miércoles, 21 de febrero de 2018

SANCTA MARÍA.




SANTA MARÍA.




LETANÍAS Lauretanas:


Dic mihi quo apellaris nomine? Genes. 32.


¿Dime cuál es tu nombre?


Benedictus Dominus, qui hodie Nomen tuum ita magnificavit ut non recedat laus tua de ore hominum.  (Judit 13). 

Bendito sea el Señor que en tal manera ha engrandecido tu nombre en este día, que no se aparte jamás tu alabanza de la boca de los hombres.


CONSIDERACION I


   El nombre de María se representa en varias imágenes por medio de hermosos ramos de oliva: ¿pero por qué con ramos de este árbol? por esto, porque la Sagrada Escritura parece habla del nombre de esta santísima Señora cuando dice: Aceite derramado es tu nombre: y en otra parte: Oliva hermosa llamó el Señor a tu nombre. Es cierto que así como el aceite tiene en sí virtud sanativa y confortativa, así el saludable nombre de María, sana, refuerza y conforta. A más de esto, así como el aceite mezclado con otros licores se sublima sobre ellos, así también el nombre de María, después del divino nombre de Jesús, es el mayor de todos los nombres. Finalmente como el ramo de oliva que trajo en el pico la paloma cuando regresó al arca era señal de paz, así el nombre de María invocado con confianza mitiga la ira de Dios.


CONSIDERACION II.


   Pero del mismo modo que el nombre de María es saludable, así también es terrible, ¿pero a quién? al diablo. Este enemigo implacable de los hombres en escuchando este nombre, suele huir como herido por un rayo, diciendo: ¡Terrible es su nombre! Consta que David escogió cinco piedras para postrar a Goliat; ¿pero qué se denota por estas cinco piedras? Se puede entender muy bien por ellas las cinco letras de que consta el nombre de María, que pronunciado humildemente vence y pone en fuga al infernal Goliat.


CONSIDERACION III.


   Finalmente el nombre de María está también lleno de misterios: derivase con verdad, A MARI, esto es del mar, para significar que María abunda en gracias como el mar de aguas. Además de esto cada una de las cinco letras de este santo nombre, contiene una grande alabanza de la Virgen santísima: conviene a saber: por la letra M se predica María como Madre y medianera de los hombres; por la letra A como abogada de los pecadores; por la R como redentora y refugio de los miserables: por la I como iluminadora de los ciegos, y Jánua Coeli, puerta del cielo; y finalmente por la última letra A como arca de la salud y abismo de misericordia.


ORACIÓN.


¡Oh María! aunque yo no sea digno de pronunciar con mis impuros labios tu santo y venerable nombre, con todo eso, confiado en tu misericordia, lo pronuncio y digo: ¡María! por la invocación de tu santo nombre asísteme en todo peligro de cuerpo y alma, y defiéndeme contra todos mis enemigos visibles e invisibles. Por tanto, ninguna otra cosa deseo y ruego sino que mis últimas voces sean Jesús y María, y para que este mí deseo se verifique, te digo: 


            SANTA MARÍA, RUEGA POR NOSOTROS.


P. FRANCISCO JAVIER DORNN
DEAN Y PREDICADOR DE PRIDBER
(1834).    

  

lunes, 19 de febrero de 2018

“LA VERDADERA HISTORIA DE FÁTIMA”




Una narración completa de las Apariciones de Fátima.

Contada por el Padre  John de Marchi, I.M.C. 



Capítulo V: Tercera Aparición




    La fecha para la próxima aparición se acercaba y una alegría profunda animaba a

Francisco y a Jacinta, pero no así a Lucía. Su corazón estaba lleno de tristeza y pesimismo, hasta tal punto que casi se decidió a no volver más a Cova da Iría. Su madre había repetido tantas veces las palabras del Párroco sobre cómo todo era obra del demonio, que le inquietó. 

   Hablando una vez el Párroco con el señor José Alves, uno de los primeros en dar crédito a las Apariciones, le decía, “Eso es invención del demonio”.

   —“No, señor Cura”, opinó Alves, “en Cova da Iría se reza y el demonio no quiere nada con rezos”.

   —“El demonio va hasta el Comulgatorio”, replicó el sacerdote.

