jueves, 29 de octubre de 2026

MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A MARÍA A TRAVÉS DEL SANTO ROSARIO. DÍA 26.

 


El Tesoro del Alma en los Misterios del Santo Rosario. Por Soledad Arroyo (De la V. O. T. de Santo Domingo).

Madrid Imprenta de los hijos de Gómez Fuentenebro. Calle de Bordadores. —1909.

 

Nos el Doctor don José María Salvador y Barrera,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA, OBISPO DE MADRID·ALCALÁ, CABALLERO GRAN CRUZ DE LA REAL Y DISTINGUIDA ORDEN DE ISABEL LA CATÓLICA, COMENDADOR DE LA DE CARLOS III, CONSEJERO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA, CAPELLÁN DE HONOR DE S., M., SU PREDICADOR Y DE SU CONSEJO, ETC., ETC.

   HACEMOS SABER: Que venimos en conceder y por el presente concedemos licencia para que pueda imprimirse y publicarse en esta Diócesis el libro titulado EL TESORO DEL ALMA EN LOS QUINCE MISTERIOS DEL ROSARIO, Ó EL MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A MARÍA, Y LOS QUINCE SABADOS DEL ROSARIO, por Soledad Arroyo, mediante que de nuestra orden ha sido leído y examinado, y según la censura, nada contiene que no se halle en perfecta armonía con los dogmas y enseñanzas de la Iglesia Católica.

 

   En testimonio de lo cual, expedimos el presente, rubricado de nuestra mano, sellado con el mayor de nuestras armas, y refrendado por nuestro Secretario de Cámara y Gobierno en Madrid a 8 de Marzo de 1909. José María, Obispo de Madrid - Alcalá. Por mandado de S. E. I., el Obispo mi Señor, Dr. Luis Pérez, Secretario.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ACTO DE CONTRICIÓN.

 

   Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío, por ser vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, a mí me pesa, pésame Señor, de todo corazón de haberos ofendido; y propongo firmemente de nunca más pecar, de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, restituir y satisfacer, si algo debiere; y por vuestro amor perdono a todos mis enemigos; ofrezcoos mi vida, Obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados: así como os lo suplico, asi confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonareis por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.



 ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS



   Reina del santísimo Rosario, dulcísima Madre de nuestras almas: aquí tenéis a vuestros hijos que, confusos y arrepentidos de sus miserias, fatigados por las tribulaciones de la vida, y confiando en vuestra maternal protección, vienen a postrarse ante vuestro altar en este mes consagrado a honraros por el supremo Jerarca de la Iglesia.


   ¡Oh Madre amorosísima! Nosotros queremos obsequiaros dedicándoos estos breves momentos con toda la efusión de nuestras almas. Acogednos bajo las alas de vuestro maternal amparo, cubridnos con vuestro manto y atraednos bondadosa a vuestro purísimo Corazón, depósito de celestiales gracias.

   Dejaos rodear de vuestros hijos, que están pendientes de vuestros labros. Hablad, Madre querida, para que oyéndoos sumisos y poniendo en práctica las santas inspiraciones que cual maternales consejos os dignéis concedernos durante este bendito mes, logremos la dicha de vivir cumpliendo con perfección la santísima voluntad de vuestro Divino Hijo, creciendo en todo momento su amor en nuestros corazones, para que logremos la dicha de alabarle con Vos eternamente en la Gloria. Amén.




DÍA VIGÉSIMOSEXTO — 26 de octubre.

 

Primera consideración sobre el segundo

Misterio Glorioso.

 

De la virtud de la esperanza.

 

   ¡Qué fecundo manantial de consuelos nos ofrece la contemplación del segundo Misterio glorioso del Santo Rosario! Sí: subamos hoy al Monte Olívete con la Santísima Virgen y los Apóstoles, y consideremos allí, cuán gloriosamente terminan las penas que en el mundo se padecen por cumplir la voluntad de Dios; y que, si imitamos a Jesús en sus dolores en la tierra, también entraremos un día en ese cielo, al que le vemos elevarse triunfante y glorioso. Fijemos en él nuestra vista, a semejanza de los Apóstoles, que, aunque la nube de la fe nos oculte la vista del Señor, todavía queda una huella luminosa que nos marca el camino de ese cielo, patria suspirada de nuestras almas; y esta brillante huella, que al elevarse a él ha dejado impresa nuestro adorable Redentor, es la esperanza.

