jueves, 28 de agosto de 2025

¿SABES DE DONDE VIENE LA ADVOCACIÓN DE LA DIVINA PASTORA?

 


La Advocación Mariana de la Divina Pastora de las Almas tuvo sus orígenes a principios del siglo XVIII, en España. Según se cuenta, el capuchino Isidoro de Sevilla (1662-1750) tuvo una visión en que la Virgen, vestida como Pastora, le pedia que se la representara de esa forma.

 

El religioso encomendó la pintura al reconocido artista español Alonso Miguel de Tovar (1678-1758). La imagen se mostró ante los fieles en la fiesta de la Natividad de la Virgen de 1705, y género en ellos una fuerte devoción.

 

La imagen de la Divina Pastora retoma la tradición iconográfica del Buen Pastor, en la que se muestra a Cristo cuidando sus ovejas, animales que simbolizan a los fieles y que buscan ser guiados por el camino correcto.

 

1—En la iconografía de la Divina Pastora, se ha intercambiado la figura de Cristo por la de la Virgen, quien aparece sentada, vistiendo túnica rosa y manto azul. Un báculo a su costado izquierdo y un sombreo sobre la espalda completan el atuendo. Un rebaño de ovejas la rodean.

 

2—Las ovejas ofrecen rosas rojas a la Pastora, que sostiene dos de ellas en su mano izquierda. Estas flores se asocian comúnmente a la figura de la Virgen, aluden a su dolor como Madre de Cristo y, a su vez, hacen referencia a la Pasión.

 

3—Hacia el fondo de la composición, vemos una oveja lejos del rebaño; de ella sale una filacteria con el texto “Ave María”. Un lobo, símbolo de herejía y de lo maligno para la religión católica, la persigue.

 

4—Al ver en peligro a la oveja, el Arcángel San Miguel, reconocible por su escudo y armadura, vuela sobre los animales y lanza un rayo rojo al lobo, para detener su ataque.

 

5—Sobre la Virgen vuelan dos pequeños Ángeles que están por ceñirle una corona decorada con numerosas joyas. Este detalle refuerza el carácter santo de la Pastora.

 

La Advocación de la Divina Pastora se expandió por todo el continente americano y tuvo especial acogida en Venezuela, donde es la patrona nacional. Por eso allí, cada 14 de enero se lleva a cabo una multitudinaria procesión en su honor.

 

Por el contrario, en lo que hoy es Colombia, esta advocación tuvo escasa acogida, por lo que son pocas las imágenes que hoy sobreviven en este territorio; de ellas la mayoría son pinturas.

 

jueves, 14 de agosto de 2025

LA VIGILIA DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN.

 


   Sabiendo la Iglesia que la abundancia de gracias que la bondad de Dios quiere repartir a los fieles con tanta liberalidad en las mayores festividades, depende por lo regular del modo con que ellos se disponen; destina a la oración, al ayuno, a las vigilias y a la penitencia el dia inmediato que las precede, para que, purificada y preparada el alma con estos santos ejercicios, se halle en estado de tener más parte en estos divinos favores. Regocijémonos, mostremos nuestra alegría, y demos la gloria al Señor Dios nuestro, dice el ángel del Apocalipsis, porque se llegó el dia de las bodas del Cordero, y ya está ataviada la esposa: Diósele licencia para que se vistiese de un lino blanquísimo y delicado; porque este lino representa las buenas obras de los santos. Este es con propiedad el motivo y el fin para que fueron instituidas las vigilias en las festividades más solemnes.

Nota san Agustín que la costumbre de comenzarse la solemnidad del domingo y de las fiestas, desde las primeras vísperas, esto es, desde la tarde precedente, pasó de la sinagoga a la Iglesia, fundándose en las mismas órdenes que intimó Dios a Moisés en favor del pueblo escogido. Observemos, hermanos míos, dice el santo doctor, el dia de domingo y las demás fiestas, y santifiquemos estos santos días desde la víspera, como el Señor lo había ordenado ya en la ley antigua.
Celebraréis vuestras fiestas de un dia a otro, como se lee en el Targun de Jerusalén, esto es, en la glosa, o paráfrasis caldaica de la Escritura. Así se contaban entre los judíos de una tarde a otra, no solo las fiestas, sino también los ayunos; y la Iglesia retiene aun esta costumbre en el oficio divino y la solemnidad de las fiestas grandes, comenzándola desde las primeras vísperas; es decir, desde la tarde precedente.