   —“El señor Cura ha estudiado y yo no”. El hombre no discutiría con el Párroco.
   Al anochecer del día 13, Lucía fue junto Jacinta y Francisco y les comunicó su decisión de no ir el próximo día a la Cova. ¡“Nosotros vamos”! le contestaron; “Aquella Señora nos mandó ir allá”.

   —“Yo hablaré con ella” – declaró Jacinta y comenzó a llorar.

   —“Por qué lloras”? – le preguntó Lucía.

   —“Porque tú no quieres venir”.

   —“No, yo no voy; y si la Señora pregunta por mí, le dices que no voy porque tengo miedo que Ella sea el demonio”.

   Y sin más demora, Lucía huyó desconsolada. La gente estaba llegando ya para la aparición del próximo día y quería ocultarse de ellos. Por la noche, pensaba su madre que estaba todo el tiempo divirtiéndose y la reprendió: “Mira aquí a la santita de palo apolillado: todo el tiempo que te sobra de andar con las ovejas lo pasas jugando y de forma que nadie te puede encontrar”.

   Llegó la mañana del día 13 de julio, y Lucía estaba perturbada aún por la misma duda y confusión. Sin embargo, cerca de la hora en que debían partir para Cova da Iría, una fuerza interior que la niña no sabía explicar, la impulsó a ponerse en camino. Su corazón transformado, todos los temores y dudas desaparecieron. Con alegría, pasó por casa de los primos para mirar si aún estaban allí. Estaban todavía allá los dos, arrodillados junto a la cama, deshaciéndose en lágrimas.

   —“Entonces ¿no vais”? – preguntó Lucía.

   —“Sin ti no nos atrevemos a ir” – dijeron. Pero dándose cuenta de que Lucía había cambiado de idea, se pusieron de pie.

   —“Vámonos” – dijeron juntos.

   —“Estaba ya en marcha” – respondió Lucía. Así salieron alegremente, los tres, andando a través de la muchedumbre que llenaba los caminos a la Cova. No pudieron apresurarse, porque muchas personas les detenían, pidiendo a los pastorcitos pedir a Nuestra Señora que les diese amparo especial.

De izquierda a la derecha: Jacinta Marto, Lucía dos Santos, Francisco Marto.

   La madre de Jacinta, viendo que toda la gente iba hacia la Cova, tenía mucho miedo. Fue a la madre de Lucía. “Oh Comadre” – le dijo toda asustada – “vamos también allá nosotras, que ya no volveremos a ver a nuestros hijos. ¡A lo mejor los matan”!

“Déjalo” – respondió María Rosa – “si es cierto que Nuestra Señora se les ha aparecido, Ella se encargará de defenderlos; y si no lo es, entonces no sé lo que puede ocurrir”. Allá fueron las dos madres llevando cada una, escondida, una vela bendita si por acaso hubiese algo malo allá. Cuando llegaron, se ocultaron detrás de unas matas y el corazón les latía temiendo en expectación algún mal venidero.

   El señor Marto, estaba plenamente convencido de la verdad de las Apariciones. Sabía bien que eran falsas las acusaciones hechas contra él, contra los padres de Lucía y contra los sacerdotes. Los niños nunca se acostumbraban a mentir y no recibieron aliento de nadie. El Párroco hasta supuso que las visiones eran obra del demonio. Tío Marto valientemente había determinado seguir a sus hijos a Cova da Iría. “Y, así pensando”, confesó él, “me puse en camino. ¡La gente que para allí iba! Aunque yo no divisaba a los niños, por los indicios de la multitud adivinaba que iban a la cabeza. En cierto sentido me convenía más venir acá detrás; pero cuando llegué allá abajo no me pude contener; lo que quería era estar cerquita de ellos. Pero ¿cómo? No se podía atravesar por ningún lado. ¡Era una gran dificultad! A una de ésas, dos individuos, uno de Rámila y el otro de aquí, de la tierra, de donde fue hasta la autoridad, hicieron un círculo alrededor de los niños, para que estuvieran más desembarazados y, al verme allí, me cogieron de un brazo diciendo: ¡‘Este es el padre! ¡Adentro’! Y vine a quedarme cerquita de mi Jacintica.

