martes, 12 de diciembre de 2017

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE HISTORIA DE LAS APARICIONES




LAS APARICIONES: Aparición de la Virgen a San Juan Diego

   Diez años después de la conquista de México, el día 9 de diciembre de 1531, Juan Diego iba rumbo al Convento de Tlaltelolco para oír misa. Al amanecer llegó al pie del Tepeyac. De repente oyó música que parecía el gorjeo de miles de pájaros. Muy sorprendido se paró, alzó su vista a la cima del cerro y vio que estaba iluminado con una luz extraña. Cesó la música y en seguida oyó una dulce voz procedente de lo alto de la colina, llamándole: “Juanito; querido Juan Dieguito”. Juan subió presurosamente y al llegar a la cumbre vio a la Santísima Virgen María en medio de un arco iris, ataviada con esplendor celestial. Su hermosura y mirada bondadosa llenaron su corazón de gozo infinito mientras escuchó las palabras tiernas que ella le dirigió a él. Ella habló en azteca. Le dijo que ella era la Inmaculada Virgen María, Madre del Verdadero Dios. Le reveló cómo era su deseo más vehemente tener un templo allá en el llano donde, como madre piadosa, mostraría todo su amor y misericordia a él y a los suyos y a cuantos solicitaren su amparo. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, irás a la casa del Obispo de México y le dirás que yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo; que aquí en el llano me edifique un templo. Le contarás cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que le agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás que yo te recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Ya has oído mi mandato, hijo mío, el más pequeño: anda y pon todo tu esfuerzo".




   Juan se inclinó ante ella y le dijo: "Señora mía: ya voy a cumplir tu mandato; me despido de ti, yo, tu humilde siervo".

   Cuando Juan llegó a la casa del Obispo Zumárraga y fue llevado a su presencia, le dijo todo lo que la Madre de Dios le había dicho. Pero el Obispo parecía dudar de sus palabras, pidiéndole volver otro día para escucharle más despacio.

   Ese mismo día regresó a la cumbre de la colina y encontró a la Santísima Virgen que le estaba esperando. Con lágrimas de tristeza le contó cómo había fracasado su empresa. Ella le pidió volver a ver al Sr. Obispo el día siguiente. Juan Diego cumplió con el mandato de la Santísima Virgen. Esta vez tuvo mejor éxito; el Sr. Obispo pidió una señal.

   Juan regresó a la colina, dio el recado a María Santísima y ella prometió darle una señal al siguiente día en la mañana. Pero Juan Diego no podía cumplir este encargo porque un tío suyo, llamado Juan Bernardino había enfermado gravemente.

   Dos días más tarde, el día doce de diciembre, Juan Bernardino estaba moribundo y Juan Diego se apresuró a traerle un sacerdote de Tlaltelolco. Llegó a la ladera del cerro y optó ir por el lado oriente para evitar que la Virgen Santísima le viera pasar. Primero quería atender a su tío. Con grande sorpresa la vio bajar y salir a su encuentro. Juan le dio su disculpa por no haber venido el día anterior. Después de oír las palabras de Juan Diego, ella le respondió: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esos ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿Qué más te falta? No te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que ya sanó”.

   Cuando Juan Diego oyó estas palabras se sintió contento. Le rogó que le despachara a ver al Señor Obispo para llevarle alguna señal y prueba a fin de que le creyera. Ella le dijo:

   “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, recógelas y en seguida baja y tráelas a mi presencia”.


   Juan Diego subió y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tan hermosas flores. En sus corolas fragantes, el rocío de la noche semejaba perlas preciosas. Presto empezó a córtalas, las echó en su regazo y las llevó ante la Virgen. Ella tomó las flores en sus manos, las arregló en la tilma y dijo: “Hijo mío el más pequeño, aquí tienes la señal que debes llevar al Señor Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu tilma y descubras lo que llevas”. 



   Cuando Juan Diego estuvo ante el Obispo Fray Juan de Zumárraga, y le contó los detalles de la cuarta aparición de la Santísima Virgen, abrió su tilma para mostrarle las flores, las cuales cayeron al suelo. En este instante, ante la inmensa sorpresa del Señor Obispo y sus compañeros, apareció la imagen de la Santísima Virgen María maravillosamente pintada con los más hermosos colores sobre la burda tela de su manto.




