el esfuerzo del hombre, luchando contra sus malas inclinaciones. Las imperfecciones del alma son como herrumbres, que es menester limpiarlas para que no priven al alma de su lucidez y hermosura.

   En medio de la veleidad natural de la infantil edad, Jacinta procuraba no ofender a Dios. Jugaba en cierta ocasión a “las prendas”, juego en el que el ganador manda con absoluto imperio a los otros, quienes deben obedecer sumisamente. Me tocó a mí la suerte de ganar —cuenta Lucía—, y mandé a Jacinta a abrazar y besar a un hermanito mío que estaba allí cerca.

   —Eso no —contestó Jacinta—; ¿por qué no me mandas otra cosa? Mándame besar el Crucifijo, que está colgado de la pared.

   —Está bien —contestó Lucía—, bésalo.

Jacinta, subiéndose a una silla, abrazó tres veces la sagrada efigie, dándole tres ósculos, uno por Francisco, otro por Lucía y el tercero por ella; al besar el Crucifijo decía:

   —A Cristo, Nuestro Señor, beso cuanto quieras.

   Lucía les refería las dolorosas escenas do la Pasión del Señor; al concluir, Jacinta, muy enternecida, suspiró:

   — ¡Pobre Nuestro Señor!; en adelante no quiero pecar más, no quiero que Nuestro Señor sufra.


   Después de la primera aparición, Jacinta no buscaba otra cosa sino agradar a Dios y a su Divina Madre, imaginando siempre nuevas mortificaciones para ofrecerlas a Dios por la conversión de los pecadores, en sufragio de las almas del Purgatorio y por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María, de tal manera que su breve vida podemos compendiarla en “breve vida de reparación por los ultrajes cometidos contra Dios Nuestro Señor”. Este generoso amor a Dios lo observamos en los innumerables sacrificios y lo veremos especialmente durante el período de su dolorosa y grave enfermedad; tan enamorada estaba de Dios, que por su amor aceptaba gustosa cualquier género de martirio; nada, absolutamente nada, podía separarla de la caridad de Cristo.

   Con agigantados pasos caminó Jacinta por la senda de la santidad en los dos años siguientes a la aparición en Cova de Iria; todos sus deseos y afectos estaban concentrados en Dios, y por eso anhelaba tanto su alma unirse a Jesús - Hostia en la sagrada comunión; bien sabía que el manjar eucarístico había que recibirlo “solo por amor, quien sólo por amor se ha dado a nosotros”, conforme afirma San Francisco de Sales. Vio tornarse en dulce realidad su ardiente deseo en mayo de 1918, mes destinado en Europa al culto de nuestra Divina Madre. Unió su alma por primera vez al Cordero Inmaculado en la Iglesia de Fatima, lugar donde años atrás naciera a la vida de la gracia. Desde este momento, Jacinta se abraza más que nunca a su Divino Amado y para El continúa viviendo y latiendo su corazón.

   Lucía, hablando de esta íntima unión con Jesús, nos dice: “Se sentía junto a Jacinta lo que de ordinario se experimenta junto a una persona santa, que en todo momento está en íntima unión con Dios. Jacinta, (desde la primera aparición) conservaba siempre un continente serio, modesto, amable, que parecía traducir su sentimiento de la presencia de Dios en todos sus actos, señales propias en personas de edad y consumadas en virtud. Si en su presencia algún niño o persona de edad decía o hacía algo inconveniente, los reprendía diciéndoles: “No hagas eso, porque ofendes a Dios Nuestro Señor”. Si alguna persona se mofaba de ella llamándola beata, hipócrita o santa de pacotilla, lo que acontecía con mucha frecuencia, la miraba dulcemente y recibía esas injurias sin decir palabras”.

   Mientras Francisco seguía en su lecho de dolor, el mismo terrible mal, la fiebre española, postró también en cama a su hermanita Jacinta, más pudo restablecerse prontamente de su enfermedad y volver nuevamente junto al lecho de Francisco. Un día, mientras aún estaba enferma, llamó apresuradamente a su prima Lucía; cuando acudió, le dijo:

   “¿Por qué no viniste más pronto?... así hubieras podido ver a Nuestra Señora. Estuvo aquí y me dijo que pronto se llevaría al cielo a Francisco. Me preguntó si deseaba convertir más pecadores, y al contestarla que sí, me manifestó que iría a un hospital en donde me aguardaban muchos sufrimientos, y me pidió que todos los sufriera por amor de Dios y en reparación de los ultrajes contra el Inmaculado Corazón de María”.