   “Lucía arrodillada un poco más adelante, pasaba las cuentas del Rosario y todos respondían en alta voz. Acabado el rezo, se levanta, mira el oriente y grita: ¡‘Descúbranse! ¡Descúbranse, que ya viene Nuestra Señora’! Sí, observé algo así como una nubecilla cenicienta que se detenía sobre la encina. El sol se nubló y comenzó a correr un aire tan fresco que era un consuelo. No parecía que estábamos en pleno verano. La gente estaba tan silenciosa que impresionaba. Entonces comencé a oír un rumor, un zumbido, a modo de un moscardón dentro de un cántaro vacío. Pero palabras, ¡ninguna! Pienso que sería como cuando la gente habla al teléfono ¡Que yo nunca he hablado! Todo ello fue para mí una estupenda prueba del milagro”.

   Muchos años después, Lucía proporcionó los detalles de esta aparición extraordinaria. Con una ternura infinita, como la de una madre que se inclina sobre el niñito enfermo, deseando fortalecer y consolar a los niños sobre la autenticidad de las apariciones, la linda Señora sumergió a los tres en su luz inmensa y fijó en Lucía su amorosa mirada. La niña, por la alegría, no podía hablar. Fue Jacinta a despertarla de aquel arrobamiento, que le dijo: ¡“Anda! ¡Háblale! ¡Qué Nuestra Señora ya está para hablar”!

   Entonces Lucía, mirando hacia la Virgen con sus ojos llenos de devoción amorosa, preguntó:

   ¿“Qué me quiere”?

   “Quiero que volváis aquí el día 13 del mes que viene; que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honra de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella les podrá valer.

   Lucía, pensando en su madre y las palabras del Párroco, y queriendo solucionar las dudas de la gente, habló otra vez a su propio modo infantil, “Quería suplicarle que nos dijese quién es, y que hiciera un milagro para que todos crean que se nos ha aparecido”.

   “Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre os diré quién soy, y lo que quiero. Y haré un milagro para que todos crean”.

   Comenzó Lucía a presentar las necesidades que le habían encomendado. Nuestra Señora contestó:

   “Curaré a unos, y a otros no. En cuanto al enfermito no lo curaré, ni lo sacaré de su pobreza, pero que él rece todos los días el Rosario en familia”.

   Lucía le cuenta sobre un enfermo que pedía ir pronto al Cielo.

   “Que no tenga prisa: Yo bien sé cuándo he de ir a buscarle”.

   Lucía pidió la conversión de alguna gente. La respuesta de la Señora fue, como con el niño inválido, que todos recen el Rosario. Después para recordar a los niños su vocación especial e inspirarles un mayor fervor y ánimo para el futuro, la Señora dijo:

   “Sacrificaos por los pecadores, y decid muchas veces y en especial siempre que hiciereis algún sacrificio: “Oh Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”.

   “Al decir estas últimas palabras” – Lucía más tarde describe lo que sucedió, “abrió de nuevo las manos, como en los dos meses anteriores. El reflejo que esparcían me pareció que penetraba en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en él, a los demonios y a las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, en forma humana que flotaban en el incendio lanzadas por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo que por todas partes se esparcían – como acontece con las chispas y centellas en los grandes incendios – sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones hechos brasas”.

   Asustados, pálidos y como para pedir socorro, los pequeños levantaron la vista hacia Nuestra Señora mientras Lucía gritó, ¡“Ay, Nuestra Señora”!

La Virgen explicó: “Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, quiere Dios establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar, pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.
“Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados.

 Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas. Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz.

“En Portugal se conservará siempre la doctrina de la Fe, etc.
“Esto no se lo digáis a nadie. A Francisco, sí podéis decírselo”.


   Lucía, con corazón dolorido queriendo hacer algo heroico por su Señora, una vez más le dice con abandono infantil: “Ud. ¿no quiere de mí nada más”?

   “No. Hoy no quiero nada más de ti”.

   Entonces se oyó una especie de trueno y el arquito que allí se había colocado para las dos linternas, se estremeció como si fuese un temblor de tierra. Lucía se levanta y se vuelve con tal rapidez que hasta la saya se le infla como un globo. Y apuntando para el cielo, grita: ¡“Ya va! ¡Ya va”! Y después de unos instantes: ¡“Ya no se ve”!
Desvanecida la nubecita cenicienta que se detenía sobre la encina, tan pronto que se recuperan de su emoción profunda, les rodean una muchedumbre implacable e inquisitiva de todos diciendo a la vez, “Lucía, ¿qué ha dicho Nuestra Señora que
 estabas tan triste? 