LA CURACIÓN DE JUAN BERNARDINO: Aparición de la Virgen a Juan Bernardino.

   El mismo día, doce de diciembre, muy temprano, la Santísima Virgen se presentó en la choza de Juan Bernardino para curarle de su mortal enfermedad. Su corazón se llenó de gozo cuando ella le dio el feliz mensaje de que su retrato milagrosamente aparecido en la tilma de Juan Diego, iba a ser el instrumento que aplastara la religión idólatra de sus hermanos por medio de la enseñanza que el divino códice-pintura encerraba.


   Te-coa-tla-xope en la lengua Azteca quiere decir “aplastará la serpiente de piedra”. Los españoles oyeron la palabra de los labios de Juan Bernardino. Sonó como “de Guadalupe”. Sorprendidos se preguntaron el porqué de este nombre español, pero los hijos predilectos de América, conocían bien el sentido de la frase en su lengua nativa. Así fue como la imagen y el santuario adquirió el nombre de Guadalupe, título que ha llevado por cuatro siglos.

   Se lee en la Sagrada Escritura que en tiempo de Moisés y muchos años después un gran cometa recorría el espacio. Tenía la apariencia de una serpiente de fuego. Los indios de México le dieron el nombre de Quetzalcóatl, serpiente con plumas. Le tenían mucho temor e hicieron ídolos de piedra, en forma de serpiente emplumada, a los cuales adoraban, ofreciéndoles sacrificios humanos. Después de ver la sagrada imagen y leer lo que les dijo, los indios abandonaron sus falsos dioses y abrazaron la Fe Católica. Ocho millones de indígenas se convirtieron en sólo siete años después de la aparición de la imagen.



LA TILMA DE JUAN DIEGO: Detalle de la tilma con la imagen.

   La tilma en la cual la imagen de la Santísima Virgen apareció, está hecha de fibra de maguey. La duración ordinaria de esta tela es de veinte años a lo máximo. Tiene 195 centímetros de largo por 105 de ancho con una sutura en medio que va de arriba a abajo.



   Impresa directamente sobre esta tela, se encuentra la hermosa figura de Nuestra Señora. El cuerpo de ella mide 140 centímetros de alto.

   Esta imagen de la Santísima Virgen es el único retrato auténtico que tenemos de ella. Su conservación en estado fresco y hermoso por más de cuatro siglos, debe considerarse milagrosa. Se venera en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México, donde ocupa el sitio de honor en el altar mayor.

   La Sagrada Imagen duró en su primera ermita desde el 26 de diciembre, 1535 hasta el año de 1622. 



   La segunda iglesia ocupó el mismo lugar donde se encuentra hoy la Basílica. Esta duró hasta 1695. Unos pocos años antes fue construida la llamada Iglesia de los Indios junto a la primera ermita, la cual sirvió entonces de sacristía para el nuevo templo. En 1695, cuando fue demolido el segundo templo, la milagrosa imagen fue llevada a la Iglesia de los Indios donde se quedó hasta 1709 fecha en que se dedicó el nuevo hermoso templo que todavía despierta la admiración de mexicanos y extranjeros.



LA CORONACIÓN

   El doce de octubre de 1895 la bendita imagen de la Santísima Virgen fue coronada por decreto del Santo Padre, León XIII, y el doce de octubre de 1945, cincuentenario de la coronación, su Santidad Pío XII en su célebre radio mensaje a los Mexicanos le aplicó el título de Emperatriz de las Américas.



   Muy recientemente, el doce de octubre de 1961, su Santidad Juan XXIII, dirigió un radio mensaje a los Congresistas del II Congreso Interamericano Mariano quienes se encontraron presentes dentro de la Nacional e Insigne Basílica de Guadalupe. En este día, a las doce en punto, se escuchó la sonora voz del Santo Padre quien pronunció las siguientes palabras:

Amadísimos Congresistas y fieles todos de América:

María, Madre de Dios y Madre nuestra, esa tierna palabra que estos días vuestros labios repiten sin fin con el título bendito de Madre de Guadalupe, abre este nuestro saludo que dirigimos a cuantos tomáis parte en el Segundo Congreso Mariano Interamericano y a todos los países de América.