   Poco tiempo después de la muerte de Francisco, Jacinta sentía agotarse su salud, hasta que un día, con santa resignación a la divina voluntad, volvió al lecho del dolor. Cuando recibía la visita de Lucía, siempre le encomendaba que le dijese a Jesús escondido (así llamaba a Jesús en el Santísimo-Sacramento), que le amaba mucho.

   Recibía mucho consuelo con la visita de su bondadosa prima y solía decirle:

   —Quédate un poco más conmigo; ¡me consuela tanto tu presencia!..

   ¡Cuánta caridad y unión ligaba a esas inocentes almas!. . .

   Algunas veces, Lucía le presentaba hermosas y perfumadas flores recogidas del campo. Al verlas, Jacinta exclamaba:

   —Yo nunca volveré al Cabezo, ni a Valinhos, ni a Cova de Iría.

   —Consuélate, porque pronto irás al cielo a gozar de Dios — le respondía Lucía.

   Por la extrema debilidad que había alcanzado  su inocente cuerpo, no le fué posible llevar más tiempo ceñido el rudo cilicio con que había mortificado su carne; lo depositó en manos de Lucía, diciéndole:

   —Toma esta cuerda, y si me sano, me la devolverás.

   La cuerda tenía tres nudos y estaban teñidos en sangre. Hoy esta cuerda se conserva junto con la de Francisco, como preciosa reliquia en el grandioso santuario de Nuestra Señora de Fátima. Lucía quemó la suya al retirarse al convento.

   Al ver la señora Olimpia que su pequeña Jacinta se agotaba por la acción lenta pero continúa de la enfermedad, amargo tormento laceraba su corazón de madre y lágrimas ardientes surcaban sus mejillas. En tal trance, Jacinta la consolaba:

   —No llores madre, porque me voy al cielo, en donde rezaré mucho por ti.

   A los amorosos cuidados de su madre, ella manifestaba siempre que nada necesitaba. Únicamente Lucía conocía la razón de esta conducta.

   —Tengo sed— le decía a ésta—, pero no quiero beber; quiero ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores.

   Un día no quiso gustar una taza de leche que le ofrecía su madre, y grande fué el dolor de ésta al ver que su hija rechazaba el alimento. Lucía estaba presente, y cuando quedaron solas le dijo:

   — ¿Por qué desobedeces a tu mamá y no ofreces este sacrificio a Nuestro Señor?

   Humildemente prometió obedecer siempre, y, pidiendo el alimento, satisfizo la voluntad de su madre.

   — ¡Ah, si supieras con cuánta repugnancia tomé la leche! — confesaba a su prima.

   Conforme había prometido obedecer, recibía todos los alimentos que le suministraban, aunque ellos le causaban profunda repugnancia. Otro día le ofreció su madre una taza de leche y un racimo de uvas: ella, muy alegre, bebió lo primero y rechazó las uvas, aunque éstas eran de su agrado.

  Cuando Lucía la animaba con la esperanza de recobrar la salud, ella contestaba:

   —Ya sabes que no mejoraré. Siento dentro del pecho mucho dolor, pero todo lo sufro por la conversión de los pecadores.

   Horas enteras transcurrían sin, que entablara conversación, excepto con Lucía. La señora Olimpia preguntó a ésta, porqué Jacinta pasaba tanto tiempo en profundo silencio.

   —Ya le pregunté —contestaba Lucía—, pero sonriéndose no quiso decirme nada.

   No obstante, para complacer a la afligida señora, la interrogó nuevamente, respondiendo Jacinta:

   —Pienso en Nuestro Señor Jesucristo y en el Inmaculado Corazón de María, como también en el secreto que nos había comunicado. . .



   Bien podemos ver cuán íntimamente unida estuvo Jacinta con su amado Jesús; este amor animaba en su alma la sed insaciable de penitencias y sacrificios; su anhelo era sufrir y sufrir mucho por los pecadores, consolar al Inmaculado Corazón de María en su pena por los ultrajes de los hombres.

UN DON DEL CIELO por el Padre Stefano Manelli, S.T.D.