     “Es un secreto”, responde ella.

    “Y ¿es cosa buena”?

    “Para unos buena; para otros, mala”.

    “Y ¿no lo dices”? – insisten.

¡“No! ¡No lo puedo decir”! contestó con determinación convincente.

   Y la gente les apretaba, hasta casi ahogarles. El padre de Jacinta, atemorizado por la seguridad de sus hijos, sudando a mares, se abrió paso a codazos, cogió a su Jacinta y se la puso al cuello. Poniendo en la cabeza de la niña su sombrero, a fin de defenderla del sol abrasador del mediodía, subió así el camino.

   Aún en su escondrijo, las dos madres sentían desfallecer. Cuando vieron la muchedumbre apretando a sus hijos, la madre de Jacinta gritó: ¡“Ay, comadre! ¡Van a matar a nuestros hijos”! Momentos después, sin embargo, se sintieron aliviadas al ver a Jacinta en brazos del padre, Francisco en hombros de otro pariente y Lucía bien segura en los brazos hercúleos de otro. Ese hombre era tan grande que la madre de Lucía se distrajo de su preocupación. ¡“Ay! ¡Qué hombre tan grande que allí está”! – balbució ella.




domingo, 18 de febrero de 2018

MARÍA




MARÍA ES CAUSA DE LA CREACIÓN Y DE LA CONSERVACIÓN DEL MUNDO.


   A causa de la sabiduría, dice Onkelos, Dios creó el Cielo y la tierra; es decir creó el Cielo y la tierra por amor de su divino Hijo, el Mesías; a quien en las cosas divinas se atribuye la sabiduría y por amor de la Inmaculada Virgen, que es la sabiduría del mundo. 

   María es la causa de la creación, de la luz, del firmamento, del mar y de todo el universo.

   La creación ha tenido lugar y ha sido dispuesta para la justificación y glorificación de los Santos en Jesucristo por María; pues el orden de la naturaleza ha sido instituido por el orden de la gracia. Y siendo la Santísima Virgen Madre de Jesucristo, es también el medio de nuestra redención y de todo el Orden de la gracia, y es por consiguiente causa final de la creación del mundo. El fin del Universo es Jesucristo, su Madre y los Santos; lo que significa que el mundo ha sido hecho para que los Santos fuesen colmados de gracias en la tierra, y llegasen al Cielo de la gloria por medio de Jesucristo y de María. Así es que, aunque Jesucristo y su bienaventurada Madre no forman más que una parte de la creación, considerados como causa material, han precedido a la creación como causa final. Y son también causa formal de la creación; pues el orden de la gracia, en el que Jesucristo y María ocupan el primer puesto, es la idea y el modelo que Dios siguió para crear y disponer el orden de la naturaleza.

   Y no sólo ha sido creado y adornado el mundo por el amor de la Santísima Virgen, sino que por ella es también sostenido y conservado. Por ella, dice S. Bernardo, existe el mundo, y por ella se ha librado de la ruina. (De B. Virg.). Por vuestra protección, o Virgen Santísima, exclama S. Buenaventura, subsiste el mundo, este mundo que habéis creado desde el principio de concierto con Dios.

   Señor, dice el profeta Habacuc, concluid vuestra obra en medio de  nuestros años; dadla a conocer en medio de nuestros años: en el tiempo de vuestra ira os acordaréis de vuestra misericordia.

   Esta obra, la obra por excelencia de Dios, es Jesucristo y María, que el profeta ruega a Dios manifieste al mundo. De tal manera es María la obra maestra de Dios, que, según S. Agustín, Dios agotó su sabiduría, su poder y sus riquezas en ella. Dios no ha hecho ni podrá jamás hacer una criatura tan perfecta. Según Sto. Tomás, no puede haber creación más grande que la de la bienaventurada Virgen, porque es Madre de Dios.  

   Hablando de María, se puede decir a Dios lo que el misino Dios dijo al Océano: Llegarás hasta aquí, y no más lejos.