Feliz oportunidad ésta del 50 aniversario del Patronato de María Santísima de Guadalupe sobre toda la América Latina, que tanto bien ha producido entre los pueblos del Continente, para alentaros en vuestras manifestaciones de mutuo amor y de devoción a la que es Madre de vida y Fuente de gracia.

   Día histórico aquél doce de octubre en que el grito “tierra” anunciaba la unión de dos mundos, hasta entonces desconocidos entre sí, y señalaba el nacimiento a la fe de esos dos continentes; a la fe en Cristo –“luz verdadera que ilumina a todo hombre”- (Jo. 1, 9.) de la cual María es como la “aurora consurgens” que precede la claridad del día. Más adelante “la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive”, derrama su ternura y delicadeza maternal en la colina, del Tepeyac, confiando al indio Juan Diego con su mensaje unas rosas que de su tilma caen mientras en ésta queda aquél retrato suyo dulcísimo que manos humanos no pintaran.

   Así quería Nuestra Señora continuar mostrando su oficio de Madre: Santa María de Guadalupe, siempre símbolo y artífice de esta fusión que formaría la nacionalidad mexicana y, en expansión cargada de sentidos, rebasaría las fronteras para ofrecer al mundo ese coro magnífico de pueblos que rezan en español.

   Primero Madre y Patrona de México, luego de América y de Filipinas: el sentido histórico de su mensaje iba cobrando así plenitud, mientras abría sus brazos a todos los horizontes en un anhelo universal de amor.

   Abre el alma a la esperanza cuando en ese mismo Continente se viene estudiando y poniendo en práctica para elevar el nivel de vidas de los pueblos humanos. Vemos con aplauso las iniciativas encaminadas a procurar personal preparado para el apostolado a los países escasos de clero o de religiosos en el deseo de sostener su fe y de continuar la misión salvadora de la Iglesia.

   ¡Cuánto podrá ayudar a mantener vivos estos ideales cristianos de fraternidad vuestro Congreso! Qué altura y qué nobleza adquieren las relaciones entre los individuos y los pueblos cuando se las contempla a la luz de nuestra fraternidad en Cristo: "omnes vos fratres estis" (Mat. 23,8) según proclama el lema de vuestro Congreso. .

   Y cuanto en esta convivencia alienta el amor y la consideración de una Madre común, entonces los vínculos de la familia humana adquieren la eficacia de algo más vital, más sentido que sublima el poder y la fuerza de cualquier ley.

   Tenéis ahí a María, la Madre común, puesto que es Madre de Cristo, la que con su solicitud y compasión maternal ha contribuido a que se nos devuelva la vida divina y sobrenatural, la que en la persona del discípulo amado nos fue donada como Madre espiritual por Cristo mismo en la cruz.

   ¡Salve Madre de América! Celestial Misionera del nuevo Mundo, que desde el Santuario del Tepeyac has sido, durante más de cuatro Siglos Madre y Maestra en la fe de los pueblos de América. Sé también su amparo y sálvalos oh Inmaculada María; asiste a sus gobernantes, infunde nuevo celo a sus Prelados, aumenta las virtudes en el clero; y conserva siempre la fe en el pueblo.

   Oiga María estos votos para que los presentes a Cristo en cuyo nombre y con el más vivo afecto de nuestro corazón de Padre os bendecimos. 


SAN JUAN DIEGO


   San Juan Diego nació en 1474 en el “calpulli” de Tlayacac en Cuauhtitlán, México, establecido en 1168 por la tribu nahua y conquistado por el jefe Azteca Axayacatl en 1467. Cuando nació recibió el nombre de Cuauhtlatoatzain, que quiere decir “el que habla como águila” o “águila que habla”. Juan Diego perteneció a la más numerosa y baja clase del Imperio Azteca, sin llegar a ser esclavo. Se dedicó a trabajar la tierra y fabricar matas las que luego vendía. Poseía un terreno en el que construyó una pequeña vivienda. Contrajo matrimonio con una nativa pero no tuvo hijos. 