Por eso se daba principio a la pascua de los hebreos, que era la mayor de sus solemnidades, por el sacrificio del cordero, que se hacía, según la Escritura, el dia precedente hacia la tarde o entre las dos tardes, como se explica el texto hebreo: Inter duas vesperas. Por estas dos tardes se entiende todo el tiempo que corre desde un poco después de mediodía hasta ponerse el sol; de suerte que cuando el sol comienza a bajar hacia el ocaso, es la primera tarde; y cuando se pone, es la segunda. Refiriendo san Mateo el milagro de los cinco panes que bastaron para dar de comer y para hartar a cinco mil hombres, dice que, llegada ya la tarde, advirtieron los discípulos a su divino Maestro que podía despedir al pueblo que le seguía; pero que el Salvador mandó que todos se sentasen, y que se les distribuyesen los cinco panes, con que todos quedaron satisfechos, después de lo cual los despidió. Inmediatamente se retiró el Salvador a un monte para orar; y añade el evangelista que, Habiendo llegado ya la tarde, vespere autem facto, se encontró solo. En este texto están bien señaladas las dos tardes, y entre ellas comenzaba la solemnidad de la fiesta. De la misma manera los días que David consagraba al servicio de Dios, los comenzaba desde la tarde del dia precedente: Vespere et mane, et meridie, narrabo et annuntiabo. Por la tarde, por la mañana y a mediodía cantaré las alabanzas al Señor.  

Siendo el mismo Espíritu Santo el que anima la santa Iglesia, siguió el mismo orden en sus solemnidades. Desde el tiempo de los apóstoles, esto es, desde, aquellos primeros siglos y días de fervor, comenzaron los fieles a celebrar las fiestas desde el día precedente, pasando toda la noche en oración y en otros devotos ejercicios. Por razón de estas sagradas vigilias, cuyo mérito y cuya santidad ignoraban los gentiles, llamaban a los cristianos gente enemiga de la luz y amiga de las tinieblas (Cels.); Gens lucífuga, natío tenebrosa: hombres que gustan de hacer sus oraciones y de celebrar sus misterios en la oscuridad de la noche : Soliti statutc die ante lucem convenire, carmen Christo quasi Deo dicere secum invicem, escribía Plinio el Menor en su célebre carta al emperador Trajano sobre las costumbres de los cristianos. Acostumbran, dice, en ciertos días señalados a levantarse antes de nacer el sol, y cantar a coros ciertos himnos en honor de Cristo a quien tienen por su Dios. De donde se infiere que el pasar las noches en oración y en devociones los primitivos cristianos, no era por la persecución, ni por el miedo de los tormentos, sino por práctica constante de aquellos primeros fieles; y que las sagradas vigilias de aquellos tiempos eran la principal parte de las fiestas más solemnes, como las primeras vísperas son el dia de hoy la parte principal del oficio divino en las mayores solemnidades. Por eso, Tertuliano, Minucio Félix, san Cipriano, san Ambrosio y san Agustín exhortan mucho a los fieles a la observancia de estas vigilias (Canon 1). El segundo concilio de Macón, celebrado el año de 585, cuenta la noche del sábado al domingo como si fuera parte de este, suponiendo se debe pasar toda en oración y en vigilia. Noctem quoque ipsam spiritualibus exigamus excubiis, porque solo serán cristianos de nombre, añade el concilio, los que no velaren y oraren en las noches que preceden a las fiestas: Nomine tenus christiani esse noscuntur; sed oremus et vigilemus. Teodulfo, obispo de Orleans, que floreció en el noveno siglo, ordena que todos los cristianos concurran a la iglesia el sábado para celebrar el domingo y la vigilia de las festividades mayores; Conveniendum est sabbato die cuilibet christiano. De esa manera siempre comenzaba la fiesta desde el dia precedente. Los obreros y todos los oficiales dejaban su trabajo, y asistían a las primeras vísperas; concluidas estas, se retiraban a sus casas, y pocas horas después se volvían a juntar en la iglesia para hallarse presentes a las Vigilias y a los maitines. Acabados los maitines, se iban a tomar algún descanso, y después asistían a la misa solemne, y comulgaban en ella. Por la noche, durante la vigilia, se celebraba otra misa, y era la que se llamaba missa vespertina, de la que se hace tan frecuente mención en los sagrados cánones. A los fieles que no podían pasar la noche en la iglesia, los exhortan mucho los santos padres que a lo menos la pasen en oración dentro de sus casas, para santificar las vigilias de las mayores solemnidades.




   Duraron por mucho tiempo estas vigilias tan santamente instituidas; pero después se introdujeron en ellas tantos abusos, que fué preciso prohibirlas a las personas legas. Primero se prohibieron a las mujeres por el concilio de Elvira en España; pero el de Auxerre en Francia las prohibió a todo el pueblo generalmente. San Bonifacio, obispo de Maguncia, se queja de aquellos que, después del oficio de la noche, se iban a comer y a beber, profanando con su intemperancia la santidad de las vigilias. No es lícito beber después de la media noche, ni en la vigilia de Navidad, ni en las otras de las fiestas más solemnes.