 En Lourdes y en Fátima Nuestra Señora se apareció particularmente para recomendarnos la recitación del Rosario. En Lourdes Ella misma sostenía un hermoso Rosario mientras Bernardette recitaba las Avemarías.


En Fátima, en todas las apariciones, Ella recomendó la recitación del Rosario, especialmente durante la última aparición, cuando se presentó como la “Señora del Rosario”.


 Es verdaderamente de gran importancia que Nuestra Señora nos diera el Rosario. Cuando Ella habló en Fátima de la salvación de los pecadores, de la ruina de las almas en el infierno, de las guerras y del futuro de nuestra época, Nuestra Señora indicó y recomendó el Rosario como la oración que salva.


La Hermana Lucía de Fátima nos dice en suma que “la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, sea temporal o sobre todo espiritual, que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros … o a la vida de los pueblos y naciones … que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario.”


Salva y santifica


 Una mañana, mientras paseaba por las calles de Turín, San José Cafasso encontró a una mujer anciana, pobre y encorvada, que recitaba el Rosario en voz baja mientras caminaba.


 “¿Por qué tanta prisa, buena señora?” le preguntó el santo.

 “Oh, Reverendo, ¡camino para limpiar las calles!”

 “¿Para limpiar las calles…? ¿Qué quiere usted decir?”

 “Vea, anoche fue carnaval y la gente cometió muchos pecados. Ahora, estoy diciendo las Avemarías para purificar estos lugares del pecado.”

 El Rosario limpia el alma de pecado y la adorna con la gracia. El Rosario salva almas. San Maximiliano Kolbe escribió en su agenda, “Muchos Rosarios, muchas almas salvadas”. ¿Qué pensamos de eso? Salvaremos muchas almas rezando el Rosario. ¡Qué caridad de valor inestimable sería esta!

 ¿Qué podemos decir de la conversión de los pecadores por el Rosario? Tendríamos que hablar de Santo Domingo, de San Luis de Montfort, del Santo Cura de Ars, de San José Cafasso, del Santo Padre Pío, etc.

El Rosario hace bien a todos – pecadores, hombres de buena voluntad, y santos.

 Cuando a San Felipe Neri se le preguntaba que oración elegir, respondía inmediatamente, sin vacilación, “Rece el Rosario, y récelo a menudo”.

 Aun cuando al Padre Pío se le preguntaba que oración prefería sobre todas, él contestaba casi abruptamente, “el Rosario.”

 Los santos, sobre todo, han mostrado la gracia eficaz del Rosario. Muchos santos fueron verdaderos apóstoles del Rosario – San Pedro Canisio, San Carlos Borromeo, San Camilo de Lellis, San Antonio María Gianelli, San Juan Bosco, etc.

Tal vez entre los más grandes y más notables ejemplos estaba el Santo Padre Pío. Él es el más prestigioso de toda la humanidad. Durante muchos años él rezaba diariamente más de cien Rosarios. Un modelo gigantesco que garantizaba la fecundidad del Rosario para su santificación y la salvación de las almas.

 “Cuantos miles de almas fueron misteriosamente atraídas a ese sacerdote, quien durante horas y horas, día y noche, con las manos inflamadas y sangrantes, rezaba el Rosario mientras permanecía al pie de la estatua de Nuestra Señora. Ha mostrado verdaderamente que el Rosario es la cadena de salvación que adorna las manos de Nuestro Salvador y Su Santísima Madre y que señala la fuente de todas las gracias que descienden a nosotros, y a donde debe dirigirse nuestra propia esperanza”. (Papa Pablo VI)


 “Enviaré una lluvia de pétalos de Rosas desde el Cielo”

   Santa Teresita


Usted también puede enviar Rosas desde el Cielo.


Usted puede ayudar a difundir el Mensaje urgente de esperanza y de paz de Nuestra Señora de Fátima en el mundo entero, aun después que Dios lo llame para su eterna recompensa. Millones de almas se perderán si los pedidos de Nuestra Santísima Madre no son atendidos y la Consagración de Rusia no se hace como ella lo pidió. Por el bien de esas almas, tanto por el de la suya propia como el de las almas de sus hijos, le rogamos que recuerde el Apostolado de Nuestra Señora en su legado.


