lunes, 28 de agosto de 2017

QUINTO MISTERIO GOZOSO


“EL HALLAZGO DEL NIÑO EN EL TEMPLO”

   Dicen que los hijos únicos son difíciles de educar. Jesucristo era hijo único; menos mal que ya nació educado. Sin embargo, les dio un disgusto a sus padres a los 12 años de edad, perdiéndose de su vista.

   Subió la Sagrada Familia desde Nazareth al Templo de Jerusalén para la Pascua; los judíos tenían esa obligación, a no ser estuviesen impedidos; de modo que la capital de Judea decuplicaba en ese tiempo su población, como Mar del Plata en verano.

   Cuando volvían a Nazareth, al fin de la primera jornada, echaron de menos al Niño; como las mujeres al comienzo viajaban separadas de los varones, la Virgen creyó que el Niño iba con san José y san José pensó que iba con la Virgen. Volvieron pues atrás otra jornada, y al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores de la ley, preguntando y respondiendo preguntas acerca de las antiguas profecías.

   Existía una ceremonia por la cual el joven judío a los 13 años era nombrado “hijo de la Ley”, o sea, aceptaba personalmente la religión que le habían enseñado de niño; la cual corresponde a nuestra Confirmación, así como la Circuncisión judía corresponde a nuestro Bautismo. En todos los pueblos del mundo ha existido un rito que marca el paso del niño a la vida adulta; que entre los romanos se llamaba “la toga pretexta”, entre los ingleses es la Confirmación y entre nosotros ahora “los pantalones largos”. En la Iglesia latina se ha introducido la costumbre de administrar la Confirmación ya en la niñez.

   Esa es la razón que dio el joven Jesús de su proceder: que el pertenecía ya al servicio de su Padre Celestial, o sea de la Religión. Eso no tiene dificultad: todo hombre pertenece primordialmente a la Religión, que es el primero de sus deberes; pero el caso de Jesús era aún más fuerte. El pertenecía a la Religión en forma EXCLUSIVA: era el Mesías, el Salvador, el Revelador; tenía una misión única en el mundo. Más tarde responderá en forma abrupta a los que pretendían ligarlo con los lazos sociales o familiares lo mismo que respondió san Pedro a los Fariseos; “primero Dios que los hombres”. Tan solo que Jesús no respondía: “primero Dios”, sino en forma radical, “solamente Dios”. “Ahí fuera te llaman tu madre y tus hermanos” “¿Quién son mi madre y mis hermanos? El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi madre y mi hermano y mi hermana...”



   La Virgen y san José de momento no entendieron esa palabra. No suelen entenderla tampoco algunos padres cuando sus hijos deciden consagrarse del todo a Dios haciéndose religiosos; y entonces se suele aducir este ejemplo del joven Jesús en el Templo.

   La dificultad está en otra parte: ¿por qué no avisó a la Virgen? ¿Era creíble que ella le negase el permiso si Él se lo pidiera? ¿Qué necesidad había de darles un disgusto? Parece un mal ejemplo de falta de respeto y piedad filial.

   ¿Por qué no avisó a la Virgen?
    Porque no pudo.

   Imaginemos el suceso. Los rabinos enseñaban la Escritura por medio de preguntas y respuestas. Jesús hizo una pregunta acerca del Rey Mesías, que los sorprendió. Los rabinos se habían forjado ideas equivocadas acerca del futuro Ungido o Mesías, a quien todos en este tiempo esperaban con ansia. Se entabló un vivo diálogo en el cual varios doctores se levantaron y rodearon al Niño, que acaparó la atención general. El jefe de la Sinagoga le dio orden de que se quedara allí. Y Él se quedó: obedeció al momento y sin una palabra de réplica a la autoridad religiosa —como hizo toda su vida; a pesar de que Él era de hecho una autoridad religiosa mayor; pero por eso mismo debía dar ejemplo de respeto a la Religión establecida, hasta que su propia autoridad de Mesías y de Hijo de Dios fuese conocida de todos.


   No hay otra explicación. Y esta explicación es confirmada por el diálogo entre la Virgen y el Niño.

   —“Hijo ¿por qué has hecho esto con nosotros? He aquí que tu padre y yo te buscábamos con dolor.




   Cristo respondió:
   “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo en las cosas que son de mi Padre debo de estar?

   Esta respuesta no tiene sentido “¿por qué me buscabais?” ¿Y cómo no te íbamos a buscar? si no se lee cuatro versículos antes, donde dice: “lo buscaron entre los parientes y conocidos”. Entonces la respuesta de Cristo: “¿Por qué me buscabais entre los parientes y conocidos?” equivale a decir: “Si yo me pierdo, búsquenme en el Templo de Dios y no en otra parte”. “Y ellos de momento no entendieron sus palabras”. Porque la Virgen y san José eran hombres, y en el entender los misterios de Dios debían ir creciendo siempre, en profundidad por lo menos, si no en extensión. El mismo Cristo dice san Lucas enseguida que “crecía en Sabiduría”. Y así vemos que la Virgen preguntó al Ángel: “¿Y esto cómo puede hacerse?” y san José no entendió la Encarnación hasta que Dios se la reveló, y los dos meditaban en su corazón las palabras de Navidad “Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres de buena fe”; y se asombraron de la profecía del anciano Simeón, creciendo siempre con gozo en el conocimiento de Dios. Porque el conocer a Dios es el gozo del hombre.


   Si advierten, todos estos misterios “gozosos” son revelaciones de Dios. Si no se tiene experiencia, es difícil creer que el mayor gozo del hombre es conocer a Dios; pero bien podemos creer incluso al pagano Aristóteles, que es el rey de los filósofos y el padre de la Filosofía, y dijo esto mismo, aunque no con estas palabras, del conocimiento de Dios. Pero no conocimiento cualquiera de Dios, sino un conocimiento vivo, activo y jugoso, es decir, afectuoso; al cual llama el Filósofo “contemplación” y el Evangelio “conocer con el corazón”; del cual dijo más tarde el mismo Jesús: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, Padre Celestial, y Al que Tú has enviado, el Cristo”.





CANTIGA DE LOORES


Quiero seguir a ti flor de las flores,
Quiero siempre decir — de tus loores,
Non me partir
De te servir
Mejor de las mejores.
   Grande fianza he yo en ti, Señora
La mi esperanza — en ti es toda hora
De tribulanza
Sin más tardanza
Venme librar ahora.
Virgen muy santa paso tributado
En pena atenta — en dolor tormentado
Tú me levanta
En cuita tanta
Que veo, mal pecado.
   Estrella del mar, puerto de folgura
De dolor singular e de tristura
Venme librar
Y confortar
Señora de la altura.
   Nunca fallece tu merced cumplida
Siempre guarece — cuitas e da vida
Nunca perece
Ni entristece
Quien a ti no olvida.
   Sufro gran mal sin merecer, a tuerto
Escribo tal — porque pienso ser muerto
Más tú me val
Que non veo al
Que me reduzca a puerto.


JUAN RUIZ (el Arcipreste de Hita)

(Español – Siglo  IV)



P. LEONARDO CASTELLANI.

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