 

   ¡Oh cuán bella es la virtud de la esperanza! Ella es cual sol radiante que ilumina las tinieblas de este mundo, cual celestial aroma que recrea nuestras almas en medio de su corrupción, cual bálsamo precioso que calma los dolores del destierro, y cual luminoso faro que, descubriéndonos el anhelado puerto, nos alienta a luchar con el mar tempestuoso de nuestras propias pasiones. «Hay en el cielo (dice Chateaubriand) una potencia divina, compañera asidua de la religión y de la justicia, que nos ayuda a soportar la vida. Se embarca con nosotros para mostrarnos el puerto en las tempestades, y es igualmente dulce y caritativa con los viajeros célebres, que con los pasajeros desconocidos. Aunque una venda cubre sus ojos, sus miradas penetran el porvenir, y muestra en sus manos tan pronto flores en capullos preciosos, tan pronto una copa llena de un licor embriagador. Nada hay tan encantador como su dulce voz y la gracia con que sonríe, y cuanto más se avanza hacia la tumba, más pura y brillante se muestra a los mortales que consuela. La fe y la caridad la llaman hermana, y su nombre es la esperanza.»

 


   Muy desgraciado es, en efecto, el que no conociendo esta: virtud de la esperanza, la cifra en lo que no puede llenar su corazón, que sólo se satisface con el Bien infinito, y pierde la posesión de este eterno Bien llamando bienes, en su ceguedad, a las miserias de este mundo, que no pueden hacerle feliz, pues en él todos hemos de llorar, porque es valle de lágrimas y lugar de expiación, y las espinas del dolor brotan por doquier, sucediendo con frecuencia que el que forma mayor empeño en apartarlas de su camino, se hiere con ellas más profundamente. Así, pudiera decirse que entre el que hace de este mundo el lugar de sus goces y esperanzas, y el que vive en él como de paso, suspirando por su eterna patria, sucede algo semejante a lo que acontecería a dos viajeros, de los cuales uno fuese instalado con todas las comodidades, pero que al fin le esperase el cadalso, y otro, que, aunque hiciese el camino en el más pobre asiento y lleno de privaciones, supiera que le esperaba un trono al fin de su penoso viaje. Cierto que el primero no quisiera que este viaje tuviese fin, y esquivaría se le hablase de esto, como le sucede al que no quiere prepararse bien para el término del viaje de la vida, qué es la muerte, después de la cual le espera el suplicio eterno del infierno. Mas aquel que espera reinar dichosamente en la gloria al fin de su carrera, cierto también que, a semejanza del segundo viajero, no huye del pensamiento de acabar su viaje, antes, por el contrario, ve con felicidad pasar los días que le abrevian, y aun encuentra en este pensamiento las fuerzas para soportar sus penalidades. Para uno y otro viajero va pasando el tiempo, y aunque diferentemente instalados, al fin hay molestias en el camino de la vida que han de ser comunes a ambos, pues son inevitables; mas ¡ah! ¡qué distinto término les espera! Y si pronto olvidaría las comodidades gozadas en el trayecto, el que se viera condenado a morir afrentosamente al terminarle, y si nada le importarían todas las anteriores privaciones al que a su llegada se encontrara rey, feliz y poderoso, ¿cuánto más deberán olvidarse los goces y penas de esta pobre vida, al descubrir a su término, en la hora de la muerte, la inmensidad de eternas y terribles penas o de sempiterna é inenarrable dicha?