La humildad


 “¡Canalla!” gritó el diablo al Santo Cura de Ars mientras lo golpeaba duramente contra la pared de la habitación. “Tú ya me has robado ochenta mil almas en lo que va de este año, y si hubiera cuatro curas como tú, ya seguramente hubiera terminado mi reinado sobre la tierra…” El Santo reconoció que para él, ser sacerdote era un don especial de Nuestra Señora, porque sabía cómo rezar bien el Rosario, manteniéndose siempre en su humildad, consciente de ser indigno en todos los aspectos. Sobre todo, pensaba en la oración y en hacer penitencia con todas sus fuerzas. El resto Dios lo hizo por él. Esas fueron las cosas que humillaron completamente al infierno, y lo hicieron incapaz de enfrentar a este humilde sacerdote.

 Es la verdad de la palabra de Dios, “Así es que cualquiera que se ensalza, será humillado; y quien se humilla, será ensalzado”. (Lc.14:11) Y también, “…porque Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes les da su gracia”. (I Pedro 5:5)

 Si ahora pensamos en la grandeza sin igual de Nuestra Señora, comprenderemos inmediatamente la humildad que tiene que haber en Ella “Exaltada sobre todos los coros de Ángeles”.

 La humildad de Nuestra Señora está resaltada en las primeras páginas de los Evangelios, “He aquí la esclava del Señor”. (Lc. 1:38) Eso es manifiesto en la Visitación a Santa Isabel, quien justamente exclamó, “¿De dónde a mí tanto bien que venga la madre de mi Señor a visitarme? (Lc. 1:43) Eso quedó patentizado en el nacimiento de Jesús, que ocurrió en un pobre establo “porque no hubo lugar para ellos en el mesón”. (Lc. 2:7) También es evidente por el profundo silencio y vida retirada durante treinta años en Nazaret. Es manifiesto por el oprobio y la ignominia en el Calvario, donde Nuestra Señora estaba presente como Madre del Condenado.

 La humildad de Nuestra Señora es más o menos proporcional a Su Soberanía Suprema. Ella fue altamente exaltada porque fue humilde en grado sumo.

 Debemos aprender humildad de esa escuela.



El Rosario todos los días


 Todas las oraciones, conocimiento y amor de Santa Bernardette parecieron consistir en el Rosario. Su hermana Antonietta dijo, “Bernardette no hacía nada sino rezar y no sabía que otra cosa rezar sino el Rosario”.

 El Rosario es una oración evangélica, cristológica y contemplativa en compañía de Nuestra Señora (Marialis Cultus, 44-47) La alabanza y súplica que constituye el Avemaría impulsa a la mente hacia la contemplación de cada misterio del Rosario.

 El Rosario puede rezarse igualmente bien en la calle como al pie del altar. Si las mentes están recoletamente vueltas a María, agrada a Nuestra Señora si se lo reza en la iglesia o en el tren, mientras se camina o se vuela en un avión.

 ¿Es posible que no podamos encontrar siquiera un cuarto de hora diario para ofrecer un Rosario a Nuestra Señora? El Rosario puede decirse en cualquier lugar y tiempo, acompañado con quienquiera que sea, sin libros o ceremonias, en voz alta o en silencio.
 Pensemos en los Rosarios rezados en las crujías de los hospitales por San Camilo de Lellis y Santa Bertilla Boscardin; en el camino hacia Roma por San Vicente Palotti; en un tren o a bordo de un barco por Santa Francisca Cabrini; en el desierto del Sahara por el Hermano Carlos de Foucauld; en palacios reales por la Venerable María Cristina de Saboya; en campos de concentración y en la celda de la muerte por San Maximiliano Kolbe; sobre todo en familia por la Beata Anna María Tiagi, por los padres de Santa Teresa y por la madre de Santa María Goretti. No derrochemos tiempo en cosas triviales o nocivas cuando tenemos un precioso tesoro como el Rosario. Recémoslo y prometamos a Nuestra Señora terminar el mes de María con él.


“¡Todos los días un Rosario para Ti, Oh María!”


En el Inmaculado Corazón


 En Fátima, el Rosario fue el regalo del Inmaculado Corazón de María. Queremos concluir el Mes de María poniendo nuestro Rosario en el Inmaculado Corazón de María con el compromiso de rezarlo diariamente.

 El Rosario y el Inmaculado Corazón de María marcan el triunfo final del Reino de Dios para esta época.

 La verdadera devoción al Rosario y al Inmaculado Corazón de María garantiza la salvación. Nuestra Señora dice además que las almas devotas al Rosario y a Su Inmaculado Corazón serán elegidas de Dios “como flores puestas por Mí para adornar Su trono”.