   San Bernardino llama a María magnificencia de Dios. La misma María, en su profunda humildad, se ve obligada a exclamar: El poderoso ha hecho en mi grandes cosas. (Luc. 1,49). Ha manifestado el poder de su brazo.

   Jesucristo prometió a su augusta Madre, por medio de Salomón, que le concedería cuanto pidiese, diciendo que no le es lícito negar nada a su Madre. 


TESOROS

de
CORNELIO Á LÁPIDE.

sábado, 17 de febrero de 2018

MARÍA




Desde la eternidad ha sido elegida y consagrada, desde el principio, antes de que existiese la tierra: “María ha sido elegida y predestinada por Dios desde toda la eternidad”. Estas son las palabras que la Iglesia y los Santos Padres aplican a María en la Escritura.

    María ha sido elegida desde toda la eternidad; porque es una obra divina, no de una hora, de un mes, de un año, de un siglo, sino de todos los siglos. Dios la eligió desde la eternidad, y anunció a esta admirable mujer por medio de tipos, figuras y hechos proféticos. Así es que predijo su virginidad con la virginidad de los ángeles, su caridad con el amor de los serafines, su pureza con la del firmamento, su esplendor con el brillo de las estrellas, su hermosura con la de las verdes praderas y de las flores, los frutos abundantes de sus sublimes virtudes con los muchos árboles de la tierra. Todas las virtudes de todos los Santos no son más que sombra de las virtudes de la incomparable María; todas sus perfecciones no eran más que un débil ensayo, un bosquejo que Dios hacía para llegar a crear a María. Por esto S. Bernardo llama a esta bendita Virgen el gran negocio de todos los siglos. Por esto ha sido también elegida y predestinada por Dios para ser princesa y reina del Cielo y de la tierra, de los ángeles y de los hombres....

   María ha sido elegida y predestinada desde la eternidad para ser el sacerdote místico que ofreciese a Dios, con la redención, el precio de la salvación de todo el género humano, a Jesucristo, su Hijo, en holocausto y en víctima de expiación.....

   María ha sido elegida como el más perfecto modelo de todos los pensamientos, de todas las palabras y obras santas.

    María ha sido elegida para disponer a la Iglesia toda. Por esto se la llama en los Cánticos ejército ordenado en batalla.

   María ha sido elegida y predestinada para tener lazos de parentesco y de consanguinidad con la Santísima Trinidad, pues dio a luz a Jesucristo, Hijo de Dios Padre. Es además esposa del Espíritu Santo......

   María ha sido elegida y predestinada para ser el lazo de unión entre el hombre y Dios, ya poniendo en el mundo a Jesucristo Dios y hombre, ya reconciliando, por medio de Jesucristo, a Dios con los hombres y a los hombres con Dios. Como dice S. Juan Damasceno, los siglos se disputaban la gloria de verla aparecer. (De Land. Virg.)

   Es el manantial que brota en la montaña más alta, manantial más abundante que todas las fuentes de las colinas; porque para llegar a la concepción del Verbo, dice S. Gregorio, ha levantado sus méritos más allá de todos los coros de los ángeles, hasta el trono de la Divinidad.

   Cuando Dios preparaba los cielos, hace decir la Iglesia a María, yo estaba presente: (“Cuando él afianzaba el cielo, yo estaba allí;” Prov. 8,27). La santa Virgen estaba ante Dios; porque todo lo que Dios creaba en el firmamento lo destinaba para representar a la bienaventurada Virgen María.....


   El que hizo en otro tiempo el firmamento, y lo redondeó en los espacios, dice S. Juan Damasceno, ha convertido hoy a una criatura en Cielo sobre la tierra.


Estaba con Dios en la creación: “Yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día…” (Prov. 8,30). Y  me alegraba, y me deleitaba jugando en la redondez de la tierra. Estas palabras se aplican también a la Virgen Santísima; pues la sabiduría de Dios la anunció al género humano en Eva, en el arca de Noé, en el arca de la alianza, en la zarza ardiente, en la vara de Aarón etc.


   He salido de la boca del Altísimo, he nacido antes que todas las criaturas: “Yo sola recorrí el circuito del cielo y anduve por la profundidad de los abismos” (Eccli. 24, 5). S. Juan Damasceno da a María el nombre de abismo y de taller de milagros. 