 

   Pero ¿qué felicidad, qué goces serán éstos que espera el alma justa por toda la eternidad? Aquí hay que enmudecer, pues no son bienes que podamos comprender en este triste destierro de la vida, por ser del todo diferentes a las miserias que en el mundo engañosamente se llaman tales, y la celestial elocuencia del Apóstol no supo decir de ellos otra cosa que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre puede comprender lo que el Señor tiene reservado para los que le aman» ¡Oh Dios mío! ¿Cuáles serán esos torrentes de delicias que inundarán a las almas en la gloria, si cuando os ha placido enviar alguna gota este mundo a vuestros siervos, no podían soportar tanta dicha y os pedían capacidad para poderla recibir? «¡Oh Padre de las misericordias! (diremos, para concluir, con el Venerable Granada.) ¡Oh Padre de las misericordias y Dios de toda consolación! Suplícote, Señor, por las entrañas de tu piedad, no sea yo privado de este soberano bien. Señor, Dios mío, que tuviste por bien hacerme a tu imagen y semejanza, y hacerme capaz de ti hinche este seno que tú criaste, pues lo criaste para ti. Mi parte sea, Dios mío, en la tierra de los vivientes; no me des, Señor, en este mundo descanso ni riqueza; guárdamelo todo para allá. No quiero heredar con los hijos de Rubén en la tierra de Galaad y perder el derecho a la tierra de promisión. Una sola cosa pedí al Señor, y ésta siempre buscaré; que more yo en la casa del Señor todos los días de mi vida.»

 

EJEMPLO

 

   La Revista del Santísimo Rosario publicó un hecho acaecido a un soldado francés que combatió en la guerra prusiana, relatado por él al general Aubert Héle aquí:

   «Estábamos en Vitry construyendo reductos, y nuestro comandante eligió algunos tiradores experimentados, y a mí entre ellos, para que, deslizándonos a gatas a cierta distancia, pudiésemos observar al enemigo sin ser vistos. Antes de amanecer entré por el cauce de un arroyo desecado y fui arrastrándome por sus sinuosidades, hasta que, habiendo llegado junto a un árbol corpulento, escogí este punto para mi observatorio. Ya empezaba a desesperar de mi misión, cuando me pareció ver detrás de un árbol una mano. Tomé los catalejos y vi, no sin emoción, la cabeza y las manos de un hombre tan cerca, que instintivamente hice un movimiento hacia atrás. El hombre, sin duda, no me veía, pues estaba cavando la tierra con un palo; su fisonomía revelaba un honrado campesino, que soñaba tal vez con su hogar. Sentía en el alma verme obligado a matar a aquel simpático joven, como se mata a una liebre. No obstante, me preparé, quería herirle en el pecho para evitarle sufrimiento, y esperaba la ocasión oportuna en completa inmovilidad. El joven echó una mirada en torno suyo, y no viendo a nadie, sacó de un saquito de cuero un rosario. Se levantó para ponerse de rodillas, hizo la señal de la cruz y quedó todo su cuerpo al descubierto para mí. El instinto de la guerra me obligó a coger el fusil, y apunté al joven soldado, le vi al extremo de mi cañón inmóvil, un poco inclinada la cabeza y los ojos mirando al cielo; sus labios se movían y entre sus dedos se deslizaban las cuentas del rosario. ¿Qué pasó por mí? No lo sé; toda mi sangre de cristiano se estremeció dentro de mis venas; me pareció ver descender de lo alto sobre aquel hombre, rayos de misteriosa luz y que entre nubes de oro se remontaban al cielo. Una santa visión dominó todo mi ser, y el fusil se me cayó de las manos. Aquel joven volvería sin duda a su país, sin sospechar siquiera que el rosario le había salvado la vida. Al momento de retirarme, las balas silbaron a mi alrededor, pero no vi de dónde salían; la oración del joven me protegió en aquellos momentos, sin duda alguna».

 

SANTOS Y REYES DEVOTOS DEL ROSARIO

 



   San Francisco de Sales se vio combatido, a la edad de dieciséis años, por una tentación gravísima contra la virtud de la esperanza, de la cual se vio libre, mediante el voto que hizo a la Santísima Virgen, de rezar todos los días el Santo Rosario en su honor. El Santo cumplió su voto con tal perfección, que dedicaba todos los días una hora en rezar los quince Misterios del Rosario, y lo llevaba siempre pendiente de la cintura. Suyas son las siguientes palabras: «EL Rosario es el mejor modo de orar. Rézalo diariamente con devoción y llévalo contigo, en señal de que deseas ser siervo de Dios y de María». También decía que, si no estuviese obligado a rezar el Oficio Divino, no hubiese rezado otra cosa que el rosario a la Santísima Virgen; y estando para morir, mandó que le colocasen su rosario en él brazo, para que le sirviese de escudo con que rechazar los últimos asaltos del enemigo.