 Nuestra Señora quiere encender y conservar ardiente en nosotros el amor por el Rosario y por Su Inmaculado Corazón.


Actúe


Rece el Rosario en acción de gracias.

Ofrezca una Misa y Comunión en acción de gracias.

Conságrese al Inmaculado Corazón de María.


El ROSARIO DE NUESTRA SEÑORA, ESPERANZA DEL MUNDO. por el Padre Nicholas Gruner, S.T.L., S.T.D. (Cand.)


“Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque solo Ella lo puede conseguir.”

…Nuestra Señora de Fátima, 13 de julio de 1917.

 Hoy el mundo y la Iglesia están en la más grave crisis de la historia de la humanidad.

 El pecado está desenfrenado. El bien está afuera, el mal está adentro, aun peor que en los días de Noé y el castigo del Diluvio.

 Dios casi siempre envía profetas y advertencias antes de castigar, pero demasiados dejan de lado sus advertencias como no aplicables a ellos mismos.

 Entonces Dios permite que ocurra algún desastre o castigo significativo y muchos aun así dejan de lado este llamado de atención como si no fuera su culpa, como no verdaderamente merecido. Alguno puede tentarse de blasfemar contra Dios diciendo que Él no tiene compasión.

 Ellos no han comprendido ni pensado suficientemente para darse cuenta que Dios permite este breve sufrimiento para salvarnos del eterno sufrimiento en el infierno.

 La humanidad, hoy, no ha aprendido su lección y repite la historia. Dios prometió que nunca habría otro Diluvio Universal, pero profetizó por intermedio de Su Santísima Madre en Fátima, un castigo aún más grande que va a acontecer a la humanidad.


Fue en 1917 que Nuestra Señora se apareció en Fátima a tres niños con el siguiente Mensaje:


“Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz…
 “Cuando veáis una noche alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la grande señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre.
 “Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón, y la comunión reparadora en los Primeros Cinco Sábados.
 “Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas…
 “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz…
 “Cuando recéis el Rosario, diréis, después de cada misterio: ‘¡Oh, Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva a todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas!”.


 Así, Dios no sólo nos advirtió, Él nos dio una solución, una salida. No deberíamos sufrir a lo largo de estos tiempos de prueba, pero sufrimos, sí, porque Su Mensaje, enviado por medio de Su Santísima Madre, ha sido ignorado. El simple pedido que el Santo Padre, junto con los obispos católicos del mundo, en el mismo día, consagren específicamente Rusia al Inmaculado Corazón de María TODAVÍA no ha sido cumplido. El sencillo pedido de la Comunión de Reparación en los Cinco Primeros sábados no ha sido ampliamente tenido en cuenta.



El mundo va en la dirección equivocada



 El Papa Juan Pablo II dijo en 1982, cuando fue a Fátima, que el mundo estaba yendo en la dirección opuesta de la indicada por Nuestra Señora, que el pecado se ha institucionalizado.

 En 1917, cuando Nuestra Señora nos dijo por primera vez que estábamos en crisis – el aborto aún no estaba siquiera legalizado en ninguna parte del mundo, ni siquiera en Rusia. Se legalizó en Rusia apenas en los años 20. Y ya ese error de Rusia se ha difundido a lo largo del mundo para que ahora tengamos 50 millones de bebés asesinados cada año.

 Como explica Santo Tomás de Aquino, el primer fruto del error es la injusticia. Con el error que Dios y los derechos de Dios están excluidos de nuestras leyes y de las otras instituciones sociales – tales como nuestros hospitales, luego los falsos “derechos del hombre y de la mujer” proclaman, “mi cuerpo es mío y yo no debo ningún servicio a Dios”. Hoy las madres proclaman su “derecho” a asesinar legalmente a su propio hijo en sus entrañas. Un derecho verdadero viene de Dios, y Dios no nos da el derecho de matar a nuestro prójimo.

 Claramente, la humanidad se ha deteriorado progresivamente en la moral y en la espiritualidad a un ritmo alarmante, aun después que Nuestra Señora nos advirtió de nuestra crisis en 1917. El mundo ha ido en la dirección opuesta de la que Nuestra Señora vino a mostrarnos.