   Entre 1524 y 1525 se convierte al cristianismo y fue bautizado junto a su esposa, él recibió el nombre de Juan Diego y ella el de María Lucía. Fueron bautizados por el misionero franciscano Fray Toribio de Benavente, llamado por los indios "Motolinia" o " el pobre".

   Antes de su conversión Juan Diego ya era un hombre piadoso y religioso. Era muy reservado y de carácter místico, le gustaba el silencio y solía caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a 20 kilómetros de distancia, para recibir instrucción religiosa. Su esposa María Lucía falleció en 1529. En ese momento Juan Diego se fue a vivir con su tío Juan Bernardino en Tolpetlac, a sólo 14 kilómetros de la iglesia de Tlatilolco, Tenochtitlán. Durante una de sus caminatas camino a Tenochtitlán, que solían durar tres horas a través de montañas y poblados, ocurre la primera aparición de Nuestra Señora, en el lugar ahora conocido como "Capilla del Cerrito", donde la Virgen María le habló en su idioma, el náhuatl.

   Juan Diego tenía 57 años en el momento de las apariciones, ciertamente una edad avanzada en un lugar y época donde la expectativa de vida masculina apenas sobrepasaba los 40 años. Luego del milagro de Guadalupe Juan Diego fue a vivir a un pequeño cuarto pegado a la capilla que alojaba la santa imagen, tras dejar todas sus pertenencias a su tío Juan Bernardino. Pasó el resto de su vida dedicado a la difusión del relato de las apariciones entre la gente de su pueblo.

   Murió el 30 de mayo de 1548, a la edad de 74 años. Juan Diego fue beatificado en abril de 1990 por el Papa Juan Pablo II y proclamado santo el 31 de Julio de 2002.


sábado, 9 de diciembre de 2017

“LA VERDADERA HISTORIA DE FÁTIMA”


Una narración completa de las Apariciones de Fátima.


Contada por el Padre  John de Marchi, I.M.C. 


Capítulo II   Los niños de Fátima


   La mayor de los tres niños a quienes Nuestra Señora iba a aparecerse en Fátima era Lucía de Jesús dos Santos. Nacida el 22 de marzo de 1907, la última 
de los siete hijos de Señor Antonio dos Santos y su mujer, María Rosa, residentes en el lugar de Aljustrel, que se asemeja a un oasis en medio de la aridez pedregosa de la Sierra del Aire que forma parte de la aldea de Fátima. El Señor dos Santos era un agricultor cuyas pequeñas tierras se ubicaban en los campos de la vecindad. 

   Lucía había sido siempre sana y robusta más no de facciones delicadas. La nariz, un poco achatada, los labios gruesos y la boca grande le hubiera atribuido un carácter grosero. Sin embargo, su disposición de ánimo particularmente feliz y su genio excelente hacían atractivo su rostro, y esta hermosura provenía de sus dos grandes ojos negros que brillaban bajo unas cejas muy espesas. Era especialmente cariñosa para con los niños y desde muy jovencita empezó a demostrar su valía como una ayuda a las madres en el cuidado de sus pequeños. Estaba dotada en una manera singular por su afecto e ingeniosidad para capturar la atención de los otros niños. También se sabe que gozaba vistiéndose bien. En las numerosas fiestas religiosas era siempre la más pintoresca de entre todas las niñas. Además de eso, ella amaba estas ocasiones por la alegría, y especialmente por el baile. 

   El padre de Lucía era como muchos hombres de su clase. Hacía su trabajo, ejercía sus deberes religiosos, y pasaba su tiempo libre con sus amigos en la taberna, dejando a los niños completamente al cuidado de su mujer. Y ella era totalmente capaz de hacerlo, aunque tal vez un poco demasiado estricta en su disciplina.

   Devota religiosa, la Señora María Rosa estaba llena de más sensatez que los demás, y, a diferencia de la mayoría de sus vecinos, podía leer. Por eso podía instruir en el catecismo no sólo a sus propios hijos sino también a los niños vecinos. Al atardecer les leía de la Biblia u otros libros piadosos, y les recordaba con diligencia sus oraciones, instándoles en particular al rezo del Rosario, la devoción tradicionalmente favorecida del pueblo portugués. No debe sorprendernos, por lo tanto, que Lucía fuese capaz de recibir su primera Sagrada Comunión a los seis años de edad en vez de diez como era costumbre en ese entonces.