TESOROS
de
CORNELIO Á LÁPIDE.


lunes, 12 de febrero de 2018

APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES EN 1858.




Jueves, 11 de febrero 1858

    Once de febrero de 1858, Lourdes y sus contornos estaban soñolientos bajo un cielo gris y triste. Un frío intenso, punzante entraba por las fisuras de la ventana de la celda.
    En un rincón de ella, Francisco Soubirous yacía en cama enfermo; la lumbre se había apagado, no había leña, Bernardita y su hermana María Antonieta decidieron ir a recogerla a orillas del río, o en la propiedad comunal.
    Demasiado mal tiempo, observó la mamá, para ti Bernardita que tienes tos, podrías enfermarte. Oh! yo salía en Bartrés aún con tiempo así, responde dulcemente la niña. En ese momento entra una jovencita de 15 años, llamada Juana Abadie, cuando oyó de qué se trataba.
   -Oh! yo voy también grito saltando de alegría, y golpeando las manos.  Enseguida estuvo de vuelta, diciendo que sus padres le habían dado permiso para ir al bosque. Las chicas tanto suplicaron y rogaron que la madre al fin consintió, con la condición de que Bernardita se cubriera con su capuchón de lana blanca.
    El tiempo se mantenía gris, caía una llovizna fina que helaba.
    Las tres chicas estaban demasiado ocupadas, en buscar ramas secas y huesos, para advertir la garúa y el frío. Ya habían pasado la calle que corre a lo largo del cementerio y donde generalmente encontrábase leña. Continuaron, descendieron por la costa que conduce al Ponte Vecchio sobre el Gave y haciendo alto quisieron convenir hacia donde irían, si hacia el curso superior del río o siguiendo la corriente.
   Brincando, bien pronto llegaron a la bajada que hoy conduce a la Basílica, atravesaron el canal de Savy por un puente de madera que no estaba lejos del molino del mismo nombre y entraron en el prado. De repente, la primogénita de Soubirous se detuvo, un escrúpulo la asaltaba: ¿si la tomaban por ladrona? Y pronto le ocurre una idea infantil. ¿Oigan si fuéramos a ver dónde termina el canal?... Dicho y hecho: se encaminaron por la orilla del arroyo. Aquí el prado iba poco a poco estrechándose y venía a terminar casi en punta: después las chicas no pudieron avanzar más. Se encuentran sobre un banco de arena y piedra el lugar donde el canal se echa en el Gave. Allí a su frente, al pie de una roca quebrada y casi a pico se abría una cavidad poco profunda entre los arbustos y la hiedra que aparecía como media cúpula irregular y sobre ella, a, la derecha, mía, entrada formaba un camino inclinado que llevaba a una abertura ojival por la que penetraba la luz.
    Las chicas miraron con curiosidad. ¡Qué suerte! en la, gruta, había ramas secas que el Javo, había dejado en. la, última creciente y también había huesos; además estando en reparación el molino de Savy, las compuertas del canal estaban cerradas y no dejaban pasar más que un hilito de agua; podrían atravesarlo sin dificultad.
    Juana y María Antonieta no pensaron mucho, como no tenían medias entraron en la escasa corriente con los zuecos en la mano. ¡Qué fría está el agua! Gritaron. Allí el agua era más profunda de lo que parecía y subieron más el vestido para no mojarlo. Bernardita, escandalizada, gritó a la hermana.
    — ¡Qué haces María!, deja más bien que se te moje la pollera.
    La hermana obedeció y con la compañera entraron en la gruta donde se acurrucaron para calentarse los pies.
    Bernardita indecisa no sabía que hacer; temía, que el agua fría la enfermara. Llamó a su hermana y a Juana para que la ayudaran a tirar piedras en el canal de modo de poder pasarlo sin mojarse los pies.
    —Has como nosotros, le respondieron las dos. Pero María Antonieta tuvo compasión de su hermana tan delicada por su mal y se ofreció para llevarla cargada. No, gracias, dice Bernardita, eres muy chica y caeremos las dos al agua... pero si Juana quisiera... Esta era más alta y más robusta, pero aun ofendida por lo de las polleras le dijo: —No eres más que una llorona y una cargosa. Si no quieres pasar, quédate.
   Hola! Responde Bernardita seriamente, si quieres pelear anda a otra parte y no aquí…
   — ¿Y porque no aquí como en cualquier parte?
   —Vamos estas muy mal y harías mejor en rogar al buen Dios.
    Juana de despecho, como confesó más tarde, recoge los huesos y las ramas y arrastra consigo a María Antonieta a lo largo de la orilla del Gave. Ya están lejos…
    Cansada de esperar, Bernardita, probó de tirar grandes piedras en el canal, pero el agua muy profunda, pasaba sobre ellas.
    Fué a mirar más lejos, si la corriente se estrechaba. En vano, retornó a la gruta decidida a pasar también ella, el arroyo descalza. Era mediodía.
    Pero dejemos aquí la pluma a la misma Bernardita: en sus apuntes íntimos, una sencillez deliciosa y natural brilla sobre cada palabra como la gota de rocío sobre la hoja de la hierba.
“Me había sacado solo una media, cuando oí un rumor como una ráfaga de viento. Miré hacia el prado y noté que las hojas de los árboles, no estaban agitadas. Continué descalzándome y de nuevo el mismo rumor, levanté la cabeza hacia la gruta y vi una Señora vestida de blanco. Ante esa visión me sobresalté y creyendo soñar me froté los ojos. Pero yo veía siempre a la Señora. Entonces saque del bolsillo el Rosario e intente hacer la señal de la cruz; pero mi mano no pudo llegar hasta la frente. Aumentaba mi sorpresa y temor. La Señora tomó el rosario que tenía en las manos e hizo la señal de la Cruz. Traté de hacer lo mismo y esta vez lo conseguí. Sentí enseguida desvanecer esa turbación que me había invadido, me arrodillé y recé el Rosario frente a la Señora bella. Cuando hube terminado, me hizo señal que me aproximara, pero yo no osé y Ella desapareció”. 