   De todas ellas solo conservó la Iglesia la referida vigilia de Navidad. No obstante, se continuó por largo tiempo la de Pascua, hasta que, en fin, se suprimió enteramente, contentándose con celebrar el oficio la mañana del sábado santo, como lo muestran aquellas palabras del prefacio que se canta en la misa: In hac potissimum nocte; y el Exullet jam angélica turba coelorum, que antiguamente solo se cantaba a media noche. Pero, aunque la Iglesia prohibió dichas vigilias nocturnas, no por eso fué su intento privar a los fieles del mérito que pueden tener, celebrando las de las mayores solemnidades. Fuera del ayuno que intima en los días que las preceden, desea que en estos mismos días se multipliquen las buenas obras, las penitencias y las oraciones. Aunque siempre indulgente con sus hijos, cuando les dispensa el velar, no les dispensa los saludables rigores de la mortificación. Quiere que se supla el silencio de la noche con el recogimiento interior que se debe observar entre dia, y que se disponga el alma para santificar el dia siguiente con devotos ejercicios, con aumento de fervor, con la meditación y la oración. Ya en los primitivos tiempos de la Iglesia se comenzaba a celebrar el domingo desde las vísperas del sábado, y todas las demás fiestas solemnes desde sus primeras vísperas. Observad cuidadosamente el ayuno, dice san Ambrosio, porque es eficaz medio para celebrar la fiesta con provecho. Esta es la misa que se llamaba vespertina, porque no se separaba de las vísperas, y aun se retiene hoy alguna memoria de esta antigua rúbrica el sábado santo, en que las vísperas están como incorporadas con la misa.



   Los verdaderos fieles, dice san Bernardo, que quieren celebrar en espíritu y en verdad las fiestas de los santos, deben celebrar también sus vigilias. Porque las vigilias se hicieron para que nos despabilemos, si acaso estamos dormitando, amodorrados con algún pecado, o con alguna culpable negligencia. Pasemos las vigilias, prosigue el mismo santo, en ejercicios de devoción y de penitencia, si en el dia de la fiesta queremos estar dispuestos para recibir las gracias que por los méritos y por la intercesión de los santos derrama Dios en un corazón puro y preparado. Es cierto que, entre todas las solemnidades de la Iglesia, después de los principales misterios de Jesucristo, la que más nos interesa, y la más célebre es la fiesta de la Asunción de la santísima Virgen; esto es, aquella fiesta que celebra la santa Iglesia en honor de haber sido milagrosamente elevada en cuerpo y alma a los cielos: fiesta no menos solemne en la iglesia de Oriente que en la de Occidente, cuyo rito es el mismo que el de Navidad y el de Pascua.



   En el misal gótico todas las fiestas de la Virgen se comprenden en la de su Asunción: Assumptio sanctæ Mariæ matris Domini nostri. En el leccionario galicano se llama por excelencia la fiesta de santa María: Festivitas sanctæ Mariæ. En el orden romano se asigna en este dia una procesión solemne, que se dice instituida por el papa Sergio en el séptimo siglo. Se celebraba de noche; las calles estaban adornadas y las ventanas de las casas iluminadas con faroles; se llevaba una imagen de la santísima Virgen, cantándose himnos en honor suyo, y repitiéndose cien veces el Kyrie, eleison, y otras tantas el Christe, eleison. En el sacramentarlo de san Gregorio el Magno, que ocupaba la silla apostólica en el sexto siglo, se lee la vigilia de esta gran fiesta: Vigilia Assumptionis beatæ Mariæ, con misa propia. El papa Nicolao I, que floreció en el siglo nueve, escribiendo a los Búlgaros, habla de la vigilia de la Asunción como de costumbre antigua, haciendo también mención de una cuaresma que precedía á esta festividad; la que muchos santos y santas observaron después muy religiosamente, y muchas comunidades religiosas observan aún en el dia de hoy para disponerse mejor a celebrarla, como la cuaresma de la Iglesia es disposición para la solemnidad de la resurrección del Señor. El gran padre san Francisco y su hija santa Clara se disponían para la fiesta de la Asunción con una cuaresma de cuarenta y seis días, que comenzaban el último dia de ayuno. No pide hoy tanto a los fieles la santa Iglesia; solamente los obliga a ayunar la vigilia, y es el único ayuno de obligación que impone en todas las fiestas de la Virgen. ¿Pues qué se podrá pensar de los que sin justo motivo se dispensan en él? No se puede dudar, dice san Jerónimo, que todo lo que se hace en honra de la Madre de Dios, cede en gloria de Jesucristo. Abre María a todos los hombres, dice san Bernardo, su seno misericordioso, para recibirlos en él como en seguro asilo. El cautivo halla en María su rescate; el enfermo, la salud; el triste, el consuelo; el justo, la gracia; el pecador, la misericordia y el perdón. En ella enviamos desde la tierra al cielo una abogada, continúa el mismo padre, que, siendo madre de nuestro juez y madre de misericordia, tratará eficazmente el negocio de nuestra salvación. El que encontró á María, dice el sabio Idiota, encontró en ella todo el bien; porque no solo ama a los que la aman, sino que ella misma sirve a los que la sirven. Este es el concepto que tienen hecho todos los santos y todos los fieles verdaderos. Si en los tres o cuatro primeros siglos de la iglesia se mostraron los santos padres menos celosos, y al parecer un poco reservados en hablar de la devoción a la Madre de Dios; y si los primeros cristianos no se dieron priesa a erigir muchos templos en su honor, ni a celebrar con aparato sus festividades, fue porque en aquellos tiempos temía prudentemente la Iglesia que los nuevos fieles, como criados en las supersticiones de la idolatría, no tuviesen a la Madre de Dios por alguna diosa, principalmente si se les hablara mucho de su Asunción al cielo en cuerpo y alma, y de todas sus excelentes prerrogativas. Adoraban los paganos una máquina de diosas, como madres de sus falsos dioses, y era de recelar que los cristianos adorasen como tal a la Madre del verdadero Dios; por lo que era razón proceder en este punto con tiento y con cautela. Por la misma razón, había prohibido Dios a los israelitas tener imágenes de escultura ni pintadas para adorarlas; porque era fácil que con esta ocasión se deslizase en la idolatría un pueblo nacido y criado en Egipto entre tanta multitud de ídolos. Sabemos la precaución con que se hablaba de la Eucaristía y de la Trinidad en aquellos primeros tiempos de la Iglesia, en los cuales se echaba mano de todo para hacer burla, y para desacreditar a los cristianos, dando siempre la más maligna interpretación a nuestros más sagrados misterios. Pero luego que cesaron las persecuciones, y se tuvo libertad para predicar descubiertamente las mayores verdades de nuestra religión, sin temerse el contagio de la idolatría, ¡con qué elocuencia, con qué franqueza y efusión de corazón se extendieron los santos en las alabanzas de Ia Madre de Dios, y en el culto que se debía a la santísima Virgen! Entonces se publicaron sin miedo la gloria y las maravillas de su admirable Asunción. ¡Cuántos templos se consagraron a Dios con la advocación de su nombre! ¡cuántas fiestas se instituyeron en su honor! ¡qué elogios tan magníficos no le tributaron para excitar a los pueblos y los corazones a la confianza en María! No porque esta confianza ni esta devoción no fuesen tan antiguas como la misma Iglesia; pues desde la misma cruz la recomendó el Salvador a todos los fieles en la persona de san Juan, como dicen los padres, Ten continuamente el nombre de María en la boca; grábale en el corazón, dice san Bernardo; invócala, y ten en ella una entera confianza.