   Francisco y Jacinta, los otros dos protagonistas, eran los primos de Lucía, el octavo y noveno, respectivamente, nacidos del matrimonio del Señor Manuel Marto y de la Señora Olimpia Jesús dos Santos, que contrajo segundas nupcias, fallecido su primer marido que le había dado dos niños. Olimpia era la hermana de Antonio dos Santos, el padre de Lucía. 

Francisco, su hijo más pequeño, nació el 11 de junio de 1908. Llegó a ser un chaval muy guapo con disposición semejante a su papá, Tío Marto, como su padre generalmente se llamaba. Lucía recuerda que “al contrario de Jacinta, a veces caprichosa y vivaracha, era de un natural pacífico y condescendiente”. Aunque le encantaba jugar, le importaba poco si ganaba o perdía. De hecho, hubo tiempos en los Lucía nos cuenta, “Yo misma simpatizaba poco con él, porque su temperamento pacífico excitaba los nervios de mi excesiva vivacidad. A veces, le cogía del brazo y le hacía sentar en el suelo o sobre una piedra y le mandaba que se estuviese quieto…Después me pesaba haberlo hecho e iba a buscarlo, y, cogiéndole de la mano, le traía conmigo como si nada hubiese pasado”. 

   Y con todo, recuerda su padre, “era más valiente, más inquieto que su hermanita. Por cualquier cosa se impacientaba; por cualquier cosa armaba un barullo hasta el punto de que a veces parecía un becerro. Para nada era miedoso. Iba de noche solo a cualquier sitio oscuro sin la menor contrariedad. Jugaba con los lagartos y las serpientes, a las que ponía formando corro alrededor de su palo y les daba a beber en los huecos de las piedras la leche de las ovejas…” 

   Tío Marto, aunque analfabeto, era un hombre de verdadera sabiduría y prudencia. Tenía un sentido de los valores que era excepcional, y debió de infundir en el espíritu y el corazón de Francisco una profunda apreciación de la natural hermosura de la vida. Hasta como un chico pequeño amaba contemplar el mundo que le rodeaba: la vastedad de los cielos, la maravilla de las estrellas, y las numerosas bellezas de la naturaleza al amanecer y al atardecer. A Francisco también le gustaba la música y portaba una flauta de caña con la que acompañaba a Lucía su prima y Jacinta su hermana, sus compañeras, en sus cantos y bailes. 


   Jacinta nació el 11 de marzo de 1910, y era casi dos años más joven que su hermano. De carácter sensiblemente distinto al su hermano, Jacinta se parecía no obstante mucho a él en el aspecto exterior. Lo mismo que Francisco, era de cara redonda y  facciones de una regularidad perfecta: boca pequeña, labios finos, cuerpecillo bien proporcionado, pero no tan robusto como Francisco. Una niña tranquila y que portaba bien, llegó a ser una niña querida, aunque tenía una tendencia precoz a ser egoísta. Estaba inclinada a ser piadosa, pero igualmente dada a divertirse. De hecho, parece que había sido idea suya, algún tiempo antes de las apariciones, de reducir su Rosario cotidiano a una repetición de apenas las dos primeras palabras del Ave María, una práctica que, por supuesto, rápidamente abandonaron después. 

   Jacinta tenía una gran devoción hacia Lucía, y cuando llegó a ser la tarea de Lucía llevar las ovejas a los campos a pacer, Jacinta importunaba a su madre hasta que le dio también unas ovejas para que pudiese acompañar su prima a los campos. Cada mañana, antes de amanecer, la Señora Olimpia despertaría a Francisco y Jacinta. Se bendecirían cuando se levantaban y rezarían una breve oración. Su madre, habiendo preparado el desayuno, generalmente algún pan y un plato de sopa, iría después al establo para abrir a las ovejas, y una vez de vuelta en casa, prepararía un almuerzo con alguna cosa disponible, a lo mejor pan con olivas, bacalao, o sardinas. Terminado esto, los niños estarían dispuestos para ir y encontrarse con Lucía con su rebaño de ovejas. Antes de las apariciones acostumbraban a juntarse con los otros niños, pero después de las apariciones del Ángel los tres permanecieron en general por ellos mismos, apartados de los demás. 