    A sus amigos Estrade, ella dijo muchas veces: “Mirando hacia la gruta yo vi en una abertura de la roca, que un rosal silvestre, uno solo, se agitaba, como sacudido por un gran viento. Casi al mismo tiempo salió del interior una nubecita dorada y poco después apareció una Señora joven y bella, de una belleza como yo jamás vi igual. Se detuvo en la abertura, sobre el rosal, me miro, me sonrió, me hizo señal que me acercara como si, como si hubiera sido mi madre. La Señora estaba allí sonriéndome y haciéndome entender que yo no me engañaba. Me dejó rezar sola mientras los dedos hacían pasar una por una, las cuentas del rosario y sus labios quedaban unidos; solo al fin de cada decena su voz se unía a la mía para decir: “Gloria Patri et filio et Espiritui Sancto”. 


    No era pues un fantasma vaporoso e  indefinido lo que Bernardita veía: era un ser viviente que cambiaba de posición, se inclinaba, saludaba y hacía la señal de la Cruz. Era una señorita, es decir una señora muy joven era una “Madam” o una “Madamisela”, no más grande que yo, decía Bernardita, la que como sabemos era, baja para su edad. Usaba un vestido blanco, largo hasta los pies, de los que solo dejaba, ver las puntas; tenía, en el cuello una cinta blanca que caía hasta el pecho. Su cabeza cubierta por un velo blanco que cubría también espalda y brazos y llegaba al ruedo del vestido. Sobre cada pie una rosa amarilla refulgente como el oro, parecían pegadas al ruedo. El cinturón azul largo como tres veces mi mano, que después del nudo caía hasta debajo la rodilla. La cadena del rosario amarillas como las rosas, las cuentas blancas grandes y muy distanciadas. La “muchacha era muy jovencita, viva, circundada de luz”.
    Desaparecida la visión, la chica se halló de rodillas sobre las piedras, vecinas al lugar donde moría el arroyuelo. Miro aun pero  el encanto había desaparecido, vacía la ojiva y la roca fría y muda. Fué presa de una gran tristeza, hubiera querido seguir viendo y quedarse allí para siempre. Juana y María Antonia estaban de vuelta, cada una con un hacecillo de leña.