AÑO CRISTIANO
POR EL P. J. CROISSET, DE LA CAMPAÑÍA DE JESÚS.



miércoles, 13 de agosto de 2025

La Santísima Virgen María, refugio de los pecadores. —13 de agosto.

 


La Iglesia Católica Romana honra tradicionalmente a la Santísima Virgen María bajo el título de Refugio de los Pecadores.  San Alfonso María de Ligorio (n. 1696-f. 1787) escribió bastante sobre cómo Nuestra Señora es refugio para los pecadores en su libro Las Glorias de María.

 

Comienza así el extracto de Las Glorias de María:

 

En el primer capítulo del Libro del Génesis leemos que Dios hizo dos grandes lumbreras: una lumbrera mayor para gobernar el día; y una lumbrera menor para gobernar la noche (Gen. 1, 16). El Cardenal Hugo dice que “Cristo es la lumbrera mayor para gobernar a los justos, y María la menor para gobernar a los pecadores”; queriendo decir que el sol es figura de Jesucristo, cuya luz disfrutan los justos que viven en el día claro de la gracia divina; y que la luna es figura de María, por cuyo medio son iluminados los que están en la noche del pecado. Puesto que María es esta lumbrera auspiciosa, y lo es para beneficio de los pobres pecadores, si alguien hubiera sido tan desafortunado como para caer en la noche del pecado, ¿qué debe hacer? Inocencio III responde: “Quien esté en la noche del pecado, que ponga sus ojos en la luna, que implore a María” (In Assumpt. s. 2). Ya que ha perdido la luz del sol de la justicia al perder la gracia de Dios, que se vuelva hacia la luna y suplique a María; y ella sin duda le dará luz para ver la miseria de su estado y la fuerza para salir de él sin demora. San Metodio dice que «por las oraciones de María se convierten casi innumerables pecadores» (Paciucch. in Ps.  LXXXVI.  exc., 17).

 

Uno de los títulos más alentadores para los pobres pecadores, y bajo el cual la Iglesia nos enseña a invocar a María en las Letanías de Loreto, es el de «Refugio de los Pecadores». En Judea, en la antigüedad, existían ciudades de refugio, donde los criminales que acudían en busca de protección quedaban exentos de los castigos que merecían. Hoy en día, estas ciudades no son tan numerosas; solo hay una, y es María, de quien el salmista dice: «Se dicen cosas gloriosas de ti, oh ciudad de Dios» (Salmo 86, 3). Pero esta ciudad difiere de las antiguas en que en esta última no encontraban refugio todo tipo de criminales, ni se extendía la protección a toda clase de delitos; pero bajo el manto de María todos los pecadores, sin excepción, encuentran refugio para cualquier pecado que hayan cometido, siempre que vayan allí en busca de esta protección. «Yo soy la ciudad de refugio», dice san Juan Damasceno, en nombre de nuestra Reina, «para todos los que acuden a mí» (In Dorm. BV o. 2). Y basta con recurrir a ella, pues quien tenga la fortuna de entrar en esta ciudad no necesita hablar para salvarse.  Reuníos, y entremos en la ciudad fortificada, y callemos allí (Jer. VIII. 14), para hablar con las palabras del profeta Jeremías. Esta ciudad, dice el beato Alberto Magno, es la Santísima Virgen cercada de gracia y gloria. «Y callemos allí», es decir, continúa un intérprete, «porque no nos atrevemos a invocar al Señor, a quien hemos ofendido, ella invocará y pedirá» (Bib. Mar. Jer. n. 3). Porque si no nos atrevemos a pedir perdón a nuestro Señor, bastará con entrar en esta ciudad y callar, pues María hablará y pedirá todo lo que necesitemos. Y por eso, un devoto autor exhorta a todos los pecadores a refugiarse bajo el manto de María, exclamando: «Huid, Adán y Eva, y todos sus hijos, que habéis ultrajado a Dios; huid y refugiaos en el seno de esta buena madre; ¿no sabéis que ella es nuestra única ciudad de refugio?» (B. Fernandes en Gen. c 3, s. 22) «la única esperanza de los pecadores» (Serm. 194, EB app.), como también se la llama en un sermón de un escritor antiguo, que se encuentra en las obras de San Agustín.