  Lucía escogería el lugar para el pastoreo del día. Por regla general iban a los campos montañosos, adonde el Señor dos Santos era el propietario. A veces ella los llevaba a los campos abiertos alrededor de Fátima. Un favorito lugar de veraniego, sin embargo, era el Cabeço, una colina frondosa que ofrecía la sombra de árboles – olivos, pinos, y encinas – así como la gruta. Estaba más cerca de su casa que los otros pastizales, y los niños le estimaban lo mejor para divertirse. 

   Una de las compañeras anteriores de Lucía recuerda, “Lucía era divertida y nos gustaba estar con ella porque era también siempre muy simpática. Hacíamos cualquier cosa que nos dijese que hiciésemos. Era muy sabia, y podía cantar y bailar muy bien; y con ella podíamos pasar todo el día cantando y bailando…”

   Y Lucía recuerda, hasta hoy, todas sus canciones simples y hermosas. Cuando oían el sonido de las campanas de la iglesia, o cuando el sol en su zenit les decía que era mediodía, paraban su juego y el baile para recitar el Ángelus. Después de tomar su almuerzo rezaba su Rosario y después continuaban con su diversión. Volverían a casa al atardecer para cenar, y después de sus oraciones nocturnas se acostarían.


8 de diciembre de 2017. LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA




El 8 de diciembre de 1854 Pío IX definió oficialmente tan gran dogma, haciéndose fiel interprete de toda la tradición cristiana resumida en las palabras del Ángel: “Dios te salve, María, llena de gracia; el Señor es contigo, y bendita tú eres entre todas las mujeres”.

   Con toda verdad, pues, exclama el verso del Aleluya: “Toda hermosa eres, María, y el pecado original no se halla en ti”. Como la aurora anuncia al día, así María precede al astro divino, que pronto iluminará a nuestras almas,  y se presenta primera en el cielo litúrgico, como que ella es la que deberá introducir en él a su Hijo. Como gracia propia de esta fiesta de la Inmaculada, pidamos a Dios que nos sane y libre de todos los pecados, para que, de ese modo, nos hallemos dispuestos a recibir en nuestros corazones a Jesús, cuando en ellos se presente el día de Navidad.

   Míranos cargados de culpas propias, Virgen sin mancilla, no consientas que los hijos sean tan disímiles de su madre, tan santa y tan pura.  




   TODA HERMOSA ERES, MARÍA, Y MANCHA ORIGINAL NO HAY EN TI.

viernes, 8 de diciembre de 2017

8 de Diciembre, FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN



La Inmaculada Concepción y el plan de Dios

P. José María Mestre Roc


   Celebramos hoy la fiesta de la Inmaculada Concepción, esto es, el privilegio que la Virgen María recibe, en el momento mismo de su concepción en el seno de su madre Santa Ana, de verse libre del pecado original. Este dogma celebra, pues, la primera victoria total contra el pecado, porque significa exención de todo poderío del pecado y del demonio sobre esta alma bienaventurada de María; victoria de Cristo, único Salvador del género humano, pues la Inmaculada Concepción es concedida a María en previsión de los méritos de Cristo en su Pasión y muerte. 

   Dos puntos me gustaría considerar con motivo de esta fiesta:  

• el primero, el aspecto combativo y actual de este dogma;

• el segundo, cómo por este dogma se nos revela el gran plan de Dios, de redimir al género humano por un Hombre y una Mujer.


 1º Aspecto combativo y actual de la Inmaculada Concepción.


   En 1917 la Francmasonería festejó en Roma su segundo centenario de existencia. Por todas partes aparecían banderas y pancartas que representaban al Arcángel San Miguel vencido y derribado por Lucifer; y en la misma plaza de San Pedro se podía escuchar el siguiente eslogan: « ¡Satán reinará en el Vaticano, y el Papa formará parte de su cuerpo de guardia!».

