jueves, 25 de octubre de 2018

LLEVAR EN SÍ A MARÍA.



   Era en una visita. Abriendo cierta persona un libro que manos descuidadas, quizás voluntariamente habían dejado en la sala de espera, tropezó con las siguientes líneas, rebosantes de sentido y de vida sobrenatural:

   ¡Lleva en ti a María!
   ¡Irradia en derredor tuyo a María!
   ¡Comunica a todos algo de María!

   ¡Qué de emociones se sucedieron en su alma, en su corazón, en todo su ser!
   Dejó caer el libro, y una gruesa lágrima brilló en sus pupilas y se deslizó por sus mejillas, y, ocultando luego el rostro entre las manos, se entregó por largo espacio de tiempo a dulces meditaciones.
   Durante todo aquel día dejaba escapar, sin cesar, de su corazón estos fervorosos afectos:

   ¡María!,
haced que os lleve en mí;
haced que os irradie en derredor mío;
haced que os a todos.
    
   Que también nosotros, piadosos hijos de nuestra dulce Madre; que también nosotros, amantes de María y deseando continuamente creer en este amor suavísimo, repitamos con frecuencia esa oracioncita tan corta, tan nuestra, y seguramente no menos grata a la Virgen sin mancha.


   Llevar en sí a María no es propiamente poseer ya las virtudes de María sino tratar de adquirirlas.
   Es portarse como una niña que estrena un vestido nuevo; con conciencia de nuestra intimidad, con prudencia y reserva, con temor de cometer alguna acción que manche los hermosos vestidos que nos embellecen. Y lo que nos embellece es la imagen de nuestra Madre, su recuerdo y el esfuerzo por copiar sus excelsas virtudes.

   Llevar en sí a María es respetar la presencia  de nuestra amadísima Madre; es vivir a su lado; es tratar de hacer, para agradarle, esas mil cosillas que a diario se ofrecen en la vida práctica.

   Llevar en sí a María es todavía algo más. Es verdad que no podemos recibir el cuerpo de María como recibimos el de Jesucristo; pero ¿no recibimos en la Sagrada Comunión a la vez que a nuestro divino Salvador, algo de María, parte de María? ¿No fue formada esa divina carne de Jesús, alimento de nuestra alma, de la carne y sangre de María? La carne de Cristo es carne de María.

   ¿No podemos, por consiguiente, afirmar que al llevar en nosotros a Jesucristo llevamos a María? Jesús y María… son dos cosas inseparables. No pienses hallar al dulce Hijo de la Virgen fuera de los brazos de su Madre. Ese es su lugar propio, su trono y su cielo.

   Llevar en sí a María es, por lo mismo, acercarse frecuentemente a la Sagrada Misa y acordarse luego, durante el día, cuando sea posible, de esa inefable intimidad de la mañana. ¡Oh María dejadme llevaros siempre en mí!

   Irradiar a nuestro alrededor a María dice algo más que llevarla en sí. Es, en cierta manera, haberla grabado ya en alma por la imitación de algunas de sus virtudes, tan dulces, tan atractivas y tan asequibles.

   Llevar en sí a María significa solo esforzarse en imitarla. 



   Irradiar a nuestro alrededor a María expresa ya la posesión de algunas de sus virtudes.
   Es mostrarse dulce y paciente en las pruebas y contrariedades.
   Hallarse siempre dispuesto a servir a los demás.
   Permanecer tranquilo y sonriente en medio de los mayores abatimientos.
   Es tener para con todos los que se acerquen a nosotros:

   una palabra cordial que los atraiga;
   una sonrisa que les dilate el corazón;
   un gesto que los reanime;
   una cogida benévola que los cautive;
   un trato amable que los eleve, los sobrenaturalice y los haga exclamar: ¡Oh,  mirad, cuánto ama a la Virgen!

   Se ha dicho de María que era la Custodia de Jesús. Que pueda también decirse proporcionalmente de nosotros que somos la Custodia de María.
   ¡Oh María! Permitid que os irradie en derredor mío a la manera que Vos irradias en derredor vuestro a Jesús.

   Dar a María a todos los que se nos acerquen no es, desde luego, que les podamos decir: “Os doy a María”, sino que indica sencillamente la voluntad y deseo firmes y actuales de darles a María; o en otros términos, el celo puesto al servicio de María, la necesidad de hacerla conocer y amar en todas partes.
   Dar a María significa no salir de casa, no dar paso ni hacer visita alguna, sin que brote de nuestro corazón esta oracioncita:

                    ¡Oh dulce Virgen María!
                    Venid y vivid en mí;
                    venid y vivid en mi corazón,
                    en mis labios, en mis manos,
                    a fin de que por mí:
                    Améis, iluminéis, habléis y trabajéis Vos.

   Yo solo nada puedo. Hagámoslo todo entre los dos: Vos como agente y como artífice; yo como pequeño instrumento.



   ¡Que inmenso bien podríamos hacer renovando asiduamente esos buenos deseos e intenciones!

   ¡Seriamos entonces distribuidores de María! Por ventura no siempre nos daríamos cuenta; pero, llegada la ocasión, la Madre de Jesús nos usaría, obraría, hablaría y se daría por nosotros.

   Con nuestros ejemplos, palabras, lecturas, cartas y conversaciones iríamos distribuyendo a María.

   Pasaríamos la vida haciendo amar a la Santísima Virgen; y hacer amar a la Madre  del Salvador es agradar a Jesús y asegurar la vida eterna. “Los que me dan a conocer poseerán la vida eterna”.

   ¡Oh, y cómo a su vez nos amará la Virgen!
   ¡Cómo nos sostendrá!
   ¡Cómo nos llevará en su Corazón!

   Llevemos, pues, a María en nosotros para que esta buena Madre nos lleve en sí, y de ese amor recíproco, y de esa intimidad mutua brotará como fruto espontáneo la santidad…

     ¿Y no es verdad que tal santidad está llena de consuelos, y el camino que conduce a ella es suave, fácil y corto? Basta con: 



Llevar en sí a María.
  
                 
   “Espíritu de la vida de intimidad con la Santísima Virgen”
R. P. L OMBAERDE —Misionero de la Sagrada Familia


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