 

San Efrén, dirigiéndose a esta Santísima Virgen, dice: «Tú eres la única abogada de los pecadores y de todos los desamparados». Y luego la saluda con las siguientes palabras: «¡Salve, refugio y hospital de los pecadores!» (De Laud. Dei gen.), verdadero refugio, en el que solo pueden esperar acogida y libertad. Y un autor señala que este era el significado de David cuando dijo: «Porque me ha escondido en su tabernáculo» (Sal. 26, 5). Y, en verdad, ¿qué puede ser este tabernáculo de Dios, sino María?, a quien San Germán llama «un tabernáculo hecho por Dios, en el que solo él entró para realizar la gran obra de la redención del hombre» (In Nat. SM or. 2).

 

San Basilio de Seleucia comenta: «Si Dios concedió a algunos, que eran solo sus siervos, tal poder que no solo su tacto, sino incluso su sombra, sanaban a los enfermos que eran colocados para este propósito en las calles públicas, ¿cuánto mayor poder debemos suponer que le ha concedido a quien no solo era su sierva, sino su Madre?». Ciertamente, podemos decir que nuestro Señor nos dio a María como enfermería pública, donde pueden ser recibidos todos los enfermos, pobres e indigentes. Pero ahora pregunto: en los hospitales erigidos expresamente para los pobres, ¿quiénes tienen mayor derecho a ser admitidos? Sin duda, los más enfermos y los más necesitados.

 

Y por eso, si alguno se encuentra falto de méritos y abrumado por enfermedades espirituales, es decir, por pecados, puede dirigirse a María así: Oh Señora, tú eres el refugio de los pobres enfermos: no me rechaces, que siendo yo el más pobre y el más enfermo de todos, tengo el mayor derecho a ser acogido por ti.

 

Clamemos, pues, con santo Tomás de Vallanova: «Oh María, nosotros, pobres pecadores, no conocemos otro refugio que tú, pues eres nuestra única esperanza, y en ti confiamos para nuestra salvación» (De Nat. VM conc. 3). Tú eres nuestra única abogada ante Jesucristo; a ti nos dirigimos todos.

 

En las revelaciones de Santa Brígida, María es llamada la “Estrella que precede al sol” (Extracto Rev. c. 50), dándonos con ello a entender que cuando la devoción hacia la divina Madre comienza a manifestarse en un alma que está en estado de pecado, es señal cierta de que pronto Dios la enriquecerá con su gracia. El glorioso San Buenaventura, para reavivar la confianza de los pecadores en la protección de María, les presenta la imagen de un mar tempestuoso, en el que los pecadores ya han caído de la barca de la gracia divina; ya están zarandeados por todos lados por el remordimiento de conciencia y por el temor a los juicios de Dios; están sin luz ni guía, y están a punto de perder el último aliento de esperanza y caer en la desesperación; Entonces es cuando nuestro Señor, señalándoles a María, comúnmente llamada la «Estrella del Mar», alza la voz y dice: «¡Oh, pobres pecadores perdidos, no desesperéis! Alzad la vista y fijadla en esta hermosa estrella; recuperad la confianza, pues ella os salvará de esta tempestad y os guiará al puerto de la salvación» (Salmo BV, salmo 18). San Bernardo dice lo mismo: «Si no quieres perderte en la tempestad, fija la vista en la estrella e invoca a María» (De Laud. VM, hom. 2).

 


El devoto Blosio declara que «ella es el único refugio de quienes han ofendido a Dios, el asilo de todos los oprimidos por la tentación, la calamidad o la persecución. Esta Madre es toda misericordia, benignidad y dulzura, no solo para los justos, sino también para los pecadores desesperados; de modo que tan pronto como los percibe acudir a ella y buscar su salud de corazón, los socorre, los acoge y obtiene el perdón de su Hijo. No sabe despreciar a nadie, por indigno que sea de misericordia, y por eso no niega su protección a nadie; consuela a todos, y tan pronto como se la invoca, ayuda a quien la invoca. Con su dulzura, a menudo despierta y atrae a su devoción a los pecadores más enemistados con Dios y más sumidos en el letargo del pecado; y luego, por el mismo medio, los excita eficazmente y los prepara para la gracia, haciéndoles así aptos para el reino de Dios». Cielo. Dios ha creado a esta su amada hija con una disposición tan compasiva y dulce, que nadie puede temer recurrir a ella. El piadoso autor concluye con estas palabras: «Es imposible que perezca quien con atención y humildad cultiva la devoción hacia esta divina Madre» (Par. An. fid.  p. 1, c. 18).