   El entonces hermano Maximiliano Kolbe, franciscano conventual polaco, era entonces estudiante de teología en la Gregoriana de Roma. Ante estas demostraciones de audacia del enemigo, se pregunta: « ¿Por qué los católicos tienen que ser tan pusilánimes en defender su fe, cuando los enemigos son tan audaces en atacarla? ¿No poseemos nosotros armas más eficaces que ellos, el Cielo y la Inmaculada?». Y meditando en las Sagradas Escrituras y en los Santos Padres, inspirándose en los escritos de los santos marianos, especialmente de San Luis María de Montfort; considerando el dogma de la Inmaculada y las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, y la extensión práctica de todas estas verdades, llega a esta conclusión: «La Virgen Inmaculada, victoriosa contra todas las herejías, no cederá ante su enemigo que levanta cabeza; si encuentra servidores fieles, dóciles a sus órdenes, logrará nuevas victorias, mucho mayores de lo que podríamos imaginar…».


   Y funda así, el 16 de octubre de 1917, tan sólo tres días después del milagro de Fátima, la Milicia de la Inmaculada. El emblema de esta nueva milicia será la Medalla Milagrosa. Su exigencia, la consagración total a la Inmaculada Madre de Dios, para vivir prácticamente esta consagración. Su fin, arrancar a las masas de las garras de Satán y pedir a la Inmaculada la conversión de los enemigos de la Iglesia, especialmente los francmasones.
  

   Si San Maximiliano Kolbe da a su Milicia el nombre de Milicia de la Inmaculada, es también, y hay que saberlo, porque la definición del dogma de la Inmaculada Concepción en 1854 por Pío IX revistió un aspecto combativo que los enemigos de la Iglesia supieron discernir enseguida, y que nosotros no debemos olvidar. En efecto, en 1854 están en plena circulación todos los principios del Contrato Social de Rousseau, que deberían llevar al establecimiento universal de esta gran mentira que es la democracia y de los derechos de los hombres. ¿Cuál es el cimiento de todas estas fábulas, de todas estas mentiras en que de tan buena gana cree el hombre moderno? Uno solo: el dogma de la inmaculada concepción… del hombre. Se postula que el hombre es bueno por naturaleza, que el hombre nace bueno, y que es la sociedad la que lo corrompe. Sin esta verdad de base, todo el sistema social revolucionario se derrumba.

   Pues bien, Pío IX lo tira al piso por su definición dogmática. Pues al definir la Inmaculada Concepción de María, no hace más que asentar la siguiente verdad: que la inmunidad del pecado original, lejos de ser una ley general para todos los hombres, es al contrario el privilegio único y exclusivo de una sola creatura, que es la Santísima Virgen María. Y que, por lo tanto, para los demás hombres sigue vigente el pecado original, con todas las consecuencias que ello implica: la necesidad de un Redentor, al que deben someterse todos los hombres; la necesidad de la autoridad, de la gracia, de los sacramentos, de la Iglesia, de la educación, de la familia, del orden social cristiano en definitiva, concebido y construido especialmente para curar a hombres que nacen en pecado original… La necesidad, pues, de todo lo que los revolucionarios pretendían negar…


 2º El plan de Dios en la economía de la Redención.


   Pero si profundizamos un poco más, veremos que el dogma de la Inmaculada Concepción, especialmente celebrado en el Adviento, al comienzo de la celebración de los misterios de Cristo, nos revela poderosamente el plan de Dios en la obra de nuestra Redención. En efecto, nos presenta, antes que a Cristo, el Nuevo Adán, a María en toda la plenitud de su santidad, como Nueva Eva. La escena del Evangelio es, a este propósito, muy sugestiva.

   Dios ha querido que el género humano fuera propagado según la carne por un hombre y por una mujer. Y también ha querido que, en el orden sobrenatural, fuera restaurado por un Hombre y por una Mujer.

   Esto es, la obra de la Redención es concebida al modo de una venganza divina, como nos lo enseñan unánimemente los Santos Padres.

   El plan de Satán fue el de perder al hombre, y con él a toda sus descendencia, a través de la mujer, escudándose en ella, disimulándose detrás de ella. Eva tuvo así, en el orden de la caída, un papel de introducción, de preparación y de colaboración.