Aun así, Nuestra Señora nunca deja de darnos esperanza. Jesús mismo dijo, “Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María”



El Rosario, causa de nuestra gran esperanza



 El Cielo sabía a dónde el mundo y la humanidad estaban apuntando. El Cielo sabía que su urgente mensaje sería ignorado, distorsionado, silenciado. Así el Cielo nos envió, a aquellos que lo atendimos, un escudo de armas, un arma para defendernos a nosotros mismos y a nuestras familias, y ayudarnos así a transcurrir días tan azarosos.


 Esa arma enviada por el Cielo, es el Rosario.


  El Rosario puede remediar los problemas de nuestros países, nuestros problemas personales, los de nuestros hijos, nuestros temores, nuestros nervios agotados, todos nuestros problemas. La Hermana Lucía nos dice:


 “No hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario…”


Todos nosotros tenemos abundancia de problemas hoy; aun la Iglesia está siendo atacada y destrozada desde adentro y desde afuera. Pero son las oraciones de nuestro Rosario las que nos ayudarán a permanecer en la Iglesia por nuestra fidelidad, beneficiándonos así de la promesa de Nuestro Señor: “…tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Mat. 16:18.



La reparación por el pecado es necesaria para restaurar la paz



 Fue al místico flamenco Pere Lamy – llamado por su obispo “el otro Cura de Ars”– a quien le dijo Dios que la Iª Guerra Mundial “tuvo tres causas: la blasfemia, el trabajo en domingo, y la profanación del Matrimonio”. En Fátima, la Santísima Virgen confirma esa enseñanza cuando nos dice; “la guerra es un castigo por el pecado” y anuncia en el gran Secreto: “Pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”. Así, estalló la IIª Guerra Mundial.


 El Mensaje de Fátima está concebido para eliminar la causa de la guerra, cual es el pecado. Justo antes del gran milagro del 13 de octubre, Nuestra Señora había dicho:


 “Es preciso que se enmienden; y que pidan perdón por sus pecados,” y luego, tomando un aspecto más triste: “No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido”.


Muchos años más tarde, reflexionando sobre estas palabras, la Hermana Lucía escribió:


 “De todas las palabras pronunciadas en esta aparición, las que más profundamente se grabaron en mi corazón son las del pedido hecho por Nuestra Madre Celestial: ‘No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido’.
 “¡Que queja llena de amor, que tierno pedido! ¡Quien me diera hacerme eco de él a través del mundo, para que todos los hijos de Nuestra Madre en el Cielo pudieran escuchar el sonido de Su voz!”


 Más tarde, en las apariciones de Fátima, Jesús mismo vino a decirnos que el Inmaculado Corazón de María ha sido muy ofendido.


 El 10 de diciembre de 1925, la Hermana Lucía recibió una visita de la Virgen y el Niño Jesús. La Santísima Virgen puso Su Mano en el hombro de Lucía y le mostró un Corazón cercado de espinas que Ella sostenía en la otra mano. En ese mismo momento, el Niño le dijo:


 “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.”


Luego la Santísima Virgen le dijo:


 “Mira, hija mía, mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los 15 Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas”.



Debemos rezar el Rosario todos los días


 Nuestra Señora nos alienta continuamente a rezar el Rosario e insiste que se debe rezar el Rosario todos los días. Ella prometió que si se reza el Rosario todos los días, no caerá en herejía. Y si ha tenido la desgracia de caer en herejía, rezando el Rosario todos los días, Ella lo arrancará de la herejía.


 En su Encíclica Jucunda semper, sobre el Rosario, León XIII enseña:


 “El hecho que busquemos, mediante nuestras oraciones, el auxilio de María, se basa, ciertamente, en el oficio que Ella constantemente desempeña cerca de Dios, de obtenernos la gracia divina… Este oficio, empero, no está, quizás, tan manifiestamente expresado en ningún modo de oración como en el Rosario.”


 En Fátima, la Santísima Virgen confirma enfáticamente esta verdad en cada una de Sus apariciones:



13 de mayo: “Rezad el Rosario todos los días, para alcanzar la paz para el mundo, y el fin de la guerra.”


13 de junio: “Que recéis el Rosario todos los días”.


13 de julio: “Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque solo Ella lo puede conseguir.”


19 de agosto: “Quiero que sigáis yendo a la Cova da Iria el día 13; que continuéis rezando el Rosario todos los días.”