 

En el Eclesiástico, María es llamada plátano: «Como plátano fui exaltada». Y se la llama así para que los pecadores comprendan que, así como el plátano protege a los viajeros del calor del sol, María los invita a refugiarse bajo su protección de la ira de Dios, justamente encendida contra ellos. San Buenaventura señala que el profeta Isaías se quejó de los tiempos en que vivió, diciendo: «Mira, estás airado, y hemos pecado... no hay nadie... que se levante y te agarre» (Is. 64, 5). Y luego hace el siguiente comentario: «Es cierto, oh Señor, que en aquel tiempo no había nadie que levantara a los pecadores y sin tu ira, pues María aún no había nacido»; «antes de María», para citar las propias palabras del santo, «no había nadie que se atreviera a contener así el brazo de Dios». Pero ahora, si Dios está enojado con un pecador, y María lo toma bajo su protección, ella detiene el brazo vengador de su Hijo y lo salva. «Y así», continúa el mismo santo, «nadie puede ser encontrado más apto para este oficio que María, quien toma la espada de la justicia divina con sus propias manos para evitar que caiga sobre el pecador y lo castigue» (Spec. BV lect. 7, 14). Sobre el mismo tema, Ricardo de San Lorenzo dice que «Dios, antes del nacimiento de María, se quejó por boca del profeta Ezequiel de que no había nadie que se levantara y le impidiera castigar a los pecadores, pero que no pudo encontrar a nadie, porque este oficio estaba reservado para nuestra Santísima Señora, quien le detiene el brazo hasta que se pacifica» (De Laud. B. M. 1. 2, p. 5).

 

Basilio de Seleucia anima a los pecadores, diciendo: «Oh pecador, no te desanimes, sino recurre a María en todas tus necesidades; llámala en tu ayuda, pues siempre la encontrarás dispuesta a ayudarte; pues tal es la voluntad divina que ella ayude a todos en cualquier tipo de necesidad» (Paciucch. in Salve R. exc. 7). Esta madre de misericordia tiene un deseo tan grande de salvar a los pecadores más abandonados, que ella misma va en busca de ellos para ayudarlos; y si recurren a ella, ella sabe cómo encontrar los medios para hacerlos aceptables a Dios. El patriarca Isaac, deseando comer algún animal salvaje, prometió su bendición a su hijo Esaú si le conseguía este alimento; pero Rebeca, que estaba ansiosa de que su otro hijo Jacob recibiera la bendición, lo llamó y le dijo: Ve al rebaño, tráeme dos cabritos de lo mejor, para que pueda hacer de ellos carne para tu padre, como él come con gusto (Gén. XXVII. 9). San Antonino dice (P. 4, t. 15, c. 2, #2), «que Rebeca era una figura de María, que ordena a los ángeles que le traigan pecadores (es decir, cabritos), para que ella pueda adornarlos de tal manera (obteniendo para ellos dolor y propósito de enmienda) que los haga queridos y aceptables al Señor». Y aquí bien podemos aplicar a nuestra Santísima Señora las palabras del Abad Franco: «Oh mujer verdaderamente sagaz, que tan bien sabía cómo aderezar a estos cabritos, que no solo son iguales, sino a menudo superiores en sabor al venado rel» (De Grat. D. l. 3).

 

La Santísima Virgen reveló a Santa Brígida «que no hay pecador en el mundo, por muy enemistado que esté con Dios, que no vuelva a él y recupere su gracia, si recurre a ella y pide su ayuda» (Ap. 1, 6, c. 10). La misma Santa Brígida oyó un día a Jesucristo dirigirse a su madre y decir que “ella estaría dispuesta a obtener la gracia de Dios para el mismo Lucifer, si tan solo se humillara hasta el punto de buscar su ayuda” (Ap. extr. c. 50). Ese espíritu orgulloso nunca se humillará hasta el punto de implorar la protección de María; pero si tal cosa fuera posible, María sería suficientemente compasiva y sus oraciones tendrían suficiente poder para obtener de Dios para él tanto el perdón como la salvación. Pero lo que no se puede verificar con respecto al diablo se verifica en el caso de los pecadores que recurren a esta madre compasiva. El arca de Noé fue una verdadera figura de María; pues así como en ella se salvaron toda clase de bestias, así bajo el manto de María encuentran refugio todos los pecadores, que por sus vicios y sensualidad son ya como bestias; pero con esta diferencia, como señala un piadoso autor, que «mientras que las bestias que entraron en el arca siguieron siendo bestias, el lobo siguió siendo lobo y el tigre, tigre; bajo el manto de María, en cambio, el lobo se convierte en cordero y el tigre en paloma» (Paciucch. In Sal. Ang. exc. 4). Un día, santa Gertrudis vio a María con su manto abierto, y debajo había muchas bestias salvajes de diferentes clases: leopardos, leones y osos; y vio que nuestra Santísima Señora no solo no los ahuyentó, sino que los acogió y los acarició con su mano benigna. La santa comprendió que estas fieras eran miserables pecadores, que son acogidos por María con dulzura y amor en el momento en que recurren a ella (Insin. l. 4, c. 50).