   El plan de Dios será salvar a la humanidad a través de un Hombre, un Nuevo Adán, pero con la colaboración de una Mujer, una Nueva Eva. El Nuevo Adán es Cristo, y la Nueva Eva es María. María tiene así, en el orden de la redención y por voluntad divina, un papel de introducción (encarnación), de preparación (Caná) y de colaboración (en todos los misterios de Cristo, pero especialmente en el Calvario).

   Para cumplir convenientemente esta misión, que era de lucha y de victoria contra el diablo, era necesario que María no tuviese nada que ver con él, que fuese Inmaculada: Inmaculada para ser digna Madre del Redentor; Inmaculada para poder ser Corredentora del género humano; Inmaculada para ser asociada en la obra de santificación del Redentor en toda su línea.


 Conclusión.


   Ya lo vemos, el dogma de la Inmaculada Concepción nos muestra, ya en esbozo y en preparación, a la Santísima Virgen metida de lleno en la obra de la Redención, de la que Ella misma es el primer fruto, y el más acabado. Y por lo tanto, nos muestra a la Santísima Virgen metida de lleno en la Iglesia Católica, en nuestra propia vida espiritual, en la vida de nuestras familias y de nuestras sociedades.

   Dios ha guardado el buen vino hasta el final. La visión grandiosa del papel de María, y la intervención extraordinaria de la Virgen Santísima en la obra de la Redención, que se ha de hacer mucho más visible hacia el fin de los tiempos, es una gracia que Dios ha reservado para el final, para el momento en que la Iglesia, como grano de mostaza, haya crecido ya muchísimo, y con ella el conocimiento, el amor, la honra y el servicio a la Santísima Madre de Dios.


   Por eso, ofrezcámonos hoy a la Santísima Virgen, entreguémonos totalmente a Ella. Vivimos tiempos muy peligrosos, los tiempos en que el demonio anda totalmente desatado; pero esos tiempos han de ser también, y forzosamente, los de la Inmaculada que le aplasta la Cabeza. Y también nosotros somos llamados a tomar parte de las enemistades de la Mujer contra la Serpiente, y de su victoria contra el demonio: a condición, sin embargo, de ser plena y voluntariamente la descendencia de María.


A LA INMACULADA



   Contemplando tu pureza
dulce Madre Inmaculada,
el alma queda prendada
de tan divina belleza.

   ¡Eres Tú tan bella María!
Pues no hallo gracia ninguna
que no tenga en Ti la cuna
y la suprema armonía.

   Tú tienes la luz del sol,
y por escabel la luna
y no hay estrella ninguna
que te iguale en resplandor.

   Y no hay humana blancura
con que poder compararte,
pues ni la nieve más pura
puede llegar a igualarte.

   Y ni la hermosa azucena
del plantel mejor cuidado,
iguala al lirio sagrado
de Tu cara nazarena;

   Ni la rosa peregrina
puede igualar tu color,
¡que Tú eres rosa divina
del jardín del Redentor!

   Ni la cristalina fuente,
ni los claros manantiales,
igualan a la corriente
de tus aguas celestiales.


   Y el alba pura y rosada
tomó de Ti su color
¡que eres el alba soñada
en la mente del Señor!

   Eres el arca escogida
que el mejor tesoro encierra,
Tú nos trajiste a la tierra
al mismo Autor de la Vida!

   Eres pedestal sagrado
y columna celestial.
Eres tesoro guardado
sin pecado original.

   Eres luz y eres consuelo,
eres fuente de alegría,
eres centro de armonía,
y eres espejo del Cielo.

   Eres el puente divino
que va del Cielo a la tierra
el puente por donde vino
la virtud que en Ti se encierra.

   Eres bálsamo oloroso
que calma nuestros dolores,
eres tesoro precioso
de todos nuestros amores.

   Eres Madre de dulzura,
eres Templo de piedad,
ramillete de hermosura
y ejemplo de castidad.

   Míranos Virgen María,
desde tu altar elevada,
y haz que veamos un día ...
¡Tu belleza Inmaculada!


DOLORES SERRANO MISAS
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