13 de setiembre: “Continuad rezando el Rosario, para alcanzar el fin de la guerra.”


13 de octubre: “…soy la Señora del Rosario. …que continuáis rezando el Rosario todos los días.”


 Nuestra Señora hizo el rezo del Rosario una condición para la entrada de Francisco al cielo:


 “Y yo, ¿también voy al Cielo?

 Sí, vas…

 Y ¿Francisco?

 “También, pero tiene que rezar muchos rosarios.”


 Después de esta aparición, Francisco comenzó a rezar el Rosario 6 a 8 veces por día.


 El Rosario es a menudo condición para obtener hasta favores temporales, como relata la Hermana Lucía:


 “…hice algunas peticiones que no recuerdo bien cuales fueron. Lo que sí recuerdo es que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el Rosario para alcanzar esas peticiones durante el año.”


Todos nosotros tenemos que rezar y enseñar a otros a hacerlo.


 El Inmaculado Corazón de María guarda en reserva un torrente de gracias y favores que puede derramar a raudales en nuestras almas, en nuestras familias, en la Cristiandad, y en todo el mundo – pero solo en respuesta a las súplicas humildes y constantes de nuestros innumerables Rosarios.


 La Hermana Lucía nos dice que es a causa de estos tiempos, que Dios ha dado mayor poder al Rosario que en cualquier otro momento de la historia. Por eso rece el Rosario. Es su arma, es su escudo, es su garantía, es su inmunización espiritual contra las fuerzas del mal.



 Las oraciones de su Rosario pueden mover montañas, salvar países, salvar almas. ¡Qué privilegio! ¡Y tan poca tarea! Es tan fácil, que su milagroso poder es deslucido con escepticismo. Su poder milagroso estupendo es muy a menudo sepultado por temores y dudas.

 Cuántos milagros más veríamos si humilde y confiadamente nos volviéramos a Nuestra Señora del Rosario. Cuántos rezan el Rosario y piden la ayuda de Nuestra Señora con sus angustias, pero luego continúan atormentándose y volviendo sobre sus problemas como si no creyeran verdaderamente que sus oraciones pudieran ser correspondidas.

 El Rosario puede traer la paz a nuestros corazones agitados. Y esa paz puede propagarse a otros, y finalmente, esa paz puede ayudar a cambiar el mundo. La paz, tranquilidad y santidad que viene del Rosario es lo que necesitamos ahora.

 Este pequeño opúsculo sobre el Rosario, si se pone en manos de gente suficiente, puede ayudar a salvar al mundo. Yo ruego que cada uno que lo lea lo transmita o pida un ejemplar extra para 10, 20, o hasta 100 amigos y familiares. Sólo piense en todas las gracias que podrían fluir de esta sola tentativa.

 En Austria, solo el 10% (¡el diez por ciento!) de la población rezó el Rosario y salvó su país de la opresión del Comunismo.

Sí, podemos hacer esto. Tenemos que hacerlo.

 Estoy determinado a imprimir un millón de estos libritos del Rosario, solo para empezar. Y con su ayuda, podemos transformar este esfuerzo en decenas de millones.


 También lancé una campaña de 25 millones de Rosarios por la Paz. Eso es más o menos un 5% de la población mundial. Es un buen principio. Si Austria pudo hacerlo, juntos nosotros podemos hacerlo. ¡Ustedes pueden hacer esto en sus hogares, en su trabajo, en la escuela, en todas partes!


 ¿Cómo podemos no aceptar el llamado de la Santísima Virgen a rezarle a Ella, especialmente con Su Santísimo Rosario? ¿Cómo no poder dar apenas unos pocos minutos de nuestro tiempo para salvar el mundo?


Sé que cuando usted haya leído esto. Usted estará tan rebosante de amor por la Santísima Virgen María que querrá situarse en Su corazón como San Maximiliano Kolbe lo hizo y servirla, y junto con Ella servir a Jesús en Su Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Y ese amor, ese servicio a los Corazones de Jesús y de María ganará gracias para que el Santo Padre y los obispos finalmente atiendan Su urgente Mensaje de Fátima traigan al mundo la paz verdadera, duradera. Y aún más importante, cuanto más pronto alcancemos ese triunfo del Inmaculado Corazón de María, muchas más almas se salvarán.




 En los Corazones de Jesús y de María, me alegro con el pensamiento de servirlos junto con usted.


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