 

No fue, pues, sin razón que San Bernardo se dirigiera a la Santísima Virgen, diciendo: «Tú, oh Señora, no rechazas a ningún pecador que se acerca a ti, por repugnante y aborrecible que sea. Si te pide ayuda, no desdeñas extenderle tu mano compasiva para sacarlo del abismo de la desesperación» (Depr. Ad. B. V.). Que nuestro Dios sea eternamente bendito y agradecido, oh dulcísima María, por haberte creado tan dulce y benigna, incluso con los pecadores más miserables. ¡Desdichado es quien no te ama y, teniendo en su poder obtener tu ayuda, no confía en ti! Quien no recurre a María está perdido; pero ¿quién estuvo perdido si recurrió a la Santísima Virgen?

 

Se relata en las Sagradas Escrituras que Booz permitió a Rut recoger las espigas de trigo, después de los segadores (Rut, II. 3). San Buenaventura dice: «que, así como Rut halló favor ante Booz, también María halló favor ante nuestro Señor, y también se le permite recoger las espigas de trigo después de los segadores. Los segadores seguidos por María son todos obreros evangélicos, misioneros, predicadores y confesores, que constantemente cosechan almas para Dios. Pero hay algunas almas endurecidas y rebeldes que son abandonadas incluso por estos. Solo a María se le concede salvarlas por su poderosa intercesión» (Spec. BVM lect. 5). Verdaderamente desdichados son aquellos si no se dejan recoger, incluso por esta dulce Señora. Ciertamente estarán perdidos y malditos. Pero, por otro lado, bienaventurado el que recurre a esta buena Madre. “No hay en el mundo”, dice el devoto Blosio, “ningún pecador, por repugnante y malvado que sea, que sea despreciado o rechazado por María; ella puede, quiere y sabe cómo reconciliarlo con su Hijo amado, si tan solo buscara su ayuda” (Sac. An. fid. p. 3, c. 5).

 

Con razón, pues, oh mi dulcísima Reina, te saludó San Juan Damasceno y te llamó la «esperanza de los desesperados». Con razón te llamó San Lorenzo Justiniano «esperanza de los malhechores», y otro escritor antiguo «única esperanza de los pecadores». San Efrén la llama «puerto seguro para todos los que navegan por el mar del mundo». Este último santo también la llama «consuelo de los condenados». Con razón, finalmente, San Bernardo exhorta incluso a los desesperados a no desesperar; y, lleno de alegría y ternura hacia su queridísima Madre, exclama con amor: «¿Y quién, oh Señora, puede desconfiar de ti, si asistes incluso a los desesperados? Y no dudo que siempre que recurramos a ti, alcanzaremos todo lo que deseamos. Que quien no tenga esperanza, confíe en ti» (Med. in Salv. R.).

 

EJEMPLO:

 

San Antonino relata (pág. 4, t. 15, c. 5, n.° 1) que había un pecador enemistado con Dios, quien tuvo una visión en la que se encontraba ante el terrible tribunal; el diablo lo acusó, y María lo defendió. El enemigo presentó el catálogo de sus pecados; este fue arrojado a la balanza de la justicia divina, y pesó mucho más que todas sus buenas obras. Pero entonces su gran abogada, extendiendo su dulce mano, lo colocó en la balanza, y así la hizo inclinarse a favor de su cliente, dándole a entender con ello que ella obtendría su perdón si cambiaba de vida; y esto hizo después de la visión, y se convirtió por completo.

 


ORACIÓN


   ¡Oh, Purísima Virgen María! Venero tu santísimo Corazón, que fue el deleite y morada de Dios, rebosante de humildad, pureza y amor divino. Yo, infeliz pecador, me acerco a ti con un corazón aborrecible y herido. ¡Oh, Madre piadosa!, no me desprecies por esto; que esta visión te conmueva más bien a una mayor ternura y te impulse a ayudarme. No te detengas a buscar virtudes o méritos en mí antes de socorrerme. Estoy perdido, y lo único que merezco es el infierno. Considera solo mi confianza en ti y el propósito que tengo de enmendarme. Considera todo lo que Jesús hizo y sufrió por mí, y luego abandóname si puedes. Te ofrezco todos los dolores de su vida: el frío que soportó en el establo; su viaje a Egipto; la sangre que derramó; la pobreza, los sudores, las penas y la muerte que sufrió por mí; y esto en tu presencia. Por amor a Jesús, hazte cargo de mi salvación. Ah, Madre mía, no quiero ni puedo temer que me rechaces ahora que recurro a ti y te pido ayuda. Si temiera esto, estaría ofendiendo tu misericordia, que va en busca de los desdichados para ayudarlos. Oh Señora, no niegues tu compasión a quien Jesús no ha negado su sangre. Pero los méritos de esta sangre no se me aplicarán a menos que me encomiendes a Dios. Por ti espero la salvación. No pido riquezas, honores ni bienes terrenales. Solo busco la gracia de Dios, el amor a tu Hijo, el cumplimiento de su voluntad y su reino celestial, para amarlo eternamente. ¿Es posible que no me escuches? No; porque ya has concedido mi oración, como espero; ya ruegas por mí; ya me obtienes las gracias que pido; ya me acoges bajo tu protección. Madre mía, no me abandones. Nunca, nunca dejes de orar por mí, hasta que me veas a salvo en el cielo a tus pies, bendiciéndote y dándote gracias por siempre. Amén.