    Mira —dice María— Bernarda reza.
    Oh, loca —dice Juana— que linda idea, venir hasta aquí a rezar. ¿No basta rezar en la iglesia? Dejémosla esta no sabe hacer otra cosa más que rezar. Diciendo así la hermana le tira dos piedritas. Bernarda no se mueve, sus ojos están dirigidos al nicho.
    María Antonia grita entonces—Bernarda está muerta!
   Pero no, no está muerta, si lo estuviera habría caído al suelo dice Juana.
    Bernardita al final se levantó
    — ¡Oh animal! —grito la hermana ir a rezar sobre las piedras. Santurrona e inútil — añade Juana. ¿Quieres o no venir con nosotras?
    —Las oraciones— responde dulcemente la pastorcita, —están bien donde se hagan.
    Sin prestar atención a lo que hubiera podido añadir, Juana y María Antonieta para sacarse el frío, se pusieron a correr y saltar frente de la gruta; Bernardita se sacó la otra media y entro en el arroyo.
   — ¡Que mentirosas —exclamo porque gritaron si el agua del canal no estaba fría como me dijeron, está caliente como la de lavar los platos.
   —Bueno esta —responde María Antonieta ¿no viste que nuestros pies estaban hinchados y amoratados? Y las dos, Juana y María Antonieta se agachan para tocar los pies de Bernardita. Estaban calientes.
    —Bien afortunada de sentir caliente esa agua, nosotros la hemos encontrado muy diferente.
    Bernardita se calzó y hechos tres hacecillos de ramas recogido tomo el suyo y comenzaron la vuelta.
    Subieron la, ruda, pendiente de Massabielle y encontraron el sendero del bosque.
    En el camino —dice— pregunté a mis compañeras si habían visto algo.
    “No” —responden — ¿Y tú?
    —Oh! no si Vds. no vieron nada, yo tampoco.
   “Yo quería estar callada y no contar nada, pero ellas insistieron tanto que me decidí a contarles con la condición de no decir a nadie.
    Me prometieron guardar el secreto; pero en cuanto llegaron a la casa se apuraron a revelar todo.”
    Aquí termina la narración de la primera aparición tal como la describió más tarde Bernardita.
   Por María Antonia sabemos lo que ocurre la tarde de ese día.
    “Llegadas a casa tiramos los haces junto a la ventana y después de haber comido, mi madre me llamó cerca de la ventana para peinarme.
    Me quemaba la lengua, hubiera querido detallar todo enseguida pero mamá al oírme suspirar una y otra vez y decir “mah” y después “¡hum!”
   — ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes ?me preguntó.
   Entonces todo de un golpe dije lo que había oído a Bernardita. “¡Ay pobre de mí!” gritó mi madre turbada y pesarosa. ¿Qué diablos me cuentas? y llamó a Bernardita quién repitió la narración. Se enojó mucho y dijo a Bernardita: “Son tus ojos los que te han engañado! será alguna piedra blanca que tú habrás visto”.
   “No —respondió Bernardita— Ella tiene un rostro bellísimo”.
   —Es necesario rogar a Dios — agrega mi madre. Puede ser que sea el alma de alguno de nuestros parientes que está en el purgatorio. Mientras tanto prohibió severamente volver a la gruta.
    Mi padre estaba en cama, enfermo; se enojó el también y creyendo que hubiera algo grave dijo a Bernardita: Lindo! tú también quieres empezar a hacer tus truhanería”.
    La buena chica se turbó. Por todo el oro del mundo no hubiera querido disgustar a sus padres, ni desobedecerlos. Esa noche en el momento de la oración, rompe en sollozos.
    — ¿Qué tienes? pregunta la mamá ansiosa.
    — “Nada, siento necesidad de llorar”.
    Cuando se tranquilizó un poco por delicadeza y escrúpulo de conciencia, quiso que se comenzase de nuevo la plegaria.
    Fué a la cama, pero no pudo conciliar el sueño.
   “Volvía, siempre a mi memoria la imagen de aquella Señora, tan bella y gentil, y las palabras de mamá no lograron convencerme que yo me hubiera engañado”. 

    En tal circunstancia, en un triste día de invierno, a una chica pobre ignorante, desconocida del vulgo y de los hombres de ciencia que se le aparece una Señora, en una nube de oro, joven, bella, sobre todo bella y gentil más que ninguna otra cosa en el mundo.



“SANTA BERNARDITA SOUBIROUS”
HIJAS DE SAN PABLO-1940.

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