(P. Pradel.)

 


   A ruegos de la Reina viuda Mariana, madre de Carlos II, se hizo extensiva a todas las iglesias de España y América española la fiesta solemne del Rosario, que antes sólo se celebraba en las iglesias donde estaba instalada la Cofradía.

(P. Alvarez.)

 

ELOGIOS PONTIFICIOS DEL ROSARIO

 



   Por medio del Rosario se conseguirá que la ira de Dios, provocada por tantas iniquidades, más fácil y prontamente se aparte de las naciones, y de par en par se abran las puertas hoy cerradas a la efusión de la misericordia. (Pío IX)


OBSEQUIO

 

   El obsequio a la Santísima Virgen para este día, y lo mismo para todos los del mes será redoblar en cada uno de ellos el fervor en la recitación del Santo Rosario, y la atención en la meditación de sus misterios. También se podrá ofrecer a la Santísima Virgen como obsequio, los actos de piedad que inspire a cada uno su devoción.

 

 


SÚPLICAS Á LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

 

   Os saludamos, Virgen Santísima, Hija de Dios Padre, bendiciendo a Dios, que os preservó de toda mancha en vuestra Inmaculada Concepción. Por tan excelsa prerrogativa os rogamos nos concedáis pureza de alma y cuerpo, y que nuestras conciencias estén siempre libres, no sólo del pecado mortal, sino también de toda voluntaria falta é imperfección. (Avemaría).

 

Por tan singular beneficio os rogamos que nos concedáis la gracia de vivir cumpliendo nuestras respectivas obligaciones, sin apartarnos nunca de la presencia de Dios, dirigiendo a su gloria y ofreciendo, por su amor hasta nuestro más leve movimiento, santificando, así todas nuestras obras. (Avemaría).

 

   Os saludamos, Virgen santísima, Esposa de Dios Espíritu Santo, bendiciendo a Dios por la gracia que os concedió en vuestra Asunción, glorificándoos en alma y cuerpo. Por tan portentosa gracia os rogamos nos alcancéis la de una muerte preciosa a los ojos del Señor y que nos consoléis bondadosa en aquellos supremos momentos, para que, confiados en vuestro poderoso auxilio, resistamos a los combates del enemigo y muramos dulcemente reclinados en vuestros amantes brazos. (Avemaría).

 

 

ORACIÓN FINAL

 

 

   ¡Oh Virgen Santísima del Rosario, Madre de Dios, Reina del cielo, consuelo del mundo y terror del infierno! ¡Oh encanto suavísimo de nuestras almas, refugio en nuestras necesidades, consuelo en nuestras penas, desalientos y pruebas! A Vos llegamos con filial confianza para depositar en vuestro tiernísimo Corazón todas nuestras necesidades, deseos, temores, tribulaciones y empresas. Vos, Madre mía, lo conocéis todo y omnipotente por gracia, podéis remediarnos. Vos nos amáis, Madre querida, y queréis todo nuestro bien. ¡Ah y cuán consolador es saber que no hay dolor para el que no nos ofrezcáis alivio, ni situación para la que no haya misericordia en vuestro amante Corazón! Por esto nos arrojamos confiadamente en vuestros brazos, esperando vuestro amparo maternal. Somos vuestros hijos, aunque indignos por nuestras miserias y por la ingratitud con qué hemos correspondido a vuestros maternales. favores. Pero una vez más, perdonadnos, oíd nuestras súplicas y despachadlas favorablemente. Haced, Madre querida, que no olvidemos las saludables enseñanzas que se desprenden de la consideración de los misterios del santo Rosario, ni las inspiraciones que durante ella nos habéis concedido, para que, imitándoos como buenos hijos, durante el destierro de la vida, merezcamos la dicha de vivir con Vos en las alegrías de la patria bienaventurada, alabando y bendiciendo al Señor por los siglos de los siglos. Amén. 



 

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