El tránsito de la Virgen María—13 de agosto.

 


La tradición del pésame a San Juan Apóstol

 

13 de Agosto, día del Pésame a San Juan. La Iglesia conmemora este día la DORMICIÓN o TRÁNSITO de la Virgen María, la Madre de Dios.

 


Como bien sabemos es al Apóstol y Evangelista San Juan a quien el Señor Jesús desde la cruz encomendó a su Santísima Madre y por ende este apóstol es quien estuvo a su lado en el momento de su partida de este mundo.


En documentos cristianos de los siglos II, III, IV y V, sobre la Asunción en Cuerpo y Alma a los cielos de la Santísima Virgen, se dice que fue este apóstol quien se encargó de notificar la noticia del próximo tránsito a los demás apóstoles y todos asistieron al Tránsito de María, excepto Santo Tomás.

 


Al sepultar el cuerpo virginal, se oyeron cantos angelicales anunciando la resurrección de María.

 


Al tercer día llega Santo Tomás y al querer ver por última vez el cuerpo de la Virgen, pide que le renuevan la piedra del sepulcro y la sorpresa fue de todos al hallar aroma de rosas y el Santo cuerpo desaparecido, es el mismo Santo Tomás quien ve elevarse el cuerpo de María al cielo y en señal lanza su fajín o cinturón que se conserva en una Catedral alemana como reliquia preciosa.

 


Nuestra Señora “Refugio de los Pecadores”. —13 de agosto.

 


   Yo soy la Madre de los pecadores, a condición de que se arrepientan (Palabras de N. Sra. a Sta. Brígida)

 

Sabemos que una sola es la Virgen, la Madre de Jesús y Madre nuestra. Se le invoca con títulos diferentes según el lugar donde ha manifestado su protección o según se quiere hacer resaltar una característica de su amor.

 

Por su intercesión, muchos pecadores han encontrado el camino de la salvación. Es por eso que se le ha invocado como el “Refugio de los Pecadores”.

 

En efecto, cuando un pecador recurre a María con voluntad de cambiar, siempre la encuentra pronta a acogerlo. Solamente le exige que renuncie al pecado.

 

El Papa San Gregorio VII le escribió a la princesa Matilde: “Poned fin a vuestra voluntad de pecar y yo no dudo en prometeros que encontraréis a María más dispuesta a amaros que una madre según la carne”.

 

La Santísima Virgen rehúsa su ayuda solamente a aquellos que se obstinan en su mala conducta. Pero no puede permanecer sorda a los ruegos de quienes recurren a Ella con confianza y con el propósito de librarse de las cadenas del pecado. Acudirá en su ayuda y los guiará al camino de salvación. En una ocasión, Santa Brígida oyó a Nuestro Señor decirle a su Madre: A aquellos que se esfuercen en retornar a Dios, Vos les prestaréis vuestra ayuda y no dejaréis a nadie sin consuelo”.

 

Según la tradición, esta imagen de la Santísima Virgen fue encontrada en el hueco del tronco de una encina, en Montepulciano (Italia), por lo que, al inicio de su veneración, se le conoció como Nuestra Señora de la Encina. Las misiones de franciscanos y jesuitas la reconocían como su protectora en su labor evangelizadora y la invocaban como Refugio de Pecadores. En el siglo XVIII, el padre Juan Giuca llevó a la ciudad de Puebla (México) una copia de la pintura.

 


Iconografía: aparece con vestido color de rosa, rodeada de nubes y cuatro querubines; un Niño Jesús, coronado, en el brazo izquierdo; sobre la cabeza de la Virgen figura una aureola de doce estrellas y cuatro rosas. Es patrona principal de las ciudades mexicanas de Matamoros, Tampico y Acámbaro (Guanajuato).



Para promover esta devoción de pedir la intercesión de la Virgen en favor de los pecadores, se escogió una copia de la imagen pintada en 1709, conocida como “Nuestra Señora de la Encina”, que se venera en Poggio Prato (Italia). Fue el beato Antonio Baldinucci que la mandó hacer para llevarla consigo en sus misiones. La ternura de esta imagen y la predicación del misionero causaba arrepentimiento en los pecadores. Esto hizo que algunos empezaran a darle el título de “Refugio de Pecadores”. Esta misma imagen se conserva ahora en Frascati, cerca de Roma.



Llegó a México por iniciativa de algunos misioneros, quienes en el mismo siglo XVIII la llevaron allí para exponerla a la devoción del pueblo y educarlo a pedir por la conversión de los pecadores.

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